10
La satisfacción de haber encontrado indicios de la verdad y poder ayudar a mi padre me anima a pintarme los labios de un rojo potente.
Estoy lista para afrontar la cita a ciegas que Vikki ha organizado.
Me enfundo en unos pantalones ajustados de cuero, una camiseta básica con un estampado cualquiera y una americana negra; remato el conjunto con un cinturón plateado para darle un toque de brillo.
Bajo las escaleras del loft tan distraída, revisando mi bolso de colores, que me detengo en seco al llegar al último peldaño.
Nate está saliendo de mi cocina. Se pega un susto tremendo al descubrirme allí arriba, observándole con los brazos cruzados.
¿Hola? Es mi casa, el susto me lo debería llevar yo.
—Creía que te habías ido —le digo, pasando por su lado en dirección al mueble del televisor.
—Solo estaba dejando los vasos en el fregadero —le escucho decir mientras me hundo en la pantalla del móvil.
Tecleo rápido a Vikki para avisarle que llegaré tarde: tengo que pasar por el despacho de papá, ya aprovecho para pedir un coche sin dejar de dar vueltas por la casa en busca de las llaves, agradezco su gesto.
A la vez que se coloca su chaqueta, se ofrece a ser mi conductor mientras me observa batallar con los tacones de un color verde estridente, le doy las gracias, pero le aclaro que no es necesario.
Justo cuando compruebo que llevo todo, incluida la información, la impresora se pone en marcha.
—¿Puedes ir llamando al ascensor por si vuelve a estar atascado? —le pido mientras voy a ver qué demonios pasa.
Menos mal, la máquina no se ha vuelto loca: son los monstruitos de enfrente, Cruzo el pasillo y llamo al timbre de mis vecinos.
Ivet Huff sale al instante deshaciéndose en disculpas en cuanto le entrego el fajo de folios.
Le aseguro que no pasa nada, me despido de los niños y cierro mi puerta con llave.
Llego al ascensor encontrándome al rubio sujetando la puerta, inmerso en su móvil y con la mano libre metida en el bolsillo del pantalón.
¿De verdad los tíos estáis cómodos con las manos ahí metidas?
—¿No te estresas? —pregunta, apartando la vista del aparato.
—Por eso boxeo —cruzo el umbral y noto su sonrisa burlona reflejada en el espejo.
No volvemos a mediar palabra hasta que salimos a la acera.
Nate insiste en llevarme, alegando que le voy a deber una muy gorda, pero al recordarle que mi coche ya viene de camino, se cruza de brazos y decide esperar conmigo.
Es el peor momento posible para que Kevyn Foss aparezca doblando la esquina a la carrera.
Sé perfectamente que viene a montarme un pollo, porque he ignorado sus cincuenta mensajes suplicándome que sea la fotógrafa de su última sesión.
Paso olímpicamente. Me oculto de inmediato tras la enorme espalda de Nate.
—Dile que no me has visto —le ordeno pegada a su nuca.
—¿Se puede saber qué haces? —se ríe él bajo el ala de su chaqueta, divertido.
Foss llega como una furia. Con su metro setenta y tres de puro nervio, se detiene en seco frente a nosotros. Recupera la compostura, se presenta educadamente a Nathaniel con un apretón de manos y luego se asoma por encima de su hombro para fulminarme con la mirada.
—Sidney, se te ven los tacones desde mi estudio —me acusa, señalando el edificio de la esquina.
—Tú no te rías —pego un tirón a la chaqueta de Nate antes de encarar a mi amigo—. Tengo planes, Kevyn. Olvídalo.
—Por favor, Sidney, te lo suplico —lloriquea, colocándose el flequillo con ese gesto neurótico que siempre me ha puesto de los nervios—. El último fotógrafo se ha largado en mitad de la sesión.
—No se ha largado, lo has echado, que te conozco —corrijo—. Haz las fotos tú mismo.
—Es que tengo planes esta noche —rebate con toda la cara dura, provocando que suelte una carcajada estruendosa.
Siempre igual. Kevyn Foss despide a sus empleados a los veinte minutos porque nadie trabaja con la minuciosidad que a él le gusta.
El tío está perfectamente capacitado para disparar la cámara, pero prefiere irse de fiesta con las modelos.
Su agencia no solo gestiona a chicas de catálogo; también lleva a actores y bailarines, pero le interesa mil veces más el sector femenino que posa en lencería.
—Ahí llega mi Uber —anuncio al ver aparecer el coche, mirando sus ojos marrones de cachorro desvalido—. No cuela, Foss. Lo siento —le doy un golpecito cariñoso en el hombro.
—¡Me vengaré! —me grita dramáticamente mientras Nate y yo nos alejamos hacia la calzada.
—¡Vale, búscame mañana! —le chillo de vuelta mientras él camina hacia atrás. Me giro hacia el abogado cuando me abre la puerta del coche—. Perdón por el espectáculo.
—Ya me informarás si hay novedades —pide con una sonrisa de medio lado.
—Hecho.
Me subo al coche y le devuelvo el saludo antes de cerrar.
Conforme avanzamos por la avenida, contemplo a Nate haciéndose pequeñito en la acera y alcanzo a ver a Kev en el umbral de su estudio.
Le conocí en una fiesta veraniega donde la tensión sexual estalló, aunque nuestros amigos reventaron el momento antes de culminar.
