Cuatro son multitud tres no 17 #2
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17 #2

Separándose, endereza su tronco para levantarse. Mi instinto me hace agarrarla por los brazos y sentarla en el momento que empieza a tambalearse, mirándome fijamente sonríe.

—Ponte seria, Colbert —me saca una sonrisa al regañarse a sí misma, imitándome.

Cada fracción de su rostro se encoge, su nariz se arruga y las comisuras de los labios se elevan lo suficiente para fruncir su boca.

—Mi batido —continúa—, te odio por eso.

Oír eso de ella duele.

—Dolió que te lo bebas —dice algo trabada apoyando la frente en mi mentón—, dolió.

Ladeo mi cabeza dejando caer la suya sobre mi mejilla y aprieto los dientes.

Sabía de su nulo aprecio y que me detesta, como tantas otras personas por culpa de los actos de mi yo joven.

Ella jamás lo ocultó, era la única que me insultaba en esas estúpidas guarderías de adolescentes ricos, sin importarle que se lo devolviera, pero el sentimiento de odio es muy grande y doloroso.

Tal vez sea una forma divertida de decirme que no le vuelva a quitar comida, aunque los borrachos nunca mentimos y por eso hace tiempo que me emborracho solo.

—Tengo pipí, ¿me llevas? Porfi —la oigo pedir como un niño pequeño.

—Esto sí va a ser complicado —digo, creyendo que eran mis pensamientos.

—Tranquilo —da unos torpes golpes en mi hombro—, apuntaré dentro —ríe.

Agarro sus muñecas para ayudarla a levantarse y no la suelto hasta que se estabiliza. Al primer traspié, mis reflejos se activan y mis manos atrapan su cadera pegándola a mí. Sus dedos aprietan mis manos y su voz temblorosa se queja de que la habitación da vueltas.

—No me sueltes.

—Nunca.

A su ritmo y sin separarme de ella, abro la puerta corredera del vestidor que hay que traspasar para ir a mi baño privado.

En cuanto llegamos, exijo a la domótica de la casa que encienda la luz del servicio, Sidney se detiene y le da una grata bienvenida a la chica sin libido con una gran carcajada.

La guío hasta el retrete y salgo para darle la intimidad que ha perdido desde que entró.

Minutos después y tras escuchar un ruido entro.

—Borracha, pero limpia —indica seria.

Reclinada sobre la piedra mete las manos en el lavabo; abro la llave del grifo y le echo dos pum del gel.

El agua le hace sonreír como si hubiese descubierto el mayor tesoro del universo.

Hipnotizada, intenta atrapar el reguero mientras la miro hipnótico.

Los ojos le brillan y esto me confirma que no necesita grandes detalles o lujos para disfrutar de la vida.

Al bajar la mirada a la pila me doy cuenta de que no hay rastros de espuma.

Me coloco tras ella, poso mis palmas sobre las suyas y frotamos el jabón bajo el chorro. Su risa invade la habitación.

—Dejemos ya el agua —cierro el grifo una vez está aclarada. Ella refunfuña.

Todavía pegado a su espalda, envuelvo sus manos en una toalla blanca y las mantengo unidas hasta que las tenga secas.

Nos miro en el espejo: su cabeza termina justo donde empieza mi barbilla y sus ojos cansados me provocan una punzada de dolor.

Descubro que lleva un ligero delineado granate y una pequeña raja en el labio de haber sido víctima de un puñetazo en el gimnasio; ya se lo vi en la oficina esta mañana.

—¿Quieres desmaquillarte? —Musito para no asustarla. Niega y de algún modo me lamento, hubiera sido divertido e íntimo—. ¿Estás bien? —Pregunto cuando su cabeza cae en mi pecho. Mis brazos hacen un amago de protegerla.

—Quiero dormir —su voz suena aún más bajita que la mía y sus ojos se entrecierran huyendo de la molesta luz.

Paso sus brazos por encima de mis hombros y la cojo en volandas; no pesa demasiado, se nota que hace ejercicio por gusto y no para llegar a ser el prototipo que la sociedad impone.

Puedo sentir el calor de su respiración en mi oreja cuando se aferra a mi cuello: su frente queda pegada a mis labios; atreviéndome a darle el beso que hasta ahora no me atreví.

Una vez está tumbada pronuncio su nombre en tono suave y le pido que se meta bajo la colcha, con cuidado levanto sus piernas y la arropo diciéndole que si necesita cualquier cosa me avise.

—Estoy bien —asegura sin voz acomodándose sobre la almohada.

Sin percatarse que estoy tan cerca de ella retiro su pelo de la cara, ¿qué le habrá sucedido para ingerir tal cantidad de alcohol?

—Descansa, pequeña.

Resistiéndome a darle otro beso en la cabeza, estiro el brazo y pongo la habitación en total oscuridad para que pueda dormir.

