Cuatro son multitud tres no 18
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Ante la oscuridad que me da estar bajo una colcha calentita y una almohada mullidita, la cual desprende un aroma a jabón de algodón y un gel de ducha que huele tan bien a una mezcla de maderas y vainilla, me hipnotiza.

Es como vivir dentro de una bandeja de desayuno de hotel.

Aunque no sepa dónde estoy me quedaría por el resto de mi vida, es un buen sitio donde morir tras haber hecho lo que quiera que haya hecho para acabar en una cama desconocida.

La sensación es tan reconfortante: el calor es relajante y el olor hipnótico, casi hasta familiar. Tan familiar como aquel día que Brandfont estuvo en mi casa y fantaseé con hacer cosas que no quería hacer.

¡Espera, qué! Por favor dime que no estoy en casa de Brandfont.

«…»

Casi de un brinco, me quito la manta que me cubre. Me froto los ojos y… efectivamente, me encuentro en una habitación enorme de diseño. Y de hombre. A mi derecha, sobre la mesilla, hay una botella de agua y a la izquierda una agenda negra.

¿Vas a contarme qué hago aquí?

Me pregunto a mí misma con la mirada perdida en la puerta de cristal de mi derecha que da paso a un pequeño estudio: bastante vacío. La ventana curva de metal negro me chiva que todavía es de noche.

Suspiro y me vuelvo a recostar. Frente a la cama hay una cristalera cuadriculada desde la que se ve el resto de la casa: en completa oscuridad, aunque gracias a la luz de aquí se puede ver un sofá largo del que sobresale la coronilla de alguien.

¿Sabes quién es?

«Sí».

¿Me lo dices?

«No».

Per favore, Costi.

«No».

Puttana.

Causando el menor ruido posible, traspaso la separación acristalada.

El alivio invade mi cuerpo a la vez que mi juicio explota al ver a Austin con la cabeza recostada y los ojos cerrados.

Sentada en el centro de la gran cama, intento hacer memoria.

¿Lo hemos hecho? Sigo vestida, así que lo dudo.

Austin jamás haría algo así. ¿Cómo llegué hasta aquí?

Yo estaba con Kevyn. Miro hacia la ventana y todavía no hay atisbos de luz solar.

Queriendo saber qué hora es, llevo la mano al móvil que hay sobre la mesita, pero no es el mío; no lleva la funda celeste.

Un inmenso dolor de cabeza empieza a intensificarse después de ignorarlo desde que abrí los ojos.

Desconfiada, miro la botella de agua. Uy, está cerrada. Qué amable, la dejó aquí para mí. De dos tragos me bebo prácticamente todo el líquido y necesito más. Madre mía, no sé si quiero recordar cómo iba. No vuelvo a beber.

«No te lo crees ni tú. Esta misma noche ya estás bebiendo».

Sostengo la botella entre mis manos y miro al frente sin mirar nada.

Quiero volver a meterme dentro de la manta y desaparecer, sin embargo, no lo hago.

Necesito saber qué hago aquí. No pude llegar sola, debió de encontrarme en algún sitio del barrio.

De nuevo salgo al salón. Me quedo mirándole sin saber por qué me da pena que lleve tanto rato en esa postura tan incómoda.

Conforme más le miro bajo la penumbra, más logro ver de él.

Esta luz le da un toque especial, aunque su ceño siga fruncido.

Incluso dormido, su rostro está en guardia.

—Brandfont —susurro con la voz ronca por culpa de la sequedad—, Brandfont —me acerco a él sin elevar el tono.

—Boo —musita sin inmutarse.

—¡Aaah! ¡Stronzo! —Pego un brinco hacia atrás—. ¡Me asustaste!

Molestándome su risa me siento junto a él en la extensión del sofá, huiría de aquí, pero me estoy empezando a notar fatigada y quiero respuestas.

—¿Te estás divirtiendo, eh? —Sacudo la botella en su dirección salpicándole un par de gotas, las cuales no le molestan.

Por más que pretenda sonar enfadada, mi voz suena divertida.

Aunque su ceja y su línea fina siguen ahí queriendo esbozar una sonrisa sin conseguirlo, son sus mofletes y sus ojos los que sonríen.

Por un instante nos miramos, y no sé cómo, pero sus ojos iluminan el lugar oscuro tanto como su rostro.

Tiene una forma de sonreír con la mirada que nunca antes le había visto.

—¿Hemos…?

—No te tocaría —interrumpe. Su rostro vuelve a ser el mismo de siempre, pero sus ojos todavía tienen ese destello que se niega a dejarle.

—Oh —musito asombrada.

A ver, que no me molesta, sé que jamás me tocaría, tampoco le dejaría porque no quiero que me toque, pero después de tanto tiempo fuera del mundo del sexo sin compromiso oír que él tampoco lo haría me mina la moral.

—No sería apropiado, soy tu jefe.

—Cliente —añado.

—Cliente —repite con la misma luz.

Nos hablamos en susurros, lo único que elevó los decibelios fue mi grito.

Todo es paz a pesar de parecer palabras vacías.

Él está tranquilo, diría que hasta aliviado; otro Austin.

Cada segundo me siento más cómoda, más relajada y con menos temor por recordar.

Es como si nuestras respiraciones calmasen al otro.

—¿Dónde me encontraste?

—Viniste tú.

—Oh.

Ante mi asombro me cuenta sosegado que Milton, el portero que conocí, me reconoció cuando entré en el edificio a las tres menos algo de la mañana.

Le avisó del estado que llevaba, también me informa de que al poco de dormirme se presentó la policía; el conductor del Uber dio aviso de haber llevado a una joven blanca sin sus pertenencias, descalza y borracha.

