8 #2
Agarro el primer bolígrafo que pillo en el bolso, arranco una hoja de mi libreta y escribo unas líneas rápidas antes de dejarle una generosa propina al camarero.
Lo siento, tengo que irme.
Prometo no hacerle una visita a Cropper.
Sid
—Por favor, dásela al chico rubio de la mesa de allí cuando termine —le pido.
Tras robar unos zumos de la cocina, me instalo en el despacho de papá. Estará vacío lo que quedaba de tarde; no es plan de quitarles espacio en la biblioteca a los asociados. Justo cuando enciendo mi portátil, mi tío me hace muecas desde la pared de cristal para que saliera
—¡No está! —grito desde el sillón, sin ganas de levantarme.
—¿Traes regalo? —susurra Tim asomando la cabeza.
—No.
—Puedes pasar entonces. Pórtate bien y no toques nada de tu padre —me advierte.
A través del cristal, veo a Maddie hacerle una burla a su padre a la espalda.
Siempre le aterroriza que rompamos algo y Daniel le eche la bronca.
Maddie entra, tira la mochila y se desparrama en el sofá de cuero negro.
Le señalo con el boli la mesa de juntas: un bloque de cristal rodeado de cuatro sillas oscuras.
Todo en este despacho es negro, sobrio y corporativo, a excepción del gran ventanal que domina Manhattan.
Maddie saca sus deberes de mala gana. Me recuerda a mi hermana y a mí cuando nos obligaban a estudiar aquí. Tras un rato largo resolviendo las dudas de la renacuaja mientras avanzo en el caso del amaño, ella vacía un neceser lleno de utensilios sobre la mesa.
—Son pegatinas de nail art—me enseña varias láminas con diseños—. Quería probarlas contigo.
Curiosa, agarro una de las hojas. El tacto es idéntico al de un esmalte real. Aunque me encanta llevar las uñas impecables, se me da fatal pintármelas en casa. En el vídeo de internet que Maddie me muestra no parece tan complicado y, para qué mentir, da muchísimo el pego.
—Elige la música que quieras —le pido cerrando la puerta para no molestar.
Maddie selecciona su propia playlist y empieza a atronar R.I.P. No estoy puesta en el reguetón moderno, pero las caderas se mueven solas.
—Deja de bailar, que te ven —pone los ojos en blanco.
—Como si me importase —me río yendo al sofá—. Llevan años viéndome hacer el ridículo.
Elegimos los diseños: ella se queda con unas de color celeste con ojos, estilo monstruo de las galletas.
Yo me decanto por algo más sobrio: tres uñas negras y el resto transparentes con líneas.
Maddie toma el control para ponerse el resto mientras empezamos a cantar a voz en grito el estribillo de Abcdefu de Gayle.
Si el tío Tim se enterase de la música que escucha su hija por mi culpa, no me dejaría verla hasta su boda.
Mis tíos quieren que vaya a la ópera y al ballet, pero ¡por Dios, es solo una niña!
Son demasiado estrictos. Lo irónico es que esta canción me la enseñó ella cuando yo estaba en mi peor momento.
No consiguió sacarme del pozo, pero sí me robó una sonrisa que, en aquel entonces, valía un imperio.
Al terminar la sesión de belleza, cada una se pone a sus cosas.
Aprovecho para indagar en los cientos de libros legales que hay en la biblioteca privada, no sin antes pedirle a mi prima que se comporte.
Cruzo la oficina hasta la planta inferior de forma desapercibida; es complicado ya que muchos de los ejecutivos me saludan.
La mitad de ellos me dedican esa sonrisa que ensayan en el espejo por miedo a represalias de mi padre, aunque no tengan motivo.
Por mucho que sea el jefe, no puede despedir a ningún socio si no comete un delito o traiciona al resto.
Encuentro cualquier volumen con facilidad gracias a los años que pasé entre estas paredes durante mi carrera.
Era mi fuente de información; prefería trabajar en silencio antes que en el barullo de la universidad.
Además, observar a los profesionales me servía como una práctica más.
Apoyada en una de las mesas de madera ojeo dos de los libros que cogí, en busca de un rayo de luz que me señale qué manzana debo extirpar para salvar el resto de frutas.
—Mira a quién tenemos por aquí —interrumpe una voz condescendiente.
Alzo la vista y veo entrar a Patrick Lamb con su habitual paso desdeñoso, desabrochándose la americana de su traje azul eléctrico. Sigo anotando mis conjeturas en la libreta antes de que se me escapen.
—Patrick Lamb —proclamo sin mirarle.
—Creía que odiabas este bufete —apunta con una sonrisa encantadora.
—Aquí los libros son gratis —me encojo de hombros, enderezándome.
—Muy agudo, sí —se ríe.
Me acerco y nos fundimos en un abrazo amistoso que hace meses que no nos damos.
Patrick va por la vida con cara de engreído, pero la realidad es que se lo ha tenido que currar más que nadie.
Su historia parece de película: fue un bebé abandonado en mitad de una ventisca en Harlem, criado por el frío sistema de acogida hasta que, el joven de catorce años con la cara magullada que daba por perdida su vida,
vio pasar por delante de sus ojos color miel a ese abogado que revolucionó la sala en tan solo cinco minutos, sin saber que sería la persona que conseguiría que sea el hombre que es ahora.
—Por tus pintas, deduzco que no has caído en las garras de Daniel —señala mi atuendo.
—Deduces bien —sonrío yendo hacia la estantería—. ¡Tch, quieto! —chillo al ver que intenta cotillear mis notas. Él levanta las manos, divertido.
—¡Shhh! —se queja una pasante sepultada bajo una torre de papeles.
—Perdón —susurramos al unísono.
Caminamos juntos por los pasillos charlando y me meto con él por su bronceado playero.
En internet no hay ni rastro de su vida privada, pero yo sé perfectamente que, bajo ese traje de mil dólares, se esconde el chaval indefenso que pasó unos meses refugiado en nuestra casa cuando yo tenía quince años.
Y también sé lo que pasó después. En mi decimoctavo cumpleaños me buscó, y nos encontramos.
Demasiadas veces, a decir verdad. Fue un secreto absoluto; nunca necesitamos cenas románticas ni regalos, solo una complicidad inquebrantable que nadie en este bufete llegó a sospechar.
Me acompaña de vuelta al despacho de papá, donde saluda a Maddie con un tierno abrazo fraternal. Al verlos juntos, me doy cuenta de que se llevan veinticinco años. Pensándolo bien, si Patrick y yo hubiéramos hecho las cosas mal en el pasado, la renacuaja podría ser nuestra hija. Qué miedo.
Como Maddie ha terminado sus deberes, enciendo de nuevo la música y pongo su playlist.
Mientras las dos cantamos a pleno pulmón «Satellite Girl» de Ren, Patrick se apoya en el umbral de la puerta mirándome con una sonrisa.
Se despide pidiéndome que, por muchos años que pasen, jamás deje de ser la loca que conoció en estos mismos pasillos.