14
Ayer por fin pude hablar con papá sobre el caso del boxeo y me dio la minuta. Decidí entregarle su parte a Nate en persona antes de mi cita con recursos humanos en Brandfont Enterprise. No quería estresarme conduciendo; ya me bastaba con el dolor de ovarios que arrastro desde el sábado.
—Hace mucho que no vestía así, señorita Sidney —Kamal me mira sonriente por el retrovisor—. Sid —corrige.
Llevo quince años pidiéndole que no me trate de usted.
Hoy, al abrir la puerta del coche, estaba sonando Lithium de Evanescence y enseguida bajó el volumen.
Le dije que no había problema. Hace tiempo que la música es música y no puñales.
Evito vestir de colores claros en esos días; al final me he decantado por un traje verde botella con zapatos a juego y una blusa blanca.
Nada más entrar en el edificio, estoy a punto de darme la vuelta.
El gruñón de recepción no me deja subir por no tener cita con el señor Akerman.
Por mucho que le muestro la tarjeta, alega que en la agenda de Finn Akerman no hay ninguna mujer.
A punto de irme, una joven rubia vestida con un traje de chaqueta beige le abronca, diciendo que si la señorita Colbert viene a ver a Nate Akerman es porque él la espera.
—Perdona —dice una vez entramos en el ascensor—, a veces no reconocen a las personas importantes.
—No soy importante.
—Que busques abogado siendo tu padre quien es, sí es importante.
¿Por qué iba a necesitar yo un abogado?
—Ya estamos —anuncia al abrirse las puertas—, le acompaño.
Caminamos por una sala amplia. Sin detenernos, mi guía le pregunta a la recepcionista si ya llegó Akerman. Le comunica que está arriba con el jefe. Seguimos el camino por unos pasillos saturados de abogados estresados. Cuando nos detenemos, abre una de las puertas.
—¿Tardará mucho? Tengo algo de prisa.
—No lo sé, ya le han avisado de su llegada.
La joven cierra la puerta, dejándome sola frente a un ventanal de pared a pared que convierte la habitación en un gran despacho.
Dejo el bolso sobre uno de los asientos blancos y, con las manos en los bolsillos del pantalón, camino hasta la ventana.
El sol empieza a reflejarse intensamente en los altos edificios de Manhattan.
De repente el ambiente se hace pesado. El aire empieza a desaparecer en cuanto noto su cuerpo pegado al mío, susurrándome que sigo oliendo a naranja.
Sus manos recorren mis brazos lentamente y mis ojos se cerraran, saboreando esas caricias.
Cada roce remueve todo mi ser. Sus rudos y suaves dedos apartan mis cabellos sueltos, dejando una ráfaga de besos desde mi cuello hasta detrás de mi oreja; un ligero gemido provoca que me muerda el labio.
—Te has convertido en mi olor favorito —se entrecorta su voz.
Giro la cara para capturar sus labios, pero él sigue perdido en mi piel.
Entrelazo los dedos en su pelo para acceder a su cabeza; nuestros labios se rozan y el calor invade la habitación.
Pego mi trasero a él cuando su mano explora mi vientre en busca de mi sexo.
Por medio de un gesto rápido, me encuentro con los brazos tensos sobre la madera, disfrutando de lo que me han negado todo el fin de semana.
—¿Te encuentras bien?
La ruda voz de Nate resuena tranquila por todo el despacho. Al abrir los ojos, me doy cuenta de que el aire de la habitación es normal y nadie está acariciando mi cuerpo.
¡Qué! ¿En qué momento…?
«Tu mente».
¿Por qué no me has avisado?
«Porque estábamos disfrutando».
Echo un vistazo por encima de mi hombro y ahí está Nate, mirándome alarmado a la vez que deja sobre la mesa unas carpetas. Retrocede sus pasos hasta cerrar la puerta en busca de una privacidad prohibida.
—Eh… Sí —me recompongo—. ¿El servicio?
Noto cómo mi sangre bombea fuerte, traspasando su color a mis mejillas.
