15
—¡Otro! —le grito a Fernando antes de beberme el chupito que me acaba de servir junto a un Martini con limón.
Es la segunda copa y el sexto chupito que me meto al cuerpo. Sin separar los labios de la pajita, muevo los hombros al son de la música.
—Sid, es lo último que te sirvo —me advierte por segunda vez Fernando.
Me tomo los dos chupitos sin coger aire.
Sinceramente, estoy aquí como excusa para beber mucho sin sentirme culpable.
Mi semana ha sido una auténtica mierda que empezó en Brandfont Enterprise.
Austin dio la orden de que tenía que trabajar en acondicionar las salas cada vez que las necesitasen, como si fuese una becaria.
Donde más he tenido que estar es en la sala esa oscura que me amarga más que un plato de pasta sin queso.
He acabado de la empresa hasta los mismos ovarios, ¡y sólo llevo cuatro días!
En dos ocasiones me pillaron en modo vago: primero me encontraron tirada encima de la mesa con el móvil y la otra lanzando documentos mientras imitaba a Brandfont.
—¡Qué quieres de nosotros! —digo con su voz gruñona, contagiándome mi propia risa.
«Ya vas muy borracha, la noche será larga».
¡Cállate ya, Costillitas!
«¿Costillitas? La noche no será larga, será eterna».
El miércoles asistí al Embox. Que Maddie nombrara a Nate me hizo recordar mi fantasía en el despacho.
Antes de entrar al gimnasio me pasé, otra vez, por la papelería a preguntar si le habían dado al desconocido la nota que le dejé.
Se la entregaron, y eso me cabreó más. ¿Por qué no me llamaba?
Esa pregunta resonó en mi mente durante todo el entrenamiento.
Sin encontrar explicación. Después de haber ido hasta la papelería durante toda la semana, el tío del chico de ojos grises me dijo que dejase de acudir allí; su sobrino no quería verme.
Y aquí estoy, maltratando mi hígado por un tío que me hizo sentir.
Un tío que me divirtió, que me cuidó, que me besó y no me dijo su nombre porque no tenía intención de volver a verme.
Aquí estoy, intoxicando mi cuerpo en vez de bailar con los que de verdad me cuidan.
Yael y Cintia bailan acaramelados. Por el contrario, Telmo y Jessenia sí van al compás de la salsa.
Llevan desde niños juntos y todavía se miran como recién enamorados.
Durante mucho tiempo yo tuve ambas cosas con Matt: el deseo de los primeros días y la complicidad de los años.
Jessenia se acerca bailando con su gran sonrisa.
Estirando su brazo me quita la copa antes de arrastrarme a la pista.
Gracias a su contagiosa positividad me olvido de todo y sigo sus pasos.
Pronto se nos unen nuestros amigos, girando al son de la música.
Estos son los momentos que me ayudan a ahuyentar los malos pensamientos que me empujan al abismo al que mi mente rota quiere irse; poco a poco los tapo con ayuda de mi psicóloga.
Desde el mes pasado las sesiones son mensuales.
Llegará un momento en que acuda porque quiera y no por necesidad.
En el momento en que mi pareja de baile es Telmo, señala la herida de mi labio y me da la chapa por haber elegido a Rylie, uno de los boxeadores más agresivos, para entrenar. Era lo que necesitaba. Es el único que pelea en serio.
—Puedo programar una cita con Jason —insiste Telmo.
—No creo que esté para conocer chicas después de casi casarse. Y yo tampoco
«Ya los conocemos nosotras solas».
Cansada de escuchar hablar de mi nula vida sentimental, agarro la mano de Yael para bailar con él y devolverle sus mofas con algún pisotón.
Entre bromas consigue sacarme la sonrisa que nos regalamos desde hace veintitantos años, cuando éramos dos mocosos jugando por el gimnasio de papá.
Se mueve con un ritmo latino contagioso, yo solo intento no parecer un pato mareao'.
Nuestros brazos se separan para volver a enrollarse.
En el instante en que doy vueltas, dejo de oír la música.
Mis ojos se centran en esa mata de pelo rizada y despeinada que tanto deseaba ver.
En cuanto nuestras miradas se encuentran, desaparece de mi visión, dejándome con la duda de si es real o fruto del alcohol.
Corro en la dirección por la que se esfumó y, antes de salir, me deshago de mis zapatos.
Con ellos en las manos, mis pies pisan la calle.
Ahí está. Es real. Es tal y como lo recuerdo, excepto por esa mirada triste de la farmacia.
Un sinfín de bocinas y la voz de Kev me despiertan de esa extraña realidad. El chico de la esquina ya no está. Al centrarme en lo que me rodea, me veo en mitad de la calzada, casi encima de un coche cuyo conductor me increpa con insultos que no escucho. Solo oigo a Kevyn llamándome.
