Cuatro son multitud tres no 7 #2
10%

7 #2

Mi padre sale del despacho de Quin con la cara que pone cuando alguien le decepciona.

Con paso firme, pero la cabeza bien alta, pasa por nuestro lado.

Suelta un simple «no te hagas daño, cariño» antes de dirigirse a la salida.

Sin entender nada, pregunto a los dos chicos, que se miran entre sí, qué ocurre, porque todo el Embox sabe que la visita de Daniel Colbert con su traje gris no es buena señal.

Por lo visto, han acusado a Stanford de amañar un combate

En el momento en que nuestra improvisada pelea se pausa durante unos segundos, Nate y Telmo comentan entre ellos cómo ocurrió la velada; mientras, observo desde las cuerdas entrenar en solitario al chico que salió del despacho y al que todos miran.

Yendo hasta la esquina a por mi agua antes de reanudar, Telmo nos comunica que tiene que irse, haciéndonos prometer que, si seguimos, será más un entrenamiento que una pelea y que ambos saldremos de ahí ilesos.

—Te vas a meter, ¿verdad? —dice Nate cuando se coloca a mi lado.

Desde el centro del cuadrilátero, miramos al joven boxeador.

—Ya vas conociéndome —desvío la mirada hacia él. Una sonrisa aparece en su rostro antes de dar un trago de agua a una botella de plástico—. ¿De qué te ríes ahora? —pregunto. Sus ojos se desvían a la lona, escondiendo de nuevo su risa tras la botella.

—Cuando te vi con esas botas, no creí que podías llevar esos calcetines.

—Porque no viste los que llevaba ese día.

Dejándolo petrificado en medio del cuadrilátero con mis palabras, recojo mis cosas dando por terminado el entrenamiento.

—¿Cuánto tarda este hombre?

Al mirar la hora en el móvil, observo que solo han pasado cinco minutos desde que salí del gimnasio. ¿Solo cinco? Qué poca paciencia tengo.

«Nunca la has tenido». Ahí está otra vez la vocecita.

Desesperada y aburrida —más aburrida que desesperada—, espero en la puerta del Embox a Nate.

En el pasillo donde se dividen los vestuarios se ofreció a ayudarme en el caso del amaño, aunque te digo que le costó; se distrajo preguntándome por qué andaba descalza por el gimnasio sin quitar la vista de mis calcetines amarillos de aguacates.

No le di explicaciones. Todos sabemos que la señora Greta es sagrada y su trabajo es impoluto desde hace más de cuarenta años.

Además, ¿quién se calza para descalzarse a los dos minutos?

«Hola, te presento a la Sidney vaga, ¿qué tal estás?» .

—¡Por fin! —Nate sale siendo Nate.

Con su informal ropa de vestir, su chaqueta negra de paño y su pelo engominado.

—¿En serio?

Tai Ling, una de las pocas mujeres que acuden al Embox, retiene efusiva a Nate en la puerta.

Hace un rato también interrumpió mi ducha para preguntarme si el buenorro que me acompañaba en el ring era mi novio.

«¡Por Dios, no!», le contesté algo asqueada.

Al darme cuenta de su cara de susto, intenté suavizarlo a través de una sonrisa sincera y un «todo tuyo».

Que a mí no me guste no significa que sea un mal tío.

«No te gusta, pero te conviertes en las Cataratas del Niágara al verle».

Maldita sea, cállate ya.

«Sobre todo cuando se ríe como se ríe ahora».

Después de pasarse los números o lo que quiera que se hayan escrito en los teléfonos, se dan dos besos y, sin abandonar las sonrisas de sus rostros, los dos siguen sus caminos sacudiendo la mano en forma de despedida.

Con las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta y una bolsa negra de deporte al hombro, Nate se detiene frente a mí. Ambos nos miramos expectantes.

—¿En tu casa o en la mía?

Esas palabras provocan que mi ceja se arquee y su mirada se vuelva descarada, al mismo tiempo que su sonrisa se agranda.

—¿Cómo has venido?

—En coche —señala la misma dirección en donde está el mío.

—Creía que vivías en casa de tus tíos —juntos, caminamos en la dirección que señaló.

—Y vivo.

Caminamos en silencio hasta un paso de peatones.

En cuanto señala un BMW M4 gris aparcado en la acera, sé que es el momento de separarnos.

El niño rico está convencido de que voy a subirme a su coche y de que la investigación es la excusa perfecta para terminar en mi cama.

Cree que no me he dado cuenta, pero antes de romperle los esquemas, decido divertirme un poco.

Con una carcajada que apenas me deja hablar, hago que sus ojos azules se claven en mí después de decir que Tai me preguntó en los vestuarios si éramos pareja.

—¿Y qué le has dicho? —indica con la mano que avance a un coche que se detuvo.

—Que eres impotente —una sonrisa pilla se fusiona a mis palabras.

Desconcertado, él retrocede un paso, pero enseguida aparecen sus dientes, que intenta esconder liberando la mano de su bolsillo. Sin darle tiempo a réplica, me despido dándole unos golpecitos en su hombro.

—Mi coche es ese —comenta al alejarme.

—Adiós, Nathaniel —camino hacia atrás, en dirección opuesta a él.

—¿No íbamos a trabajar?

Junto a su cara de incertidumbre, sus brazos caen desplomados cuando encojo los hombros. Padece decepcionado por no implicarle en la investigación.

¿De verdad solo quiere trabajar?

«No todos quieren sexo; también hay normales que hacen cosas normales como trabajar».

—Nos vemos —anuncia en tono serio antes de dar media vuelta.

¿Por qué me siento ahora tan mal?

«Porque eres cruel».

No soy cruel; simplemente trabajo sola.

«Y el Playboy, ¿qué es? ¿Un ser inerte?»

¡Dios! No es lo mismo; y que sepas que te odio.

«No puede ser tan malo trabajar con él».

Un suspiro sale de mi boca antes de llamarle, a la vez que avanzo en su dirección. Será… ¡no va y me ignora!

—¡Nathaniel! —repito. Espero no arrepentirme.

Serio, presiona el mando que abre el coche para guardar su bolsa de deporte; cuidadosamente cierra la puerta del maletero antes de acercarse a mí. De nuevo esconde las manos en los bolsillos de su chaqueta; imitándole, oculto las mías.

—No voy a suplicar trabajar contigo.