Cuatro son multitud tres no 11 #2
20%

11 #2

—Con esto puedo desarmarle de un impacto —el moreno me mostró un tirachinas de plástico rojo que había sacado de Dios sabe dónde.

Le miré con absoluta incredulidad, mientras la mujer rubia le siseaba que era un maldito idiota y repetía en bucle que las patrullas estaban de camino.

—Ya están aquí. Mira las luces del techo —señalé hacia arriba.

—No van a venir, la pasma tarda una eternidad —insistía el chico de los rizos, tirándome de la manga. —Ven, ayúdame.

—Que sí están aquí, veo los destellos azules —le susurré convencida.

—¿Qué? —el chico frunció el ceño con una mueca extrañada y me dedicó una sonrisa extrañamente bonita—. No, no. No hay luces. No van a venir —aseguró, rebuscando entre los productos del estante.

—Menuda panda de yonkis —masculló la señora rubia, mirándonos con profunda repulsión.

Mi mente, era una noria desbocada que giraba sin dejarme comprender por qué coño veía destellos que nadie más veía.

La voz del chico, me obligó a concentrarme: intentaba abrir a toda prisa las cajas de caramelos de la estantería.

Con las manos torpes, le ayudé a rasgar los cartones mientras le recriminaba que no era el momento para ponerse a saquear la tienda.

—No voy a robar —me miró ofendido, sosteniendo un puñado de gominolas azucaradas.

Entrecerré los ojos suplicando que esos destellos azules se hicieran reales de una vez, que Matt irrumpiera empuñando su arma buscándome desesperado por los pasillos, ignorando las órdenes de los mandos policiales con tal de encontrarme.

Quería que corriera a abrazarme, que me envolviera entre sus brazos y me llevara directa a casa.

Olvidándose del deber por una maldita vez en la vida.

Pero la realidad era que él ni siquiera sabía que yo estaba allí dentro.

—Mierda —maldijo el chico, cubriéndome con su cuerpo.

—¡Quietos u os vuelo los sesos! —un nuevo disparo hizo añicos el cristal de la estantería a nuestras espaldas.

—No funciona —me susurró el moreno, mostrándome el tirachinas inútil y una gominola cuando logré apartarlo de mis piernas. —Escucha, el atracador está sangrando por la pierna. Si le golpeamos ahí...

El tío no paraba de parlotear en mitad de un asalto del que cabía la posibilidad de salir en una bolsa de plástico. Se me hizo eterno. Las manecillas del reloj parecían congeladas, aunque lo más probable era que mi cerebro, adormecido por el exceso de somníferos, lo procesaba todo a cámara lenta.

—¡Te quieres callar de una puta vez! —le grité, desesperada.

Fue el peor error de mi vida. Dina soltó un alarido de dolor al ser golpeada en el mostrador.

Un segundo después, divisé las botas mugrientas del delincuente aproximándose.

Agarró al chico de los rizos, que empezó a suplicar entre balbuceos que no quería morir.

Por puro instinto, alcancé una bola de sales de baño que había rodado hasta mis pies y la lancé con todas mis fuerzas.

El proyectil impactó de lleno en la nuca del agresor, haciéndole tambalear.

Jamás sabremos cómo habría terminado el entuerto de no ser porque, en ese instante, las luces azules se volvieron reales.

Una marea de agentes tomó el local ordenando que soltara el arma; el encapuchado se negó a obedecer y una bala lo derribó contra el suelo.

El chico de los rizos y yo nos quedamos arrodillados entre los escombros, reflejando en nuestras miradas lo absolutamente vacíos que estábamos por dentro.

De aquella tarde han pasado ya ocho meses.

—Eres... —las palabras se me atascan en la garganta. Solo me salen gestos estúpidos con el índice, señalando lo que mi boca es incapaz de verbalizar.

El moreno gira el rostro hacia mí. Sus labios dibujan una sonrisa de oreja a oreja, completando mi frase:

—El idiota del tirachinas, exacto.

En sus ojos grises no hay ni un ápice de rencor; destilan una profunda melancolía. Él me ha reconocido desde el mismísimo instante en que crucé el umbral de la papelería.

—Tu... —balbuceo de nuevo.

—¿Mi pelo está algo más limpio? —se burla con esa voz ronca tan sugerente.