—¿Qué coño haces, Sid? —dice malhumorado, arrastrándome hasta la acera.
Mi centro sigue siendo esa esquina, mientras mi amigo me quita los zapatos y me pide que me agarre a él mientras me calza. Me trata como a una niña pequeña. Una vez subida a mis tacones, me zarandea para hacerme volver en sí.
—¿En qué pensabas? Podrían haberte atropellado.
—¿Qué? —le miro.
Eso le da a mi pensamiento la razón precisa para olvidarme de ese desconocido. No solo ha huido, sino que no ha hecho nada al verme a punto de ser arrollada.
Kev y yo nos encontramos en la barra esperando su cerveza, ya que Nando no solo no ha querido servirme, sino que ha dado la orden al resto de camareros.
Llegamos hasta aquí sin llamar la atención para no cortarles la diversión a los demás.
Después de que el camarero deje frente a nosotros un botellín, le grito que no voy borracha, pero pasa de mi pedido.
Necesito un trago. En el momento en que mi amigo se despista, estiro el brazo hacia su bebida, pero él atrapa mis dedos alrededor de la botella.
—No te gusta la cerveza —vuelve su flequillo hacia mí.
—Nadie bebe por el sabor.
Parafraseo a Miss Caffeina, sacándole una sonrisa. Le recuerdo el grupo que da vida a nuestras vidas; cuando me encerré en casa sin querer saber de nadie, él se sentaba al otro lado de la puerta soltando frases de sus canciones.
—Este laberinto y yo nos conocemos —sonrío—. Es mi cerveza —añade tras un corto silencio.
—Pues consígueme unos chupitos. Será lo último, lo prometo —apoyo mi frente en su hombro. Su mano libre acaricia mi espalda mientras me ofrece un trago.
—No quiero cerveza —gimoteo, notando la curva de su sonrisa sobre mi cabeza.
Oigo cómo le pide a la camarera dos chupitos. Acepta con la condición de llevarme a casa. Sin separarme de su pecho, asiento y le doy un beso en la mejilla.
—Cuando te pones en plan infantil eres insoportable.
—Sí —sonrío victoriosa.
—Quien no apoya no folla —dice él, chocando el vaso en la barra.
Llevándonos el vaso a los labios nos sostenemos la mirada, cargada de una tensión que nos desnuda. Kevyn rescata mis cosas de la mesa y, a pesar de mis quejas, salimos de allí.
Hace una semana hice prácticamente el mismo trayecto en compañía del desconocido; sin embargo, las circunstancias son totalmente diferentes.
Montados en la parte trasera de un taxi, me recuesto entre los brazos de Kevyn.
Su chaqueta encima de mis piernas me da el calorcito necesario.
En cuanto llegamos a nuestra calle, discutimos por pagar al conductor.
—Sois de las pocas parejas que han llenado mi taxi de amor, no lo perdáis nunca —dice antes de coger el dinero.
Salimos cada uno por una puerta y me río a carcajada limpia. Kevyn me coloca su chaqueta sobre los hombros. Sus palmas recorren mis brazos, deteniéndose en mis manos.
—¿Llegarás sola o necesitas que te acompañe?
—Sube —pido, y mi mirada se vuelve lasciva.
—Vas borracha, Sid.
—No voy tan borracha —apoyo mi barbilla sobre su hombro, pegando nuestros cuerpos.
Durante unos segundos él afirma con sus labios pegados a mi oreja.
Yo niego dándole un mordisco en el cuello, mientras sus manos sujetan fuerte las mías, evitando que le toque en zonas que le vuelven loco.
Un gimoteo se le escapa, dejándome claro que en cuanto consiga tocarlo pasaremos al siguiente nivel.
—Tengo que preparar lo de mañana —recuerda entre dientes, separándose.
—Te ayudo.
Un suspiro y un —no llevo la llave— me deja claro que no está de acuerdo, pero tiro de él poniendo rumbo a su estudio.
Al llegar a la puerta, me mira repitiendo que no ha mentido.
Le llamo mentiroso y me apoyo en la pared de brazos cruzados.
Mi mirada desafiante puede con él y por fin saca la llave del bolsillo de la chaqueta.
—Te dije que no la llevaba —sonríe triunfante.
Haciéndole la burla lanzo su chaqueta y mi bolso en los asientos y me dirijo a la puerta blanca del fondo.
—Tengo hambre —me quejo cuando Kevyn me entrega una botella de agua.
—No tengo comida —sigue su camino.
—Sí tienes —me acerco a la mesa alta donde manosea unos informes. Este chico se piensa que después de siete años sólo él conoce mis manías.
Sin sacar la cabeza de los papeles, muestra los dientes. Dejo la botella e intento leer los informes del trabajo de mañana. Se ha deshecho de su camisa verde militar y la camiseta blanca deja ver los tatuajes de su brazo derecho: la reina de corazones del antebrazo, llama la atención.
