10 #4
—Si no recuerdo mal… —su susurro espanta mis dudas y su tacto en mi cintura recorre mi piel.
—¿Sí? —giro mi cuerpo; ambos tenemos el codo apoyado en la barra.
—Tú me sacaste de allí.
—Técnicamente, ya estabas fuera.
Una escandalosa risa sale de su alma, acercándome a él. Le abrazo por debajo de la camisa, apoyando la cabeza en su pecho.
—¿Es raro? —me alejo lo justo para poder mirarlo.
—El qué —sonríe, cuando paso mis brazos por su cuello, pegando nuestros cuerpos.
—Esto. No sé, no nos conocemos y parece que te conozco desde hace años.
—Tal vez nos conozcamos —su sonrisa es más débil, pero sus brazos no aflojan.
—No —niego, a la vez que elevo los pies para llegar a su oído—. Te recordaría.
—Entonces, si me recordarías, será que no nos conocemos —dice, pegado a mi mejilla.
Nuestras miradas se intensifican y el deseo también. Su barba comienza a cosquillear mi piel y sus labios se humedecen en busca de una señal de aprobación. —Largo de aquí, tortolitos —nos interrumpe Kelly.
Sentados uno al lado del otro, el chico moreno me mira sonriente después de entrelazar mis dedos en sus rizos ya secos.
Me agarra de la mano y tira de mí hasta la mesa verde antes de que la ocupen otros.
Olvidando el marcador, nos turnamos para pagar las partidas.
Se recochinea de mi supuesta torpeza, pero le aseguro que soy mucho mejor de lo que he demostrado.
Tras unas carantoñas, miro al chico con aire desafiante, agarro el taco e impregno la punta con la tiza, inyectándole una dosis de calculada sensualidad a este momento de revancha.
—No conseguirás distraerme —sus palabras cosquillean mi oído, y los nudillos de su puño, arden sobre mi piel.
—¿Seguro? —le respondo, pegando mi trasero a su cuerpo.
Una pequeña risa se le escapa, obligándome a aferrar el taco con fuerza en cuanto su mano libre me atrapa por la cintura, uniéndonos mucho más deposita un beso fugaz en mi mejilla.
—Soy el rey del billar —declara risueño, quitándome la tiza de las manos.
Separándose como si huyese del fuego que acabamos de provocar, sonríe retándome a empezar.
Me transformo en una auténtica experta de este juego estúpido a la par que divertido.
Por un instante, desvía la mirada en mi dirección antes de deslizar el palo entre sus dedos y golpear la bola blanca.
No he podido apartar mis ojos de su lengua relamiéndose los labios…
Ya me importa una mierda el juego. Solo lo veo a él moverse alrededor de la mesa como una gacela en su territorio. Al mirar el tablero, veo que casi todo son bolas lisas. Golpeo la bola blanca y consigo meter la roja, el desconocido se mofa resaltando que sé meter alguna.
—¿Y tú? ¿Sabes meterla? —le digo pícara pasando por su lado.
—Ya lo he demostrado —señala la mesa.
Poniendo los ojos en blanco, meto todas mis bolas seguidas sin darle opción a un solo tiro. Ya os había dicho que sabía jugar.
—¿Lo dejamos en tablas? —pide cuando estoy a punto de rematar.
—Nope —declaro a la vez que deslizo el taco y golpeo la bola negra, que acaba dentro.
Exaltada, celebro mi victoria lanzando la bola blanca detrás de la negra, pero la atrapa en el aire. Sonriente, pide el desempate. Por supuesto que acepto; no voy a desperdiciar la oportunidad de verlo reclinado sobre la mesa.
Sentada en el borde, le observo colocar las bolas dentro del triángulo, a la vez que sugiere hacer interesante el desempate apostando por el lugar al que iremos después.
Se detiene frente a mí con una sonrisa gigantesca, me quita el taco de las manos y sugiere que juguemos compartiendo el mismo.
Tiro de su camisa, encajándolo entre mis piernas hasta que nuestros cuerpos chocan.
Maliciosa, le digo que, como él ha decidido las normas, yo elijo el taco.
Dándole un mordisco en la barbilla, él suelta un débil gruñido al añadir que empieza él.
En realidad, me importa un bledo ganar o perder; el tío es terriblemente competitivo y me fascina hacerle rabiar.
Su rostro se vuelve condenadamente sexy cuando se endurece.
Nos disponemos a encarar la tercera tirada.
Los turnos se vuelven eternos porque somos incapaces de pasar el trozo de madera sin distraernos, susurrándonos secretos al oído y manoseándonos con descaro.
De pronto, un tipo corpulento como un jugador de rugby y con una calva reluciente nos interrumpe a voces, quejándose del rato que llevamos acaparando el billar y del espectáculo que estamos dando.
El chico de ojos grises mantiene la calma y le promete que es la última partida, que liquidamos lo antes posible.
—Tardaremos exactamente lo que tengamos que tardar, listillo —le corto.
—Repite eso, niñata —el bruto da un paso al frente, colérico.
—¡¿Es que estás sordo, o qué?!
—No ha dicho nada —interviene el moreno, interponiéndose como un muro entre el abusador y yo—. Ya nos vamos —asegura, dejando el taco sobre el tapete—. Que tengáis buena partida.
Me agarra de la cintura para sacarme de la zona de conflicto, pero el matón suelta una última lindeza, desprendiendo un tufillo a cerveza barata y aros de cebolla:
—Puta loca.
Me suelto del agarre de mi acompañante a pesar de que intenta frenarme.
Retrocedo a paso firme y, ante la mirada atónita del calvo, me dedico a encajar una a una todas las bolas del tablero.
Incluso me subo a la mesa para alcanzar las que se han quedado en la otra punta.
Al bajarme, compruebo que el pintor me observa estático, con una sonrisa gigantesca de puro orgullo.
—¿Quieres jugar? —le pregunto al abusón con cara impávida—. Pues paga.
Pasando por delante de él, aferro la mano que mi ancla me extiende.
En cuanto regresamos a nuestro reservado, se quita la sobrecamisa de cuadros y me la coloca por encima de los hombros, advirtiéndome de que tengo las manos y los brazos como témpanos de hielo.
La realidad es que estoy ardiendo, pero de pura rabia.
—Siempre que estoy contigo tenemos problemas.
—No creo que las risas en la galería hayan sido un problema —le respondo risueña, haciéndole hueco a mi lado.
Sin embargo, su sonrisa se evapora por completo en cuanto se sienta. Me clava una mirada indescifrable, grave y cargada de una melancolía repentina.
—No me recuerdas.