Cuatro son multitud tres no 11
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Hubo una época en la que apenas veía a Matt.

Solía salir de madrugada de la comisaría y, si llegaba a tiempo para acostarse a mi lado, se levantaba incluso antes de que amaneciera.

Dejamos de intercambiar llamadas y mensajes; llegaba tarde a las citas con amigos y familiares o, directamente, no se presentaba.

Ya no compartíamos las jornadas ni colaborábamos.

«Es solo una mala racha en el departamento», me autoengañaba noche tras noche.

Pero dejamos de mirarnos, de bailar, de reír, de tocarnos. Matt dejó de hablar. De hablarme a mí.

Durante los escasos desayunos que compartíamos, apenas levantaba la vista de su móvil o de la radio que se traía de la jefatura. Se pasaba el santo día pegado a ese maldito trasto para asegurarse de ser el primero en llegar a las escenas del crimen. Se convirtió en un zombi y me arrastró a ser otro.

El hecho de preguntarle constantemente qué nos pasaba sin obtener más que silencio, me encerró en un laberinto sin salida.

Mi bosque fresco y hogareño dejó de ser mi casa; se transformó en una ciénaga que me atrapó en un pozo de insomnio absoluto.

Por más que intentara gritarle lo que estaba ocurriendo, Matt no captaba las señales.

O no quería captarlas. Siempre que coincidíamos en el salón, ponía nuestra canción con la esperanza de reavivar sus sentimientos.

Ni por esas. Un día, sintiéndome dolorosamente identificada con Selena Gomez, decidí poner The Heart Wants What It Wants en bucle para que le atormentara la cabeza tanto como él estaba desmantelando mi mundo.

No sirvió de nada. Solo aceleró la destrucción de mis sentimientos.

Tras dos semanas camuflando las ojeras y evitando a mis seres queridos, acudí a mi médico para que me recetara somníferos.

Al principio apenas hacían efecto. En cuanto lograba conciliar el sueño, Matt me despertaba al meterse en la cama vestido, situándose en el extremo opuesto, lo más lejos posible de mi cuerpo.

Cada vez que intentaba rozarle, se apartaba.

Ese rechazo físico dolía mil veces más que los golpes que recibía de los delincuentes a los que investigaba.

Esa mañana tomé una decisión: no volvería a quedarme despierta contemplando cómo pasaba veinte minutos fijos mirando al techo.

Cuando llegó la noche, por la rabia, empecé a automedicarme, metiéndome seis o siete pastillas de golpe durante la madrugada.

Sabía que era una locura, que ponía en riesgo mi vida, pero me importaba tres pimientos.

Solo quería apagar el cerebro. Quería regresar a mi mundo perfecto y recuperar al Matt que me daba la vida.

Entré en un bucle químico autodestructivo

En cuanto los botes se vaciaron, mentí a mi doctora alegando que había tirado el tratamiento por error.

Me creyó. Tenía a mi favor mi reputación, mi sonrisa perfecta, mis trajes de chaqueta caros y el maquillaje impoluto con el que me presenté en la consulta.

Esa misma mañana recorrí varias farmacias de la ciudad en horarios distintos, engañando a cada farmacéutico que me atendía.

—¿Qué? Imposible —decía fingiendo incredulidad—. Me las han recetado a primera hora y el volumen de trabajo de mi bufete no me ha permitido recogerlas antes —añadía con mi mejor sonrisa de mujer de negocios.

Sostuve la farsa durante un mes entero. Ante los ojos del mundo era la misma mujer impecable de siempre; nadie sospechaba lo rota que estaba por dentro. Matt seguía sin dirigirme la palabra, incluso cuando estábamos rodeados de sus compañeros de patrulla.

Fue entonces cuando unas madres desesperadas me suplicaron que encontrara a sus hijas; la policía había archivado el expediente por el simple hecho de ser niñas de raza negra.

Me involucré en la unidad de Matt, ya que su departamento era el único que seguía buscando a las pequeñas.

No lo hice solo por justicia; me metí en ese jardín porque me autoconvencí de que la red de trata era la causante del fin de nuestra relación.

Qué estúpida. Un día, mientras revisaba datos en el ordenador junto a Elissa, la venda se me cayó de los ojos.

La mujer rota devoró definitivamente a la fachada impecable.

Saqué fuerzas de flaqueza para aguantar hasta que las dos niñas estuvieron a salvo.

Después de cerrar el caso, la Sidney fuerte desapareció; solo quedó un espectro hecho mierda.

Una mujer que no quería comer y cuyo único motor diario era automedicarse para no tener que salir de la cama.

Dos semanas más tarde, regresé a la consulta sin molestarme en arreglarme.

Mi doctora se asustó al verme el rostro demacrado.

Me preguntó si estaba comprando sustancias ilegales.

—¡No! —me ofendí—. Simplemente no me hacen efecto. No duermo nada, arrastro demasiado estrés por un caso de trata muy duro.

Mentí de nuevo, aprovechándome de una tragedia que había abierto todos los telediarios.

El caso de las niñas había sido brutal, sí, pero la realidad era que yo había dejado de sentir en el instante en que vi a Matt reír y hablar de forma cómplice con, Blake, su compañera de patrulla, en los pasillos de la comisaría.

Regalándole esa sonrisa que a mí llevaba meses negándome.