—Anda, ¿y ese diván? —señalo el mueble rojo de la esquina.
Centrado en mover los focos, me pide que haga de modelo para encuadrar las luces. Kevyn se sienta en el diván; con los ojos cerrados disfruta de la penumbra.
—Uff…, has trabajado mucho.
Una media sonrisa aparece en su rostro y da unos golpecitos en el sofá, invitándome junto a él. Descansando la cabeza en su costado disfrutamos del silencio.
—¿Quién era? —dice después de unos minutos.
A pesar de lo suave que suena su voz, mi cuerpo se revuelve.
—Un fantasma —respondo.
—¿Matt?
—No. Matt es un humano del pasado, y el fantasma también.
—¿Segura?
La dulzura con la que mima mi muslo tranquiliza mi mente a la misma velocidad que agita mi cuerpo. No hay nadie, añado en busca de sus ojos.
—Yo tampoco tengo a nadie.
Y esa es la señal que empuja a nuestras cabezas a acercarse para atrapar esos labios en un beso contenido durante años.
No nos importa el lugar; solo queremos mantenernos cerca, tocarnos, saborearnos.
Mientras mis dedos se enredan en su cabello, la mano de Kevyn recorre mi vientre metiéndose debajo de la falda.
Un pequeño quejido le saca una sonrisa cuando noto sus dedos a través de la fina tela.
Su palma atrapa todo mi sexo, mis caderas se elevan y noto el bulto que esconde su vaquero.
Nuestros labios se muerden al sonreír, pero sus labios dejan los míos al mismo tiempo que su mano sale de mi falda.
—No podemos. Vas borracha y no quiero que luego te arrepientas.
—No lo haré —susurro.
Girando mi cuerpo me pongo frente a él, meto mi mano debajo de su camiseta y se la saco.
Cuando hace lo propio con mi jersey, rodeo su cuello y me subo a horcajadas, pegando mis labios a los suyos.
Nos acomodamos en el diván. Nuestros dos músculos húmedos se entrelazan sin sentir la falta de oxígeno.
Mis gemidos se pierden en su boca. Inquieta, muevo las caderas sobre el bulto de su miembro.
Kevyn estruja mis nalgas para levantarme lo suficiente y tumbarme en el sofá antes de sacar sus manos de mi ropa.
Tumbado sobre mí, coloca ambas manos a los lados de mi cabeza.
—¿Ya te has cansado de mis labios?
—No —digo, moviendo mi cuerpo hasta notar en mi sexo la pierna que tiene doblada.
Siento su sonrisa en mi piel tan pronto como le doy un mordisco en la mandíbula. El roce de sus dedos empuja mis caderas en busca de más. En cambio, su boca se aleja para deleitarse en mi cuello, mis pechos, mi abdomen y de nuevo arriba.
«¿Nos hemos roto algo?»
No, ¿por?
«No siento nada».
Uf, menos mal, Costillitas, creía que era la única. ¿Y así? ¿De repente? Estaba cachonda.
«¿Y si pensamos en Nate?»
¡Qué! ¡No! ¿Por qué lo nombras?
«Porque nos pone cachondas».
Y Kev también, digo, sólo Kev.
«Sí, ya lo veo. ¡No lo veo porque no siento nada!»
Me vuelvo a centrar en Kevyn. Tiro de su cabeza y junto nuestros labios; el beso es urgente, rápido, torpe. De nuevo a horcajadas encima de él, mi corazón revive y mi respiración se acelera. Sus manos vuelven a arder bajo mi ropa y mi ser palpita deseando tenerlo dentro.
—No puedo.
De golpe separo nuestros labios, dejándonos a ambos abandonados en mitad del desierto.
—Joder, Sidney —bufa casi en silencio, dejando caer los brazos a los costados.
—No… —mis manos agarran su cara intentando no romper lo que ya he roto—. No sé por qué.
—Los mismos putos errores.
—¿Qué?
Mi voz apenas se escucha por lo molesta que suena la suya. Casi siento que le incomoda que siga encima.
—Sácatelo ya de la puta cabeza —la furia que jamás le he visto en todos estos años se acumula en sus ojos—. Matt se acabó. No volverá contigo.
El fuego de sus ojos se traslada al resto de su cuerpo. Me levanto de golpe y me enfundo el jersey en silencio.
No comprendo por qué cada vez que estamos a nada de hacerlo algo se bloquea dentro de mí.
Entiendo que en su momento fuese porque Matt ya estaba en mi cabeza, ¿pero ahora?
¿Será que todavía lo tengo presente? ¡No!
Es pasado y solo estaba Kevyn. En mis pensamientos solo estaba él.
Deseaba sus caricias y sus besos; sigue besando de infarto.
Deseo tanto ser suya y él mío, pero me temo que esta ha sido la última oportunidad. Ya van demasiadas.