8
Después de mi noche de relax, desperté motivada por tener un caso nuevo —aunque no vaya a ganar dinero—. Mientras desayunaba mi sagrado bol de cereales, investigué sobre las apuestas deportivas y llamé a mis contactos, recibiendo las mismas respuestas: secretismo absoluto.
El primer lugar al que fui en busca de información fue el Embox, pero mi padre ya había ordenado que nadie hablara conmigo sobre el tema.
Al salir del último gimnasio de mi lista, me detuve en una cafetería a por mi dosis de cafeína.
Es tal el hermetismo que rodea al boxeo que no sabía hacia dónde tirar para ayudar a Stanford y a Piers.
Frustrada por repasar mis notas una y otra vez sin encontrar una señal que me guíe, arranqué el coche; la música de Night Argent rompió la paz de la mañana justo antes de que entrara la llamada esperada: Telmo.
Me dijo a toda prisa que no tenía tiempo de hablar, pero que había conseguido la dirección de Cropper.
Tras advertirme que tuviera cuidado, colgó dejándome un nudo en el estómago.
El barrio de Piers no es peligroso, pero ir sola a buscar información confidencial a Brownsville no me hacía ninguna gracia.
«Hay alguien que se ofreció a ayudarte».
Al coger de nuevo el café del reposavasos, agarré la tarjeta de Nate que lancé anoche. Después de cómo me despedí ayer, no sé si era buena idea.
«Cómete el puto orgullo. No quiero hablar sola mientras tú estás tirada en una camilla. ¡Llámale!»
En la tarjeta negra distinguí su nombre completo: Nathaniel Finn Akerman —efectivamente, escuché bien en comisaría— escrito en blanco y por el reverso, el logo de la empresa y la dirección: 777 3rd Avenue, me pilla cerca de la oficina de papá.
Cruzo el puente de Brooklyn cantando Blur a todo pulmón, decidida a solucionar este marrón antes de que le explote en la cara a mi padre.
Nada más aparcar le envié un mensaje: estoy abajo.
Unos minutos después, el elegante rascacielos escupe a Nathaniel.
Va pegado a su móvil, mirando a ambas direcciones.
En cuanto me localiza, su traje azul oscuro hecho a medida se mueve junto a él como si formase parte de su piel, y sus zapatos marrones caminan hacia mí con paso firme, intentando no desentonar entre el resto de ejecutivos que van de un sitio a otro.
A su llegada responde a mi saludo escuetamente.
Sin ahondar en reproches ni especulaciones, se detiene frente a mí a una distancia prudencial.
Conforme le cuento lo que descubrí sobre las apuestas, sus rasgos se suavizan, interesándose en cada una de mis palabras.
En el momento en que menciono que Telmo me consiguió la dirección de Piers Cropper en el barrio de Brownsville, y que algo en mi interior me decía que no debía ir sola a pesar de saber que no me pasaría nada, su labio se tuerce.
—Y no deberías ir sola —interrumpe. De la misma manera, lo hace el sonido de mi teléfono.
No sé si agradecida por evitarme una posible bronca o enfadada por frenar algún amago de preocupación por su parte, saco el móvil del bolso cuando me dice que puedo contestar tranquila, que no se marchará. Le agradezco con la cabeza al leer un número que no conozco.
—Soy yo —digo a la voz de la mujer que pregunta por mí.
—Le llamo de Brandfont Enterprise por la entrevista que hizo hace unos días. ¿Sigue interesada en el puesto?
—Sí —de reojo miro a Nate, que me observa.
—El lunes a las diez de la mañana tiene concertada una reunión para ponerla al tanto del funcionamiento de la empresa —explica deprisa.
—Ahí estaré, muchas gracias.
No puedo evitar sonreír al colgar; parece que mi trabajo sigue siendo valioso.
—¿Todo bien? —pregunta Nate, acercándose.
Con la cabeza asiento a la vez que guardo el aparato; de alguna manera, le percibo más cercano que a mi llegada.
—Tengo una comida de trabajo en media hora. Podemos ir ya al restaurante e investigamos mientras —mira su sencillo reloj de cuero; me imaginaba uno de esos pelucos que se ven a kilómetros y que valen miles de dólares—. Si quieres venir..., pero no vayas sola a Brownsville.
—Me parece bien —acepto.
Mi respuesta positiva le descoloca un segundo.
Para devolverlo a la tierra, le pregunto si el lugar está muy lejos, recomponiéndose me señala la calle a mi espalda.
Caminamos en silencio entre el bullicio de la hora del almuerzo hasta que el móvil vuelve a sonar.
Brandfont. No puedo evitar resoplar. Ante mi gesto, Nate se adelanta educadamente para dejarme espacio y desaparece en el interior de un local.
—Estoy ocupada. ¿Qué quieres, Brandfont? —suelto al descolgar.
—Llamaba para saber si has aceptado el puesto de la empresa.
—Jamás incumplo un contrato y firmé uno contigo. No sé por qué dudas ahora de mí.
—No dudo, Sidney. Solo quería asegurarme de que no cambiarías de idea.
—Nos vemos, Brandfont —corto antes de colgar.
Respiro profundo. Me cabrea que insinúe por un segundo que voy a dejar tirado el caso por el simple hecho de que, tener que soportarle sea como una patada en el estómago.
Puedo ver a Nate esperando en la entrada del restaurante, mirándome con una sonrisa.
