Cuatro son multitud tres no 10 #3
17%

10 #3

Al pisar la acera mojada, escaneo la calle en busca de su imponente estatura.

Respiro aliviada al localizarlo parapetado detrás de un grupo de jóvenes; apoyado contra la pared, contemplando el saliente del techo que le resguarda del agua.

Me encantaría soltarle un chiste ingenioso para devolverle la sonrisa, pero me he quedado en blanco.

Imito su postura de forma disimulada unas baldosas más allá. Él sigue inmóvil, con la vista fija en las nubes. A pesar de la penumbra, distingo un atisbo de rabia en sus facciones. No le conozco de nada, pero intuyo que ese humor agrio no es habitual en él.

—Le he pedido formalmente a Thor que deje de lanzar truenos —suelto.

«¿Pero qué puta mierda de frase es esa?»

—Tenía que intentarlo —me encojo de hombros cuando él me dedica una mirada. Seca, hosca.

—¿De verdad? —pregunta sin despegar la cabeza del ladrillo.

Esa pizca de ingenuidad me resulta tan tierna que me siento culpable, niego con la cabeza y logro que se le escape una sonrisa. La lluvia amaina al compás de su enfado y mis tripas deciden rugir en mitad del silencio.

—Tengo un hambre atroz, vamos —le pego un tirón de la manga.

—¡Pero si está lloviendo! —señala la calle.

—Son cuatro gotas de nada. ¡Es solo agua, no te vas a encoger!

Tiro con fuerza de la tela de su camisa para despegarlo de la pared.

Es inútil; el tío está más fuerte que el vinagre.

Me doy la vuelta simulando que me marcho e inmediatamente escucho sus gritos a mi espalda, preocupado por si me pego un leñazo al correr en tacones sobre el asfalto mojado.

Al girarme, le encuentro pisándome los talones, radiante.

Una oleada de felicidad me invade el pecho al notar cómo sus dedos atrapan mi mano con firmeza.

—Espera —tira con suavidad de mi brazo. Al perder el equilibrio, me sujeta contra su pecho por la cintura—. Cuidado.

Ahí está. Ha vuelto el chico risueño de la papelería. El hombre que vive con una sonrisa perenne en los labios.

—¿Se puede saber a dónde vamos? —pregunta sin soltar mi mano.

—Ni idea. Solo conozco dos locales en este barrio y en ninguno sirven comida —me encojo de hombros, arrancándole otra carcajada.

Las gotas de agua destapan su secreto mejor guardado: su pelo, habitualmente despeinado con estilo, empieza a rizarse en unos sutiles tirabuzones oscuros. Es en ese instante cuando reparo en que el brillo de sus ojos es el vivo reflejo de la felicidad de los míos.

—Vámonos antes de que el cielo se caiga —dice.

Nos ponemos en marcha, con los dedos entrelazados.

Pasa su brazo por encima de mis hombros, obligándome a caminar pegada a su costado.

Ese simple gesto y las burlas que me lanza por no conocer los mejores rincones de Staten Island, me hacen sentir plena.

Hacía siglos que no me sentía tan libre, tan yo, deseando que la noche se congele para siempre.

Aligerando el paso y sin que nuestras carcajadas cesen, caminamos por el barrio hacia una dirección que se niega a revelarme.

Jugamos como niños sin importarnos nada; solo nos importan las risas que nos sacamos y la complicidad que estamos creando.

Justo a tiempo de librarnos del aguacero con el que amenazan las nubes, nos detenemos frente a unas escaleras oscuras.

—Confía en mí —pide su voz despreocupada ante mi expresión de pura incredulidad.

Una bofetada de calor me golpea la cara nada más traspasar una pequeña puerta de madera, parecida a la de un antiguo castillo.

Lo que por fuera amenazaba con ser un tugurio, resulta ser un rincón cálido y acogedor.

La música retumba a través del bullicio de los clientes.

Recorremos el corto tramo hasta la barra mientras mi acompañante saluda con la cabeza a los habituales.

Al llegar, su mano suelta la mía para posarse con suavidad en la parte baja de mi espalda.

Le sostengo la mirada, reconfortada por el contacto.

Una encantadora chica rubia con flequillo llamada Kelly, le dice al pintor que se alegra de verlo.

De inmediato, me brinda una grata bienvenida y nos pregunta qué queremos.

Aprovecho ese momento para ir al servicio, anunciándole al desconocido no tan desconocido que quiero un refresco.

De vuelta, interrumpe la charla con un hombre de unos sesenta años, que atiende los grifos. Sonríe con dulzura y me toma de la mano para guiarme por el local. No lo percibo como un ademán posesivo o controlado; lo siento como un acto reflejo sincero.

Llegamos a uno de los reservados de madera alineados en la pared, cuyos bancos de respaldos altos ofrecen la privacidad perfecta para aislarte.

Sentado frente a mí, me insiste en que pruebe la hamburguesa de la casa.

Al pedirle que elija otra cosa porque anoche ya cené carne, se ríe con ganas.

Kelly aparece con los refrescos y nos pregunta si marchan dos hamburguesas completas, la sonrisa del moreno se ensancha al ver que desvío los ojos.

—Solo una para compartir, Kelly. Y ponnos también el pollo especiado, las alitas y la ración de patatas especiales —pide decidido, demostrando que se conoce el menú de memoria.

