Cuatro son multitud tres no 7
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En el tiempo que desayunaba un bol de cereales, tuve una discusión conmigo misma por acudir al gimnasio en ese momento o a última hora de la tarde.

Mientras mi yo malhumorado quería asistir a las siete de la mañana para pasar el resto del día desestresada, mi yo pensante rebatía que lo más inteligente era esperar.

«¿Y si te llaman de la compañía? Qué, ¿vas a recorrer la ciudad para ducharte y cambiarte? No es buena idea. Además, no pasarás el día desestresada», se me reía.

Ganó la cordura y aquí estoy, enfundándome los leggins de deporte a las ocho de la tarde. He estado a punto de no venir, pero no puedo empezar a flaquear y volver a tener una vida sedentaria. Aunque de sedentario poco ha tenido mi día.

Escuchando Cha-Ching de Imagine Dragons y viniéndome arriba con su Radioactive, saqué el material de papelería para convertir el comedor en un tablón parecido a esos que tienen los polis.

A cada miembro de la junta y cada trabajador de la empresa de Austin le asigné un color.

Ligeramente sé lo que he escuchado de oídas y lo poco que aparece en internet, pero tan pronto como mi trabajo empiece de verdad, me será más fácil.

Después de dos horas, ya con dolor de cabeza por tanta información, me fui al supermercado a hacer la compra y despejar la mente.

La verdad es que estuve bastante rato; al pasar de los treinta te das cuenta de que te has convertido en una señora de tu casa.

En el momento que terminaba de meter la compra al maletero, Vikki —que me conoce tan bien y sabe que siempre voy con mi equipo— me llamó para contratarme en nombre de su bufete.

Necesitaba averiguar si un cliente de su jefa les mentía.

Así nos pasamos la hora de la comida en mi coche, comiéndonos algunas de las cosas que compré y vigilando a un tío que movía dinero de un banco a otro.

No quise saber más para no meterla en un lío; ni a ella ni a su jefa, mi exjefa.

No solo nos comimos mi comida y fotografié a su cliente; hablamos de nuestras cosas y, para que no pudiese quejarme en el rato que estuviésemos encerradas en el coche, me trajo tarta de queso de Eileen’s Special Cheesecake.

¿Es un chantaje? Sí, pero me gusta ese tipo de chantaje, no lo voy a negar.

También me pidió, casi exigió, que le acompañara mañana por la noche a una exposición en Staten Island; por lo visto, conoció a un chico que va a ir con un amigo.

«Ya empezamos con las citas a ciegas…»

Lo que menos le gusta a Telmo de mi calentamiento es el caos.

—¿Qué más da? Lo importante es sudar—, le digo siempre.

Me guío por la música: si Beyoncé me empuja a los jodidos burpees, el flow hace acto de presencia; si paso a Twenty One Pilots, subo los steps a toda pastilla.

Mi desorden tiene un orden. Hoy me tocaba bici para evitar a Howard, el típico sesentón bronceado del gimnasio que siempre me hace las mismas preguntas rancias sobre mi padre o mi novio.

Escondida tras mis auriculares, pedaleo al ritmo de Flo Rida mientras Teddy, un chaval que ya es como mi hermano pequeño, pasa a mi lado imitando mis movimientos.

El gimnasio está sorprendentemente vacío para ser jueves por la tarde, así que aprovecho el espacio para lanzar puñetazos y patadas al aire con las Destiny’s Child de fondo.

—Sid —me llama Telmo desde la puerta en el momento en que, por culpa de Valiente de Vetusta Morla, me he desviado al Punching Ball.

Y pensarás: «¿Y esta música de dónde sale, de la prehistoria?»

. Pues casi. No te vayas a pensar que mi calentamiento es siempre así, querida; hay muchos tesoros en la lista.

Creo que todos tenemos esa canción que pasamos una y otra vez, pero que jamás eliminamos de la playlist.

Llevo entrenando con la música de mi adolescencia desde siempre y las canciones modernas no me motivan.

No sé por qué; dentro del cuadrilátero me puedes poner cualquier cosa, pero en mis oídos no.

Cruzado de brazos, Telmo conversa junto a alguien que no me suena; sabe que hasta que no acabe la canción no terminaré el calentamiento.

Intuye que le va a tocar esperar más y riéndose, niega.

Tiene mucha paciencia. Mientras brinco al ritmo que solo yo puedo escuchar, finjo seguir con mis patadas al aire.

Hace seis años, Telmo acudió a un aviso de rescate que terminó en un incendio incontrolable.

Su rechazo a dejar a alguien atrás y su falta de miedo hicieron que una columna en llamas le atrapara la pierna.

Cuando llegó al Embox, cojo pero con un corazón enorme, siempre ayudaba a todo el mundo, especialmente a mí.

Al verle machacarse día tras día por recuperar una vida que ya no volvería, mi padre y Quin Stanford le dieron la típica charla de motivación.

Así fue como se convirtió en el entrenador oficial de los chavales que compiten.

Con mis cosas listas y tarareando Dirty de Christina Aguilera, voy a la sala principal.

Dejo la bolsa en un banco, me ato los cordones de mis zapatillas y vuelvo al sonido ambiente del gimnasio justo cuando Telmo se acerca con sus bíceps al aire.

Es un chico guapísimo y con un corazón enorme, felizmente casado con una mujerona y padre de dos niños que son la alegría del Embox.

—Déjame ver.

