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—Tío, relaja.
Bret detiene mis puñetazos, sacándome de mis pensamientos. La realidad me observa acompañada de murmuros por mi forma de pegar al saco, la misma que ellos en muchas ocasiones. Amenazo con dirigir mi próximo golpe a su cara si no me deja tranquilo.
Este era el único lugar donde podía verla e interactuar, aunque fuese de malas maneras.
Por mucho que Telmo comentase que se dio de baja un tiempo, su coche lleva días aparcado cerca del gimnasio.
Son amigos, no me dirá la verdad si ella se lo pide.
Desde la cena no la he vuelto a ver y no puedo sacar de mi mente su rostro serio pintado con ese carmín con el que dibujó mi cuerpo.
Tendría que haberle contado la verdad en cuanto recibí el puto mensaje y no acobardarme como un crío.
Tenía razón, pudimos llevar el asunto de otra manera, pude hacerlo mejor, era mi oportunidad de dar un golpe en la mesa y a este puto bufete.
Era mi oportunidad de ser el confidente de Sidney.
No debió ser agradable descubrir que tu hermana no es tu hermana biológica y yo hice que lo descubriese de golpe, yo le di ese golpe y ya no es la misma.
Apenas conseguí sacarle buenas palabras en Acción de Gracias.
Pero en la cena de hace unos días… Cómo estaba en esa cena, no me la quito de la mente, arrebatadoramente sexy, alegre, divertida y, dios mío, esos labios pintados de nuevo.
Toda la noche procurando no mirarlos. No acepta mis llamadas, ni si mi única intención es hablarle sobre las nuevas novas sobre Gigi y que detuve a Hardwick para acecharla y contarle la verdad.
Sé que si Greace descubre que Sidney lo sabía la discusión en casa de mis tíos será cosa de chavales.
La semana pasada me encontré a su amiga borde de pelo rizado en el juzgado, le pedí por favor ayuda; no quiso.
Me dijo que si seguía así de desesperado por contactar con ella, que me diese por jodido si era gordo lo que había hecho. Tan pasota como siempre.
El silencio de estas horas en el vestuario no me ayuda a controlar mis pensamientos. Las gotas resbalando por su suave piel, sus mejillas sonrojadas sobre su tono blanco bajo la cortina de agua… No solo mi corazón comienza a bombear, también mi polla…
—¡Joder! ¡Hostia puta!
Un chorro de agua fría golpea mi cabeza. Siempre se me olvida la mierda de agua caliente de estas duchas. No obstante, es bien recibida para volver al presente. Que me lleva a una oficina de la cual quiero salir. Tengo que dejar este bufete corrupto y poco ético.
De camino a la salida me cruzo con la limpiadora. Sabe todo lo que ocurre en estos lares, y las hermanas Colbert se han criado aquí.
—Dejad de preguntarme por Sidney, ya no viene más —dice malhumorada, arrastrando su carrito de la limpieza—. Rubiales, ni se te ocurra preguntar a Quin.
Dejo mis cosas en el asiento trasero de mi coche y me acerco al Jaguar blanco de Sidney, aparcado en el mismo lugar desde hace cuatro días. Su chaqueta y su bolsa de deporte están en el asiento del copiloto. Es extraño, nadie la ha visto entrar o salir. Algo ocurre.
Busco el número de Daniel en mi móvil, pero ipso facto cuelga.
—Qué cojones quieres ya por la mañana, Akerman.
La tosca voz de Daniel Colbert me hace girarme. En la puerta del gimnasio me mira mientras trastea en su teléfono. Acorto la distancia preguntando si sabe algo de su hija mayor.
—Si no quiere verte, sabes el motivo.
—¿Hace cuánto no hablas con ella? —digo, señalando el coche.
Un mal presentimiento asoma en su rostro. Juntos nos acercamos al Jaguar. Daniel comprueba la puerta del copiloto y nos dedicamos una mirada alarmante cuando se abre. De inmediato inspecciona todas las pertenencias, anunciando que falta su móvil.
