18 #3
No he debido reaccionar así, él no sabe de mi vida privada, no sabe el motivo por el cual hasta este mes ni siquiera podía tomar la píldora anticonceptiva.
Avergonzada, me agacho junto a él a guardar esos químicos que pueden meterme en un problema por tan solo tocarlos.
El tacto polvoriento me hace recordar a cuando las acariciaba con mis yemas antes de llevármelas a la boca y dormir durante días, sin pensar en todo lo que me había llevado a ellas.
Ansiando volver a esos momentos, muevo la pastilla entre mis dedos.
—Ve a refrescarte —la voz de Austin y su mano rodeando la mía sacuden ese pensamiento tóxico—, si quieres date una ducha —sus ojos me miran a escasos centímetros y sus labios susurran pegados a mi oído.
Por alguna razón siento que sabe el motivo de mi reacción, pero seguramente frente a él solo ve a una chica cansada y con una resaca que todavía sea borrachera.
Temblorosa, asiento dándole las pastillas.
Sin saber muy bien dónde ir, atiendo al llamado de mi apellido, Austin se acerca extendiendo su mano; sin dudarlo, la agarro, dejándome guiar por el salón hasta su habitación.
Al abrir la puerta negra corredera, presiona un interruptor y una luz potente, que baja enseguida, me muestra un vestidor con armarios oscuros y, en medio, una butaca gris.
—¿Es el armario de Sabrina? —Me dejo caer en el asiento gris—, ¿y Salem?
—Estuviste anoche, ¿no te acuerdas? —Niego y me suelto, dejando caer mi mano sobre mis muslos —. ¿Y antes de llegar aquí?
Me encojo de hombros y empiezo a acariciar la uña del pulgar con la yema del índice, distraída en ese acto que hago cuando miento. Siento el peso de Austin hundir el puff, mientras en mi cabeza retumban las últimas palabras de Kevyn; él fue quien detonó la bomba.
—En algún momento has tenido que ir sobria —levanto la vista y me encuentro con sus ojos azules mirándome—, en la oficina lo estabas —esboza una pequeña sonrisa sacándome a mí otra.
—Lo último que recuerdo es…
—Recuérdalo para ti —interrumpe suave, tan suave como posa su mano en mi rodilla—, no tengo por qué saber los motivos de tu borrachera, a menos que haya sido por mi culpa —ladeo la cabeza ante sus últimas palabras.
—Un poquito —suelto una mueca divertida —, o sea no tú de tú —me pongo nerviosa, pero él solo me mira divertido.
—Lo de preparar las salas —asiente sonriente. Yo asiento con el entrecejo arrugado—, le encontrarás el sentido, espero —aunque su rostro sigue siendo dulce, sus palabras son serias. Arqueo mi ceja y él vuelve a reírse—. Me hace gracia.
—Ya veo —gruño agachando la cabeza.
¿Por qué la agacho? Pues porque me siento su payaso privado.
—Calma, fiera —dice divertido.
En el momento que me centro en él, sus dedos dejan mi rodilla para posarla en mi cabeza, comienza a acariciar con ternura mi ceja, provocando que arrugue de nuevo la frente.
—¿Nunca te han dicho que estás muy graciosa cuando arqueas la ceja?
«¿Y tú que estás sexy?»
Necesito al Austin frío, calculador y egocéntrico.
No puedo continuar conociendo a este tío tan dulce; al final voy a caer en sus redes y no quiero darle el gusto de tacharme de su lista.
Por desgracia, sé cómo es en ese ámbito por ese desayuno mensual que tanto odio.
Las he escuchado pelearse por quién estuvo con el gran Austin Brandfont, quejarse de que no les da el teléfono o que ni las saluda en las galas.
Siempre tan desagradables. Constantemente ha sido sexo, sexo y más sexo.
Nunca, jamás, las he escuchado hablar de ternura, dulzura o delicadeza.
Si hubiese habido tales palabras, fardarían diciendo que son especiales.
En el momento en que ponía los ojos en blanco, soltaban la frase de: estás así porque contigo no quiere nada.
«Sí quieres».
No.
—Refréscate y desayunemos en condiciones.
Un susurro de Austin me saca de mis pensamientos. Sin dejar que se aleje cuando se levanta, pregunto si hay espejos. Tras explicarme divertido lo grande que es, le pido que lo tape. Al negarse a hacer tal cosa, pongo cara de perrito pachón.
—¿Por qué? ¿No funciona? —Digo seria.
—Porque funciona —intenta ocultar sus dientes.
Susurrando un —porfi, tapa el espejo— en reiteradas ocasiones y él negándose con su tono de oficina, apoyo la frente en su hombro. El olor de las sábanas me llega a través de su piel. Me aferro a su camiseta para que no se marche; ni su olor ni él.
—Colbert, ¿desde cuándo te preocupa tu aspecto? —cuidadoso, aparta un mechón de mi cara.
—Desde que he visto que voy pintada con la pistola de Homer Simpson —refunfuño.
Una carcajada le hace tambalearse y apartar las manos de mí para sujetarse en mis tobillos.
Le doy un pequeño empujón, quejándome por llamarme infantil.
Lejos de enfadarse, agarra mis manos y acabamos tirados en el suelo.
Nos quedamos mirando al techo en completo silencio, mientras Alone Together de Fall Out Boy marea mi mente.
