Cuatro son multitud tres no 5
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Asomándome por la ventanita de servicio de La Esquinita, le pregunto a José cuánto tiempo lleva el chico rubio sentado de espaldas al ventanal.

Al enterarme de que lleva un buen rato esperándome, le pido que apunte su consumición a mi cuenta.

A través del cristal, observo a Austin. Con el entrecejo fruncido —un gesto que le da un indiscutible toque de dureza—, hace girar la taza entre sus manos con el rostro sumido en una profunda reflexión.

Como si mis pensamientos le hubieran invocado, sus ojos se clavan de golpe en los míos.

Le hago una señal con el dedo índice para que me siga fuera.

Un minuto después, tras detenerse a intercambiar unas palabras con el camarero, sale a la acera y nos saludamos de forma cordial.

Para qué mentir, me siento algo avergonzada por el espectáculo de anoche; me cuesta sostenerle la mirada, sobre todo porque sus gafas de sol impiden saber qué está pensando.

—¿Por qué has pagado mi café? —pregunta, caminando un par de pasos por detrás de mí.

—Considéralo un agradecimiento por lo de anoche —me volteo hacia él.

No puedo verle los ojos, pero sus labios dibujan esa media sonrisa que jamás muestra los dientes. Asiente, esperando que añada algo más antes de romper el hielo:

—¿A dónde vamos, Colbert?

—Iba de camino a tu despacho, pero visto lo visto, mejor vamos a un lugar más tranquilo.

Alineado a mi costado, recorremos sin prisa las tres calles que separan la cafetería de mi apartamento.

Aprovecho el trayecto para parar en un par de tiendas a comprar verduras y reponer algunos alimentos.

Poca cosa, pero hay que optimizar el viaje.

Sorprendida por su infinita paciencia, me disculpo por el paseo, pero él se limita a encogerse de hombros.

—Nunca me imaginé que alguien pudiera hacer la compra con tanta elegancia —declara con ironía en cuanto le prometo que es el último recado.

—¿Elegante en vaqueros? —le miro, arqueando una ceja. Él desvía la cara para disimular una risa.

Tras una absurda disputa porque se empeña en cargar con la bolsa de tela que saqué en la frutería, llegamos a mi portal.

La señora Mercier —una anciana desbordante de vitalidad a sus noventa y tres años— sale a la calle junto a su yorkshire malhumorado, dedicándonos sus habituales injurias a la humanidad en general, y a nosotros dos en particular.

Nos metemos en el ascensor. Con las manos libres, empiezo a rebuscar las llaves en el fondo de mi bolso.

¿Qué demonios pasa con los bolsos que jamás encuentras nada a la primera?

Y eso que llevo un llavero enorme con un osito de peluche que me regaló mi primo pequeño.

Da igual que busques un bolígrafo o al mismísimo monstruo del lago Ness; el fondo siempre se lo traga todo.

Flexiono la rodilla para apoyar el bolso y empiezo a darle trastos a Austin.

Le suelto libretas, unas llaves misteriosas, el juego de casa de mis padres, un frasco pequeño de perfume...

—¡Anda, mira, chicles! —exclamo, volviéndolos a sepultar. También le endoso un par de paquetes de pañuelos: uno limpio y otro usado—. Ya está —le dedico una sonrisa de disculpa al verle con las manos cargadas de mis pertenencias. No parece molesto; al contrario, le divierte la escena.

—¿Esto lo tiro o te lo devuelvo? —muestra divertido los pañuelos cuando estiro las asas del bolso para que lo meta todo de vuelta.

Las puertas se abren, ¿ya?. Austin devuelve mis cachivaches al interior con un cuidado casi quirúrgico.

Al entrar en casa, guardo la compra a toda velocidad y dejo el bolso sobre la barra de roble de la cocina.

Me encuentro a Brandfont estático en el recibidor, ensimismado contemplando las vigas de madera del techo y las paredes de ladrillo visto de mi loft.

Lanzo las llaves en la alacena, indico que puede pasar a la vez que señalo el salón, tras un instante de indecisión, por fin entra.

—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —le pregunto ante su rostro risueño.

—Me lo esperaba bastante más desordenado —confiesa en tono jocoso, quitándose las gafas de sol para mirarme directamente.

—El bolso de una mujer no define cómo es su casa, Brandfont —le recuerdo el paquete de pañuelos usados al ver que sus labios amagan con curvarse—. Bueno... a lo mejor un poco sí —admito, algo avergonzada—. Tienes jabón en el fregadero si quieres lavarte las manos.

Mientras Austin se asea, pongo el móvil a cargar junto al mueble del televisor.

Rechaza mi oferta de tomar algo y le invito a sentarse donde prefiera.

Se acomoda en el borde del chaiselongue gris oscuro, que destaca sobre el diseño geométrico y pastel de las paredes de mi salón.

