Cuatro son multitud tres no 13
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Miro el papel antes de arrugarlo en el bolsillo de la chaqueta.

La carita sonriente que Greace dibujó me arranca una sonrisa antes de echar un vistazo en busca de la moto sin éxito.

Al entrar en el vestíbulo del edificio, un elegante suelo de baldosa de mármol negro me guía hasta un mostrador donde un conserje de traje impecable me da los buenos días.

Le saludo informándole de que me dirijo al ático cuatro; de inmediato, me notifica que el señor Brandfont no se encuentra en su apartamento.

—Lo sé —sonrío con suficiencia—, está abajo en el gimnasio —señalo la nada, fingiendo tener el control de su agenda.

—Un segundo, por favor —asiento.

A la velocidad propia de un hombre de su edad, se dirige al otro extremo de su mesa de trabajo. Apoyada en la fría recepción adornada con dos lujosas lámparas encendidas, espero.

—Señor Brandfont —la voz del conserje resuena—, su visita ya está aquí.

¿Visita? No puedo evitar clavar los ojos en el hombre, el cual frunce el ceño ante las palabras que escucha por el receptor. Se hace un silencio sepulcral mientras me observa de reojo.

—Sí... Entendido. Ahora mismo —añade antes de colgar.

Ágil, finjo contemplar la gran lámpara dorada que cuelga del techo en cuanto esconde el aparato de comunicación debajo del mostrador.

—Puede pasar, señorita —me señala la zona de los ascensores—. El señor Brandfont está abajo, en el gimnasio comunitario.

Señor Brandfont, señor Brandfont, señor Brandfont… Qué repetición más rancia.

Camino por el vestíbulo sin tener ni idea de hacia dónde debo dirigirme.

Al girarme con una media sonrisa de niña buena, el amable conserje añade un oportuno «sótano uno» sin dejarme siquiera formular la pregunta.

Durante el viaje en el ascensor de madera, iluminado por unos pequeños focos halógenos en el techo, saco el móvil.

Solo me da tiempo a fijarme en la hora —pasan tres minutos de las diez de la mañana— porque enseguida me distraen las palabras del conserje.

Así que el tipo me estaba esperando; sabe perfectamente que soy la hostia en mi oficio y jamás podrá negarlo.

«Con trampas». Nunca presumí de trabajar sola; el secreto está en saber con quién colaborar.

Las puertas se abren, dándome paso a un pasillo escasamente iluminado por las luces de emergencia.

Una moqueta azul marino se extiende a lo largo del interminable corredor, en el que se distribuyen tres accesos camuflados entre las paredes grises.

Al acercarme, dos placas metálicas informan con un grabado de lo que hay al otro lado: en la izquierda se encuentran la piscina y la sauna, y en la derecha, el gimnasio. ¿Es que aquí no hay vestuarios comunes?

«Es un gimnasio privado, idiota».

Decidida, entreabro la puerta. Una hilera de cintas de correr y aparatos de musculación de última generación se despliegan a la derecha de una sala blanca y perfectamente iluminada.

Me asomo despacio, con la misma cautela que cuando el director del colegio te llamaba al despacho y te encontrabas a tus padres sentados frente a él.

En el flanco izquierdo el espacio se ensancha, pero mis ojos se clavan al instante en una espalda completamente desnuda.

La espalda desnuda de Austin. Sé que es él porque no hay un alma más en la sala, pero reconocerías las venas de esos brazos haciendo dominadas en cualquier parte del mundo.

Un pantalón largo y gris de algodón envuelve su trasero perfectamente esculpido…

—Colbert —me saluda con voz sosegada, sin bajarse de la barra.

A la vez que mi subconsciente sigue con la vista fija en el único lugar que he querido patear más de una vez, cierro la puerta y me dirijo al banco de pesas que está junto a esa estructura de los dioses del Olimpo. No, Sidney, ya vale. Para.

—Brandfont.

Intento fingir que no me distrae en absoluto verle sudado, sobre elevando la cabeza por encima de la barra de hierro sin el menor esfuerzo físico.

