9
—¡Oh, Ophelia! —canto a la vez que The Lumineers.
Avanzo por el puente de Brooklyn, embotellada en una marea de coches y autobuses.
En cuanto el sol empieza a esconderse tras los rascacielos, apago la radio.
El mundo ya es demasiado cruel como para conducir escuchando las noticias.
Prefiero el silencio, aunque hoy mi mente se empeña en sabotearme recordándome los mensajes con los que Nate me ha taladrado la cabeza desde que le dejé en el restaurante.
El muy pesado quería asegurarse de que cumpliría mi promesa de no pisar Brownsville sola.
Me pidió quedar a las cinco para ir juntos; le respondí que era una pérdida de tiempo, pero acabé dándole el nombre de mi calle por pura inercia.
¿Por qué demonios me estaré acordando de él ahora?
Llego a mi barrio con la música de Fall Out Boy de fondo y decido meter el coche directo en el garaje; no pienso ir hasta Staten Island, quiero beber. Al salir del parking y abrir el buzón, el móvil empieza a vibrar: Nate. Al descolgar, ni siquiera saluda.
—¿Seguro que no has ido a interrogar a Cropper? —dispara de inmediato.
—¿Qué quieres, Nathaniel? —resoplo mientras aporreo con rabia el botón del ascensor. Nada, algún vecino se ha vuelto a dejar la puerta abierta.
—¿Qué son esos golpes? ¿Seguro que estás en tu casa?
Se me escapa una carcajada limpia. ¿Se le ha ido la olla?
—Sí, claro. Me han secuestrado en Brownsville y los pandilleros me han dejado el teléfono para que hable contigo —suelto sin respirar mientras empiezo a subir los peldaños a pie. Menos mal que estoy en forma.
—Lo he captado —masculla él.
Para colmo, al llegar al descansillo me topo con el señor Řezník, que ha dejado todas las bolsas de su compra tiradas en mitad del paso. En cuanto intento apartarlas con el pie, el viejo sale de su piso ordenándome a gritos que no toque sus cosas.
—¡Pues no las deje en medio, que siempre hace lo mismo! —le grito de vuelta.
«¿Cuándo aprenderás que cuanto más te quejas, más lo hace?»
—¡¿Sidney?! ¡Sidney! —escucho los berridos de Nate al otro lado de la línea.
—Calma, que no pasa nada. ¿De verdad sigues creyendo que estoy en peligro?
Entro en mi apartamento, pongo el altavoz y lanzo el móvil sobre la alacena, desesperada por librarme de su voz profunda.
Me quito la chaqueta, tiro las zapatillas y voy a la cocina a por un vaso de agua.
Al no escuchar respuesta, vuelvo a la entrada.
El silencio de Nate me escama; o se ha cortado la línea o está avergonzado por su desconfianza.
—¿Hola? ¿Sigues ahí?
—Estoy abajo, en tu calle.
Casi me atraganto con el agua. Dejo el vaso de golpe en la mesa con el corazón a mil revoluciones.
—¡¿Espera, qué?! ¡¿Cómo que estás en mi calle?!
—Vives en la dirección que me diste, ¿no? Pues he venido a terminar el caso.
Miro el reloj de pared: son las cinco y media pasadas. No puede ser real.
«¡Pero no le cuelgues!»
Resoplo. Tengo una prisa tremenda, pero si trabajamos rápido nos quitaremos este marrón de encima y no tendré que volver a verle. Con un mensaje rápido, decido ser buena ciudadana y le tecleo el número del portal y el piso. No quiero que el karma me putee.
«El karma ya pasa de ti, querida».
Al bloquear la pantalla, mi vista baja al hueco de la escalera, que está sepultado bajo una montaña de los zapatos de toda la semana. Mierda, soy un desastre.
En menos de lo que creía, el timbre de abajo resuena.
Iba a abrir directamente, pero mi subconsciente me obliga a comprobar el interfono.
Era Nate, claro. Dejo la puerta entornada y voy a la cocina a por algo de picotear.
Distraída, miro el frigorífico intentando decidir qué comer para matar el gusanillo sin quitarme el hambre para la cena con Vikki.
Opto por algo ligero: me preparo un bol de yogur de fresa con plátano justo cuando escucho los nudillos de Nate golpear la madera.
Le grito que pase y el eco de la puerta al cerrarse retumba en el loft.
—Puedes pasar —me río desde el salón. Al cruzar el pasillo, lo veo estático en el umbral—. No muerdo.
—Hola —saluda, inspeccionando tímidamente mi montaña de zapatos.
¿Es que este tío nunca ha visto la casa de una mujer real?
«Dudo que las tías con las que sale él sean tan desastres».
Pues qué aburrimiento de tías.
—¿Quieres? —le ofrezco mi bol, pero él niega con una sonrisa antes de desviar la vista hacia abajo.
—Hoy tocan kiwis.
—¿Qué pasa con mis calcetines? Estás obsesionado —protesto sentándome encima de mis propios pies para esconderlos—. ¿Quieres tomar algo? Cerveza, vino...
—Café, si tienes —pide recorriendo con la mirada las vigas del techo hasta la buhardilla.
Le indico las perchas de la entrada para su chaqueta y vuelvo a la barra de la cocina.
Enseguida escucho sus pasos aproximándose.
De reojo compruebo que, después de todo el día de oficina, su traje azul oscuro no tiene ni una sola arruga y la corbata sigue perfectamente anudada.
Preparo una cafetera y me apoyo en el mármol sin apartar los ojos de los suyos.