Al cruzarse nuestras miradas, me guiña un ojo.
Guardo el teléfono y me acerco a él para disculparme, lejos de molestarse, me anuncia que ha conseguido añadir una mesa extra a su reserva para que podamos extender nuestros folios.
Suelto una risa guasona y señalo el elegantísimo local y luego mis trazas, él se ríe como si le estuviese hablando de extraterrestres.
Claro, él va de Armani, pero cuando yo me calcé por la mañana mis Converse de plataforma, mis vaqueros desgastados y mi sudadera mostaza con capucha, desde luego no entraba en mis planes almorzar frente al Hotel Lexington.
Tras convencerme de que nadie me vapuleará por mi ropa, me abre la puerta.
Una joven rubia nos guía a una mesa al fondo.
El local es impecable: paredes blanco roto, manteles perfectos y sillas de madera oscura.
Al sentarnos, la maître le pregunta a Nate si le trae el vino de siempre, ignorándome por completo.
Él, con el ceño fruncido, desvía la mirada hacia mí para dejarle claro a la chica que no está solo.
—Agua, gracias —le digo a la camarera con una sonrisa.
—Lo mismo para mí —añade él con su encanto habitual—. Ahora pedimos, Yanna —dice antes de tenderme la carta—. ¿Qué quieres?
—Trabajar —bromeo sin coger el papel.
—Pero también tienes derecho a comer —insiste con el cartón extendido.
Tengo un hambre atroz y jamás rechazo comida. Así que, tras una pequeña tregua visual, acepto su recomendación y pido ensalada griega. Él se decanta por setas y ostras.
—¿No tenías una comida de trabajo? —le pregunto cuando la joven se retira.
—Seguro que has tenido muchas de esas y sabes que lo único que no se hace es comer —da un trago a su copa, haciéndome reír. Tiene toda la razón. No echo de menos el derecho en absoluto.
Entrando en el meollo del asunto, Nate me confiesa que anoche investigó el entorno de Stanford y todos los caminos le llevaron a un callejón sin salida. Como a mí. Ambos estamos estancados.
—Solo queda ir a hablar con Piers Cropper —digo mordiendo mi tostada.
—No —su voz profunda y sus ojos azules me fulminan—. No vas a ir sola.
—Si no tiramos por ahí, no sabremos la verdad
Para convencerle, saco de mi bolso mi libreta amarilla repleta de pósits y se la tiendo. Nate la hojea y se le escapa una sonrisa al ver mis anotaciones de la mañana: junto a cada gimnasio he dibujado cruces y pulgares hacia abajo, al lado de los tipos que ni me dieron los buenos días.
—Está bien, te creo, pero no vas a ir —serio deja la libreta junto a mí—. Sola —añade rápido al percibir que abría la boca para protestar.
Con los codos sobre la mesa me observa beber agua.
«Muy interesante ver como bebes agua».
Un pequeño suspiro sale de mí. Aunque se lo dedico a mi subconsciente, también va por él. ¿Por qué se empeñan en que no vaya sola a los sitios? ¿Hola? Tengo treinta y dos años. Ya soy mayorcita.
«Porque eres capaz de meterte en una pelea, por eso nadie se fía».
Resoplo. Parece que para Nate sigo siendo la loca de la adolescencia. Mira su reloj y anuncia que su cliente está a punto de llegar. Con un último sorbo, se levanta y me pide, casi en una súplica, que tome postre y le espere para ir a ver a Cropper.
—Sidney.
Pronuncia mi nombre con una gravedad que le tensa los hombros.
Clava sus ojos en los míos, exigiéndome una muda promesa de que no haré ninguna locura por mi cuenta.
Odio sentirme acorralada y sé que tengo agallas de sobra para ir a Brownsville sin que ningún hombre me proteja, pero su preocupación me desarma.
—Está bien —asiento.
Mi palabra le quita un peso de encima. Tranquilo, se dirige a su otra mesa tras pedirle al camarero que me traiga un café bombón.
Mientras espero, me sumerjo en el móvil, pero no puedo evitar mirarle de reojo.
Es fascinante ver a Nathaniel actuar en su zona de confort.
En cuanto llega su cliente, un ejecutivo trajeado, Nate le saluda con un varonil apretón de manos y una sonrisa impecable que disuelve el retraso. Es un tiburón en su pecera.
Supongo que habrá pedido un segundo plato, ya que conmigo solo ha picado algo.
Sin embargo, antes de que la reunión avance, el camarero deja dos vasos de whisky sobre la mesa.
Algo de lo que dice su cliente le sienta como una patada; el rostro de Nate pasa de ser encantador a rudo y hostil en un parpadeo.
Aun así, mantiene el tipo frente a los aspavientos del ejecutivo.
Mientras exige que cambien el vaso vacío del que tiene enfrente, su mirada perdida busca desesperadamente cualquier catástrofe que le libre de esa tortura.
«Toma, segundo lingotazo pa’l cuerpo».
El sonido de una alarma en mi móvil interrumpe mi película muda: es el recordatorio de la cita que tengo esta tarde.
Al ver el panorama, decido que lo mejor es marcharme.
El humor de Nate ya está bastante torcido y no quiero empeorarlo.
Le pido la cuenta al camarero, pero el chico me sonríe y me advierte que el señor Akerman ya lo ha dejado todo pagado.
Ay, Nate, Nate, Nate... tan caballero como siempre.