Cuatro son multitud tres no 19 #2
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Necesitándolos dentro introduje un dedo, lo metí y lo saqué hasta hacer hueco a otro que envió una corriente a mi cuerpo; dejándome sin aliento… llegué al éxtasis.

«El control lo tienen esos tres en los que pensaste cuando te tocaste».

El golpe de una puerta me saca del trance, al levantar la vista no hay nadie a mi alrededor, pero sí se escucha el sonido de un cerrojo.

Me miro en el espejo y un poco de labial ha traspasado a mis dientes por culpa de la presión que ejercía con ellos en el labio inferior.

A causa de la resaca, todavía latente en mi cabeza, decidí esmerarme en el maquillaje para tapar mis ojeras y las rojeces por una mala limpieza; acentué las esquinas de los ojos gracias a un rápido delineado difuminado marrón para rasgar el ojo sin dejar de verme natural,

me puse una máscara de pestañas potente y me pinté los labios de rojo, haciéndolos destacar entre mi pelo fijado hacia atrás y mi vestido sin escote negro.

A pesar de sentirme expuesta con este vestido…

«Es que vas desnuda».

…es mi favorito. En mi mala época adelgacé tanto que me recordó a la túnica que una vez fue.

Le pedí a Keila que me lo volviese a arreglar porque no quería desprenderme de él; no quiso.

Dijo que el día que me quedase exactamente igual a como me quedaba hace nueve años, sería el momento de seguir adelante sin mirar atrás.

Y aquí estoy metida en ese vestido largo, negro y de manga larga hecho únicamente para mí, para la chica que nunca debió desaparecer.

De frente parece un vestido recto, soso y aburrido que no enseña carne y que sólo llevaría una mujer reprimida, hasta que caminas y la abertura de la izquierda muestra el taconazo negro que siempre lo acompaña.

Sin embargo, no es eso lo que te hace poderosa, sino la mirada de envidia que ves en la fémina al voltear y descubres cómo mira con el morro torcido tu piel desnuda, que llega a la parte baja de la espalda.

Mostrando lo justo para hacerle tragar el zorra que quieren escupirte.

Levanto la vista y busco en el espejo a esa mujer empoderada que rompía cuellos con cada paso.

Repaso mi labial, me cuelgo en la muñeca el pequeño bolso negro y salgo en busca de mi familia.

No puedo llevarme otra bronca por la tardanza puesto que comprenden que la noche será complicada para mí, y ni siquiera saben la mierda que ronda por mi mente.

Si se enterasen de lo cerca que estuve de las pastillas, me harían volver a su casa durante otro mes.

Entro en el gran salón entre la multitud.

Cansada de sonreír y responder por medio de monosílabos a las mujeres que cada gala tienen la piel más estirada, decido acercarme a una de las personas con un traje de americana blanca y hacerme con una copa de champán.

«Ding, ding, ding. Premio para mí».

Diviso a mi hermana Greace —con un corsé negro y una falda larga verde vidrio—, que me lanza a lo lejos una sonrisa de «cuéntame todos los detalles de tu desaparición». Vamos juntas al encuentro de mis padres, de los cuales intento huir en cuanto veo que se acercan los Clifford.

Llevo dos horas escuchando halagos de parte de mi padre hacia mi hermana y hacia mí, y lo único que queremos es huir.

Aunque no me creas, solo he bebido tres copas de champán.

En cuanto quise hacerme con la cuarta, mamá me la quitó de la mano.

Necesito alcohol de forma urgente para soportar esta música de funeral y las preguntas de desconocidos, pero no quiero acabar como anoche.

Por cada respuesta cortante que doy, me gano una mirada asesina de mi madre.

La situación empeora cuando la guía del despacho aparece con un vestido rosa de princesa Disney.

Viene colgada del brazo de Nate, contando una anécdota sin gracia.

Ella causó el atasco al no querer bajar de la limusina por un tacón roto.

Chica, entras descalza; una mujer no necesita tacones para ser rompedora.

Intento replicar, pero Costi me frena justo cuando Nate sonríe y me presenta a Brook, la joven amable del servicio.

En todo este tiempo he enviado quince mensajes a Vikki llamándola hija de puta por no haber venido conmigo.