—¿Leche o azúcar? —le pregunto cuando el café empieza a subir.
—Solo.
Se me viene a la mente un chiste muy malo y se me escapa una risa tonta mientras vierto el líquido negro en un vaso de cristal. Al tendérselo, él arquea una ceja de esa forma tan suya.
—¿Se te había pasado por la cabeza invitarme a tomármelo en el rellano? Solo.
—¿Yo? ¿Pensar en esos chistes malos? —vacilo de camino al salón. Qué obvia soy, joder.
Sin perder tiempo nos sentamos en el sofá e intercambiamos nuestras conclusiones.
Mi intuición me grita que Piers Cropper miente y que ha inculpado a Stanford para lavarse las manos.
Nate, en cambio, saca a relucir su vena de abogado corporativo, recordándome que no se puede acusar sin evidencias concluyentes y que la única forma de encontrar un cabo suelto, es analizar minuciosamente los combates de Cropper.
Le doy la razón a regañadientes; los vídeos que hay en internet son una auténtica birria.
—Me debían un par de favores y he conseguido las grabaciones originales que usan ellos para entrenar —anuncia Nate, mostrando un USB que saca del bolsillo de la americana.
Le señalo la televisión dándole permiso para conectar el pendrive. Aprovecho su despiste para recrearme en cómo se quita la chaqueta y la pliega con sumo cuidado sobre el respaldo.
Después de más de media hora pegados a la pantalla, rebobinando las mismas imágenes y buscando un patrón sin encontrar absolutamente nada, mi paciencia se agota.
Sin pizca de vergüenza, me pongo en pie y le anuncio que me voy a duchar.
Le aclaro que el salón y el baño de la entrada son su casa, pero me veo obligada a amenazarle cuando me suelta, con una sonrisa descarada, que desde el sofá tiene unas vistas perfectas de mi cama.
Pegada a la pared por si intenta captar mi imagen, entro al vestidor. Toda mi ropa interior es de encaje caro; era el único capricho antes de conocer a Matt, a quien le volvía loco saber lo que se escondía debajo de mis vestidos.
«Otra vez Matt… ¡Vístete y baja de una maldita vez!», me azota mi subconsciente.
Me enfundo en un pantalón corto y una sudadera fina de chándal blanca, y bajo las escaleras armada con mi maquillaje y la plancha del pelo.
—¿Oasis? —escucho la socarrona voz de Nate nada más poner un pie en el salón.
—¿Eres más de Blur o qué? —le devuelvo el golpe mientras él esconde una sonrisa—. Pésimo gusto, Natheniel.
Dejo mis bártulos en la mesa grande y me enchufo la plancha para empezar a rizarme el pelo mientras abro el portátil.
Tan pronto como salí de la ducha, vi un mensaje de Yael avisándome de que me había enviado los datos que encontró.
Su investigación son números, cifras e importes estratosféricos apostados por personajes de la alta sociedad.
Me suena algún que otro apellido; son clientes con los que mi padre trabaja limpiamente, porque Daniel Colbert jamás movería dinero negro.
Atontada de tanta cifra pongo a cargar el teléfono para tenerlo al cien por cien esta noche y a dejar la plancha en su sitio, porque si no permanecerá en la mesa por los siglos.
Remangándome las mangas bajo las escaleras sin encontrar a Nate en el sofá, «estará en el baño» pienso sin darle importancia.
Cuando me siento de nuevo frente al ordenador me lo encuentro en mi frigorífico,
apoyando la barbilla en la mano le observo.
—¿Cotilleando?
Nathaniel baja la cabeza y sus omóplatos tensan la tela de su camisa blanca mientras cierra la nevera.
Se gira agitando una botella de agua de cristal con una media sonrisa descarada.
Le indico con la cabeza que los vasos están en la alacena.
En un parpadeo se acerca a mí, deja el agua en la mesa y, sin soltar su vaso, se inclina para mirar la pantalla.
—No veo nada anormal —suspiro girando el portátil en su dirección.
Aburrida, desvío la vista hacia el televisor, donde todavía se reproducen los combates de Cropper.
Apoyo la barbilla sobre la rodilla mientras espero a que Nate se canse de mover el cursor, cuando de repente, su brazo se cruza por delante de mi cara para alcanzar mi libreta y el bolígrafo.
Su cercanía me obliga a echarme hacia atrás en la silla.
Cualquier amago de cabreo se disipa con cada letra que escribe en el papel. Con el roce eléctrico de su codo contra mi piel desnuda. Con cada mirada furtiva que le dedico a su bíceps, marcado bajo esa sedosa camisa que deja muy poco a la imaginación.
—¿Te suenan? —su voz profunda consigue que me centre en su rostro. Está tan cerca que noto su respiración. Sus ojos inquietos me gritan que ha dado con la tecla correcta.
—¿Deberían? —logro verbalizar, con la garganta seca.
Intento relajar la mente mientras agarro la libreta, que todavía sigue bajo su palma. En un movimiento rápido, Nate suelta el bolígrafo y apoya su mano en el respaldo de mi silla, rozando mi hombro con sus nudillos. Me resulta imposible apartar la vista de la tensión de su brazo.
—Fíjate bien.
En la pantalla están los documentos de Yael con los mismos nombres que Nate ha escrito.
Los tres individuos apostaban en todas las veladas a que Cropper sería el derrotado, perdiendo mucho dinero por culpa de las victorias del boxeador.
En cada apuesta la suma disminuía, excepto en esta última, en la que se cuadruplicó.