Unos días después, subiendo borracha las escaleras por culpa de Řezník, descubrí que era el nuevo vecino: terminamos en su salón.
Todavía recuerdo su sonrisa al pillarme mirándole los abdominales, cubierto solo por una toalla blanca.
Me lancé a sus labios y él respondió al beso de inmediato, encendido, pero un inoportuno ataque de náuseas por culpa de la resaca me obligó a correr a su baño.
El romance murió ahí mismo. Tras asumir la vergüenza de no conseguir culminar por tercera vez consecutiva, la atracción física febril dio paso a nuestra extraña amistad fraternal, consolidada el día que Matt y yo empezamos.
Al llegar a las oficinas del bufete, sumidas en un silencio absoluto y en penumbra, me encuentro a mi padre en su despacho: contempla la oscuridad del cielo de Manhattan con un vaso de whisky en la mano.
Sigilosa, golpeo el cristal con los nudillos.
Al volverse, percibo de inmediato la tristeza de su mente.
Lleva el traje impoluto y la corbata perfectamente anudada, pero su rostro refleja que está destruido, sonríe al descubrir que soy yo la que interrumpe su soledad.
El mundo entero conoce a Daniel Colbert eufórico, implacable y con ansias de victoria, pero jamás derrotado.
Muy pocas veces le he visto esa cara y siempre en la intimidad de casa.
—Hija —avanza hasta recibirme en el centro del despacho—, ¿qué haces aquí tan tarde? —sus ojos, tan marrones como los míos, me escanean.
—¿Y tú qué haces aquí? —le devuelvo la pregunta, acomodándome en el respaldo de la silla.
—Trabajar —se limita a responder, llevándose el vaso a los labios.
Exhala y vuelve a llenarse el vaso antes de sentarse en el sofá. Sabe perfectamente que miente, por eso me dedica una sonrisa cómplice, elogia lo guapa que voy y me advierte que no deje que mi madre vea estos tacones si no quiero que se los apropie. No le funcionará cambiar de tema.
—Me los compró ella con Greace —dejo el sobre en la mesa auxiliar y me siento a su lado.
—Entonces los ha pagado tu madre —su sonrisa se agranda.
—No seas malo —le entrelazo el brazo y apoyo la cabeza en su hombro, buscando reconfortarle.
Durante unos largos minutos saboreamos la paz del silencio.
Es un espacio lleno de afecto que no disfrutábamos desde que nació mi hermana, desde que me independicé y todos los problemas del bufete recayeron sobre sus hombros tras elegir alejarme del mundo del Derecho.
Ambos estamos al corriente de la vida del otro por boca de mamá, pero nos gusta charlar cara a cara.
Le hablo de mis encargos y le pregunto si sabe algo de mi hermana, su respuesta es un no rotundo.
Aprovecho para sacarle una sonrisa hablándole de mis planes de viernes; refunfuña como un cascarrabias al confirmar mis sospechas sobre la cita a ciegas de Vikki.
Para mis padres, ella es otra hija; nos conocemos desde los seis años y se ha criado en nuestro salón.
Me termino su whisky sin reproches, una vez relajado, le aclaro que el interior del sobre es la solución definitiva al marrón corporativo que le trae de cabeza. Le planto un beso en la mejilla y le pido que no deje a mamá sola en la gala benéfica por un asunto de trabajo que ya está resuelto.
—Cariño, ya me pasarás la factura por esta investigación con tu tarifa de pez gordo —indica el sobre—. Y haz el favor de cobrársela íntegra a Jena. No quiero más quejas—. Jena Symon Elder es la jefa de Vikki, mi exmentora y una íntima aliada de la familia.
El móvil vibra con dos llamadas perdidas y tres mensajes histéricos de Vikki.
Papá me obliga a marcharme en su coche oficial con Nesh, su conductor desde hace más de quince años.
Me ha llevado en tantas etapas de mi vida y en tantos estados de ánimo que sabe exactamente qué música necesito.
Intento que deje puesto su fútbol, pero pasa de mí; imita el solo de guitarra de «You Give Love a Bad Name» de Bon Jovi y me anima a sacudirme la amargura de la noche.
Apoyo la cabeza contra el cristal frío, empañado por la llovizna que difumina las luces de la ciudad que nunca duerme.
El estilo seguro de Nesh al volante me relaja tanto que amago con quedarme dormida, hasta que el tráfico de Staten Island nos detiene.
Mis ojos se clavan en una pareja que se abraza con pasión en la acera; el recuerdo del casi beso con Nate me golpea el estómago.
Esos labios carnosos que estuvieron a punto de ser míos se instalan en mi mente.
No entiendo por qué deseo que lo hubieran sido, al mismo tiempo que detesto desearlos.
El frenazo del coche interrumpe mis pensamientos, enfadando a mis sentimientos.
Saco el móvil y llamo a Vikki para que me dé su ubicación exacta.
Antes de que dé el segundo tono, me entra la risa al localizarla desde la ventanilla.
Está en mitad de la acera flanqueada por dos tíos que le sacan tres cabezas: uno de ellos la rodea por la cintura y el otro mira al infinito.
Vikki lleva sus rizos alborotados y sus botines de tacón ancho de diario; la tía considera que va arreglada.
¿Para esto me ha obligado a ponerme de punta en blanco? La voy a matar.