El roce de nuestros muslos es el único contacto hasta que nuestras miradas se abrazan.
—Madura, Colbert —dice divertido.
Mandándole a la mierda, ladeo la espalda para recostar la frente en su hombro, tratando de huir de la luz, él pasa su brazo por detrás de mi nuca para cubrir mis ojos con la palma.
No puedo evitar pegarme a él y descansar mi brazo en su pecho.
En mi cabeza muchos pensamientos se contradicen, pero hoy se merece el beneficio de la duda.
Tranquilos y risueños nos confesamos, más bien yo le confieso que le imaginaba en un lugar blanco y frío y que me gusta su apartamento, sobre todo la paz que trasmite.
Él me dice que puedo ir siempre que me apetezca.
En cambio, no es nuestra conversación trivial lo que me encanta, sino las caricias, el juego de nuestras manos, los golpes cómplices, los casi besos cada vez que nos miramos…
y su latido desbocado. Siento cómo su cuerpo se congela cuando su miembro crece.
En el momento que está relajado, me incorporo, quedando de rodillas entre sus piernas. Evitando el roce, muestro una sonrisa pícara y apoyo mis manos a los lados de su cabeza; mis cabellos esconden los escasos centímetros que nos separan. Puedo oír su saliva pasar por su garganta.
—Brandfont —susurro en su oído, deseando que sus manos, tan lejos de mi cuerpo, me toquen—, deberías llamar a alguien o hacerte una paja.
Su cuerpo se sacude, provocando otra sacudida al mío cuando sus manos agarran mi cara.
—¿Lo has notado? —Dice en un hilo de voz.
—Hasta con cinco anoraks puestos hubiese notado que cargas hacia la izquierda.
Creo que ambos necesitamos una ducha.
«Juntos, por favor».
—¿Y por qué no lo solucionas tú?
Sus pulgares acarician mis labios dibujando una sonrisa que agranda la suya, dándole un poco del aire que acaba de perder. Juguetona, bajo mi cadera pegándola a su zona hinchada.
—Tienes que estar muy limpio para que mi boca toque tu polla.
—Ay, Colbert, Colbert —suspira negando. Sin romper la sonrisa acaricia mi rostro atrapando mis cabellos bajo sus manos—, siempre con una respuesta divertida en la boca.
Resistiéndonos a separarnos, aun sabiendo que no pasará nada, nos separamos.
Mientras yo me levanto él continúa tumbado, sin esconder lo que intentó esconder, me da indicaciones sobre toallas limpias y cepillos de dientes sin estrenar —a petición mía—.
Traspaso la puerta blanca de cristal y me encierro en ese espacio más grande que mi cocina, pero mi mirada solo se centra en la bañera que tengo delante.
Emocionada como un niño me meto dentro, vacía, dejando caer todo el cansancio con las piernas encogidas, observo mi alrededor.
Frente a mí el gran espejo que ocupa toda la pared, dando profundidad a la habitación.
Normal que no quisiera taparlo, es imposible, ahora sí me siento infantil e idiota.
Tumbada boca abajo me fijo en los dos únicos botes que hay en un pequeño hueco encajado en la pared de la ducha, junto a la puerta: un champú cualquiera y un gel gris de Hugo Boss.
Mi cuerpo se estremece; utiliza la misma gama que su perfume.
Volviendo en mí, me distraigo con mis uñas: intactas, excepto los pulgares que empiezan a despegarse…
«Normal, todo el día arañando la uña de tantas mentiras que cuentas».
…por la zona de la cutícula, y no me extraña, últimamente no paro de mentir.
—Colbert —escucho a Austin tras golpear suave dos veces la puerta—, te dejo la ropa aquí encima. No miro, abro.
Su brazo aparece a través de una rendija. Sostiene un vaquero y una prenda rosa bien plegados, que deja sin éxito encima del mueble tan largo como el espejo, donde puedo ver su reflejo.
—Puedes entrar.
Desliza la puerta del todo y, sin levantar la vista del suelo, deposita la ropa; ha cambiado el pijama por un pantalón negro con bolsillos grandes y una camiseta gris de manga corta.
Su repentina vergüenza me hace reír. Cuando pregunta si estoy tapada, bromeo diciendo que me quité la piel y la dejé colgada en la mampara.
Se centra en mí con esa línea fina en los labios que tanto me gusta y me molesta a partes iguales, diciendo que no es buen lugar para estar tumbada.
Divertida, muevo los pies en el aire y le aconsejo limpiarla antes de usarla.
—No te preocupes —apoya el trasero y las palmas en el mueble del lavabo, lo más próximo a mí que puede—, no la utilizo.
—¡Qué! ¿Cómo qué no? —Me incorporo sin salir—. Eres raro, Brandfont —le señalo apoyando la espalda en la fría cerámica—. ¿Y la cama tampoco? —Bromeo golpeando su brazo con mi pie.
Suelta una tímida sonrisa a la vez que su cuerpo se destensa. Evitando mi mirada fija en él, se gira hacia el mueble, tras revolver en los cajones saca un paquete de toallitas desmaquillantes que alguna chica olvidó allí. No puedo evitar soltar una carcajada:
—Quién coño lleva semejante paquete en el bolso cuando va a tirarse a un tío. Lo normal es llevarlas para las manos, o para el culo.