¡Venga, otro espécimen que se sienta con las piernas completamente abiertas!

Dándole la espalda para ocultar mi expresión, me siento en el reposapiés, voy directa al grano detallándole todo lo que descubrí anoche en el Vanxay.

Me escucha en silencio y confiesa que ya sospechaba que alguien vendía droga en su local y que se lo había comunicado a la policía.

—Le pasaré los datos al inspector que lleva el caso. Gracias por averiguar quiénes eran los implicados, Colbert.

—Es muy probable que los porteros y las camareras estén compinchados. Nadie regala droga en la entrada para luego timar a la clientela con el cambio de las copas por amor al arte.

—Sabía que detectarías el del problema, pero no a los culpables. Has superado con creces mis expectativas. Definitivamente eres la indicada.

—¿Qué? —le miro estupefacta—. Perdona, ¿cómo dices?

—La investigación real para la que te necesito no es la discoteca, está en la empresa de mi padre.

No me lo puedo creer. ¿Me hizo perder una noche? Por ese trabajo casi cometo el mayor error de mi vida. Estuve a punto de acostarme con Matt para intentar avivar algo que estaba más que chamuscado.

—Sé que te molesta —masculla, moviéndose al otro extremo del sofá. Más cerca de mí—, pero

por favor, Sidney —implora rozando mi rodilla con sus manos entrelazadas.

Al percatarse de mi mirada hostil por ese gesto, las mueve ligeramente.

—A ninguno de los cuatro detectives que contraté se les pasó por la cabeza investigar desde dentro, a ti sí.

No puedo evitar ver la preocupación genuina detrás de sus ojos.

Realmente le importan su discoteca y el legado de sus padres.

A pesar de estar siempre rodeado de polémicas, detenciones y excesos, Austin quiere limpiar sus negocios de toda esa basura.

Muy desesperado tiene que estar el playboy de Manhattan para acudir a la hija del abogado que tantos quebraderos de cabeza le dio a su familia.

—No pasa nada —murmura él, amagando con levantarse abatido. Desilusionado.

—Lo haré —le corto.

Austin se queda estático, mirándome desde sus alturas.

—Sí, acepto el caso —asiento, indicándole con un gesto que vuelva a sentarse—. Investigaré desde dentro.

Visiblemente aliviado, me explica que la corporación Brandfont abarca sectores que van desde la tecnología y la seguridad hasta la energía. Su plan es que localice a los topos que están filtrando información interna a la competencia para conseguir mejores puestos.

—Me preocupa que tengas problemas con tu licencia por hacer esto —admite con sinceridad.

Vaya, parece que su preocupación de anoche en el guardarropa tampoco era un papelón. Hasta tuvo el detalle de ponerme el blazer antes de salir al frío.

—No creo. Mi cliente oficial será Brandfont Enterprise, no sus empleados. Como abogada externa, mi deber es proteger los intereses de la firma. Es justo lo que debería haber hecho vuestro equipo legal.

—Solo he captado la mitad, pero confío en ti —se ríe de sí mismo—. Si me das permiso —señala mi portátil sobre la mesita—, te paso toda la información.

—No tan rápido. Primero tienes que contratarme legalmente y en estricto secreto. Si no nos blindamos bien y los topos descubren que estoy husmeando sin un contrato de confidencialidad de la junta, les daremos la excusa perfecta para demandarnos y tumbar la investigación.

—¿Y has sacado todo este esquema legal en menos de diez minutos? —Austin apoya la espalda en el sofá con su habitual sonrisa descarada, llevándose las manos a la nuca—. Alucinante.

—La que sabe, sabe —le guiño un ojo, divertida.

Como redactar un documento oficial desde mi ordenador nos haría perder el tiempo, Austin llama a su asistente de confianza para que le envíe por correo un contrato estándar de la firma.

Como está lejos de la oficina, nos avisa de que tardará un rato.

Para matar la espera, decido improvisar algo rápido de comer.

Me sorprende descubrir que al millonario no se le caen los anillos por arrimar el hombro; se mete en la cocina y me ayuda a picar las verduras que me ha acompañado a comprar.

Preparamos una ensalada fresca para acompañar unos lomos de salmón que tenía en el congelador.

Le amenazo de broma con el cuchillo y su carcajada retumba en todo el loft cuando le confieso mi patético accidente doméstico de la mañana con la vitrocerámica.

Nos sentamos en los taburetes de la barra de la cocina.

Le confieso lo vieja y fuera de lugar que me sentí anoche al pisar el Vanxay, y entre anécdotas fiesteras de nuestra juventud, terminamos recordando el encontronazo del guardarropa.

Le agradezco lo bien que se portaron él y Monty, su chófer, y Austin, demostrando una caballerosidad impecable, respeta mi intimidad cuando le aclaro que eran asuntos del pasado.

