17
El reloj del móvil indica que son las tres menos diez cuando el sonido del teléfono fijo me despierta.
A estas horas una llamada ahí solo puede significar el desalojo del edificio.
Al llegar a la mesita del salón y encontrar el teléfono con la escasa luz que llega desde la cristalera respondo: es Milton, la jovencita de las trenzas está subiendo en un estado más que ebrio.
¿Cómo que ebria? Pregunto si sólo es eso o hay indicios de haber podido ser agredida; su ropa parece intacta y cree que ha llegado en Uber.
—¿Llamo a la policía, señor Brandfont? —Puedo notar la preocupación en su voz.
—No, si le ha ocurrido algo, yo avisaré. Gracias.
Dejo el aparato sobre la mesa y mi mano se va automáticamente a mi cabeza. ¿Qué cojones haces aquí, Sidney?
Si el conserje me avisó en cuanto Colbert desapareció de su vista, quedan unos segundos para que llegue.
Camino de nuevo a la habitación, me pongo la camiseta que tiré sobre la cama antes de acostarme y, sin calzarme, me acerco hasta el ascensor.
Las puertas deberían abrirse ya y la flecha todavía marca que está abierto en algún piso…
Paso mi mano por mi nuca y suspiro, seguro que ha pulsado todos los botones.
Al fin se abren las puertas y ahí está, soltando vapor en el espejo y dibujando caritas con orejas, como hacía de adolescente.
Va elegante y natural con una falda de cuero rojo, un jersey de rayas y… ¿descalza?
—¡Braaaandfont! —Suelta alegre al girarse.
Su pelo está algo revuelto atado en una coleta alta y su sencillo maquillaje pide a gritos limpiarlo tras horas en su cara.
—¡Hooliii! —Dice cuando detengo una vez más las puertas.
—Venga, sal —digo en tono conciliador. Ofreciendo mí mano, que no acepta.
—Ups que se nos come —ríe después de que las puertas se mueven.
Giro la cabeza intentando esconder la sonrisa que asoma en mis labios al ver el rastro de su dibujo en el cristal.
—Vamos —señalo el descansillo—, o seremos devorados —ella suelta una carcajada a la vez que choca su palma en el pecho tras no conseguirlo en el hombro.
—Que gracioso eres.
Tocándola lo menos posible, ya que ha rechazado mi mano, la guío hasta mi piso.
—Aquí —indico cuando intenta llamar a otra puerta—. ¿Dónde están tus zapatos? —Pregunto una vez estamos dentro.
—Con el bolso —se encoge de hombros con una cara inocente—, Costillitas lo sabe.
¿Costiqué? Mejor no pregunto.
—Perdón por interrumpir. Uff, qué mareo. —Sidney se lleva la mano a los ojos antes de detenerse y extender el brazo en busca de refuerzo—. Seguid, eh, seguid con lo vuestro. No miro, lo prometo.
—¿A quién hablas? —Digo sujetándola suave del brazo para evitar que caiga; está completamente helada.
—A tu ligue —señala la nada al llegar al espacio abierto—. Ah, ¿estás solo? —Añade en voz baja, agachándose al mismo ritmo que sus palabras salen de su garganta.
Despacio, y sin mucho éxito, la acerco al sofá. Si sobria es capaz de decir lo que dice sin morderse la lengua no me quiero imaginar lo que soltará ebria.
—Normal, ese pijama le quita la libido a cualquiera —señala mi pantalón azul oscuro de cuadros—. Me lo baja hasta a mí —comenta dedicándome una mirada viva antes de echarse una carcajada.
—¿Ah, sí? ¿Tienes libido por mí? —Pregunto para hacerla rabiar y saber qué más puede soltar.
Su desequilibrio la hace tambalear; la sostengo de ambos brazos y tiro de ella hacia mí.
—Yo no tengo de eso por ti —fija sus ojos marrones en los míos.
Convencida, da media vuelta en busca de una superficie, con mi ayuda logra sentarse en el sofá.
Le pido que no se mueva mientras voy a por agua, tras decirme que no sea aburrido y le dé alcohol añade que se irá en patines antes de recostarse.
De regreso, declara que no quiere agua; satisfecha por decirle que es vodka, se inclina para tomársela quejándose de que no huele a vodka.
Ante mi insistencia, se toma el líquido del interior de un trago.
Sentado en la mesita, la observo beber, intento sonsacarle si le ha ocurrido algo o si está herida para llamar a las autoridades si es necesario.
Recostada nuevamente, solo verbaliza que está bien y que nadie la tocó.
Eso último lo dice casi en una queja, como si hubiese empezado la noche junto a alguien y la hubiese rechazado.
Puede que por eso se haya emborrachado, pero si la han rechazado por ir borracha, debería haberla llevado a casa o a un hotel y cuidarla.
Lo que no comprendo es quién la rechazaría o, en su defecto, quién la dejaría sola.
Asegurándome de que todavía no está dormida, agito suavemente su hombro. Cuando abre los ojos, le ofrezco mi cama mientras la incorporo.
—No duermo en camas que me caen mal.
A peso plomo cae de nuevo en el sofá a la vez que niega con un dedo.
Por suerte sus ojos se han cerrado y no puede verme la cara de tonto que me pone esa ocurrencia; me temo que su mente la ha abandonado y no sabe lo que dice.
O tal vez sí; siempre tuvo esas frases que sólo tienen sentido si la conoces, aunque sea difícil conocerla.
