12
Sentada en mi butaca rosa, me ato el cabello cobrizo oscuro en dos trenzas de espiga frente al espejo del tocador blanco.
A pesar de que anoche reviví un mal trago, hoy nadie me va a quitar la adrenalina que recorre mi cuerpo, y la idiota de mi hermana, que sigue sin contestar al teléfono, tampoco.
Pidiéndole a mi altavoz inteligente música alegre, le escribo a Greace para quedar a comer, a ver si se digna a responder.
—Doh-doh-doh, doh-doh-doh, doh-doh… —canturreo Uptown Funk de Bruno Mars.
Entre lo que me cuesta hacerme estas trenzas y el flow que tengo a estas horas de la mañana, voy a tardar una eternidad en salir de casa. También te digo: cero resaca.
Mi resaca mañanera es más emocional que alcohólica y ni siquiera es mala.
La noche de ayer fue increíble; a pesar de ser las siete de la mañana de un sábado y de haberme acostado tardísimo, he dormido como un bebé.
Hubiese preferido dormir menos todavía… ya me entiendes, pero no me quejo.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, que no me divertía en compañía de alguien que no fuese mi familia o mis amigos.
Hablemos claro: sentí que jamás volvería a estar a gusto intimando con un hombre.
Intimar de tener sexo no, porque por desgracia ya sabes que no lo hubo.
¿Por desgracia? Sí, nunca pensé que me lamentaría por una noche sin sexo.
Hubo un momento en que parecía que se iba a torcer todo, pero una fuerza tiró de nosotros y lo arregló. Las conversaciones, las risas, las miradas, nuestras manos rozándose, el beso…
El beso. Ese beso con sabor a alitas.
El beso y todo lo demás han llenado la batería de mi estado de ánimo para todo el fin de semana; está tan a tope que me he levantado con ganas de ir a correr
—¿Y a ti cómo te llamo? —miro el reflejo del grano que me ha salido en la parte baja de la mejilla mientras me extiendo el protector solar—. Rodolfo. Sí.
Anoche, cuando decidí desmaquillarme rápido con una toallita en vez del bálsamo, sabía que amanecería con algún grano, pero estaba tan feliz que solo quería acostarme y recordar una y otra vez mis labios acariciando los suyos. Saboreándolos. Degustándolos. Deseándolos…
«Vale, sí. Vístete ya y vámonos a correr».
Enfundada en mi conjunto deportivo de top y leggings celestes, mi chaqueta cortavientos y las zapatillas, me detengo en medio del descansillo y bajo en el ascensor mientras preparo la playlist.
En el momento en que abro el buzón veo al frutero intentando abrir la puerta del portal a pesar de ir cargado; rápidamente le ayudo.
Dispuesta a silenciar el mundo gracias a Jill Scott y su «Run, Run, Run» —que lleva sonando desde que salí del ascensor—, cruzo el portal de mi edificio cuando la imagen de Brandfont, apoyado en su moto negra con sus vaqueros y su chaqueta de cuero marrón oscuro, congela mis manos a medio camino,
evitando que los cascos lleguen a mis orejas.
—No —meneo el dedo índice señalándole—. Es sábado —me quejo en cuanto se acerca.
No entiendo de motos, pero que se suba a la suya —que tiene pinta de correr una barbaridad— y se vaya volando.
—Solo quiero saber si hay novedades —me detiene su tono de sincera preocupación.
—Si tuviese algo ya lo sabrías —me giro para plantarle cara—, así podría dejar de trabajar para ti.
—Si tanto me odias, ¿por qué aceptaste el trabajo? —no respondo. Sé que sus labios han cogido aire para decir algo que no se atreve a soltar—, además de por dinero, claro.
Asiento despacio a la vez que esbozo una sonrisa irónica.
—Nadie trabaja gratis, Brandfont, y fuiste tú el que vino a buscarme.
—Podrías haberlo rechazado —añade, bloqueando mi paso.
—Tus padres no tienen la culpa de cómo eres, y ellos siempre me trataron de maravilla.
No es ninguna mentira; a pesar de la pésima relación que papá y mamá tenían con los Brandfont, ellos siempre fueron simpáticos conmigo.
Un atisbo de sonrisa rota aparece en sus labios al recordar los momentos en los que sus padres eran más amables conmigo que con él.
Colocándome los cascos, doy por finalizada la emboscada.
Cada zancada deja a la espalda cada orden, cada informe, cada bache y cada mal recuerdo. El ritmo aumenta al compás de la música, creando un dúo distorsionado junto a mi respiración, que se activa gracias a las ráfagas de aire fresco que llegan desde el East River.
«¡Alerta!»
Mi subconsciente, que tiene ojos en todos lados, me incita a aminorar el paso y a vigilar el entorno.