—¿Descalza? —Asiente.

¿Qué coño me pasó anoche? Nunca he actuado así, ni siquiera en mi adolescencia.

Me he emborrachado mucho y siempre he sabido donde estaba y qué hacía.

Reconozco que me gusta ir descalza, pero no hasta el punto de subirme a un coche y presentarme en la casa de alguien que no soporto.

Suspiro y dejo caer la cabeza sobre el respaldo, casi encima del hombro de Austin.

Ambos miramos un punto fijo que se esconde en la oscuridad.

—Podría haber…

Mi voz suena apagada. Uno de sus dedos roza el dorso de mi mano, traspasándome esa tranquilidad que él tiene, como si supiese qué voy a decir.

—Podría haberse aprovechado de mí, pero me trajo aquí y avisó a la poli.

La angustia por lo que podría haber sido y no fue junto el dolor de cabeza me invaden, desvaneciéndose despacio al notar dos dedos más de Austin acariciando mi mano.

—No pienses en ello —noto el giro de su cabeza, sus labios hablan casi pegados a los míos.

Inclino la cabeza lo justo para encarar mis ojos con los suyos. El brillo ya no está y puedo notar el aire que sale por sus labios entre abiertos.

—Lo importante es que estás bien —dice después de humedecerse los labios, apartando la mirada para centrarse en su punto invisible.

Los dos suspiramos casi al unísono, soltando un peso.

Un pinchazo me provoca un quejido y llevarme la mano a la cabeza, ahí está otra vez el dolor que se contagia al cuello por mi mala postura.

Al percatarse me ofrece sentarme a su lado, sujetándole del brazo lo detengo para que no se mueva.

No quiero estar más cerca de lo que ya estamos.

—Bueno, si, no estoy cómoda.

Me muevo lo justo para apoyar la espalda en el respaldo, él se mueve muy poco, pero suficiente para dejarme hueco. Mirándome me pregunta si estoy bien, su semblante es igual de serio que siempre, aunque algo más relajado, su morro se tuerce cuando encojo los hombros.

—¿Necesitas algo? ¿Quieres algo? ¿Agua? ¿Ir al baño?

—Insiste ante mi silencio. Niego con la cabeza, más por vergüenza, demasiado ha hecho ya y ni siquiera sé el qué o cuánto—.

Ahí está el frigo —señala hacia delante—.

¡Colbert! —Grita tranquilo en cuanto me levanto, su mano se posa sobre la mía dejando a mi culo en el aire—. Es broma.

—No sabes bromear —resoplo sentándome.

—Tendrás que enseñarme.

Vuelvo la cabeza hacia él y sus ojos me miran divertidos, llenos de picardía, pero no de lujuria.

Tal vez no me haya tocado porque no le atraigo de verdad y solo quiera una amiga, parece que de eso escasea.

Aunque la forma de acariciar mi mano por medio del pulgar, me trasmite que desea tocarme.

Pues no. No quiero acostarme con él, no voy a ser una más de su lista.

—¿Agua, comida, otra cosa? Que no sea alcohol —agacho la cabeza cuando me dedica una dulce sonrisa.

—El agua está bien —le miro de nuevo mordiéndome el labio por su rapidez.

Rompiendo la unión se levanta. A su regreso, me tiende una manta suave y un vaso. Mientras me lo bebo, me mira y yo le devuelvo la mirada. Cuando hago el amago de dejarlo, su mano atrapa el cristal y parte de mis dedos.

—Si quieres algo pídelo, haz lo que quieras, Colbert, estas en tu casa. No te voy a juzgar o tratar mal por una borrachera.

—Si claro, también me vas a llevar a mear, ¿no?

—Me burlo. Él agacha la cabeza y se gira para dejar el vaso—.

¿Qué? ¿En serio? ¡Brandfont! —Le golpeo suave, él solo sonríe mientras apoya la espalda en el sofá—.

Qué vergüenza —cubro mi cara con la manta y me dejo caer sobre su hombro—, no me acuerdo de nada —confieso liberando la cabeza.

—Tranquila, tuviste intimidad.

—Gracias y lo siento —y no sé por qué echo el brazo por encima suyo compartiendo la manta con él—, por haber irrumpido en tu casa borracha y tarde.

—No tienes que darme las gracias por ayudarte ni disculparte por emborracharte y presentarte aquí, pero la próxima vez que se te pase por la cabeza emborracharte y presentarte aquí, prefiero que me llames e ir a buscarte.

—¿Sea la hora que sea?

—Sea la hora que sea.

—¿Por qué? ¿Es por el trabajo? —Suspira molesto sin apartar la mirada.

—No, Colbert no, no es por eso —aprieta los dientes endureciendo sus facciones—. Nos conocemos hace mucho y aunque tú me detestes, si puedo evitar que te subas al coche de un desconocido en ese estado lo evitaré.

Sé que es sincero, puedo ver en sus ojos un ápice de terror, pero por alguna razón me urge oírlo.

Necesito saber qué hay alguien ahí, aunque no me interese.

Puedo vivir perfectamente sola, no necesito de nadie, ya tengo a mi familia que siempre estarán allí, sin embargo, es necesario tener un refugio al que ir cuando el tuyo se desmorona y al parecer, anoche lo encontré en Brandfont; sin buscarlo ni quererlo.

Noto el calor recorrer mi cuerpo sin saber si proviene de la manta o de los labios que se humedecen frente a mí.

Ese gesto me hace creer que mintió cuando dijo que no me tocaría.

Aun con esas, mi cuerpo está sensible: muerdo mi labio inferior y mi ser se contrae en el momento que siento palpitar el miembro de Austin a través de la tela.