En todos estos años la he podido conocer algo y jamás se ha dejado ver de esta manera.
Retiro suave los dos mechones que cayeron sobre su rostro, mi contacto no le afecta en absoluto.
—¿Te cae mal mi cama? Tendré que castigarla —la comisura de su labio se mueve débilmente dejando en el aire un patéala—. Venga, vamos.
Si no consigo llevarla a la cama tendré que dejarla aquí y no quiero. El sofá es ancho y se puede dormir cómodamente, pero no me arriesgaré.
—¿Vas a caminar? —Cuidadoso tiro de sus manos en forma de apoyo.
—No —agarra mi cuello cuando echo sus brazos por encima—. Y tú. Tú también me caes mal.
—Lo sé, Colbert —confieso cogiéndola en brazos para llevarla a la habitación—, pero aquí estás.
A pesar de las horas y haber estado bailando con el alcohol, todavía quedan dejes de su perfume dulce y nada empalagoso; me recuerda a un desayuno bajo el sol del verano en un jardín lleno de flores. Es diferente al que deja en cada habitación de la oficina por la que pasa.
—Tu sofá es cómodo —sus labios acarician mi cuello al reposar la cabeza en mi hombro.
—La cama más.
—¿Y la chica? —Dice exhausta cuando la siento en mi cama deshecha. Reacia a soltarme, sus pies caen desplomados sobre los míos.
—Solo estás tú, Colbert.
Desde que te quise follar en tu sofá, me deshago de esos pensamientos.
—Verdad, por el pijama antisexo —ríe sujetando la tela de mi camiseta—. Hoy casi tengo sexo, pero no lo tuve —me cuenta espesa.
—Venga, duerme.
De cuclillas me pongo frente a ella y apoyo mis manos sobre la cama; una a cada lado cerradas en un puño y no estar tentado a posarlas en su costado para darle una estabilidad que no tiene.
Su mirada es una mezcla de tristeza y decepción que deja ver lo más profundo de su interior, sin necesidad de preguntar.
—Levanta los brazos, te quitaré esto para que no tengas calor.
—No —encoge los brazos junto a su cuerpo—, no quiero tu sexo.
Pese a su confesión de que nunca tendrá sexo conmigo, sonrío. Su actitud de niña indefensa me hace ver un lado de ella que no muestra, ni estando en una habitación vacía donde nadie la ve.
—No te lo daré. —por mucho que quiera.
Tengo que rematar ya con alguna, no puedo seguir así.
—Menos mal —me saca de mis pensamientos llevándose los dedos a la boca al hipar—, no es bueno acostarse con el jefe. Cliente —se corrige a sí misma. Posando la mano en mi hombro, recostándose sobre su brazo.
Su pelo está tan cerca que el olor afrutado del champú se mete en mis fosas nasales, transportándome a una isla tropical.
Mis instintos más primitivos quieren acariciar sus cabellos, elevar su cabeza y comerle la boca, pero además de no estar en condiciones es capaz de volverme la cara incluso en este estado.
Sería gracioso ver cómo intenta pegarme.
—Está bien, cliente —susurro cerca de su oído sin invadir su espacio más de lo que ya lo invado—. Y ahora, ¿colaboras para quitarte esto y que no tengas calor?
Asiente repitiendo cliente en un hilo de voz.
A duras penas puede mantener los brazos rígidos que caen sobre mis hombros y, con cuidado, trato de quitarle el jersey sin causarle molestia.
No estoy acostumbrado a desnudar de forma tan delicada a las mujeres, por norma general siempre colaboran.
Al sacarle la tela, mi pecho y lo que no es mi pecho, empiezan a palpitar.
Rápido vuelvo la vista hacia otra dirección, no puedo quitarme de la mente esa imagen de sus botones desabrochados que me han dejado ver fugazmente parte del sujetador celeste y algo de encaje naranja.
No debería haber visto eso. Sin mirarla, le pido en susurros que se abotone antes de ayudarla a meterse en la cama y no incomodarla de más; ella ríe mientras que su cabeza cae encima de mi hombro.
¿Por qué cojones lleva la camisa desabrochada?
—Es verdad, que no sabes —su risa se intensifica y mi sonrisa se agranda.
Cuando miro de nuevo al frente, queda encajada en mi cuello y por un instante se me pasa por la mente depositar un beso en su rostro y enredar mis dedos entre sus cabellos.
—Te dejo, aunque no sepas.
Su voz adormilada y sus dedos que agarran mi camiseta por culpa del hipo, desvanecen mis calientes pensamientos, el cosquilleo de sus pestañas en mi piel llega hasta la boca de mi estómago.
Aunque es inevitable el roce de mis codos en sus muslos, trato de abrochar su camisa rozándola lo menos posible.
Demasiados riesgos; con la mente en blanco intento apresurarme para contener las putas ganas de follármela desde hace muchos años.
—Bran… —se detiene a medias.
Los ojos de Sidney me contemplan fijamente y sus delicados dedos rozan mis mejillas. Su piel es mucho más cálida de lo que recuerdo de las contadas ocasiones que tuve la oportunidad de tocar sus manos.
—Tengo que decirte algo —susurran sus labios pegados a los míos.
El olor a alcohol da de lleno en mi cara, pero no me separo. Solo pido que no quiera besarme; ni podría ni querría detener mis instintos. Y esa no es forma de dar un beso, no está en condiciones para ello, y seguramente, no saldría de ella.
—Dime.