—¡Está de coña!
El pulso me ayuda a acelerar el paso como si estuviese en una carrera, pero este contrincante es más alto y más rápido, incluso en vaqueros y botas.
«Y endemoniadamente sexy».
Freno de golpe, dejándole seguir su carrera, Austin se detiene y se gira en mi dirección, observándome desde la distancia que nos separa.
Míralo, si es que no necesita ni coger aire; parece que haya llegado hasta aquí por arte de magia y no corriendo a pleno pulmón.
Sin apartar la vista del otro, nos acercamos poco a poco entre la gente que corre o pasea por el parque.
—¿Sabes que parecías un auténtico acosador? —alejo a Martin Garrix de mi oído.
—No quería asustarte —dice, acomodándose el casco de la moto en el brazo.
—No lo has hecho —me cruzo de brazos—. Ya te he contestado, ¿qué coño quieres ahora?
—No puedo perder la empresa de mis padres —da un paso más hacia mí.
—No lo harás —retrocedo exactamente la misma distancia—. Al menos no porque yo no haga mi trabajo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Se me escapa una risa sarcástica que hace fruncir todo el rostro de Austin.
—Si no sabes lo que quiero decir, me estás dando la razón.
—¿En qué? —pregunta antes de que me coloque uno de los audífonos.
No merece que le suelte lo que opino de él.
—Eres un niñato de treinta y cinco años que solo vivía para dilapidar el dinero de sus padres y ahora, sin tener ni puta idea, estás jugando a ser el súper empresario del año.
Pero una compañía de la que dependen muchas familias no es un juguete con el que puedas entretenerte entre fiesta y fiesta para aparentar que eres algo más que el hijo tonto de papá.
Mientras me explayaba no ha movido ni un solo músculo de la cara; solo tragó saliva cuando arranqué. Es como si ya se lo hubiesen dicho cientos de veces. Con una fina línea en los labios, Austin asiente mirando los rascacielos que hay a mi espalda; decido dar la vuelta e irme sin añadir nada más.
—¿Así es como me ves, Colbert? —pregunta serio, haciéndome girar la cabeza—. Tú también eres hija de.
Sonrío. Cree que eso me ofende tanto como a él.
—Tienes toda la razón —me volteo del todo, quedando cara a cara—.
En muchos sitios se me conoce por ser la hija de Bianca y Daniel Colbert, e incluso la hermana de Greace, pero en otros muchos les conocen a ellos por ser los padres de Sidney Colbert, y te aseguro que eso no les hace sentir avergonzados.
Con el semblante serio y sin atisbo de haber disfrutado al soltar estas verdades —porque no, no las he disfrutado en absoluto—, pongo rumbo por donde vine, caminando tranquilamente por el paseo al lado del río; ya se me han quitado las ganas de correr.
Me voy a La Esquinita a comerme un trozo de tarta.
«Lo secundo por completo».
Apartada al final de la barra, degusto el trozo de tarta de calabaza junto al café bombón que Yael me ha servido.
No quería tomar café hoy, sin embargo, ahora mismo lo necesito con urgencia.
Tal vez no sea lo mejor para los nervios que el estúpido de Brandfont me ha provocado, pero es que me ha puesto de tan mala leche que dudo que mi cuerpo note la cafeína.
Inmersa en mi pantalla, cotilleo Instagram mientras El Chainsmokers me canta al oído.
De pronto, unos brazos delicados pero firmes me atrapan por detrás, añadiendo un sonoro beso en la mejilla. Esbozando una sonrisa, le devuelvo a mi hermana un abrazo igual de intenso.
—Por fin te dignas a aparecer —bromeo cuando se sienta en el taburete rojo de mi derecha, robándome un sorbo de café.
—Es fin de semana en familia, ¿no? —aparta sus ojos marrones de mí y sonríe—. Por cierto, me he enterado de tu cita.
Ignorando su comentario, le quito mi vaso y me centro en la tarta. Enseguida llega Yael con una taza de café solo para ella, junto a otro trozo de tarta de caramelo y nata.
—¡¿Has visto qué planta tenía el tipo? —se mofa Yael, apoyado al otro lado de la barra.
—No —dice Greace con la boca llena—, solo me lo ha contado papá.
—Unos bocazas —espeto.
Yael trastea en su teléfono antes de entregárselo a mi hermana, anunciando que el chico es todo un espectáculo.
—¿Cómo aguantaste la velada entera con este personaje? —Greace me muestra la pantalla con su perfil de Instagram.
—No aguantó —añade Yael, quitándome el tenedor—. Vikki la vio marcharse pitando con otro.
Sin entrar en detalles, les comento que me encontré a un viejo amigo; no tienen que saber más. No estoy dispuesta a compartir todavía al desconocido de la farmacia.
