Cuatro son multitud tres no 9 #2
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9 #2

Todo muy sospechoso. Al leer de nuevo los nombres, mi mente empieza a recordar.

Los conozco de algo, estoy convencidísima de haberlos escrito.

Como una loca, empiezo a pasar las hojas de mis apuntes.

¡Bingo! Boquiabierta me hallo al comprobar que son los dueños de tres de los tantos gimnasios que he visitado por la mañana. Impresionada por su memoria, le miro.

—Lo tenemos —celebra él, devolviéndome la mirada.

Nuestras caras se retan a escasos centímetros. Por alguna razón que desconozco, su radiante sonrisa me atrapa en un laberinto sin salida.

—Hueles a naranja —balbucea él.

Oír cómo traga saliva me produce un hormigueo eléctrico que consigue secar la mía.

—Es… es la crema hidratante —musito, completamente perdida en sus labios entreabiertos.

Su mano se mueve inquieta en el respaldo de mi silla.

El cuaderno se me resbala de los dedos y cae al suelo.

Ya me da igual. Estoy dispuesta a agarrar esa sedosa tela que me cosquillea la piel y dejar que la tensión estalle de una vez, pero el sonido estridente de su teléfono rompe la magia.

Nos miramos con complicidad, decididos a ignorarlo.

Los dedos de Nate acarician mi cuello enviando un escalofrío directo a mi columna, invitándome a tirar de su corbata para acortar la distancia. Quiero besarle.

—Tengo que... —susurra humedeciéndose los labios, maldiciendo la interrupción.

—Sí —murmuro con la respiración entrecortada.

Suelto la corbata. Solo deseo que le importe una mierda quién llama y que mi boca sea lo único en lo que piense, pero la realidad se impone.

Tras rozar las puntas de nuestras narices, Nate se separa y se afloja el nudo.

Mi gozo en un pozo. No puedo evitar clavar la vista en lo bien que le sienta el pantalón del traje cuando se dirige a la mesa pequeña a descolgar.

Al ver quién llama, el semblante ardiente de Nate se transforma en un rostro incómodo.

Exhala un suspiro exasperado antes de girarse para hablar.

El momento ha terminado. Bebo un trago de agua para enfriar el incendio y aprovecho que Nate se aleja tras el muro, para ir al despacho a por los folios, suplicando que las piernas no me fallen.

Mientras la máquina escupe el papel, mi cabeza va a mil por hora.

¿Qué coño ha pasado? Hubiese sido el primer hombre en mi vida después de tantos años con Matt como único dueño de mis deseos.

Alguien tiene que romper la racha, ¿pero Nate?

¿Por qué tiene que ponerme tanto precisamente el abogado pijo y arrogante que se supone que odio?

Meto los folios en un sobre junto a una nota para mi padre con los nombres de los gimnasios; Daniel tiene que sacar a Stanford de este lío. Al volver al salón, me encuentro a Nate sentado en el sofá, apesadumbrado, con los codos apoyados en sus rodillas.

—¿Todo bien? —pregunto dejando el sobre en la mesa grande.

—Sí... Lo sie...

—No hemos acabado —le interrumpo apagando el portátil antes de que se disculpe—. Esto no son pruebas suficientes. No demuestra que Cropper esté implicado.

En mitad de mi discurso, mi torpeza hace acto de presencia y el bote de las brochas de maquillaje sale volando contra el suelo. Nate sigue con la mirada cada uno de mis movimientos.

—A lo mejor es porque Cropper es inocente —sugiere con una pícara sonrisa.

Suelto una risa tosca, recojo los cosméticos y me siento en el suelo con las piernas cruzadas.

—Nathaniel Finn Akerman —le sostengo la mirada, viendo cómo sus ojos chispean al escuchar su nombre completo—, mi instinto no se equivoca. Y en esos vídeos está la respuesta. ¿Te importa si me maquillo mientras los vemos?

—Vas a maquillarte mientras yo veo los vídeos.

—¡Tú los has traído! —especifico, arrastrándome por el sofá.

Me estiro hasta el otro extremo para alcanzar el espejo de mano. Al deshacer el camino y volver a mi sitio, pillo a Nate con los ojos fijos en mi trasero y una sonrisa gigantesca.

