Cuatro son multitud tres no 11 #3
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En absoluto silencio miro por la ventanilla; son casi las doce de la noche y la afluencia de gente escasea. La soledad de la calle llega hasta dentro. Al girar la cabeza lo veo con la frente apoyada en el cristal; sus dedos tamborilean sobre su rodilla.

—La canción —murmuro, excluyendo al conductor.

—¿Qué? —me mira confuso.

—La tuya. No sonó.

En un susurro dice que da igual antes de volver a las luces de la calle.

Suspiro. ¿Por qué le afecta tanto que no le recordase en la papelería?

¿Tan importante fue ese atraco para él? ¿Tan importante fui yo?

Hubo un tiempo que perdí el orgullo y me prometí a mí misma que jamás le volvería a soltar la mano; no voy a romper una promesa por un chico que lo único que ha hecho es sacarme de una fiesta aburrida.

«No tiene ningún sentido». Ninguno.

No pienso preguntarle. Yo he intentado calmar las aguas y él las revolvió más; hubo un tiempo que perdió el orgullo y me prometió a mí misma que jamás le volvería a soltar la mano, no voy a romper una promesa por un chico que lo único que ha hecho es sacarme de una fiesta aburrida.

De pronto, la tranquilidad del coche se une a la rabia que tengo por dentro al sonar Smells Like Teen Spirit, de Nirvana. Nos miramos sonrientes; ambos hemos recordado el momento en el que dijo convencido que era la canción que yo había puesto como su banda sonora de la noche. Tenía razón.

El coche detiene su marcha en mi calle. Ambos bajamos.

De camino al portal, , el misterioso chico me pregunta si el Jane’s Carousel está lejos; le doy las indicaciones con una estimación de unos quince minutos.

Con la puerta abierta a punto de entrar, oigo su voz preguntándome si me apetece acompañarle. Acepto.

Tarda un rato en abrir la boca; lo primero que dice es una disculpa por su comportamiento brusco desde que dejamos el billar; también, entendiendo que no me acordase de él.

El camino es intermitente porque nos detenemos a cada paso Se abre en canal —no literal—; me cuenta que ese día le hizo cambiar el chip, no el atraco en sí, aclara, sino el verme a mí.

—¿Verme a mí destruida? —frunzo el ceño.

—No —se detiene risueño—. Algo cambió dentro de mí. Fue como si tu voz hubiese sido una alarma avisándome de que iba a morir si seguía así.

Aprieto los dedos alrededor de la prenda y, sin saber qué decir, miro ese trozo de tela arrugada. ¿Cómo alguien que estaba tan hecha mierda como yo lo estaba en ese momento puede salvarle la vida a alguien sin haber hecho nada? Él continúa desahogándose.

—Días después, mi tía me contó algo sobre las personas amarillas y dijo que tú eras una de las mías.

Ante mi extrañeza, me explica que una persona amarilla es aquella que te encuentras en algún momento de tu vida y, sin más, te la cambia.

Dice que a lo largo de los años nos cruzaremos con veintitrés y que no son amigos, ni amantes, ni conocidos; solo alguien con la que mantienes una corta conversación que te hará mejorar y te ayudará a encontrar cuáles son tus carencias.

Alguien a quien jamás volverás a ver al finalizar esa charla.

—Me chocó verte en la papelería —escucho, y una fuerza tira de mi brazo, dejándome frente a él

No reacciono; todo esto es demasiada información de golpe. A pesar de no ir abrigado, siento sus manos calientes sobre mis mejillas, levantando mi cabeza.

—Me asustó —confiesa en el momento en que nuestras miradas se encuentran.

—No parecías asustado —digo tímidamente.

Nuestras sonrisas se agrandan a la vez y me devuelven al chico de la farmacia. Sus mofletes resaltan y sus ojos se vuelven pequeñitos. Como ahora.

—Tu sonrisa no ha cambiado.

Mi comentario le devuelve el brillo a sus ojos grises como hace el sol al salir tras un día de tormenta; por fin le recuerdo y eso le hace feliz.

—Quiero besarte —sus pulgares acarician mis mejillas y mis labios se entreabren en busca de oxígeno—, desde los dardos.

—Hazlo.

Pega sus labios a los míos de forma suave, sin movimientos bruscos.

Un beso casto y delicado que no quiero que termine; así se lo hago saber mordiendo su labio cuando pretende separarse.

Nuestros ojos, llenos de vida, se miran sin arrepentimientos.

De puntillas, rodeo su cuello y atrapo su boca en busca de más oxígeno para mis pulmones: más rebelde.

Más pasional. Mis dedos se entrelazan en su cabello y sus brazos me abrazan por la cintura, juntando nuestros cuerpos.

No sé cuánto dura el beso. Regresamos hasta mi portal.

No nos separamos en ningún momento del camino; las risas aparecen sin desvanecerse, las bromas vuelven y los besos vienen para quedarse.

Nos sentimos dos adolescentes en su primera cita, separándonos avergonzados cuando alguien pasa por nuestro lado y abalanzándonos al cuello en cuanto desaparece.

Apoyados en el frío ladrillo de mi edificio, por fin revela que su canción era «Acquiesce» de Oasis; boyante, le confieso que es una de mis canciones favoritas.

Uniendo mis labios a los suyos de nuevo, le invito a subir a mi piso; ambos tenemos ganas y nuestros cuerpos no lo esconden.

No muy convencido, dice que prefiere que vayamos despacio, que saboreemos este momento que jamás pensó que sucedería.

Por mucho que ahora mismo me cueste soltarle estoy de acuerdo; es lo mejor.

Aunque no hay discusión, sí recelo a dejarnos ir.