«Te impresiona y lo sabes». No, no me impresiona para nada.

—Así que sabías que acabaría localizándote —no parece enfadado. Creo. Su cara de póquer es digna de admiración.

—Me habrías decepcionado de no haber sido así —esboza una media sonrisa.

Al descolgarse de la barra con la misma naturalidad que el que baja de la cama, se planta justo frente a mí. Con orgullo y sin pizca de vergüenza, exhibe unos abdominales perfectamente tonificados y cubiertos de sudor, junto a una cicatriz muy vieja en su costado izquierdo.

No, para de una vez. Centrémonos en el trabajo.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —pregunta, cogiendo una botella de agua del suelo.

—He venido a correr —le dedico una sonrisa risueña y me quito la chaqueta.

Ante su atenta mirada, cuelgo la prenda de una máquina de correr y me subo a la de al lado. Mientras trasteo con los mandos, la mano de Austin irrumpe en mi campo de visión para manipular la pantalla táctil. Al elevar la cabeza, me topo con su rostro, concentrado en el panel.

—¡Eh! —le doy un manotazo en el hombro antes de agarrarme a las barras cuando la cinta empieza a acelerar.

—Ni te habías dado cuenta —le oigo decir, mientras me centro en pisar los laterales de seguridad.

La pantalla digital vuelve a pitar y la cinta baja el ritmo. Al centrarme de nuevo en Austin, nuestros labios se humedecen al mismo tiempo queriendo regar ese perfecto y seco globo terráqueo que se ha formado.

—¡Anda, un espejo! —aparto la vista de su boca de golpe. Una leve risa brota de su garganta, obligándome a clavar los ojos en él de nuevo—. ¡¿Qué?! —bufo al verle con el ceño fruncido.

—Tienes un… —calla, a la vez que se señala su propia cara y después la mía.

—Sí, dilo, un grano —pongo los ojos en blanco—. Se llama Rodolfo.

Arquea una ceja mientras me mira pasmado. Sin añadir más comentarios, vuelve a sus cosas.

—No creo que hayas invertido tus recursos en localizarme solo para venir a correr —habla dándome la espalda.

Esa espalda cuadrada, fuerte y bronceada.

—Pff, pan comido localizarte —sonrío en cuanto planta el trasero en el banco donde yo estaba sentada—. Te recuerdo que fuiste tú quien interrumpió mi tiempo de ejercicio.

En mitad de esa habitación solo se escucha el compás de mi respiración y el impacto rítmico de mis pies al correr uno delante del otro sin avanzar.

Me desconecto de mi propio reflejo para evitar los ojos que me observan de reojo.

Me pregunta qué hago aquí de verdad. Le interrogo acerca de si ha visto las noticias o ha leído algo sobre la última venta de empresas en Wall Street, a lo que contesta que no.

Sinceramente, no me sorprendente; el chaval vive en su propia burbuja.

Le comento que, cuando le llamé, estaban anunciando en los informativos la venta de EGOMP a Colin Becket.

Le da exactamente igual. «Otro niño rico gastando dinero», espeta de forma despectiva.

Arqueo una ceja en su dirección, recordándole sin palabras todo lo que le solté por mi boca.

Malhumorado, comienza a colocar discos de hierro sobre la barra y, con un ademán de la mano, me anima a seguir hablando.

—Esa firma colabora directamente con Brandfont Enterprise. Tienes que reunirte de inmediato con el nuevo CEO y blindar la relación comercial —digo quedándome sin aire por la rapidez con la que hablo para evitar que me corte.

—Si Colin Becket quiere romper relaciones comerciales, que las rompa —suelta Austin de golpe, recordando que le había hablado.

Le miro indignada. Sigue tumbado boca arriba. ¿Cómo le puede importar tan poco la corporación por la que lloriqueaba en la puerta de mi casa hace unas horas?

—Cada vez que un nuevo CEO adquiere una firma con la que colaboráis, vuestros contratos se van a la mierda, Brandfont. Los topos os están aislando.

