10 #2
Vikki me pide perdón por invocar a mi santa madre porque no se creía que estuviera retenida con mi padre —supongo que habrá reconocido el coche de Nesh—.
De inmediato, me presenta a su nuevo novio, Lian Shen, un chico asiático, alto y de sonrisa afable, y a Elliot Harrel, un rubio de ojos claros y pelo largo que parece vivir metido en un gimnasio.
—¡Buah, brutal! ¡Estás buenísima, tía! —suelta Elliot, levantándome del suelo.
¿Y estas confianzas de qué van? Dios, no puedo respirar.
—Qué... cariñoso... —consigo articular en cuanto mis pies tocan el asfalto.
—En la cama no tanto... —me guiña un ojo con descaro—. Ya sabes a lo que me refiero —añade, dándome un codazo pillo.
Sin comprender qué hago todavía aquí, pregunto si la exposición requiere invitación.
Vikki y Lian niegan al unísono y, como la galería cierra tarde, anuncian que han reservado mesa en un restaurante de la calle de atrás.
Durante el trayecto, arrastro a mi amiga del brazo para cantarle las cuarenta por la encerrona y reprocharle su gusto.
Me parece estupendo que elija a un feo, pero prefiero a uno que no se crea el mismísimo Brad Pitt; no es horrible, pero no es mi tipo.
Mientras la feliz pareja entra al local a preguntar por la reserva, me toca aguantar las gracietas de Elliot y sus comentarios groseros sobre las ganas que tiene de empotrarme contra la pared.
Le dedico una sonrisa mientras maldigo no haberme traído una gabardina.
Le doy las gracias eternas al diseñador que le puso bolsillos a mi americana negra.
Me estoy quedando pajarito. El baboso de Elliot se ofrece a dejarme su chaqueta, pero la rechazo de inmediato.
No pienso alimentarle más una hombría que ya tiene flotando por las nubes.
Vikki y Lian llegan discutiendo por no haberse acordado ninguno de hacer la reserva, a lo que Elliot y yo nos sumamos para echárselo en cara entre risas.
Mientras la pareja debate a dónde ir, escucho la voz eufórica de Tai junto a la de mi amiga, que le informa de mi presencia.
Tai luce un vestido corto rojo de manga larga y botines de aguja, y a su lado, sacándole apenas unos centímetros… Nate.
Nate y su radiante sonrisa. La americana desabrochada revela la camisa azul de esta mañana, esa prenda que le marca los bíceps a la perfección y la misma corbata que casi deshago en mi salón.
La efusividad con la que Elliot saluda a los recién llegados contrasta con mi escueto asentimiento. Cada fotograma de lo sucedido esta tarde desfila ante mis ojos, erradicando por completo el frío.
—Sidney —me saluda Nate con un leve movimiento de cabeza, haciendo que me tiemble hasta el último músculo.
—Pobre, estás temblando de frío —reacciona Elliot, agarrándome por los hombros.
«Claro que sí, campeón. De frío, seguro».
Le dedico una sonrisa fingida a mi cita para desviar la atención de Nate, cuyas manos juegan con el nudo de su corbata al percatarse de que mis ojos están fijos en ese trozo de tela.
Me muerdo el labio inferior y subo la mirada hacia su rostro; me sostiene el desafío con una chispa traviesa, consciente de que yo también me he quedado con las ganas de más.
—¿Os conocéis? —pregunta Vikki, señalándonos.
—Del gimnasio —se adelanta Tai de inmediato.
—¿Te acuerdas del vecino de cuando íbamos de pequeñas a Prior Lake? —le lanzo una mirada significativa a Tai antes de centrarme en mi amiga.
—Sí... —Vikki me devuelve una expresión de pura curiosidad.
—Pues es el primo idiota de Chicago —le dedico una sonrisa resplandeciente a Nate.
—El mismísimo —responde él, de excelente humor.
—Ah si… Ooh… Aah… Ooh… —Balbucea sorprendida.
—No sabía que os conocíais desde la infancia —murmura Tai, clavándole un reproche con la mirada a Nate.
Lian detecta la tensión que Tai acaba de arrojar y sosiega las aguas preguntando si el restaurante merece la pena.
La joven responde con desgana que no han podido entrar porque, debido al volumen de trabajo de Nate, se le olvidó llamar para reservar.
Vikki y yo nos cruzamos una mirada de reojo.
No es porque se haya percatado de la química sexual que Nathaniel y yo desprendemos.
Sabemos de sobra que Tai va a ejercer de portavoz del chico el resto de la noche.
Al verse en la misma situación que nosotros con la cena, proponen que vayamos los seis juntos en plan triple cita.
Nate comenta que le parece una idea excelente, pero yo intervengo antes de que el desastre se consume:
—Mejor dejamos que disfrutéis de vuestra velada romántica a solas. Nathaniel lleva todo el día trabajando muy duro —enfatizo la palabra mirándole fijamente a los ojos.
La picardía reluce de nuevo en sus pupilas azules.
—Te agradezco enormemente esa preocupación por mí—me guiña un ojo. Esto es un juego de alto voltaje y por suerte nadie a nuestro alrededor se está enterando.
—Para ser una quedada de parejas tendría que estar Matt, ¿no? —suelta Tai mirándome con una sonrisa ponzoñosa.
«Hija de puta».
Sus palabras caen como un cubo de agua helada que nos salpica a todos.