—¿Quieres postre? —le pregunto mientras remojo los platos en el fregadero.

—No, gracias —responde tras un trago de agua.

—¿Seguro? —saco una tableta de chocolate negro de la despensa y le miro de reojo—. Mira que el chocolate es el sustituto oficial del sexo, Brandfont. Yo aviso —me burlo metiéndome un trozo en la boca.

Austin se pone rojo como un tomate y se gira rápido con la excusa de recoger el móvil de la mesa. En ese momento entra el correo de su secretaria. Le pido que le dé a imprimir al contrato y a los informes confidenciales.

—Es mucho, ¿tienes tinta?

—Creo que sí —afirmo, lanzando mis manoletinas debajo de la escalera—. Y si se acaba, pues nos quedará un precioso fajo de folios en blanco —me encojo de hombros con una sonrisa dulce.

Él observa la pantalla de mi ordenador con una mezcla de diversión y asombro.

—¿De verdad tu impresora está agendada con el nombre de «imprimir aquí»?

Me río. Le cuento que un día los niños de enfrente vinieron a por unos dibujos y, para que al pequeño Rory de seis años no se le olvidara el nombre del dispositivo, decidí rebautizarla así. Austin me mira con una sonrisa gigantesca, enseñando los dientes por primera vez.

—¿Te han dicho alguna vez que estás completamente loca, Colbert?

—Alguna que otra vez —confieso cruzando el pasillo.

Le indico el baño de cortesía frente a la entrada y me encierro en el cuarto de invitados a recoger los folios.

Es una habitación que iba para despacho, pero terminó reconvertida en un cuarto de invitados; el despacho más desaprovechado de Nueva York.

Mientras la máquina termina de escupir las hojas, aprovecho para revisar el chat grupal de mis amigas.

Estoy partiéndome de risa con sus mensajes cuando resuena el timbre, sobresaltándome. Qué raro. No espero a nadie.

Abro la puerta y el corazón me da un vuelco en el pecho: es Matt.

—Viviane me ha dejado pasar en el portal. Casi no me suelta —anuncia a modo de saludo, con total naturalidad.

—¿Qué coño haces aquí, Matt? —suspiro, apoyando el peso en el marco de la puerta.

—¿Puedo pasar? —señala el interior.

—No. Dime qué quieres —le corto, entornando la puerta a mi espalda para dejar paso a Austin, que entra al salón por el otro lado de la alacena.

No te lo puedo decir aquí —mira a un vecino salir del ascensor—. Es sobre las chicas —explica cuando el señor entra en su casa.

—Rápido —pido. Sin moverme cierro la puerta, dejándole claro que no pasará de ahí.

Miro a Austin que se ha quedado estático con un folio en la mano.

La tensión se vuelve eléctrica en un segundo.

Matt clava la vista en el millonario a través del hueco y ambos se dedican un saludo gélido, cargado de hostilidad varonil.

Matt vuelve a mirarme a mí con la mandíbula tensa.

Deja los rodeos y me pide permiso para ver a Violet; necesita enseñarle los retratos robots de los últimos detenidos por si reconoce a alguno.

Sé que es arriesgado, pero vital para encontrar a Karla.

Le pido un minuto a Austin con una mirada de disculpa y él me devuelve una sonrisa comprensiva que le agradezco.

Me encierro en el despacho para llamar a Gina en privado.

Tras sopesar los riesgos, Violet acepta cooperar con una condición innegociable: el inspector debe acudir de paisano, sin placas ni insignias policiales.

Se lo prometo. En los asuntos del corazón Matt me ha destrozado, pero como policía pongo la mano en el fuego por él; sé que jamás pondría en peligro a un testigo por colgarse una medalla.

Recojo el fajo de contratos impresos, un bolígrafo y salgo al salón. Austin sigue sentado en el sofá y Matt aguarda de pie en el umbral, justo en la línea que divide la baldosa negra de la entrada y el parqué de mi casa, manteniendo una extraña sonrisa seria.

—Creo que está todo firmado, Austin —le tiendo el montón de folios en la mesa—. Matthew —llamo al inspector, obligándole a dar un paso al frente—, llama a este número. Haz exactamente lo que te pidan y, por lo que más quieras, ve sin placa.

En silencio no puedo trabajar, así que con un escueto «no me importa» de Austin, pongo en aleatorio mi biblioteca: suena desde rock, indie y música clásica, hasta música de relax que utilizo para practicar el poco yoga que hago.

Cuando al fin nos ponemos en serio a investigar, cada uno trabaja con un taco de folios: él muy tranquilo, inmóvil en el sofá, y yo recorriendo toda la casa, sentándome en cualquier sitio que se me antoje.

Comentamos cada duda, también hay bromas y, por supuesto, se ríe cuando se reproduce el sonido de una tormenta que me ayuda a dormir en un mal día.