Esta vez sí capto su atención de forma fulminante. Se incorpora de golpe, se sienta con las piernas a los lados del banco y me clava una mirada fija.

—Solo hago mi trabajo —ratifico con firmeza.

Sus ojos abiertos de par en par denotan una absoluta sorpresa, todo lo contrario a sus labios, que permanecen tan cerrados y rectos como siempre.

En ese instante, su atención se desvía hacia la puerta de la sala, que acaba de abrirse.

Un chico de nuestra edad, aunque con aspecto algo demacrado, saluda con timidez.

Austin asiente con la cabeza sin variar su postura rígida.

—Que se marche si quiere —llama Austin mi atención, restándole importancia—. Otros vendrán.

—Tú sabrás lo que haces —concluyo, dándole más velocidad a la cinta.

Bim-bari-bom-bom, bari-bom-bom… Lalalalalalala... Por ahí viene el Lo Lololololololo… Lalalalalala… Get Down, get, down… Da-da-da, da-da, da-da da-da… We have problems… Domingo en fuego… Thunder, thunder, thun-thunder, th-th-thunder, thunder…

Toqueteo el panel táctil obligando a mis ojos a desviarse de los hombros de Austin.

Se ha colocado frente al espejo de la pared y prepara unas pesas junto a la barra de las dominadas.

Lo sé porque, de todas las veces que he buscado el reflejo de su rostro en el cristal, nuestras miradas no se han cruzado ni una sola vez.

De cara a la pared de ladrillo, Austin se coloca una correa de cuero alrededor de la cintura de la que cuelga un pesado disco de hierro.

Ahora sí. Nuestras miradas se cruzan en el reflejo del espejo sin atisbos de emoción.

Solo curva el labio en una mueca de esfuerzo a causa de la carga que arrastra cuando, de un salto limpio, se cuelga de la barra de dominadas.

El peso de hierro se balancea en el hueco de sus piernas, tirando de la cinta que presiona la tela de su pantalón de chándal y marcando de forma inequívoca su anatomía...

«Una auténtica lástima no estar a solas en esta sala».

No mires ahí, Sidney. Recuerda la regla de oro: no hay que acostarse con capullos.

«¿A esos es a los que de verdad nos tenemos que follar».

Pero a este capullo en concreto, no. Además, en mi cabeza está...

«¿El chico sin nombre de la farmacia?»

Sí. Él.

Vuelvo a aumentar la velocidad de la cinta, concentrada en no pegarme la hostia del siglo delante del chico que cuelga un pesado disco de hierro de sus partes y hace dominadas sin aparente esfuerzo.

Tras cantar mentalmente no sé cuántas canciones, en una sesión centrada únicamente en correr y no morir deshidratada, Austin da por terminado su entrenamiento.

Se cubre con una chaqueta de chándal gris y se acerca para ofrecerme una botella de agua sin abrir.

Asiento, soltando un sincero y débil «gracias» mientras él se pone a manipular un panel de la pared en el cual no me había fijado hasta ahora.

Me invita a quedarme todo el tiempo que desee antes de despedirse de forma cordial.

Lose Yourself de Eminem empieza a sonar con fuerza a través de unos altavoces ocultos en el techo. ¿Ves cómo es un capullo? ¿No sabía poner la música antes de marcharse?

«Eso es porque se ha dado cuenta de que habías perdido tus cascos».

Sí, claro. Y está haciendo su buena acción del año, no te jode.

Una vez dentro del ascensor, aprovecho para revisar las notificaciones del móvil. Tengo el buzón a rebosar de mensajes de Yael, Greace y Vikki cotilleando sobre mis dramas de la pasada noche. Al pasar por la recepción, me despido del conserje].

—¡Auch! —me quejo al chocarme de bruces en el umbral—. Discul... ¡Ah! Eres tú —digo, al encontrarme a Austin plantado bajo un paraguas grande y negro.

«¿Y la buena educación de la que presumías?»

—Eres muy despistada, Colbert —dice él, sin mover nada más que los labios.