—¿Qué? Puedo hacer dos cosas a la vez —le reto.

«Esas dos cosas se llaman maquillarte y repasar mentalmente las posturas que habríais hecho en el sofá».

Pues sí, para qué voy a engañarme.

—No lo dudo —sonríe Nate—, pero no vamos a sacar nada más de estas imágenes.

—Si tienes que irte, no pasa nada—afirmo vertiendo un poco de base en el dorso de mi mano.

—He avisado de que me queda trabajo esta noche…

«Trabajo, eh».

—…pero no creo que Cropper se haya dejado ganar.

—Créeme —le miro fugazmente—, está en el ajo. Sigamos con los vídeos.

—Ni siquiera los estás mirando —profiere al mismo tiempo que me aplico la base.

—¡Claro que sí! —Le miro ofendida—. Ahora le va a dar un derechazo —señalo la tele con la brocha mientras vuelvo a centrarme en el espejo.

—Sidney —calla hasta que mis ojos se centran en él—, el vídeo está parado —su ceja se arquea.

—Ah… —desvío la mirada a la pantalla—. ¿Cuándo ha terminado si…?

—No lo sé —un murmullo provoca que le mire. Su rostro vuelve a ser melancólico.

—Bueno, ponlo otra vez. No voy a tardar mucho —prometo.

Me pongo un poco nerviosa al ver por el espejo que Nate me observa a mí en vez de al televisor, pero no voy a negar que me gusta. Me hace sentir deseada. Me intimida pintarme el párpado sabiendo que tengo su mirada fija en mi cogote. Tras hacerme un delineado difuminado, ya casi estoy lista.

—Cierra la boca y los ojos —le ordeno, poniéndole la mano en la cara para que mire a otro lado.

Entre sus quejas por apartarle la cara, presiono el difusor del espray fijador. ¡Mierda! Con el forcejeo, me trago la mitad del líquido.

—¡Qué asco! —escupo, limpiándome la lengua con el dorso de la mano.

—¿Pero, qué haces? —resopla él, divertido. Me quita la mano de la cara, pero la suavidad con la que me sujeta los dedos y la chispa de sus ojos le delatan.

—Evitar que te quedes ciego, desagradecido —proclamo abanicándome.

Nate suelta un bufido. No sé si es por el aburrimiento de las grabaciones o por la frustración de no haber culminado la tensión que flota entre nosotros.

Me dispongo a darme la máscara de pestañas para terminar de una vez con esta tortura de encierro.

A este paso, nos vamos a desgastar nosotros antes que el caso.

Justo cuando voy a acercar el cepillo al ojo izquierdo, un movimiento de Cropper en la pantalla me congela.

—¡Para! —grito, atrapando el brazo de Nate con fuerza.

—¡Pero si no he dicho nada! —suspira confundido. Por Dios, qué tierno es cuando se descoloca.

—Ya lo sé, tonto —sonrío—. Dale a la pausa.

—¿Qué has visto? —me mira curioso.

Cierro el bote de rímel de un manotazo y lo lanzo sobre la mesa. Agarro a Nate por la muñeca y tiro de él con energía para levantarlo del sofá, ignorando cómo mi nombre se le escapa de los labios por la sorpresa.

—Si te lanzo un gancho —me coloco en guardia, marcando el golpe a la altura de su hombro—, ¿qué haces para esquivarlo?

—Moverme hacia el interior y golpearte el riñón —responde metiéndose en situación y amagando hacia mis costillas—. Pero si me presionas mucho, tú me responderías con un uppercut.

Sonrío al ver que me sigue el juego al milímetro.

—Y tú retrocederías —le busco el mentón y él echa la cabeza hacia atrás.

—Y tú me atacarías con un izquierdazo —añade, mientras estiro el brazo izquierdo a su rostro.

—Pero por instinto te cubrirías, ¿verdad?

—Lógico —dice, acortando la distancia mientras yo retrocedo para coger el mando.

Le doy al play.

—Cropper baja los brazos... —murmura Nate en cuanto arranca el vídeo. Su ceja se arquea y cruza los brazos sobre el pecho.

—Se dejó ganar... —afirmo con una punzada de tristeza, contemplando su rictus serio reflejado en la luz del televisor.