—Siempre lo lleva encima, aunque no responda —mis palabras salen solas, llamando su atención.
Le sorprende que conozca también a su hija para no ser nada, me temo que acabo de destapar nuestro secreto. Sin decir su próximo movimiento ni sus pensamientos. Telefonea de malhumor, intentando sonar sosegado, evitando darle a la persona del otro lado los golpes que no merece.
—Hazlo, hija, tu madre lleva días quejándose de no poder hablar con tu hermana… —me mira de reojo —y Akerman tampoco contacta con ella. Imposible, entre sus cosas no está —le dice a Greace, todavía al teléfono—. Hija, que te digo que estoy delante del gimnasio y en su coche no está.
Sintiéndome mal por invadir la privacidad de Sid, registro el maletero, totalmente ordenado, como de costumbre: su cámara de fotos, su ordenador, sus cuadernos, zapatillas, tacones y ropa de abrigo.
Ni rastro de su móvil. Daniel me hace un gesto para acercarme y ambos miramos una imagen de la geolocalización del aparato… Está junto a nosotros, en el coche…
La voz de Gigi describe por el altavoz el recorrido en los últimos cinco días: hace dos días que no hay señal de actividad.
Me agacho en busca del aparato… Bingo. Yace tirado junto a la rueda trasera, apagado y con la pantalla dañada.
—Avisa a Davis para que la busque de inmediato.
Durante unos segundos el silencio es interminable.
—Matt, quiero denunciar la desaparición de mi hija —dice Colbert sin medias tintas.
El silencio se hace al otro lado. Preocupado, me giro e intercambio miradas con Daniel.
—¿Qué coño ocurre? —Quiere saber el abogado.
—No te muevas de ahí, papá.
La voz de Greace me provoca un nudo en la garganta. Sidney es responsable, la que si desaparece por voluntad propia avisa. Que nadie sepa dónde está desde hace días es signo de alarma. Su tendencia hacia el peligro los tiene acostumbrados, pero su padre sabe y siente que algo grave sucede.
No sé cuánto rato llevo mirando el coche, ni de dónde vienen los cuatro coches de policía que aparecen ante nosotros.
No es violento, pero sí asusta a los pocos viandantes que hay a estas horas de la mañana.
Una inspectora experimentada se acerca seria dando órdenes al resto de agentes, que comienzan a acordonar una zona extensa donde el centro de la escena es el Jaguar.
De inmediato el abogado pide de malas maneras explicaciones sobre el paradero de su hija.
—Esperemos a Davis —pide la agente, intentando calmar a Daniel, pero su rostro no ayuda—. ¿Quién es este? —me señala hosca—. El que me ha avisado de que el coche lleva aquí tres días —responde Daniel. Contundente, añade que soy el abogado de la familia.
No me da opción a irme. Por mucho que me interese saber si está bien, no soy familia.
—¡Cómo que tu hermana está secuestrada!
El grito de Colbert me hace reaccionar. El inspector del Asante y Greace están frente a nosotros, dándonos órdenes de no hacer nada, ni preguntar más por Sidney. Saben quién es el secuestrador, por eso no dan detalles, pero la dosificación de información en casos como este solo tiene un motivo:
Desconocen si está viva.
A ti, por dar más vida a Sidney y sus turbulencias.
A mi familia.
A cada persona que ha sido parte de este proceso, esté o no en mi vida. Si lees esto y ya no formas parte: gracias por el aprendizaje de tu presencia y de tu ausencia. Gracias y de nada por todo aquello que te llevaste.
Y, sobre todo, a mí misma. Por salir de un pozo lleno de mentiras y encontrar el camino. Por enamorarme de mí y lograr todo lo que me propuse. Empezando por este libro.
Tú también puedes salir; eres fuerte y valiente. Tú eres el sol que ilumina la sombra.