Su semblante es serio, preocupado. Acelerada, entro al primer cubículo que encuentro libre.
Con la espalda apoyada en la puerta, golpeo la cabeza y cierro los ojos.
¿Qué coño me ha pasado? Era tan ardiente, tan placentero, tan real...
Hasta juraría haber sentido sus dedos ahí dentro...
«Eso fue el tampón».
—Mierda —bufo sentándome en la taza cerrada—, el bolso.
Suelto un suspiro de impotencia y una voz dulce que viene de detrás de la puerta me pregunta si estoy bien. Por el hueco de la puerta, una mano delicada me alarga un neceser pequeño.
—No sé qué utilizas, sírvete tú misma.
—Gracias —estiro el brazo.
Por suerte mi voz suena normal. ¿Cómo se me ha podido ir la cabeza de esa manera en el despacho de Nate?
Una vez cambiada, tomo aire y salgo de mi escondite. Una joven bien vestida está apoyada en el canto de los lavabos. Le agradezco con una sonrisa mietras le devuelvo el neceser. Me echo jabón y abro el grifo del agua fría para tranquilizarme.
—¿Eres nueva?
Busco a la chica en el espejo; su semblante es duro a la par que delicado.
Contesto que estoy de visita. Echo un vistazo al reloj de mi muñeca: marca las nueve y veintitrés.
No puedo llegar tarde a Brandfont Enterprise.
Regreso al pasillo dispuesta a encontrar el despacho de Nate.
A pesar de estar la puerta entreabierta, llamo antes de entrar.
Nate enseguida se levanta de su silla preguntando angustiado si estoy bien.
Escondo las manos en el bolsillo junto a cualquier ápice de nervios y contesto un simple sí, con mi voz totalmente recuperada.
Trago saliva intentando humedecer mi garganta al verle metido en un traje gris oscuro; él se humedece los labios cuando mis ojos se anclan en su corbata azul de topos. La misma corbata de mi alucinación.
—Un gran despacho —digo acercándome al banco.
Está tan cerca que puedo sentir su perfume, un aroma fresco e intenso que perturba mis sentidos.
—Claro, con tu metro cincuenta lo verás enorme —dice de forma astuta, haciéndome sonreír—. ¿Sabes algo de Piers? —Sentándose en su silla, deja la broma a un lado para ponerse serio.
—Se lo confesó a mi padre. Unos tipos se enteraron de sus problemas económicos y...
—Cayó —decimos al unísono.
Asiento algo triste.
—Es una mierda que haya tipos que se aprovechen de la mala situación de otras personas —replica.
Enseguida me pregunta si le pasará algo a él o a Quinn.
Le cuento lo poco que papá me ha dicho: intentará que no sea condenado y se centren en los peces gordos.
El silencio se apodera de la habitación hasta que confiesa que esperaba esta información por vía telefónica.
Acercándome a mi bolso, le muestro el cheque.
—Te dije que me deberías una —sonríe.
—Querido Nathaniel —apartando una agenda negra de la mesa, me hago hueco antes de sentarme de forma desenfadada—, nadie trabaja por amor al arte —arrastro el papelito por la madera sin quitar la sonrisa de mi rostro.
—Puedes donarlo.
—Si quieres ser generoso me parece bien, pero primero paga tus impuestos.
Ríe enseñándome todos sus dientes. Un ligero movimiento de las ruedas de la silla provoca que su rodilla choque con la mía, sin hacernos sentir incómodos. Nuestras miradas se clavan, deseando que ese leve contacto dé comienzo al abrasador momento que nos arde desde el viernes.
—¿Qué tal terminó tu cita? —pregunta sarcásticamente.
—No sé, le dejé ahí…
—…¿La tuya?
—Intensa.
Con unas últimas risas cojo mi bolso, me despido mientras me recuerda que le debo una y que nos vemos por el Embox.