Le supliqué que no me dejase sola en mi reaparición, pero siempre contestaba lo mismo: «Tienes que volar sola, perra». La amo, pero la odiaré por esto.

Escondida tras dos señores mayores cuyos nombres jamás recordaré, consigo al fin otra copa.

Alguien a lo lejos me saluda con la suya y le devuelvo la misma sonrisa plástica que llevo pegada desde que entré.

Justo cuando empieza el discurso de siempre, le doy a mi copa; se me atraganta al ver al detective Davis cuchicheando con un hombre muy molesto.

¿Qué coño hace aquí? Sus ojos verdes se fijan durante un instante en mí entre el tumulto.

Su acompañante le da una palmadita en el hombro y Matt pone rumbo a la salida.

Saca el móvil del vaquero y desaparece de mi vista.

Me termino de un trago el champán. Suena una notificación y detiene mis pasos.

No es Vikki; es Matt. Resoplo y miro a mi alrededor en busca de más alcohol.

«Deja ya de beber, cuatro copas son muchas. ¿O es que quieres acabar esta vez en casa de Nate?»

Chist, calla.

Hablemos fuera, por favor

Pongo los ojos en blanco y me dirijo a la salida, no sin antes regalar mi falsa sonrisa a dos mujeres enjoyadas que critican mi vestido.

—sí, es que me hace un culo que te cagas— contesto dulce ante su rigidez y la carcajada de una chica joven que se aburre tanto como yo.

Salgo de ahí satisfecha, mostrando a la mujer fuerte que resurgió de sus cenizas.

Recorro el pasillo negro, iluminado por unos pequeños apliques dorados y antiguos, pensando en qué querrá Matt y por qué estoy de camino a su encuentro.

Pero el pensamiento se desmorona en cuanto veo a Brandfont en la puerta opuesta.

Lleva el esmoquin abierto, una mano en el bolsillo dejando ver los tirantes negros y la pajarita desanudada sobre el cuello de la camisa.

Camina distraído, sosteniendo una botella de champán.

Los recuerdos invaden mi mente al mismo tiempo que el calor recorre mi cuerpo; sin mostrar mis emociones, aprieto mis labios, reprimiendo ese torbellino.

Antes de que pueda percatarse de mi presencia, levanto la cabeza, enderezo la espalda y piso fuerte el suelo de madera, enseñando sin pudor mis taconazos negros. Sin separar los labios de la botella, los ojos de Austin se centran en la abertura que muestra mi pierna a cada paso.

—Australia —eleva la comisura de su labio al pasar por mi lado.

—Texas —replico mirando al frente para ocultar mi sonrisa.

No detengo mi paso, pero sí volteo la cabeza.

Ha detenido su paso y ha dejado de beber. Desde el centro del pasillo menea la botella que agarra por el cuello, mientras me dedica una sorprendente amplia sonrisa junto a unos ojos tan brillantes como los de esta mañana, los cuales intenta ocultar agachando la cabeza.

«¿Cómo has podido ver todo eso con tan solo un vistazo?»

He aprendido a descifrarle rápido.

«Muy rápido. Por qué será…»

Abro la pesada puerta que da a la recepción y busco el servicio. Necesito serenarme antes de ver a Matt o se pensará que el ardor de mis mejillas se debe a él. Nada más lejos de la realidad. Tan solo una rendija es necesaria para quitarme de un plumazo la sonrisa de boba que me dejó Brandfont.

Todos los recuerdos que me destrozaron dan de lleno en mi mente.

La boca del estómago se me comprime, apagando la rabia y empujando las lágrimas.

Intentando llenar mis pulmones, trato de no derramar ni una sola lágrima.

No es posible que el único propósito de Blake en esta vida sea quitarme todo lo que amo.

Matt camina en mi dirección con rostro sobrecogido.

me empuja a estirar el brazo pidiéndole que se detenga, a la par que doy un paso atrás hasta chocar contra la pared fría.

Me obedece, pero también llama a la mujer de la coleta; esta se acerca a mí ofreciéndome mi propio bolso y dándome permiso para subir a la azotea: cerrada y vacía.