—No —dice casi en una súplica agarrando mi mano que todavía yacía a su vera—, no apagues.

—La bajaré un poco para que no te moleste —ella asiente—, descansa.

—Eres buen amigo, Austin —susurra antes de que el sueño la domine y debilite el agarre.

Desde el móvil pongo la intensidad más baja que me permite la luz que sale del cabecero de tela gris, cierro el vestidor y me siento en la butaca que está a los pies de la cama.

Suspiro apoyando la cabeza en mi palma sin apartar la vista de la chica que duerme entre mis sábanas, no sé si me afecta más que me vea como amigo o que me haya llamado Austin, rompiendo así el juego tonto que teníamos de llamarnos por el apellido.

Sin llegar a despertarla, otro ataque de hipo resuena en el silencio de la noche, me hace sonreír. Eres especial hasta en eso, Colbert.

Tengo que alejarme de ella; no puedo permitir que se despierte en medio de la noche y me vea vigilándola, si de por sí ya le caigo mal, esto le enfadará más.

Me acerco a la cocina, saco de la nevera una botella de plástico de agua y la dejo sobre la mesita negra antes de apagar el despertador de mi móvil, para que no la asuste en unas horas.

En ese momento, el teléfono vuelve a sonar en el salón, me apresuro y poder silenciar el sonido: la policía está abajo buscando a la chica descalza.

Cierro la puerta del dormitorio y voy hacia el pasillo.

Al abrir, dos hombres uniformados y molestos por no responder a su llamado voltean: uno entrado en años y con bigote y el otro debe estar recién salido de la academia.

—¿Señor, Brandfont? —Pregunta el bigotudo acercándose. Asiento—. Soy el agente Harmon —asiento de nuevo—, un conductor dio aviso de haber traído a este edificio a una chica blanca afectada por el alcohol, descalza y sin efectos personales —explica intentando ojear el interior de la casa.

—Es una amiga —así me llamó ella—, está durmiendo. ¿Quiere entrar? —Abro la puerta de par en par dándole vía libre.

—Si es su amiga supongo que estará bien y sabrá el nombre —precavido y desconfiado reúsa la invitación.

—Sidney Colbert —el mayor le hace una señal al joven que se aparta para presionar una tablet con el escudo de la policía de Nueva York—, y está todo lo bien que puede estar después de haberse emborrachado —contesto en tono grave.

Me están tocando los huevos todas estas preguntas—.

Entiendo que es protocolo, por eso le he ofrecido entrar para que compruebe que Sid está bien.

No llamé a las autoridades porque ella misma me dijo que no le había pasado nada, es mi amiga ¿cree que no la hubiese llevado a un hospital si hubiese sido agredida?

El policía parece estar más centrado en querer hallar a Sidney amordazada o degollada, que en lo que acabo de decir. El joven le reclama y ambos me miran desconfiados después de encontrar en la pantalla algo que les llama la atención: mis antecedentes, seguro.

—¿Ocurre algo, agentes?

El veterano cruza el umbral sin permiso hacia el dormitorio de la derecha, mientras el novato me vigila con la mano apoyada en su arma.

Mis músculos se tensan; mis antecedentes en esa pantalla me quitan cualquier derecho a protestar.

El agente desliza la puerta de cristal y, tras unos segundos en la penumbra, regresa al pasillo con una mueca de satisfacción.

—La chica está bien —dice acercándose a nosotros e indicándole a su compañero que me suelte—. Disculpe el trato, señor Brandfont. Cuando despierte, que denuncie la desaparición de sus cosas.

—Se lo diré —asiento, aguantando las ganas de darle un puñetazo—. Les acompaño —señalo la puerta—, y si hay que abonar la tarifa del taxi lo hago sin problema.

Ya sé que no llegó en taxi, pero tengo que intentar sonsacarles algo.

Al salir, me informan de que llegó en un Uber contratado por ella misma.

Tras desearnos de forma cordial una buena noche, o lo que queda, suelto que si habrían realizado el mismo trabajo tan satisfactorio si la chica hubiese sido de color u otra nacionalidad.

El del bigote coge aire, evitando una respuesta que le costaría el puesto.

Al dejar el apartamento en penumbra me apoyo de brazos cruzados en el inexistente umbral de la puerta acristalada que separa la habitación con el resto del loft.

Sonrío al ver que le asoma un pie por la colcha azul.

No sé cuánto rato estoy en esta misma situación, mirando un bulto que esconde y libera los pies, pero al poco de sentarme en el sofá para dar una cabezada, la pequeña Sidney comienza a susurrar e insultar al aire en ¿italiano?

Sin moverme sonrío. De repente, se incorpora y camina dormida entre la habitación y el salón; en una de esas pasadas, susurra mi apellido antes de volver a caer desplomada.