6
Sentada en el suelo frente al espejo de pared de mi habitación, viajo doce años atrás en el tiempo. Me maquillo con el mismo cuidado milimétrico que empleé antes de mi primera y única entrevista en mi antiguo bufete. Aunque el objetivo de hoy sea completamente distinto, los nervios son idénticos.
Llevo días atrapada en una rutina monótona y, ahora que se viene un poco de acción, siento que vuelvo a estar viva.
Pasé todo el domingo intentando distraer mi mente para no volverme loca: escuché la discografía entera de los Backstreet Boys, me tragué tres documentales de pingüinos y llené carritos de tiendas digitales con ropa que no necesito.
Nada funcionó. Tras despertarme varias veces en mitad de la noche con el subconsciente fugándose hacia Austin, decidí pasarme la madrugada con el mocho en la mano.
Dejé el loft impoluto y limpié las tripas de todos mis bolsos.
Sin embargo, a la mínima que intentaba descansar, mi mente volaba hacia él, recreando en bucle la película que me monté cuando nuestras caras estuvieron a escasos centímetros.
Si llego a tener las ideas así de claras antes de que los fantasmas de Matt regresaran, me habría acostado con él sin pensarlo.
A sabiendas de que para Brandfont las mujeres son de usar y tirar.
Lástima que sea un idiota, porque habría caído en la tentación en ese mismo instante...
Con sus mangas remangadas, enseñando esa vena en el antebrazo que pedía a gritos que me subiera a horcajadas sobre su regazo.
—Sidney —escuché mi nombre salir de sus labios. Dos veces. Sacándome de la fantasía en la que me había metido sin permiso.
Sacando una vez más el recuerdo de mi mente, me visto con un pantalón clásico y tacones negros, un jersey naranja de entretiempo y mi gabardina oscura.
Decidida a rememorar aquella vieja faceta corporativa, me echo al hombro el bolso gris donde guardo el portátil y bajo directa al metro para evitar los atascos de Manhattan.
A punto de cruzar la boca de la estación, una llamada de Matt me obliga a desviar mis pasos hacia la entrada del puente en DUMBO.
Con La Sonrisa Intacta de Shinova atronando en mis auriculares, llego a su encuentro. Intento mantener las distancias.
—Karla y Violet ya están con sus padres bajo el programa de protección de testigos —anuncia Matt en cuanto me tiene delante.
—Me llamaron para avisarme, gracias —respondo sin inmutarme.
—Estarán a salvo. Los culpables ya están en el calabozo.
—¿Esos tipos tenían algo que ver con el Vanxay?
—No, ¿por qué lo preguntas? —se queda estupefacto.
—Por nada —le quito importancia—. Esta conversación la podríamos haber tenido perfectamente por teléfono, Matt. ¿Qué quieres? —digo, hundiendo las manos en los bolsillos.
—Quería verte —confiesa.
Nos quedamos el uno frente al otro como ante un espejo, paralizando el bullicio de Nueva York con las miradas. Desde hace unas semanas, Matt se ha convertido en un ser omnipresente que se cruza en cada caso que investigo por mi cuenta.
—Lo nuestro acabó, tú lo decidiste así —concluí antes de darle la espalda.
Sin esperar réplica, recorrí el puente a paso firme, barriendo los últimos rastrojos del pasado.
Kwabs me recordó al oído con su canción Walk que debo tomarme un minuto y calmar las revoluciones de mi cabeza.
Me duele terminar así, pero no hay otra salida; no puede usar la seguridad de terceras personas como excusa para reavivar un fuego que él mismo calcinó.
Ya es hora de liberar esa mariposa y activar otro caos.
—Buenos días —recitan los ejecutivos al desfilar frente a nosotros en la sala de espera, devolviéndome de golpe al presente.
Austin pasa minutos después con las manos hundidas en los bolsillos de su impecable traje gris.
—Egocéntrico —escupe una de las candidatas al ver que ni se digna a saludar.
—No sabía que el mismísimo hijo del dueño formaría parte del comité de la entrevista —comenta el único chico que espera.
—Ni yo —susurro.
Y es la verdad. No me había advertido de que estaría presente.
De reojo, noto como Austin se pasa la mano por el rostro para camuflar una sonrisa burlona al mirarme sutilmente.
Aclaro mi garganta, obligándome a mantener la compostura al recordar sus exigencias del sábado sobre mi vestuario: «Espero que no tenga que recordarte que debes venir vestida como una abogada, Colbert», me había soltado con sorna.
«Tranquilo, tengo limpio el traje de Dora la Exploradora», le respondí de inmediato de forma automática.
Los candidatos entran uno a uno a la sala de juntas, saliendo bastante frenéticos.
A pesar de saber que el contrato secreto ya está firmado y que mi puesto como topo es seguro, los nervios hacen acto de presencia.
Quizá Austin debió encargarse él mismo del proceso de selección y no arriesgarse a exponerme ante la junta.
Soportar el escrutinio de los socios por el simple hecho de ser la hija de Daniel Colbert no me da garantías suficientes.
La chica del vestido verde me indica que es mi turno.
Cruzo el umbral de la sala de conferencias y me encuentro con un comité de dos mujeres y cuatro hombres rodeando una mesa de cristal.
