Cuatro son multitud tres no 20
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—Eres en quien más confío, Blake.

El viento da en mi cara tan fuerte como las palabras de mi hermana.

¿Qué le ha podido pasar para contárselo a ella antes que a mí?

¿Tan ausente he estado que ya no confía en mí?

¿Por qué se lo contó a Blake y no a mí? Cierto que es policía, pero Matt también lo es y la hubiese ayudado sin pensárselo. Incluso cualquiera de mis amigos.

Metida en mis especulaciones, el frío desaparece de mi espalda al caer sobre mis hombros una chaqueta, un escalofrío recorre mi piel cuando el dueño posa sus manos por encima de la tela. Su aroma lleva envolviéndome todo el día. El contacto se detiene obligándome a girarme.

—Brandfont.

Sus labios ligeramente separados están tan atónitos como yo.

—¿Qué haces aquí, Colbert? —Carraspea serio.

—Huir, ¿tú?

—Beber, solo —señala por encima de su hombro con el pulgar—. No sabía que había gente.

—Pues la hay.

Yendo directa a por el alcohol escucho sus pasos siguiendo los míos. En cuanto mi mano toca la botella, la de Austin me imita. Me giro para enfrentarme a él; el roce de sus dedos no me impide decirle que puedo bajar a beberme hasta el agua de los floreros.

—Qué coño te importa lo que haga o deje de hacer —digo cuando me pide que no lo haga.

—Me importa si puedo evitar que acabes como anoche con alguien que no sea tan beligerante.

—¿Y has decidido vigilarme?

—No sabía que estabas aquí, creía que te habías ido.

Sus palabras no solo me hacen recordar la borrachera de anoche, sino también lo que acabo de presenciar en el baño, derrumbándome un poco más. Intento elevar la botella, pero Austin la empuja hacia abajo a la vez que me levanta el mentón.

—Nadie debe estar por delante de tu salud y el exceso de alcohol no es bueno.

Mis ojos le miran fijamente y mi ceja se arquea.

—Dijo el que ha subido aquí a beber solo.

Sus labios dibujan una sonrisa a la vez que me pide, por favor, que no beba por encima de la melodía de su teléfono, Sin mirar quién llama, me dice que puede ofrecerme algo mejor que el alcohol.

—Podría, pero no es eso —dice risueño ante mi ceño fruncido.

«Pues yo sí quiero sexo». No.

Liberándome de todos sus agarres pone rumbo a la puerta dejándome sola con mis demonios y esa botella de champán, de la cual no dudo en dar un trago.

«Hazle caso y no bebas más».

Jamás le haré caso.

«Házmelo a mí».

Apoyo los codos en la barandilla de cristal hasta que el chirrido de la puerta me obliga a mirar atrás.

Austin regresa con una bolsa de papel marrón; sus tirantes marcan sus abdominales, impactando directamente en mi estómago.

Cuando guarda el aparato en el bolsillo del pantalón y levanta la vista, mis dientes dejan de hacer presión en mis labios.

En el momento que me pide que suelte la botella saca de la bolsa un vaso de cartón que extiende en mi dirección.

—¿Cuánto rato llevas ahí? ¿Y yo? —Pregunto sin obedecer, viendo como deja la bolsa en una mesa cercana antes de acercarse a mí.

—Tú no lo sé, yo el suficiente para saber que tal vez acabes como anoche.

Sin apartar sus ojos de los míos, roza mis dedos a la vez que sus labios susurran un por favor doloroso, Me ofrece de nuevo el vaso, anunciando con una sonrisa su sabor: fresa.

El no querer acabar haciendo cosas de las que pueda arrepentirme —y no hablo de sexo con un desconocido—, suelto la botella.

Al ver como la aleja de nosotros, me percato de la goma granate que adorna su muñeca: mi coletero perdido.

Confundida por sus actos, meto un dedo entre el elástico queriéndoselo arrancar.

—Debe estar cortándote la circulación —levanto la vista topándome con sus ojos.

—Hay otras cosas que me cortan la circulación —agarra de igual forma el coletero, dejándonos unidos por ese trozo de goma.

—Puedes meterlo en el cajón de los trastos.

Su sonrisa y el mínimo contacto de nuestros dedos jugando con el elástico me traspasa el calor que desprende, haciéndome recordar el momento que estuvimos a punto de unir más que nuestras manos.

—Vamos, Colbert, no me hagas meterte en la ducha a la fuerza.

Sidney sonríe pegada a su pierna ante el intento de parecer el hombre serio que muestra al mundo, —eres muy pesado, Brandfont —se burla. Los dedos del rubio se entrelazan en su cabello despeinado para agarrar su nuca y obligarla a mirarle.

—Y tú muy cabezota.

Sin deshacerse de su agarre, ella se incorpora sobre sus rodillas. Apoya las manos a los lados del playboy y el roce de sus nudillos provoca que él se muerda el labio.

—¿Por qué tanto empeño en que me meta en su ducha, señor Brandfont? —Con el rostro pegado al suyo le saca un atisbo de sonrisa—. ¿Quiere pensar en mi cuerpo desnudo cuando usted se duche?

La presión de sus dedos crece en la nuca, obligándolo a morderse el labio frente a ella.

—No necesito tocarme, ya lo hacen ellas.

Confiesa Austin, consciente de la vil mentira. Por otro lado, ella se percata de la falsedad de su sonrisa. Se acerca a su boca, lo suficientemente cerca para provocarle sin llegar a tocarle.