Después de tantos años, le sigue preocupando que me haya colocado bien la venda; solo un par de veces me la ha tenido que recolocar.

Riéndose, comenta que me ha visto pedirle a Sam la cinta al entrar.

Sí, soy un desastre, ya todo el mundo me conoce.

Menos artículos de papelería y cremas hidratantes —que me repone mi madre—, se me olvida lo que me falta por comprar.

Una vez dentro de las cuerdas, le gusta distraerme contando cosas; si pico, me toca joderme con diez burpees.

A menudo suelo picar; hoy no lo conseguirá.

Por mucho que me diga que Jessenia, su mujer, insiste en llevarme a pilates, yo sigo centrada en pegar al guante acolchado que lleva.

—Pilates, ¿eh? —oigo la voz de Nate.

«No te distraigas», me pide mi yo malhumorado. «No quiero hacer burpees».

Voy a tener que ponerle nombre.

—Nathaniel —digo serena, con la mirada fija en el chaleco acolchado que lleva Telmo antes de dar una patada.

Siento los ojos de Nate clavados en mi nuca —espero que estén ahí— y no puedo dejar de pensar en si estará preparando algún comentario de mal gusto.

«Céntrate. Derecha. Izquierda. Derecha. Abajo. Up. Derecha. Atrás. Pierna derecha. Vamos, perra, haz caso. Más rápido. Derecha. Izquierda. Pierna derecha».

¿Con un subconsciente así quién necesita entrenador?

Telmo decide parar para un breve descanso; sabe que, si el chico al que ignoro no consigue distraerme, tampoco lo hará cualquier cosa que me diga.

Cogiendo la botella que dejé en una esquina, lo miro de reojo.

Está apoyado en las cuerdas con el vendaje amarillo de ayer, que contrasta con la camiseta de manga corta y el pantalón largo, todo negro.

¿Y su pelo? Pues engominado. Desde mi sitio, y haciéndome bien la coleta, le pregunto si quiere ser mi sparring.

—O tú el mío —contesta con su sonrisa—. ¿Apostamos? —dice, una vez estoy junto a mi bolsa fuera del ring—. ¿Una cena? —añade acercándose a mí.

—Necesitas algo más que un k.o. para cenar conmigo.

Una risa sale de su boca cuando acepto con la condición de que sea un combate en el que se permiten las patadas. Preocupado por su rostro, me burlo de él al aclarar la suya:

—Cuidado con la cara.

A pesar del deporte que es, queremos que sea lo más limpio posible y hemos decidido ir descalzos porque no deseamos que ninguno salga herido. Antes de ponerme el protector bucal, vuelvo a beber agua. Con los guantes en la mano, me subo al cuadrilátero, observando cómo Nate se prepara.

—Creía que eras más alta —se burla tan pronto estamos uno frente al otro—. ¿Qué mides, uno cincuenta?

—Sesenta y cuatro —con una media sonrisa, inclino la cabeza para mirarlo—. Conozco a chicos más altos que tú.

¿Qué pasa? Tengo una estatura normal de persona normal, pero él no es el único hombre alto del mundo y ahora mismo te podría decir una gran lista: mi padre, Telmo, Yael, Austin, el chico de la papelería era muy alto...

¡já!, mi madre es casi de su altura, con los tacones ni te cuento.

Lo que no entiendo es cómo no he sacado la altura de mis padres…

«Te desvías, Sidney».

—Si os cambiáis los guantes, sois el Yin y el Yang —ríe Telmo, acercándose a nosotros.

«Madre mía».

—Se nota que duermes poco —le miro. Es verdad, duerme poco, tiene a la pequeña malita.

Con una sonrisa, Nate me choca los guantes.

—Impacta verte sin maquillaje.

—Lo que va a impactar es mi puño en tu cara —digo con otra sonrisa.

Siempre que en el Embox se improvisan combates, algunos de los presentes se arremolinan alrededor, convirtiéndolo en una especie de fiesta en la que los amigos se divierten pegándose.

Nunca le he visto el sentido, pero estoy acostumbrada; no es la primera vez que hago esto.

Bueno, solo una con mi padre. No son peleas reales; son entrenamientos más directos en los que los dos que están dentro de las cuerdas saben los límites del otro.

—Dale —contesto a Teddy al preguntar si le da caña a la música. Siempre suena en estas circunstancias.

Enemy de Imagine Dragons empieza a sonar, motivándome más.

Nuestros pies dibujan círculos en la lona.

Ambos esperamos en guardia. La diferencia de altura me complica llegar a su rostro, así que busco su costilla con el pie derecho, pero me llevo un leñazo directo entre ceja y ceja a cambio.

Nate me golpea enseñando los dientes; se la devuelvo con rabia y la que sonríe ahora soy yo.

Su sonrisa se agranda cuando atrapa la pierna con la que pretendo golpearle y me empuja contra las cuerdas.

«Por favor, que destruyan todo el gel fijador de este país», implora mi yo interno al ver cómo se le despeina el flequillo al esquivar mi gancho izquierdo.

Al recomponerme, Telmo se ve obligado a detener la pelea después de que se empiece a escuchar un bullicio a nuestro alrededor. Mandándoles callar, los envía a seguir con sus cosas; enseguida nos quedamos los tres solos.

—¿Qué pasa? —pregunto al descubrir a Telmo pendiente de lo que sucede al fondo del gimnasio.

—Tu padre lleva un rato con Stanford y Piers.

—Hostia —escupe Nate, bajando los brazos.

«¿Ya hemos acabado?»