Ignoran mi educado saludo de cortesía; sus rostros permanecen severos, siguiendo con la mirada al hombre que sale detrás de mí.
Austin camina con paso firme hacia el gran ventanal del fondo.
En cuanto una de las socias carraspea para dar inicio a la sesión, él se gira de golpe y clava sus ojos en mí.
—¿Se puede saber qué quieres de nosotros? —dispara Austin con los puños apoyados en el cristal, fulminándome con la mirada y dejando al resto del comité mudo.
¿Pero qué coño es esto? Me quedo de piedra en la silla. No tendría sentido que me la hubiera jugado.
—¿Disculpe? —me revuelvo, tensando los músculos.
—La pregunta es bien sencilla, Colbert —declara con desdén, arrastrando las palabras—. ¿Qué cojones buscas en esta compañía?
—Trabajo —respondo, sosteniéndole el pulso.
—¿Segura? —sin darme tiempo a reaccionar, lanza mi currículum sobre la mesa, quedando a mitad de camino—.
En tu currículum hay un vacío de dos años y de pronto apareces aquí —añade, desabrochándose la americana antes de sentarse en la silla presencial—.
Eres la hija de Daniel Colbert. ¿Cómo pretendes que nos creamos esto?
Si está actuando para protegerme, se merece un Óscar al mejor actor dramático, pero como vaya en serio, estoy jodida.
Lo más probable es que esté sobreactuando para alejar cualquier sospecha de favoritismo, pero me acaba de pintar una diana gigantesca en la espalda.
Como me presione un poco más, soy capaz de inventarme que he pasado los dos últimos años en la cárcel.
«No, dudarían más de ti», me fustiga mi subconsciente.
¿Y si digo que estuve enferma?
«Tampoco; con la salud no se juega».
¿Y si simplemente alego asuntos personales?
¿Por qué demonios tengo que dar explicaciones?
¿De dónde sale esta inquietud y por qué empiezo a dudar de mí misma?
Es hora de olvidar el encuentro en el puente y centrarme en la abogada que un día fui.
No, en la pedazo de abogada que sigo siendo, y apuntar mi artillería en otra dirección.
—Si mi intención fuera destruiros, no postularía para el puesto de abogada, sino para el de secretaria. Las secretarias lo saben absolutamente todo —contesto a la junta sin un solo titubeo.
Los murmullos se propagan por la sala de conferencias; los socios comentan la jugada entre ellos.
Todos menos Austin, que me clava una mirada indescifrable desde el extremo de la mesa antes de desviar los ojos hacia un punto fijo.
Su rostro vuelve a tornarse inerte. He metido entre rejas a un asesino en serie al que muchos consideraban un héroe y le he plantado cara a jueces corruptos de prestigio; no voy a amedrentarme ahora ante un puñado de trajes caros que solo miran por sus propios intereses.
Y mucho menos ante un playboy que acaba de descubrir que sus hombres de confianza le torean.
—¿Tiene alguna pregunta más, señor Brandfont? —le sostengo el pulso visual.
—¿Por qué se dirige únicamente a él? —interviene la voz de una consejera.
—Porque el señor Brandfont es el único que ha tenido las agallas de hablar —refuto sin apartar los ojos de los suyos. Distingo un sutil atisbo de admiración en sus iris azules.
Cuando el hombre más cercano a mí me comunica noticias pronto, recojo mi bolso del suelo y me despido con impecable educación. Salgo de esa sala a paso firme, haciendo resonar mis tacones contra la baldosa negra con la absoluta certeza de que soy una abogada de la hostia.
El nuevo caso me va a obligar a reestructurar la agenda, pero hay prioridades que jamás sacrifico: mis amigos y mi prima Maddie.
Mi tía Lena está empeñada en que la niña sea una mujer fuerte, así que la ha apuntado a clases semanales de kick boxing en el Embox.
Es el mismo cuadrilátero donde Greace y yo aprendimos a encajar los golpes de la vida y a liberar la rabia.
Hoy no iré a desfogarme, aunque lo necesite; Tim me ha pedido que la acompañe para que se lo tome como un juego, una válvula de escape para sus futuros malos momentos.
A la hora del almuerzo, el tema estrella con Yael y Vikki es mi tenso encuentro matutino con Matt y el peligroso regreso de mis sentimientos.
Mis amigos se irritaron con el simple hecho de que me plantee darle una segunda oportunidad.
Molestos, me recuerdan el calvario que arrastré cuando descubrí que él se estaba enamorando de otra.
En aquella época me convertí en un espectro que sobrevivía robándole la energía a los que me rodeaban.
Pasaba los días sumida en una apatía devoradora.
Del sofá a la cama y de la cama al sofá.
Apenas dormía, apenas comía, apenas articulaba palabra.
Me tiraba horas bajo el agua de la ducha intentando borrar sus huellas de mi mente, suplicando que todo fuera una pesadilla, hasta que la realidad me aplastó.
La música que atronaba en el loft a todas horas era más lúgubre que mis propios delirios.
¿Que sonaba un tema alegre que antes me hacía brincar?
Lo pasaba. ¿Que sonaba una melodía que me recordaba a él?
La borraba y la odiaba. Llegué a crear una playlist exclusiva de canciones tristes; me pasé dos días enteros con Ghost de Zoe Wees en bucle, alimentando a mis propios demonios.