—Sidney —me llama antes de abrir. Al girarme le veo de pie junto a su mesa, con las manos en los bolsillos—. El Matt que nombró Tai —hace una breve pausa—, ¿es el poli del Asante? —Asiento al percibir que no se escucha mi respuesta—. ¿Es tu nov…?
—No —contesto firme.
Es la primera vez que lo digo con convicción.
Llego a la oficina de Brandfont escasos cinco minutos antes de la hora citada.
Poco a poco el ascensor que me acerca a la planta cincuenta se vacía.
Junto a un señor mayor, un joven alto, delgaducho y castaño muy inquieto y yo somos los únicos que subimos más arriba del piso treinta y cinco.
Al mirar la cara jovial del chico me doy cuenta de que es uno de los jóvenes de la última fase.
Pidiéndole que inhale y exhale, trato de tranquilizarlo.
En cuanto el hombre se baja en el piso cuarenta y seis, el joven me pregunta si se nota mucho que lleva el mismo traje que el otro día.
—Seguro que ese hombre utilizará ese traje el resto de la semana —encojo los hombros consiguiendo que el chico esboce una sonrisa—. Sidney —extiendo mi mano.
—Seth —hace lo propio, sus ojos color avellana comienzan a tranquilizarse.
Las puertas se abren y juntos nos dirigimos a la recepción, donde nos indican el camino.
Uno al lado del otro, caminamos hasta la sala a la que nos enviaron.
Antes de llegar, la chica del vestido verde de la otra vez nos increpa en mitad del pasillo pidiéndonos acelerada que demos media vuelta porque hay cambio de planes.
—Venga, la reunión es en otra sala —la chica menuda nos mira desde la distancia.
—Mantén siempre contacto visual —le susurro a Seth al ponernos de nuevo en marcha.
—¿Con quién? —Me mira.
—Con todos. Con quien te hable.
Después de pasar por un pasillo muy espacioso de paredes oscuras, la estresada jovencita nos pide que nos sentemos al hacernos entrar a una sala de juntas sin ventanas.
—¿Estamos en el primer día de preescolar? —suelto cuando la rubia de la otra vez dice a gritos que se pide la silla del medio.
Seth me invita a entrar a la vez que aclara que se sienta él al fondo. La secretaria empieza a entregarnos unos folios con preguntas de ámbito legal. Al darme cuenta de que se ha equivocado al repartir, le devuelvo la hoja comentándole que yo no soy Sallie Alvey.
—Disculpe, Señorita Colbert, di por hecho que…
—No te preocupes —interrumpo al ver sus mejillas sonrojadas.
Sonrío quitándole importancia. Estoy acostumbrada.
Me acomodo en el asiento mientras ellos siguen discutiendo. Al rodar la silla, me percato de que los rectángulos negros repartidos por la pared no son madera barnizada; son láminas de un plástico oscuro en las que, si fijas la vista el tiempo suficiente, puedes ver reflejado lo que tienen delante.
—¡Os podéis callar! —Vuelvo la silla al frente. Ambos me miran por gritar sin haber alzado la voz.
—A él le van a coger por mariquita —repite —y a mí porque estoy de enchufe —admite con una sonrisa—, pero tú quién eres —dice cogiendo mi folio. Pongo los ojos en blanco cuando lee mi nombre en voz alta—. ¡La jodida Sidney Colbert!
—La misma. ¿Alguien te ha preguntado tu orientación sexual? —Miro a Seth.
—No.
—Se le nota —comenta despectivamente.
—Porque es algo privado que no debe ser relevante para un puesto de trabajo y tú —le arrebato el folio—, si estuvieras enchufada ya estarías contratada y no aquí haciendo el tonto.
«Gracias por decir por una vez en tu vida lo que pienso».
—Señorita Colbert —una voz melodiosa y firme nos hace girar hacia la puerta. Tara Wescot—, aquí no estamos haciendo el tonto.
«¿Nos reconocen ya por la voz? ¿Hay cámaras?»
—En esta empresa no hay enchufismos.
—¿Ah, no? —Suelta Sallie.