—Y tú estás justo en medio, Brandfont —le recrimino, colocándome a su lado bajo la lona. Qué bien llueve—. ¿Es que no te enseñaron que las puertas de acceso no se obstaculizan?

Su semblante serio y su ceja arqueada me escanean de arriba abajo.

Parece recién duchado, ya que lleva el pelo algo húmedo; con lo recortado que lo tiene, seguro que ni se pasa la toalla al salir de la ducha.

No desvío la vista de sus ojos porque me niego a demostrarle que me intimida, pero viste una gabardina negra larga sin abrochar que deja ver un traje oscuro, una camisa blanca desabotonada en el cuello y la corbata de color azul marino con rayas blancas aflojada.

«¿Qué habrá hecho para tener que vestirse con tantas prisas? ¿Tocarse? Sí, seguro».

Suelto una sonrisa sarcástica que le descoloca por completo a la vez que meneo la cabeza, intentando espantar esa escena de mi mente; mi subconsciente es incorregible. Aunque, pensándolo bien, yo apostaría a que ha estado tirándose a alguna vecina.

—¿Hoy no tenías ayuda para vestirte? —señalo la línea de su cuello, dejando su boca entreabierta y sus palabras a punto de salir.

—Puedes hacerlo tú —su fino labio esconde una sonrisa pícara.

—¿Acaso eres manco? —bufo, y de un tirón limpio le arrebato el paraguas de las manos para apoyarlo en mi propio hombro.

—Me estoy mojando, Colbert —le escucho protestar.

—Es que eres demasiado alto, Brandfont —hago un movimiento exagerado con las varillas para poder mirarle al rostro—. No llego.

Aprieta los labios de forma severa mientras se ajusta bien el nudo de la corbata; la verdad es que solo pretendía burlarme de él, no esperaba que se la arreglase en serio. Cuando libera las manos, extiende una palma para que le devuelva el paraguas. Vamos a jugar un rato.

«Dirás que vas a cabrearle un poco más».

—Dámelo.

—¿Qué? Perdona —le digo, inclinando la cabeza y enseñándole la oreja—. No te he oído.

De nuevo aprieta los labios con la vista clavada en el horizonte de la calle.

—Colbert —me mira de hito en hito. ¿Es que este millonario no conoce las palabras por favor y gracias?

—Brandfont —doy un paso atrás en la acera cuando intenta recuperarlo.

Es muchísimo más rápido y hábil que yo, y consigue atrapar mi mano derecha alrededor del mango del paraguas; su piel está tan fría como la mía.

Tan gélida como su rostro pávido, que no duda en gritarme con su mirada intimidante y sus labios a punto de mandarme a la mierda por toda la paja que ha tenido que tragar hoy por mi culpa.

—Tengo prisa —dice muy serio, sin apartar sus ojos de los míos—. Suelta de una maldita vez.

Le entrego el paraguas y libero mi mano de la suya, replicando con chulería que solo es un poco de agua. Sin más comentarios que un «estúpido» mascullado entre dientes, me alejo de allí a paso firme, mostrándole el dedo corazón en cuanto se ofrece a llevarme en su coche.

Una hora más tarde, Dumbo queda atrás en el asiento del copiloto del Camaro de Greace.

Rumbo al refugio familiar en Westchester, el viaje se diluye entre los paninis del Amoretto, el restaurante italiano al que íbamos de crías.

Me lo enseñó Vikki una de las veces que tuve que quedarme en su casa, cuando papá y mamá se llevaron a Greace corriendo al hospital con apenas seis meses de vida; un ingreso que nos marcó.

Paso el fin de semana esquivando el caso Piers en los ojos de mi padre, refugiada en la pantalla de mi móvil para contestar los mensajes que Nathaniel me envía durante todo el sábado.

Deseando que llegue el lunes. A mitad de la noche, devorando helado frente a la nevera abierta, le confieso a mi madre la existencia de un chico especial; su sonrisa me confirma lo obvio: hacía años que no me veía los ojos tan encendidos.

El domingo se escurre entre paseos familiares y un asfalto que nos devuelve a la crudeza de la ciudad.

Al estrés del trabajo.