—Un motivo más para que os vayáis los dos solos —replico, notando la mano firme de mi amiga en mi brazo, arropándome.
—Que lo paséis bien —zanja Vikki con una sonrisa gélida, dando por terminada la reunión espontánea. En cuanto la parejita se aleja por la avenida, mi amiga ruge—: ¡Menuda grandísima hija de puta!
A pesar de que ya le he dicho que no, Elliot insiste en indagar si tengo novio formal.
Mientras la feliz pareja vuelve a enzarzarse en una disputa sobre dónde cenar, propongo meternos de una vez en la exposición para evitar que nos cale la inminente tormenta.
Mi amiga sabe de sobra que es una excusa barata y que el dardo de Tai me ha quitado el apetito, así que secunda mi idea.
Bajo el cielo oscuro, una potente luz blanca ilumina la galería de arte, cuyas puertas están abiertas de par en par.
En cuanto cruzo el umbral, Vikki y Lian se esfuman, dejándome a solas con el cabeza hueca de mi cita.
Paseamos en silencio por la inmensa nave, contemplando las obras colgadas de los paneles.
Aprovecho que Elliot se queda embobado devorando los desnudos femeninos para refugiarme entre las esculturas de barro.
Vacío una copa de champán de la bandeja de un camarero para ahogar el mal trago.
Absorta frente a un cuadro abstracto de tonos tenues, me convenzo a mí misma de que no merece la pena emborracharme por culpa de la mala baba de Tai. Lo que no asimilo es por qué ha soltado esa lindeza en mitad de la calle a sabiendas de que me haría daño.
«Celos».
¿Por Nate? ¡Por el amor de Dios, si le dije en el gimnasio que era todo suyo!
«Sí, pero parece que el rubio prefiere ser tuyo».
—Para no ser de la zona, es la tercera vez que te cazo por estos lares —me saca de mi monólogo interior una voz ronca, teñida de una risa de lo más sugerente.
Miro a ambos lados buscando el origen de la frase y me topo con el chico de la papelería.
Contempla el cuadro de mi izquierda con las manos entrelazadas a la espalda.
Aprovecho para localizar a Vikki; sigue pegada a Lian charlando alegremente.
Alcanzo a ver al tal Elliot al otro extremo de la nave, incordiando a cualquier mujer que se le cruza.
Menos mal que me apasiona el arte, porque de lo contrario ya estaría subida en un taxi.
Entre ver a mi padre derrotado en el bufete y el dardo envenenado de Tai, no me quedan ganas de nada.
De pronto, mi espacio vital es invadido por una camisa de cuadros verdes.
Sé que es él antes de mirarle. Se coloca en mi misma posición, con las manos a la espalda, contemplando el cuadro abstracto que tenemos delante.
—¿Todavía te quedan folios? —pregunta divertido.
Intento camuflar la sonrisa que me arranca su comentario y avanzo hacia el siguiente panel. Él me sigue con cautela, imitando mis pasos.
—¿Llegas al metro noventa? —levanto el cuello para clavar mis ojos en su rostro. Él baja la cabeza, rascándose la frente.
—Eh... casi. Metro ochenta y ocho. ¿Y tú? —devuelve las manos a la espalda sin romper el contacto visual—. Sin contar los tacones—añade.
Su sonrisa se ensancha al ver que por fin ha logrado desarmar mi gesto serio. Entre comentario y comentario, recorremos el resto de la galería, es un auténtico apasionado del arte; habla con un entusiasmo contagioso.
—¿Y qué hace una experta en folios en una exposición de Staten Island? —me pincha.
—Mi mejor amiga, me preparó una cita a ciegas —tuerzo el gesto.
—¿Y dónde está el afortunado? —busca a nuestro alrededor con la mirada—. No me digas que lo tienes escondido ahí dentro —señala mi bolso de colores.
—Mejor no saberlo —susurro.
—No será ese de allí que se cree el mismísimo Thor —se inclina hacia mi oído, bajando la voz.
Su ocurrencia me arranca una carcajada tan escandalosa que nos convertimos de inmediato en la diana de todas las miradas.
Por un instante, su semblante se vuelve serio, pero es incapaz de sostener el papel de tipo formal.
Entre risas, me da el pésame por mi cita y volvemos a llamar la atención del personal.
Qué tío más chistoso. Este no es un lugar para reírse a pleno pulmón, pero con él es imposible contenerse.
Al preguntarle qué le trae por aquí, me explica emocionado que ha venido a hablar con la galerista para exponer sus propias obras.
En mitad de nuestras confidencias, una mujer elegante asoma desde un lateral y le llama, invitándole a pasar a los despachos privados.
Se disculpa conmigo y le contemplo alejarse.
Definitivamente, no tiene nada que ver con el cotilla estirado de la papelería.
Me lo estoy pasando bien. Mil veces mejor él que Thor...
Se me escapa una risa tonta al recordar el mote del troglodita justo cuando Vikki, Lian y Elliot aparecen a mi lado.
Mi amiga me espeta que parezco boba riéndome sola en mitad de la sala y le respondo que me ha dejado abandonada.
Mientras vuelven a la carga con la eterna discusión de la cena, diviso al desconocido cruzando la nave a toda prisa hacia la salida.
Su eterna sonrisa se ha esfumado; sus ojos gris oscuro parecen disgustados.
Sin pensármelo dos veces, me despido de Vikki con un monosílabo y salgo detrás de él.
Siento la necesidad de acompañarle y devolverle las risas que me ha regalado dentro.