Cuatro son multitud tres no 18 #2
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18 #2

Se mueve despacio e inquieto, yo me revuelvo y pego mis muslos provocando que la lentitud acelere.

Sin razón alguna, arrastro mi mano por su abdomen, su palma la atrapa alejándola de la zona peligrosa.

No puedo evitar sentir lo que mi cuerpo quiere, pero yo no quería nada.

No quería ir más allá, solo que no me alejara de él; su expresión dulce y su tierna caricia en mi mano también buscan lo mismo.

Porque ahí está otra vez ese planeta sucio y roto pidiendo a gritos que alguien le salve de la destrucción.

—Deberías volver a la cama y dormir un poco más —dice ocultando una voz quebrada.

—Es tuya —la mía suena igual.

—Ahora es tuya.

—Solo iré si tú vienes, también deberías dormir.

—No me meteré en la cama contigo.

—¿Por qué? Es grande, no hace falta ni que nos toquemos —sonríe de verdad. Nunca le había visto una sonrisa tan grande.

—Ya nos estamos tocando.

—Lo has dicho en alto.

Ríe. Siento su abdomen contraerse y su respiración acelerarse. Clavo la mirada en su boca entreabierta y en cómo se humedece el labio inferior, como si me enviara un mensaje para terminar lo que empecé.

—¿Hice o dije algo que te incomodó?

—No.

—¿Mientes, Brandfont?

—No, Colbert.

Resopla agotado y libera el brazo que está atrapado debajo de mí para llevarlo al respaldo. Le he hecho perder la hora de dormir por mis gilipolleces y aquí estoy llamándole mentiroso, en su casa. Cabizbaja, me aparto de él para huir, pero su mano cae en mi espalda, aferrándome a él.

—No dijiste nada que no hayas dicho ya sobria —me dice mientras me levanta el mentón con los dedos—. No debes avergonzarte de lo que digas y menos yendo borracha.

Su piel arde sobre la mía. Desde hace tiempo percibo la tensión sexual que hay entre nosotros, no voy a negarlo, y ahora que sé que algo se mueve ahí ante mi tacto, el efecto ha aumentado.

Él parece sentir lo mismo; su mano se aferra a mi cadera y nuestras bocas quedan tan cerca que temo que la tensión estalle en nuestras caras.

Me muerdo los labios y rompo el contacto al escuchar mi nombre abreviado; él pega su mejilla a la mía.

Noto su mandíbula apretada y su palma cae sobre mi mano, hecha un puño contra su camiseta.

—Durmamos —pide—. No —susurra casi con dolor cuando sonrío en su piel—. Ve tú, si quieres te llevo, pero volveré aquí.

—¿Querrías?

—No —vuelve a hacer contacto visual, más lejos de lo que me gustaría—. No por unas circunstancias que te empujaron contra alguien que odias.

—No te odio, al menos no ahora. Dentro de un rato tal vez y el lunes seguro que sí.

Ríe rompiendo este contacto visual tan necesario, como impertinente.

—Ve a la cama a dormir, Colbert.

—No te voy a obedecer. Nunca lo haré, Brandfont.

Lejos de molestarle mi confesión, sus ojos azules brillan de la misma intensidad que el cielo despejado en un día soleado.

Recuesto la cabeza en el cojín que pone encima de las piernas al ver mi intención de no irme, con mi mano debajo de la cabeza y la otra sobre su rodilla, cierro los ojos al notar su piel acariciando mi pelo.

Ni yo quiero tocarle ni él quiere tocarme, pero lo hacemos, por muy leve que sea ambos lo necesitamos por distintas razones y no me importa, desde que bebí el primer trago estoy dentro de una piara y me da igual el cerdo que me acompañe.

Un dolor me taladra la cabeza provocando que abra los ojos.

La luz natural que llega desde la ventana me obliga a pestañear un par de veces.

Por miedo a despertar al hombre atrapado por el cojín y mi cabeza, observo la chimenea sigue encendida, encajada en una barra de hormigón junto a una pared repleta de libros.

El peso que siento en mi cuerpo es real.

Percibo en mi espalda el calor de su brazo y la leve presión de su palma; incluso dormido, su fuerza sigue intacta.

Volteo con la mayor delicadeza para deshacerme de su agarre sin despertarlo, pero es en vano; solo consigo que la situación se vuelva más íntima cuando su mano queda sobre mi abdomen.

Parece que su subconsciente no me deja marchar.

No puedo olvidar lo que pasó justo antes de acomodarnos y cerrar los ojos.

No han sido imaginaciones ni fantasías. Suspiro tras suspiro se me viene a la mente ese instante en que casi nos besamos. Ese instante en el que quise besarlo.

Ambos quisimos besarnos. Lo sé. Lo sentí. Él también lo sabía, también lo sintió. Y ninguno nos atrevimos a dar ese paso.

Mis ganas de ir al baño aumentan y el sonido de mi estómago se alían con el dolor de cabeza para hacerme huir de un sitio en el que, por desgracia, me siento cómoda y libre. Jamás pensé que Austin Brandfont se preocupase así por alguien; tal vez haya llegado su hora de madurar.

Quito la vista del techo y le miro. Se le ve plácidamente dormido; sus labios están separados dejando entrar algo de aire que le provoca un suave ronquido. No es molesto ni tormentoso, más bien es dulce. Todo lo contrario a su forma de ser.

—¿Por qué ahora, Brandfont? —Musito casi para mis adentros—. ¿Por qué no has sido así siempre?