Asiento, esbozando una tímida sonrisa de vergüenza.

—Yo de verdad que no...

—Lo sé, no estabas bien —me corta con suavidad.

Quizá aquella última mirada que cruzamos en mitad de las sirenas se lo advirtió, pero fue a partir de ese traumático suceso cuando mi fachada impecable se desmoronó por completo. Aquel asalto debió de ser la señal definitiva para que abriera los ojos.

—Siento mucho no...

—¿No haberme reconocido?

—¿Puedes dejar de terminar mis frases? —protesto, resoplando por la frustración.

Apoyo la cabeza contra la pared del reservado, contemplando de reojo al chico, que hace girar entre sus dedos su vaso vacío.

—¿Sobrevivió el atracador? —me pregunta, fijando la vista en cómo estrujo la manga de la sobrecamisa que me prestó.

Me encojo de hombros, haciéndole saber que me desconecté del caso—.

Te vi cruzar un par de palabras con uno de los inspectores al salir y diste a entender que os conocíais. Por eso supuse que estarías al tanto...

—No, no supe nada más —le interrumpo con sequedad.

El silencio inunda la mesa, transportándome de nuevo a los rastrojos de aquella tarde.

El día que alcancé la libertad a cambio de encerrarme en una penumbra inédita.

El día que estuve a un milímetro de morir y al supuesto amor de mi vida le importó un soberano bledo cómo me encontraba.

Tras el disparo que abatió al delincuente, la voz de Blake exigiéndole a alguien que contuviera el fuego me obligó a apartar los ojos del chico de rizos.

—Iba armado, Blake. Punto —sentenció la voz autoritaria de Matt.

No tuve fuerzas para llamarle ni para ponerme en pie.

Tirada sobre las baldosas de la farmacia, le observé caminar directo hacia el puesto de mando que habían montado tras el escaparate.

Vi a Blake aproximarse a él mientras señalaba en mi dirección.

Matt permaneció impasible, serio, con ese rictus de piedra que se había convertido en su estado natural.

Cuando un paramédico me atendió en la ambulancia —en la misma donde subieron al chico de los rizos por petición suya—, mi novio pasó por delante.

Me miró de reojo y siguió de largo. No se inmutó.

En ese preciso instante, me arranqué los cables, me acerqué a él hecha una furia y le grité que lo nuestro terminaba justo ahí.

Ni pestañeó.

—¿Dónde vives? —la voz del pintor, ahora completamente serena, me arranca del pasado y me devuelve al presente.

—Dumbo.

—Te acompaño al ferry.

—No, pediré un coche.

Un tanto defraudada por su respuesta tan escueta, cojo mi americana, al amagar con devolvérsela, me pide que me la quede puesta para protegerme de la humedad de Staten Island.

Tras una breve disputa para pagar la cuenta a medias, consigo pagar a medias, y salimos del bar como dos espectros, adentrándonos en la noche.

Ya no llueve, pero la humedad del ambiente es espesa.

Conforme el móvil me avisa de que el Uber está a un minuto, me desabrocho su prenda para devolvérsela.

Él se limita a asentir, haciendo bailar sus rizos oscuros.

Me apena desprenderme de la camisa; se sentía tan cálida, pero este es el final del trayecto.

No volveré a verle y no quiero conservar un trozo de tela que muera de asco en mi dormitorio, recordándome que eché a perder a un tío increíble por culpa de mi antigua versión desquiciada.

El coche se detiene en la acera. El pintor permanece inmóvil, con los brazos cruzados, mientras abro la puerta trasera. No quiero subirme. Sé que en cuanto la cierre, la magia de esta noche se evaporará como si solo hubiera existido en un sueño.

—Adiós —murmuro, metiéndome en el habitáculo.

Me obligo a no mirarle más a través del cristal; no merece la pena esperar un impulso que no va a llegar.

El Uber arranca, pero apenas avanzamos un par de metros cuando el conductor clava los frenos en seco.

Mi puerta se abre de golpe. La sutil luz del techo se enciende y me revela los ojos grises del pintor asomándose por el hueco.

—Voy contigo —anuncia, deslizándose en el asiento y obligándome a arrastrarme hacia el otro extremo—. No pienso dejar que causes más problemas tú sola —añade con una sonrisa descarada ante mi absoluto shock.