De pronto, la presentadora de las noticias de la mañana, desde el televisor colgado en la pared, anuncia que un nuevo CEO ha adquirido una de las compañías tecnológicas más importantes del país.
Miro la pantalla de reojo por puro acto reflejo; el nombre de la firma enciende mis alarmas de inmediato: EGOMP. Ese nombre lo he escuchado hace nada.
—¡Mierda! —corto la diversión de Greace y Yael.
—¿Qué pasa? —pregunta la pequeña.
—Nada —contesto, revisando en mi teléfono las últimas llamadas.
Con el móvil en la oreja, giro el taburete en busca de privacidad. Mientras los tonos suenan, miro el televisor.
—Capullo —escupo cuando me cuelga. Cuarto tono.
—Contesta, idiota… —murmuro.
—¿Todavía tienes más que decirme, Colbert? —suspiro ante su pregunta retórica. Su tono es el mismo de siempre: serio, aunque algo agitado—. ¿Y si este no llega a ser mi número privado?
—No te interesaría llamarme desde otra línea. Tenemos que vernos, Brandfont.
—No.
—Es sobre la seguridad de tu empresa. ¿Dónde estás?
—En el gimnasio. ¿Está ya solucionado?
—No.
—¿No eras una detective de puta madre? —se le escucha sereno.
—Pues muy bien, que tengas mucha suerte con la empresa de tu padre.
Al arrojar el teléfono, Yael me pide calma y mi hermana me pregunta qué ocurre.
—Creo que me acabo de quedar sin dos trabajos de golpe —los ojos de mi hermana se abren al mismo tiempo que su boca.
Suspiro, dejando caer la frente sobre el frío metal de la barra.
Ese imbécil intenta jugar conmigo. Quiere que le busque, quiere que averigüe dónde vive, exactamente igual que él lo sabe todo de mí.
A todo esto… ¿cómo demonios supo dónde encontrarme?
En la web me anuncio como Sid Marconi; por seguridad, muy pocas personas saben que Sidney Colbert es detective privado.
Sospechoso. Tengo que descubrir cómo me localizó.
—Seguro que hablabas con Austin —ese nombre me hace mirar mal a Yael, que apoya la espalda en la encimera.
Tiene razón. Firmé un contrato. Tengo que demostrar que soy jodidamente buena en lo mío.
Tengo que demostrarle que soy mejor que él y que soy una profesional de los pies a la cabeza.
Con mi fuerza interior totalmente recompuesta, le pido a Yael que saque su superportátil y me localice una matrícula; la memoricé el día que irrumpió en mi paz mental.
Si está en el gimnasio, puedo esperarle en su casa o aparecer de repente como hace él.
—¡Sid! —noto un golpe en el brazo que me desestabiliza—. Vuelve aquí —Greace chasquea los dedos frente a mi rostro—. Dime la matrícula.
Cierto. Mientras divagaba —últimamente lo hago demasiado—, Yael estaba comentando que no traía su equipo.
Mentiroso. Es como yo, siempre lo lleva encima; lo que pasa es que no quiere hacer consultas ilegales.
Mi hermana interviene diciendo que conoce a alguien en tráfico que puede descubrir la dirección del titular.
Con el móvil en la oreja, repite los alfanuméricos que le dicto; hace un gesto con la mano y Yael entiende de inmediato que necesita papel y boli.
—Sí, es de Brandfont —me mira Greace con una sonrisilla pícara. Le da las gracias a su contacto antes de colgar y dejar el móvil sobre la barra.
¡¿En serio vive en Brooklyn Heights?! Pongo los ojos en blanco al leer la caligrafía ilegible de mi hermana. Somos como el día y la noche, en absolutamente todo.
—Te llevo yo misma —se ofrece Greace, dando el último sorbo a su café.
Apenas hemos cruzado cuatro frases de cómo nos va la vida y ya estamos frente a la dirección que consiguió.
Parece que está lejos de mi casa, pero en realidad no hay una gran distancia; en una sesión de running te la recorres sin enterarte.
Conozco la zona y es de lo mejorcito que hay por aquí; su edificio se encuentra a los pies del Brooklyn Bridge Park y del East River.
Sin embargo, jamás pensé que Austin Brandfont elegiría un rincón así para vivir.
Me lo imaginaba más en el último piso del rascacielos de viviendas más alto y hortera de Manhattan, donde presumir de vistas e impresionar a las modelos, aunque debe de impresionar mucho más tener delante el horizonte entero de la ciudad que vivir enjaulado dentro.
Dicen que las apariencias engañan.
Tras un abrazo y unas palabras de ánimo en las que me pide que le demuestre a ese tío de qué soy capaz, veo a mi pequeña —no tan pequeña— marcharse en su Bumblebee azul oscuro.