—¿Y por qué en todo este tiempo no ha llamado ni una mujer a tu puerta? ¿Tan claro tienes que me follarás a mí?

Las tentadoras palabras de la chica le obligan a morderse el labio por dentro.

—Si quisiera follarte lo hubiese hecho en el sofá, en el suelo del vestidor e incluso aquí —dice enfurecido, pegado a su cara—. Dúchate.

Acompañado de su habitual rostro indiferente, afloja despacio el agarre antes de levantarse; sin embargo, Sidney extiende su brazo para tirar del chico, evitando que se aleje. Se sienta de nuevo en el borde de la bañera.

—No te creo.

Esperando que obedezca a la señal que le hace con el dedo para que la imite frente a ella, arrastra el culo hasta tocar la bañera.

—¿Teme compartir un espacio tan pequeño conmigo, señor Brandfont?

Sus finos labios serios se curvan y sus ojos brillan, haciendo brillar los que tiene delante.

—Tal vez quién lo acabe temiendo sea usted, señorita Colbert.

Los dos corazones comienzan a bombear rápido por culpa de un juego que ambos creen haber empezado, y que, en el fondo, les gusta.

—Descubrámoslo.

En cuanto el corpulento cuerpo ocupa el espacio, las piernas de Sidney quedan atrapadas en el hueco que dejan las de él.

A pesar de la falda arremolinada y las puntas de los pies envueltos en las medias rozando su entrepierna, no desvía su mirada.

Esos ojos azules no se despegan de los marrones, queriendo abrir el grifo y limpiar ese planeta que tantas veces han ensuciado.

La tranquilidad con la que Austin le mantiene la mirada en medio del silencio empieza a poner nerviosa a Colbert, y él lo sabe.

Sabe que desea tanto como él lanzarse a sus brazos y pasar a la cama donde despertó.

Luchando contra el poco espacio que hay, la joven apoya las manos en las rodillas de él para impulsarse.

De forma sugerente, se acerca a su oído, provocando en Brandfont la misma reacción que dejó de controlar en el vestidor.

—Tu cuerpo no dice lo mismo.

—Mi cuerpo dice lo mismo que dice con cualquier roce —devuelve el susurro pegado a sus labios—, como todos los hombres —añade cerca de su oído.

Sidney sonríe, y sin creer ese jaque mate, cae sobre sus talones. La repentina seriedad que revela su rostro, tensa las facciones del empresario. Sin juegos seductores de por medio. él frunce ceño y le pide que le diga la verdad.

—No —repite.

En esta ocasión lo dice sosegado, despacio se incorpora acercándose a una chica la cual nunca había visto así de abatida.

—Dime la verdad, ¿qué me hizo el conductor? ¿Qué me han hecho?

La incertidumbre y el miedo se apoderan de la mente de Sidney.

El cansancio y el olvido de los recuerdos que no logra encontrar tumban su cabeza.

A pesar de ver en un borrón lo que tiene delante por culpa de sus ojos humedecidos, ahí está Brandfont, ayudándole a deshacerse de ese peso invisible.

Sus cuerpos pegados y los dedos de esa su mano acariciando su piel, consiguen calmar su respiración e incluso sus pensamientos más sombríos

—Mírame, Colbert —fuerza suave a mirarle, temiendo que su rostro se haga añicos.

Austin le roba una lágrima que rueda por su mejilla con sus dedos gruesos. Sus ojos azules se vuelven oscuros, cargados de pensamientos violentos contra el que quiso hacerle daño.

—No te han hecho nada, si descubro lo contrario, lo pagarán —promete.

—No te creo —musita ella al bajar la cabeza. Él la acuna entre sus brazos y deposita un beso en su pelo—, algo me han hecho, mira cómo llevo la ropa

Los labios del playboy se curvan en una sonrisa y un silbido sale de entre sus dientes arremolinando los cabellos de la chica, hosca se deshace de los brazos que la cuidaban.

Sin romper la mueca alegre le pide disculpas por no haber confesado antes que él fue quien le abrochó los botones, así como también detalla brevemente lo ocurrido respecto a su camisa la noche anterior.

—¿Esa es tu excusa para no saber abotonar una camisa?

El hombre serio arquea su ceja derecha junto a una sonrisa. La inteligente detective tapa su boca con sus pequeñas palmas a la vez que reivindica que no las diga.

—Se me da mejor desabrocharlas —murmura él a pesar de los intentos de la chica por atajar las palabras.

Dedicándole una infantil pedorreta, ella niega llamándole previsible.

Durante unos segundos se miran sabiendo que, esa extraña complicidad que les divierte, se evaporará conforme el reloj avance.

Y así es. Mientras ella se pierde en el océano de esos ojos, la sonrisa de Austin se esfuma bajo la mano que le cubre la boca, con delicadeza las retira dejándolas caer en el regazo de esa chica que no desea salir de ese mar que la asfixia a la vez que la liberan.

El contacto de los pulgares sobre su palma y la seriedad de su rostro, le dicen que van a rescatarla para llevarla a un sitio el cual no anhela.

—¿Sabes por qué ibas así? —Sidney asiente—. ¿Te hicieron daño? —El encogimiento de hombros por su parte le causa un débil suspiro—. Físicamente.

La escasez de recuerdos de Sidney y la inquietud de él por cerciorar que nadie quiso propasarse con ella, carga el ambiente de una inseguridad conjunta.