6 #2
Me borré del mapa. Me perdí cumpleaños, cenas, celebraciones y trabajos.
Era un cuerpo sin vida. Un alma sin cuerpo.
Un día, mi madre y Vikki entraron en mi casa y me confiscaron cualquier aparato electrónico para obligarme a salir del pozo en el que había convertido mi hogar.
El aburrimiento me impulsó a canalizar la rabia: empaqueté todo lo que oliera a Matt, doné los muebles al hogar infantil de la fundación de mis padres y me puse a pintar las paredes del salón sin un diseño fijo.
Tenía tal caos mental que de mis brochazos solo salían líneas geométricas.
Estuve dos días viviendo con la casa vacía, hasta que grité basta y me fui de compras con mamá y Greace.
—Necesitas mambo, cariño —la voz estridente de Vikki me arranca de golpe de mis fantasmas.
—Ya va siendo hora de que conozcas a alguien —coincide Yael, dándole una patada amistosa a la bolsa de deporte que me ha traído—. Tal vez sea el momento de cambiar de aires... y de gimnasio.
A pesar de las inevitables quejas sobre nuestros dramas laborales y los compromisos sociales que nos asfixian, terminamos la comida entre risas, empujándonos los unos a los otros a comernos el resto del día.
Tras todas las exigencias de mi tío —que después de tantas veces ya ni escucho—, Maddie y yo llegamos al gimnasio donde nos reciben tan gratamente como siempre.
El Embox es un lugar en el que abundan los hombres entrenando para combates de boxeo; igualmente hay mujeres y algunos niños que acuden a las clases de kick boxing.
Es un sitio agradable. A pesar de ser una zona en la que se pelea, todos son respetuosos fuera del ring —también dentro— y personas afables que se ayudan unos a otros. Son, somos, una familia.
—Muy elegante para este sitio, ¿no?
Las palabras de Nate interrumpen la conversación con Sam, el chico que está en la recepción. La curva de sus labios muestra sus dientes, enseñando esos colmillos tan pronunciados sobre esa mandíbula cuadrada que le hace tan extremadamente sexy.
«Para, Sidney».
—Nathaniel —saludo, pasando de él.
—Nate —corrige.
Agarrando la manga de Maddie, que se detiene para presentarse, tiro de ella para alejarla de allí.
Es tan efusiva con Nate y con todos los que nos saludan que no me queda otra que esperar a que la señorita decida ponerse en marcha, siéndome imposible obviar esa amabilidad con la que él le devuelve la conversación a mi prima.
—Ahora sé por qué tu padre me dijo que no viniese los miércoles y viernes.
Centrándose de nuevo en mí, acentúa su sonrisa al mismo tiempo que libera sus manos de la venda amarilla que las protege, destacando sobre la camiseta negra de tirantes que viste.
—Y aquí estás un miércoles —digo algo borde para poder salir de allí y dejar de mirar esa sonrisa que no quiero mirar.
«Más bien estás mirando esos músculos».
—No sabía que boxeabas.
—No lo hago —contesto bajo la mirada reprochadora de la pequeña.
Y ahora, sí, por fin consigo huir de una conversación que no quiero seguir. Con mi brazo sobre los hombros de Maddie, seguimos nuestro camino.
—¡Sí que boxea! —grita Mad, a pesar de mis intentos de taparle la boca—. ¡Mañana vendrá!
—¿Boxeamos? —pregunta Nate.
—Si coincidimos, estaré encantada de arreglar esa cara —giro la cabeza, dedicándole las últimas palabras antes de desaparecer por la puerta de los vestuarios.
Ya cambiadas, a la espera del comienzo de la clase en la que hay gente de todas las edades, Maddie empieza a ser reacia a permanecer en el gimnasio.
Animándola a seguir —ya que no es su primera vez—, me ruega que quiere irse.
Su cara me dice que algo le ocurre y que no está lista para decirlo en voz alta.
Con la ropa de deporte todavía puesta, salimos de allí sin rumbo fijo.
Ni ella da explicaciones ni yo le hago preguntas; cuando le salga de dentro contar los motivos por los que ha querido abandonar la clase, le aconsejaré lo mejor que sepa.
Mientras tanto, decido entrar a una papelería que nos encontramos para que pueda distraerse y, de paso, abastecerme de algunas cosas que necesito para organizar el nuevo trabajo de investigación que tendré en unos días.
Recorriendo la tienda en busca de material, Maddie se me acerca pidiéndome un pack de bolígrafos de colores y un cuaderno forrado de pelo rosa.
Le digo que sí a la primera, pero ella me lo repite por si acaso, temerosa de que su padre se enfade.
Lo dudo; al tío Tim nunca le ha importado que le compremos caprichos.
—¿Tienes algo con Nate? —me interroga de golpe y con voz risueña en el pasillo de los cuadernos.
«Espera, ¿qué?»
—No, no tengo nada con Nathaniel —la miro atónita.
—Nate —corrige, como una pequeña fan del rubio—. Mejor —añade, colocando bien la libreta que acabo de dejar en su sitio antes de seguirme—, porque el chico de la caja te está mirando.
Por encima de una de las estanterías, miro al chico que Maddie me dice. No es difícil encontrarlo, puesto que en la tienda solo hay una mujer. Me agacho rápido al verle.
—¡Qué! —vocea mi prima, agachándose junto a mí.
—Tiene los ojos azules. Otro con los ojos azules, no.
—Venga, prima, que pasas de los treinta. Compórtate —tira de mí—. Además, son medio grises.
¿Cuándo ha madurado? Tiene razón, pero no puedo. Me persiguen los chicos con los ojos azules.
—Es más guapo Nate —confiesa la pequeña una vez me recompongo.
Poniendo los ojos en blanco, suspiro, antes de dirigirme a la caja, paso por el pasillo de los folios a coger dos paquetes porque, por culpa de Austin, me quedé sin suministros.
Una vez allí, el chico al que Maddie examina pasa los productos con una curva en sus labios, dejando al descubierto unos hoyuelos escondidos tras su barba.
«Venga, deprisa».
¿Por qué guarda las cosas mirándome? ¿No se da cuenta de que es un torpe?
—Cuántos folios —muestra los dientes.
—Es por su trabajo —concreta mi prima, llevándose una patada.
En el momento en que le faltan pocos productos para terminar, busco el monedero en la bolsa. Siempre igual. Si solo está la ropa que llevaba.
«No es tan complicado, Sidney».
—En la que llevas media casa —suspira Maddie sin ni siquiera mirarme.
¿Tan evidente soy?
«No, idiota, esa es la bolsa de deporte; el monedero está en el bolso».
—Es un desastre —comenta tan alegre al dependiente, que parece divertirse.
—¿Venís mucho por aquí? —curiosea.
«Pero vamos a ver, ¿esto es una papelería o un salón de belleza?».
—No somos del barrio —contesto con una leve sonrisa, mostrándole la tarjeta.
Ya en la calle Maddie me comenta que soy tonta, un caso perdido y que me voy a quedar sola.
Bueno, vale... ¿qué le pasa a esta niña?
Al preguntarle, sigue sin querer hablar del tema, así que nos metemos en un taxi rumbo a mi barrio.
Dentro del coche le escribo un mensaje a mi tío diciéndole que la recoja en La Esquinita.
Sentadas a la mesa —ella con un batido de chocolate y galletas, y yo con un refresco—, Maddie me cuenta que le da ansiedad la obsesión que sus padres tienen con que aprenda defensa personal.