7 #3
Con la cabeza gacha, evito mostrar mi reproche en forma de expresión desde sus alturas. ¿Qué no va a suplicar? ¡Já! Pero ¿ha visto su comportamiento? ¡Ni un niño pequeño!
—Sidney —llama mi atención—, te estoy viendo.
Dejo escapar un corto suspiro de exasperación ante sus palabras, que suenan a regañina. Al levantar la cabeza, me percato de que una de sus cejas está arqueada y sus labios en una fina línea que esconde sus dientes.
—¿Tienes tiempo de hacer esto y tu trabajo?
No contesta; solo me mira. A pesar de la oscuridad que rompen las farolas de la calle, puedo distinguir unas pequeñas motas marrones en sus iris azules, en las cuales jamás me habría fijado de no verme obligada a mantenerle la mirada.
La falta de entusiasmo que muestra su rostro se traspasa a esos ojos que acabo de descubrir; es como si me gritasen que su dueño se está tomando su tiempo en disimular la molestia que le produce mi pregunta.
No es una pregunta anormal. Si supiera que se toca el higo todo el día, bueno, pues vale, me la hubiese ahorrado; pero se supone que es un abogado de prestigio que vino para cubrir una gran fusión.
—Lo tengo —sin dejar que vea su expresión, se gira para comprobar que su deportivo está bien cerrado—. Te acompaño —señala detrás de mí.
En silencio y con paso firme recorremos los pocos metros que hay hasta mi coche.
Nos detenemos en un cruce para que un vehículo continúe su ruta.
Sin embargo, el señor mayor que está al volante realiza una señal alentándonos a cruzar, un gesto que Nate agradece asintiendo a la vez que le muestra la mano.
Al llegar a mi coche, mientras yo tiro la bolsa en el maletero, él suelta una pulla sobre si soy una niña consentida a la que su papá le regala el deportivo de último modelo por su cara bonita.
Me causa gracia a la par que me irrita; no tiene ni puñetera idea.
Que mis padres tengan dinero y que haya muchas chicas —y chicos, porque los chicos también son niños de papá o mamá— que se aprovechen del dinero de sus padres no significa que no haya niñas de papá independientes que ganan el suyo.
—¡¿Qué?! —expreso cuando cierro el maletero y lo veo mirándome.
—Menudo coche —una sonrisa sarcástica aparece en su rostro.
¿Ahora sonríe? De verdad que no puedo con él. Qué rápido se le ha pasado la rabieta de niño pequeño que le dio hace dos minutos. Si se le ha olvidado su enfado al ver mi coche y suponer cosas que no son, eso dice más de él que de mí.
—Gracias por acompañarme —digo en tono normal—. Ya nos veremos —añado a la vez que abro la puerta del coche.
Se le pasó rápido la rabieta de niño pequeño, pero su rictus irónico vuelve a aparecer cuando su mano sujeta mi puerta impidiendo que me suba.
Me sentía mal por haber rechazado su ayuda, pero ya no.
A palabras necias, oídos sordos. Como intenta frenarme usando el doble de su fuerza, le miro fijamente a los ojos sin mostrar un ápice de cobardía.
Oye, si me estuviera apuntando con un arma, claro que me acobardaría y llamaría a la policía, pero esto es solo un duelo de miradas en mitad de la calle.
«Ya era hora».
—Sidney —me llama una vez estoy sentada.
Por respeto a la educación que mis padres me dieron, le pregunto qué quiere sin cerrarle la puerta en las narices. Con un movimiento rápido, él saca de su bolsillo trasero del pantalón una cartera negra.
—Llámame si necesitas ayuda —me ofrece una tarjeta.
Iba a llamarle y decirle que me siguiese hasta casa para trabajar, pero ya no me apetece.
¿Piensas que es una rabieta a lo «ahora me enfado y no respiro»?
Tal vez. El golpe seco de la puerta al cerrarse rebota en mi cerebro y he decidido que esta noche es mía.
Esta noche voy a mimarme. A quererme. Voy a pasar el rato conmigo misma, a ver si consigo enderezar a mi subconsciente.
Voy a llenar el baño de velas falsas y encenderé las aromáticas de rosas y pondré música.
Mi cuerpo se merece un respiro y mi cabello mimos; dejaré que se seque al aire, con sus ondas indefinidas.
Llevo muchos años dándome tintes negros para tapar los destellos cobrizos que heredé de mi madre; quería parecer una abogada más dura y menos angelical.
Cuando dejé el derecho, dejé los químicos.
Trasladaré el cajón de las cremas al salón para convertirlo en mi propio centro de belleza. Sacaré del armario el pijama más gordito que tengo, ese que parece el abrazo de un oso, y esos calcetines tan mullidos que son como pisar una nube.
«Los calcetines mullidos son lo más».
Mira, ya nos entendemos un poco. Mi rutina facial nocturna suele ser rápida e incompleta; hoy no lo será. Me pondré la diadema de peluche y haré cada paso tranquilamente. Dándole tiempo para que actúe mientras me distraigo en compañía de una serie o algún reality chorra en la tele.
«¿Y si comemos palomitas?», salta mi subconsciente.
Ahí te he visto rápida, amiga. Aunque mejor pido comida basura: la hamburguesa con más beicon y queso de la ciudad. Sí, esta noche voy a serle infiel a La Esquinita. Nada me va a perturbar. Si alguien llama al timbre, me dará igual quién sea; solo me interesa el repartidor con mi cena.