—No —replica cogiendo los folios a la vez que le dedica una mirada que más bien podría haber dicho 'cállate tonta o nos descubrirán'.
«Nosotras sí, ¿no?»
—En Brandfont Enterprise solo tenemos gente con talento…
Blablabla… Parece que la empresa es suya y todavía no sabemos —saben— que es la jefa de personal y recursos humanos.
En mi investigación no pude encontrar más allá de sus triunfos empresariales siendo la mujer que más empresas en quiebra consiguió resurgir.
Desde hace cuatro años es la encargada del personal de cada departamento de esta empresa.
—Austin —interrumpe su discurso.
Todos volvemos la cabeza en dirección a la puerta en el momento que Brandfont irrumpe en la sala, soltando un educado 'buenas' que dice casi sin despegar sus labios.
Con una mano en el bolsillo del traje a medio poner, rodea la mesa hasta detenerse en la silla libre que hay junto a Wescot.
Arqueo una ceja cuando se acomoda su corbata, perfectamente anudada, antes de estirar un brazo para estrecharnos las manos uno a uno.
Nuestro contacto dura menos de lo que esperaba, yo creo que no fue ni un segundo; apenas pude sentir una ligera sensación caliente ante mis frías manos, al contrario que el sábado por la mañana.
Creo que sigue molesto por lo que solté.
«Es que te pasaste».
—Empecemos por Tanner —le dedica una fina sonrisa que le hace estremecerse como un adolescente—, si no le importa, claro —gira la cabeza hacia Tara.
—No, claro que no.
Sus palabras suenan forzadas y su cuerpo se ve tenso, como si Austin supiese que va a saltarse unas normas que habían acordado de antemano.
Seth responde correctamente, incluso mejor de lo que yo lo hubiera hecho.
Se nota que está porque quiere y no porque nadie le obligó para cubrir un cupo inexistente por ser gay, pero las respuestas de Alvey son para preguntarse si de verdad se graduó en derecho.
Si ahora mismo me dijeran que tengo que expresar mi estado de ánimo les mostraría una foto del hombre del ascensor.
—¿Se aburre, Sidney? —Tara me obliga a apartar la vista del intercomunicador del centro de la mesa para mirarla. Su semblante es serio. Molesto.
«Sí».
—Me indigno —digo sin perder el contacto visual—.
Un dispositivo dirigido al ámbito de la medicina tiene que cumplir el cien por cien de las normas establecidas, no solo para no dañar la salud de los ciudadanos sino porque en caso de problemas un uno por ciento de error la culpa cae sobre la empresa, aunque el error haya sido humano.
—Parecía que no escuchaba —desvío la mirada hacia la voz de Austin. Sus brazos desnudos están sobre la mesa con los dedos entrelazados, no hay un reloj que adorne su muñeca.
—Un abogado siempre escucha, aunque el cliente no lo haga.
Nuestras miradas no dicen nada, pero ambos sabemos que están a punto de entrar en un juego que solo nosotros dos conocemos, hasta que la desvía hacia Wescot dejando una estela de miedo si seguimos ese camino.
«Y sigues apaleando a un hombre apaleado».
—Te dije a quién descartaba —dice, en cuanto Tara le devuelve la mirada se levanta—, y lo sigo manteniendo —añade antes de presionar sus nudillos contra la mesa.
Austin pasa por detrás de la silla de Tara y desaparece de mi visión.
Enseguida, la directora de personal recoge los papeles e informa de que en unas horas recibiremos instrucciones antes de irse a toda prisa.
Sallie sale tras ella, indignada por no haber podido responder a todas las preguntas.
Seth propone ir a tomar algo a la espera del correo para abrirlos a la vez; como no tengo nada que hacer, acepto.
Al salir, nos chocamos con Alvey bajo el umbral, mirando al final del pasillo donde Wescot y Brandfont conversan.
Ella le acaricia el brazo mientras él la sostiene de los hombros.
Después de unas últimas palabras, el CEO desaparece al abrir una puerta