Cuatro son multitud tres no 6 #3
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Los entiendo a ambos: a mis tíos por querer que su hija sepa defenderse de cualquier ataque que pueda recibir en este mundo —en el que cada vez creo menos—, y a ella por sentirse presionada.

Mis padres también estaban obsesionados con que, cuando creciésemos, no nos tuviese que defender nadie por la calle, pero lo gestionaron mejor.

Nos lo adornaban como algo divertido y no como una obligación.

Y así se lo hago saber, porque se divertirá.

Además, me pide que no se lo diga a su padre para que no se enfade.

En el momento en el que estamos haciendo un trato —ella da otra oportunidad a las clases y yo no digo nada—, aparece Austin Brandfont por la puerta. Ya no lleva el traje de la mañana; vuelve a sus vaqueros y su chupa marrón.

—Tenemos que hablar —exige apenas se acerca a la mesa.

—No.

Maddie se presenta alegremente ofreciéndole sentarse junto a nosotras. Él, encantado, le pide una recomendación ya que tiene dudas sobre qué pedir, por lo que la mocosa sugiere el batido de fresa. Con su cara de engreído, me pregunta si está bueno.

—El batido —añade, hábil.

Resoplo sin contestar.

—Igual no eres tan tonta, prima —me mira Maddie una vez Austin se aleja hacia la barra—. Tres hoy, tres —me enseña efusiva tres dedos.

—Come y calla —le digo, metiéndole una galleta en la boca.

Descojonada de risa, Maddie mantiene una conversación trivial con Austin; ambos se compinchan para sacarme de mis casillas.

El tono se vuelve más personal cuando abordan la ansiedad que siente mi prima con el gimnasio.

Ella, tocando el bíceps del chico, le pregunta si de pequeño le obligaban a entrenar.

Él confiesa que su padre le presionaba con el fútbol americano y el baloncesto para cumplir sus propios sueños frustrados, pero como se divertía, le daba igual, e incluso se ofrece a acompañarla a una clase.

—Viene su padre —le advierto a Austin al ver a mi tío bajar del coche—. Vete, por favor.

No es por enfado, sino por evitar que mi tío le vaya con el chisme a papá.

De hecho, gracias a él, Mad dará otra oportunidad a las artes marciales.

Sin objeciones, Austin se aleja hacia la barra justo cuando mi tío llega a la mesa amenazando a su hija con un mes de castigo.

Cuando Tim se enfada —un hombre que se cuida mucho, aunque no lo parezca—, las aletas de la nariz le tiemblan y las venas del cuello se le hinchan tanto que siempre creo que la camisa le va a estallar.

Pongo una excusa tonta sobre el gentío del gimnasio y logro calmarle, aunque le prohíbe a Maddie aceptar regalos míos.

—Por lo menos hasta su cumpleaños —recalca antes de poner rumbo a la salida.

«No se lo cree ni él».

Qué bien me conoce, tanto como yo a él, porque volverá a por lo que le he comprado en 3… 2…

Con la cabeza agachada, mi tío da media vuelta hacia la mesa. Mostrando una sonrisa, le entrego la bolsa que el cotilla de ojos grises separó con las cosas que Maddie me pidió.

«Al menos está más animada que en el gimnasio».

Despidiéndome con la mano, veo a Maddie y a Tim montarse en el coche.

Me quedo unos minutos observando el vaivén de la calle a través del cristal: madres con prisas, ejecutivas sufriendo los estragos de sus stilettos y el cielo de la ciudad oscureciendo.

De pronto, el reflejo borroso de Austin aparece en la ventana.

Vuelve a la mesa y deja su chupa de cuero en el asiento que acaba de liberar mi prima.

—Todavía no han decidido nada.

—Es lo que tienen las entrevistas de trabajo, por si no sabes cómo funcionan.

Con el brazo le hago una señal a Nelson, el camarero que trabaja por las tardes, para que me traiga la cuenta, el cual me dice al pasar por mi lado que está pagada. Rodando los ojos, miro a Austin, que contempla las luces de la calle.

—No tenías que pagar —me acomodo en mi asiento—. Era una merienda con mi prima que has interrumpido —reprocho.

Muestra una leve sonrisa antes de posar la vista en su batido.

Nuestro silencio se mezcla con el bullicio del resto del local y de la calle. Ambos miramos los vasos que giramos; él, sentado civilizadamente como las personas normales, y yo, algo más de estar por casa, me apoyo en el respaldo.

—No era mi intención hablarte así, pero empezaron a murmurar al leer tu nombre.

—Espero que no lo hicieses con los demás jóvenes que había —levanto la vista y nuestras miradas se encuentran.

—No —niega.

De nuevo el silencio nos invade. No sé qué hace aquí y tampoco quiero saber la respuesta.

«Sí quieres».

—¿Has solucionado el tema de las drogas? —necesito saber si mi trabajo sirvió de algo.

—Sí. Informé a las autoridades y ya he reestructurado la plantilla.

Su rostro serio acompaña al mío; se siente mal por el comportamiento de esta mañana.

—No deberían vernos juntos —advierto frívola.

—Dudo que esos tipos salgan de su zona residencial —profiere con sorna, dando un trago largo.

—¿Quién dice que hablo de esos tipos?

Sin dejar de mirarme, asiente con sus labios en una fina línea; las pocas veces que hemos coincidido he podido observar que lo hace mucho. De manga corta y la chaqueta en la mano, se despide disculpándose una vez más.

—Brandfont —le llamo, consiguiendo que se acerque—. Gracias —señalo los vasos.

—De nada —dice, chocando los nudillos en la mesa. Y su gesto en la cara: asentir escondiendo los labios.