—Te va a encantar, ya lo verás —se lleva el vaso a los labios. Se detiene antes de dar el sorbo al pillarme sonriendo—. ¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?

—Nada, es solo que te imaginaba con el botellín de cerveza en la mano.

—Quiero conservar las neuronas intactas para enterarme de todo lo que pase contigo—replica con una sonrisa pícara.

Yo busco exactamente la misma lucidez, aunque espero que la mezcla previa de whisky y champán mantenga la tregua que necesito.

A pesar de la penumbra, nos devoramos con la mirada.

Las sonrisas no se nos borran de la cara ni cuando Kelly regresa para inundar la mesa con los cubiertos y las bandejas de pollo.

El misterioso chico me pregunta con curiosidad, por qué demonios compré tantos folios, le miento sin pestañear alegando que sufro una adicción secreta a la papiroflexia.

Me acusa de embustera de inmediato; mi risa me delata.

Al ver semejante despliegue calórico, hago gala de mi nobleza:

—Está bien, te voy a ceder la mitad de mis patatas.

—Vaya, así que pretendías comértelo todo tú sola —se burla, metiéndose un tenedor a la boca.

El broche de oro llega con la hamburguesa.

Es un monumento culinario. El tío me echa en cara con orgullo que me avisó de que me arrepentiría de no pedirla, y con una generosidad que me desarma, la sostiene entre sus manos y la acerca a mis labios para obligarme a darle un mordisco.

Brutal. Mientras saboreo el bocado, me pregunta si de verdad solo conozco dos lugares de Staten Island.

Me río por su literalidad y le confieso que ubico algún comercio más, pero que soy incapaz de orientarme en este distrito.

Entre broma y broma, se produce un silencio espeso. Me observa con una intensidad difícil de clasificar, como si intentara diseccionar mis pensamientos para encontrar una respuesta.

—No me has preguntado qué demonios ha salido mal en la reunión de la galería —comenta al fin.

—¿Por qué tendría que preguntarte? —respondo. Él se encoge de hombros con un sutil ademán de incertidumbre—. Si necesitas desahogarte, te voy a escuchar, pero no tengo por qué invadir un terreno que no me incumbe.

—¿Y cómo sabías que la entrevista había sido un fiasco?

Le regalo una sonrisa sincera que ilumina sus facciones de inmediato.

—El hecho de que salieras disparado del despacho como una auténtica furia me dio una pista bastante sólida —le vacilo.

Pedimos una segunda ronda de refrescos; a ninguno nos apetece ensombrecer la magia de esta noche recurriendo al alcohol.

Al interrogarle sobre el bar, me confiesa que lleva años acudiendo allí junto a su tío y que por eso la plantilla le mima tanto.

Tras anunciar que vuelve enseguida, aparece con la contraseña del Wi-Fi y propone un juego: añadir cada uno dos canciones.

Una que resuma nuestra noche y otra que defina la del otro.

Dicen que una buena relación es la que te hace recordar al niño que tienes dentro sin dejar de sentirte adulto. Jugar como niños, amarse como adultos.

Pese a que los dos teléfonos están a la vista, ninguno hacemos caso a las notificaciones.

Preferimos prestarnos atención, anotando quién adivina más títulos para ver a quién le toca pagar el billar.

De repente, el chico coge el móvil enfadado porque no suenan nuestras canciones.

Acto seguido, y como si alguien le hubiese tocado con una varita, proclama feliz que la siguiente que sonará es una de las que puso él.

—¿Eres tonto? —me sale en tono amigable.

Entre balbuceos, alega que tardaban demasiado; asimismo, dice que no contestará si le pregunto si es la mía o la suya.

El bar empieza a revolucionarse en el momento en que las primeras notas del viejo y famoso «Wannabe» de las Spice Girls desbloquean recuerdos de los jóvenes del local.

Con la ceja arqueada le observo; medio escondido, medio sorprendido, mira al resto de la gente cantar a todo pulmón.

¿En serio esta canción la pone como banda sonora de mi noche?

—Por Thor —se excusa, encogiéndose de hombros, como si me leyese la mente.

—If you wanna be my lover… —canto, moviendo los hombros al compás de la música, quitándole la vergüenza que siente.

No sé qué tendrá que ver con mi noche, pero me gusta. Me hace recordar bonitos momentos junto a Vikki.

La diversión se traslada a los dardos, donde seguimos riendo.

Él se ríe más que yo por culpa de un señor muy simpático; el hombre cree que no le escucho al agacharme a recoger los dardos del suelo y le dice que su guapa novia es muy torpe.

La verdad es que no me importa; soy una patosa, es lo que hay.

Y tampoco me molesta que piensen que somos pareja; aunque se le ha visto nervioso por si me molestaba, mi sonrisa le devuelve su color natural a las mejillas.

Además, actuamos como tal: nos cogemos de la mano, nos abrazamos tras fallar los tiros o cuando me llama asesina porque un dardo cae en la mesa de al lado.

Digo que la canción que suena la añadí yo: El Rescate, de Miss Caffeina. Él saca el móvil para traducir el título. Sonriendo a Kelly cuando trae las bebidas, dejo que lea la letra. No sé qué se le pasará a él por la cabeza; aunque no tiene los ojos azules…, su sonrisa consigue desarmarme.