«Pregúntaselo».

¡Costillitas, sigues viva!

«Y tú».

Touché. Me merezco esa respuesta.

Convertida en ninja retiro el brazo de Austin e incorporándome lo acomodo suave en el cojín que usaba de almohada.

Me apoyo sobre mi mano y le observo embobada: su ceño fruncido ha desaparecido y su rostro está relajado.

Siempre fue muy guapo, lo cortés no quita lo valiente, aunque en nuestra adolescencia fuera el chico más estúpido del grupo.

Por aquel entonces nos cruzábamos como desconocidos.

Hasta que apareció en la Esquinita. Desde entonces no hay semana que no nos veamos y, a pesar de mis borderías, me ha abierto la puerta de su casa.

Podría haber obligado a Monty a llevarme, pero me cuidó.

«¿Y si dejas de mirar a Austin y vamos al baño?»

Y a comer, que es lo que piden mis tripas.

Le coloco la manta por encima y miro a mi alrededor, los rayos del sol iluminan un pequeño rincón junto al sofá gris, una butaca del mismo color te incita a relajarte frente a la ventana.

Sonrío al darme cuenta de que juzgué mal a Austin.

Pensé que viviría en un ático frío con diseño de hotel, pero su piso es acogedor. Te invita a quedarte horas.

«No todo el mundo es tan sentimental como tú para poner fotos en el frigorífico».

Al llegar al corto pasillo donde el hormigón de la pared en color negro se extiende, me encuentro tres puertas.

Abro la de la derecha y me lanzo al retrete.

Frente a mis ojos, un lavabo sofisticado de piedra y encima un espejo rectangular en vertical que me pide a gritos que le mire, aunque no me atreva.

Recibo con gusto el agua fría y me enjuago la boca, evitando mi propia mirada llena de reproches.

Tan pronto obtengo el valor suficiente para enfrentarme a mí misma, descubro un aspecto peor del que yo me causé cuando era una adicta.

El escaso maquillaje que queda está a parches, mis ojos son un panda por el rímel corrido y mi pelo está suelto.

¿No llevaba una coleta? También me doy cuenta de lo mal abrochada que llevo la camisa.

Genial, ya no sé ni vestirme. Empapo mi cara un par de veces.

Al secarme con la toalla blanca, descubro que ha sido una mala idea; la dejo de todos los colores menos el suyo.

Sigilosa, camino por la cocina abierta en busca de comida.

—Uh, cereales de chocolate —sonrío y miro a Austin en la misma posición que le dejé—. Mira qué goloso eres, Brandfont.

Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la isleta entre dos de las tres banquetas de madera que hay.

—¡Qué manjar! —Rápido me pongo el dorso de la mano para acallar mis palabras.

Disfrutando mi segundo bol escucho los gritos aprensivos de Austin llamándome, por mi apellido primero y mi nombre después.

En un despreocupado —aquí— revelo mi escondite, llevándome la cuchara a la boca asomo mis ojos por encima de mis pestañas, encontrándome al rubio con los brazos en jarra mirando en mi dirección.

—¿Quieres? —Le muestro el bol. Su frente se destensa y su labio fino proyecta una leve sonrisa.

—¿Qué haces escondida? Levanta del suelo —extiende su brazo hacia mí.

—Me duele la cabeza, aquí no hay tanta luz —explico centrándome de nuevo en mis cereales.

Después de resoplar, le pide al aire con amabilidad que baje las cortinas domóticas.

Al levantar la vista, lo veo de cuclillas mirándome entre las patas del taburete.

Una vez más, repite que me levante y coma sobre una superficie como las personas normales.

Se sienta en el suelo frente a mí realiza una broma de mal gusto sobre que espera que lo que haya en el bol sea leche y no alcohol, tras mi amago de querer tirarle el bol a la cabeza decide quitármelo: por suerte ya acabé.

—¿Lo has calentado al menos? —Niego y él aprieta los dientes.

—No he encontrado el microondas —alego, sacándole una tímida risa—. La cosa que tapó las ventanas, ¿pone música?

—Prueba, pero ¿no te duele la cabeza? —Me mira confuso.

—Y me duele, pero la música a veces sana.

—Te traeré algo para la cabeza.

Dice antes de levantarse y dejar la vajilla sobre la isleta.

Pese a mi grito rechazando cualquier medicamento, deseando que me obedezca y no darme la excusa perfecta para volver a odiarlo, desaparece de mi visión.

Pido al aire que reproduzca la última canción que se escuchó; HandClap empieza a sonar.

En cuanto oigo a Austin acercarse bromeo con el tiempo que hace que no escuchaba música.

«Dijo la que hace deporte con música del año la pera».

Ambos reímos, no obstante, mi risa desaparece en cuanto Austin se agacha dejando un vaso de agua junto a mí y un bote de pastillas.

—No puedes estar con dolor de cabeza —refuta ante mi negativa.

—Te he dicho que no quiero —repito, sosegada.

—Sidney, el dolor irá a más.

—¿Eres sordo? —Digo cuando me ofrece la pastilla de su mano—. ¡Que no quiero!

Mi grito se vuelve tan furioso como mi fuerza. Doy un manotazo a su mano y me levanto, haciéndole tambalear. Provocando que el bote salga por los aires, junto al resto de pastillas.

—¡¿Qué no has entendido?! ¡No quiero!

Austin no entiende mi exagerada reacción, paralizada, le observo recoger las pastillas del suelo.