Cuatro son multitud tres no 18 #4
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Al soltar la última palabra, Austin me mira frunciendo el ceño.

¿Por qué a los hombres les cuesta escuchar de una mujer ese tipo de expresiones?

Pongo los ojos en blanco y, de pronto, un paquete de toallitas me cae encima.

Mi mirada furiosa se centra en el lanzador: con los brazos cruzados y una disculpa, vuelve al sitio en el que se encontraba antes.

Miro la fecha de caducidad y hace algo más de dos años que llegaron a su fecha límite; estiro el brazo para devolvérselas manifestando que no las quiero, pregunto cuándo fue la última vez que tuvo compañía femenina.

Él sonríe arqueando una ceja; le amenazo con lanzárselas a la cabeza, pero me agarra la muñeca.

Nos miramos como nos llevamos mirando desde que nos sentamos en el sofá y nuestras respiraciones se atontan más de lo que ya lo estaban.

Me incorporo sobre mis rodillas y, de forma simultánea, él se despega del mueble acercándose a mí. Ambos dejamos pasar la saliva por nuestras gargantas.

—¿Celosa, Colbert? —Sus ojos brillan ante mi risa irónica.

—Úsalas tú en los huevos, Brandfont —digo en el momento que se sienta en el borde de la bañera.

Una leve risa cosquillea mi cara. El agarre de sus dedos se intensifica, mostrándome lo nervioso que está ante mi cercanía.

—Están caducadas —añado pegando mis labios a los suyos a la vez que abro mi palma para dejar caer el paquete.

Austin se levanta y yo me dejo caer en la bañera otra vez. Aunque no me suelta, consigo apoyar la espalda en la fría cerámica, tira de mis brazos intentando sacarme e insiste en que me quite bien el maquillaje y me duche para volver a ser una persona normal.

—Al menos parecerlo —sonríe cuando muevo mis labios en forma de burla.

—Sal ya de ahí —pide sereno.

Me agarra de la muñeca como un caballero ayuda a su damisela a salir del carruaje, provocando mi carcajada.

—¿Te imaginas que la poli me hubiese encontrado aquí?

Pese a no hacerle gracia mi ocurrencia por las consecuencias que hubiese tenido, se le escapa esa sonrisa que tanto le cuesta mostrar.

Ante mi negativa de darme una ducha vuelve a sentarse en el borde de la bañera, apoyo mi cabeza encima de mi brazo, el cual está sobre su muslo.

En completo silencio juego con una arruga de su pantalón mientras él acaricia mi sien, metiéndonos de nuevo en una burbuja que tiene una salida bien grande, pero que ninguno queremos ver.

—Venga, Colbert, no me hagas meterte en la ducha a la fuerza.

Todavía faltan cinco minutos hasta que den las once y llevo otros cinco en la sala de reuniones, esperando a que los protagonistas de la sesión estén listos.

Tan pronto bajé del todoterreno Lexus negro de Brandfont, recuperé las cosas que creí perdidas.

Ni me cambié la ropa que me consiguió. Cuanto antes llegase al estudio de Kevyn, antes terminaría.

Después de respirar hondo, traspasé el umbral y encontré a Kevyn charlando con la pareja de modelos; Neil y Livy se volvieron al cerrarse la puerta y saludaron con una gran sonrisa.

También el castaño, que me miró confuso.

La pareja estaba muy nerviosa y a punto de echarse atrás, pero oírnos hablar del trabajo del otro les tranquilizó.

Todo real. Por muy resentidos que estemos, halagamos el trabajo con entusiasmo y un brillo que no se puede fingir, tanto él hacia mí como yo hacía él.

Es algo que jamás podré negar: la profesionalidad de Kevyn y lo tranquilo y único que hace sentir al modelo.

Desde que se han metido en esa habitación relajante, Kevyn y yo no hemos charlado, ni siquiera sobre el trabajo.

Sabe perfectamente que sé lo que tengo que hacer, aunque esta vez mis manos no funcionan, no tienen ideas que plasmar en ese folio en blanco que sostengo.

No me quito de la cabeza las últimas horas con Austin, ni las palabras que le oí decir al salir del baño: le ordenaba a Monty que se tomase la mañana libre porque él mismo me llevaría, también le gritó, insultó y ordenó que quería la información antes de pisar la calle.

Recordar cómo le cambió el semblante sobrio por una sonrisa al verme con el pelo enrollado en su toalla me hace sonreír.

No pregunté; él fingió que no ocurría nada y yo fingí no haber escuchado.

Me revuelvo en la silla y las ideas empiezan a fluir, todo son colores vivos.

Tan vivos como las risas que nos provocamos Brandfont y yo durante el desayuno que preparó mientras me duchaba.

Disculpándose por no tener secador me llevó de la mano —escuchando mis quejas sobre que no soy una niña pequeña— hasta la barra, donde olía a café, tortitas recién hechas, zumo de naranja y fruta cortada.

Aunque me hizo olvidar mis mierdas durante un rato y era un desayuno que tenía planeado, era otro lugar y otro hombre.

—Ya están listos —anuncia Kevyn desde la puerta. El hombre con quién quería ese desayuno.

Recojo mis folios y me dirijo al camerino.

Me encuentro a la pareja en el sofá envuelta en albornoces blancos y dejo mis cosas en la mesa.

Entre canciones y el amor que se ofrecen, convierto sus cuerpos en un lienzo que cambia al mismo ritmo que mis sentimientos; los colores cálidos predominan por encima de los fríos, tanto como la alegría se come a mi tristeza.