Al salir de la clínica, fui a por más pastillas para alimentar el arsenal que escondía en el cajón de la lencería, una ropa interior que a Matt ya no le interesaba.

Las fuerzas para recorrer la ciudad engañando a farmacéuticos se me habían esfumado.

Me daba asco haber utilizado el sufrimiento de esas dos menores torturadas como una pantalla para camuflar mi propia miseria.

Me sentía una basura. Solo quería mi dosis para sepultarme bajo las sábanas durante un mes.

Entré en la farmacia más cercana a mi loft, distraída en los estantes evitando las miradas que se centraban en mí.

—¡Eh, tú! ¡Cállate de una puta vez! —una voz suave, ronca y cargada de autoridad interrumpió el murmullo de la sala, llamando la atención de todos los presentes.

La voz procedía de la estantería que tenía a mi espalda. Un hombre bien vestido que apestaba a Varón Dandy pasó por mi lado, escupiendo que en ese lugar solo entra gentuza. Al girarme, me topé con una mata de pelo oscuro y maltratado; el tipo parecía no haber tocado el agua y el jabón en semanas.

—¡Siguiente! —llamó la dependienta, Dina, con su habitual tono dulce.

Era mi turno, pero ambos dimos un paso al frente al unísono.

El chico se veía tan hecho mierda como yo.

Al reparar en que tenía la mano envuelta en un pañuelo rojo que en su día debió de ser blanco, le hice una señal ofreciéndole mi puesto.

Él me dedicó una sonrisa y se resistió a ocupar mi lugar, indicando que yo había llegado antes.

—Si no me he muerto todavía, puedo esperar un par de minutos —bromeó. Su humor negro no me hizo puñetera gracia.

—Os atiendo a los dos a la vez —intervino Dina—. Sidney, cielo, dime qué necesitas mientras voy a la trastienda a por las vendas de este muchacho.

Sin apartar los ojos de ese chico, que me sostenía el pulso visual deslicé la receta arrugada sobre el mostrador.

Le miraba, pero no le prestaba atención real; me sentía como si alguien manejara mis músculos a través de un control remoto.

Él se reía con nerviosismo, desprendiendo un fuerte hedor a cerveza barata.

En cuanto la simpática farmacéutica regresó, dejó un paquete de gasas frente al joven, cogió mi papel y se puso a teclear. Deseaba salir de allí cuanto antes, pero Dina me conocía de sobra; era la persona que iba a poner en mis manos mi nueva dosis legal.

—Te ha aumentado la dosis, Sidney. No las mezcles con otros fármacos ni con alcohol, por lo que más quieras —me advirtió en un susurro, clavándome la mirada hasta que asentí.

No me lo tomé como una amenaza; era su obligación alertar a los clientes, y ni siquiera sospechaba la asquerosa sarta de mentiras que le había colado a mi doctora.

Saqué un billete a la vez que guardaba el bote envuelto en papel.

Mi único objetivo era llegar a casa y tragarme un par de pastillas, pero nada más darme la vuelta, un hombre mal encapuchado irrumpió en el local.

Nos ordenó a gritos que nos tirásemos al suelo.

Me congelé, dejándome cara a cara con el cañón del arma que apuntaba directo a mi pecho.

Los ojos de ese delincuente estaban vacíos, y su boca babeaba mientras me rugía que me volaría los sesos si no me agachaba.

No sabía qué hacer. No podía moverme. En realidad, no quería.

Me daba absolutamente igual todo. Una parte de mí anhelaba que apretara el gatillo para ver si, con mi muerte, Matt volvía a ser el de antes.

—¡Al suelo, puta! —escupió. Literalmente.

El atracador se enfureció ante mi insubordinación.

Justo en el instante en que el arma pareció encasquillarse, un impacto brutal me embistió por el costado, empujándome contra el cristal del escaparate.

Sentir ese peso colosal derribándome fue lo único que registré; cargaba con tanto dolor en mi interior que el daño físico ya no formaba parte de mi realidad.

En ese momento, si alguien se hubiera dedicado a cortarme los tendones uno a uno, no me habría enterado hasta quedarme sin aliento por la hemorragia.

—¡¿Pero tú estás loca?! —me gritó una voz.

Ante mis ojos, una silueta gris gesticulaba.

—¡Os voy a matar a todos! —bramó el atracador. El estruendo de un disparo rompió el aire, devolviéndome la poca cordura que aún habitaba en mi.

La silueta gris se materializó en una camisa a cuadros manchada de sangre, unos rizos indomables, una barba descuidada y unos ojos grises dilatados por el pánico que intentaban escudarme con su propio cuerpo.

—He llamado a la policía —susurró una mujer rubia parapetada a nuestro lado.

Luché contra el letargo químico. Todo sucedía a cámara lenta, como en una película de terror: un hombre herido se arrastraba dejando un reguero espeso, los botes de jarabe volaban sobre nuestras cabezas, la mujer tiraba de mi manga y unas luces azules parpadeantes empezaron a reflejarse en el techo,

poniendo más histérico al delincuente.

Los rizos del chico asomaban por encima del estante mientras vigilaba al atracador, que seguía encañonando a Dina.

—Con esto puedo desarmarle de un impacto —el moreno me mostró un tirachinas de plástico rojo sacado de Dios sabe dónde.

Le miré con absoluta incredulidad-