Cuatro son multitud tres no 4
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Trasteando en la cocina preparo café; necesito cafeína en vena para ser persona.

En cuanto he mirado el reloj y he visto que eran las seis y cuarenta y siete de la mañana, me ha sido imposible seguir metida en la cama.

Normalmente me muevo por el loft en piloto automático, sin pensar dónde está cada objeto, pero hoy apenas he pegado ojo.

Parece que un duendecillo se ha divertido en mis armarios y lo ha cambiado todo de sitio.

Cuando anoche escuché a Matt decir que habían detenido a Greace, el mundo empezó a darme vueltas.

Mi hermana pequeña jamás ha sabido convivir con la disciplina que nuestros padres intentaban imponernos.

No es que estuviéramos rodeadas de órdenes constantes, pero ella...

ella solo buscaba diversión. Nos llevamos once años y, cuando entró de lleno en la adolescencia, yo ya estaba lidiando con el mundo real.

Por muy rebelde que sea, Greace siempre ha sabido cumplir las reglas, por muy estúpidas que fuesen. Hasta anoche.

Casi sin darme cuenta, terminé metida en el coche de Nate de camino a la jefatura. Recordar la voz del abogado pijo aún me escuece:

—Dudo mucho que ahora mismo recuerdes los procedimientos legales que hay que seguir.

Aunque me fastidiara admitirlo, el maldito engominado tenía razón.

Tantas emociones juntas y el hecho de llevar años alejada del derecho penal no me convertían en la mejor ayuda para sacar a mi hermana del calabozo.

Me dio exactamente igual ser correcta o educada; en cuanto Matt le dijo a Nate que le esperáramos en la comisaría quince, sentencié que me marchaba con Nathaniel.

Para colmo, al revisar el móvil esta mañana, me he encontrado un mensaje de mamá: mi padre quiere vernos a Greace y a mí en el club.

A las nueve en punto. Lo sabe. Seguro que lo sabe todo.

El borboteo de la cafetera me saca de mis pensamientos, al igual que los gritos de mi hermana quejándose desde el sofá por el ruido que hago con los armarios. Al pasar un trapo húmedo sobre la vitrocerámica caliente, cometo la soberana idiotez de tocar la vitrocerámica.

«¡Joder, cómo duele!», protesto para mis adentros, pasándome la mano por agua fría.

Tras apagar el fuego, me sirvo una taza de café largo y negro, sin azúcar. Necesito un milagro para espabilar.

—No estás en condiciones de exigir tranquilidad, bonita —le espeto desde la escalera que me lleva a mi habitación—. ¡Papá nos quiere en el club a las nueve!

—¡¿Qué?! —Greace sube las escaleras a toda prisa, con la cara desencajada—. ¿Qué quiere? ¿Te ha dicho algo? ¿Sabe lo del calabozo?

—Es Daniel Colbert, Greace. Seguro que lo sabe —sentencio, dejando la taza sobre el aparador blanco junto a mi cama.

—Me va a matar —protesta, dejándose caer larga sobre mi edredón.

—Siempre puedes decirle que pasar una noche entre rejas son cosas de universitarios —me burlo en dirección al baño.

Al salir de una ducha rápida que me sabe a poco, me encuentro a la tía todavía tumbada en mi colchón, profundamente dormida.

Es increíble la facilidad que tiene para planchar la oreja después de la que ha liado.

Pongo el sonido de una bocina militar a todo volumen en el móvil y se lo acerco al oído; cuando mamá manda un mensaje de parte de mi padre con una hora fija, significa que debemos estar allí media hora antes si apreciamos nuestra vida.

En mi día a día no suelo usar maquillaje; con darme una buena capa de máscara de pestañas soy feliz, pero hoy es una emergencia.

La resaca no se arregla con café. Y no solo tengo que camuflar la cara de mala noche para enfrentarme al juicio de mi padre, sino que después me toca acudir al despacho de Austin Brandfont.

Un sábado por la mañana. Genial. Menudo día me espera.

Aunque anoche el niño rico fuera un caballero y me prestara su coche, no pienso darle el gusto de emperifollarme para ir a trabajar.

Voy a limitarme a informarle de que sus camareras estafan a las mujeres, para cobrarse la droga que los porteros regalan en la entrada.

Combino unos jeans ajustados, una camisa celeste, manoletinas oscuras y mi gabardina beige.

Me ato el cinturón marrón a juego con un bolso lo suficientemente grande como para meter mis libretas y mis cachivaches, y me dispongo a afrontar el temporal.

Al entrar en el parking del club, bajo el volumen de Miss Caffeina para poder aparcar sin que mi torpeza haga acto de presencia.

Tras estacionar y comprobar que mi Jaguar XF siga completamente blanco, acudimos a la terraza donde mamá nos citó.

Sin contestar a nuestro saludo, mi padre continúa tomando café mientras lee el periódico.

Sintiéndome tan juzgada como cuando me salté una clase en mi último año de carrera, me siento lo más lejos posible de él para dejarle el marronazo a mi hermana.

Al fin y al cabo, a ella la detuvieron. Agradezco al camarero el café que me sirve y observo a Greace pasar olímpicamente de la ley del hielo de papá.

No consigo entender su actitud. Beber, bueno, todos lo hemos hecho, ¿pero enseñarle a la policía un carné falso conduciendo borracha?

Eso es de idiotas. Tiene todo lo que quiere sin mover un dedo.

Yo tuve que compaginar la universidad con el trabajo para independizarme en mi propio apartamento, todo porque me empeñé en estudiar Derecho por culpa de una apuesta que le gané a mi padre en mi adolescencia.

Cuando me castigaban de jovencita en el bufete, me quedaba en su mesa garabateando cuadernos.

Para que una adolescente aburrida no se fuera de la lengua con los secretos de los clientes, los asociados me daban un dólar a cambio de mi silencio profesional; así ahorré una fortuna.

A casi todos les hacía gracia y soltaban el típico: «El legado Colbert está en buenas manos», inflando a mi padre de orgullo.

Ilusos. Fue en esos pasillos donde gané mi matrícula.

Patrick Lamb, su cliente más joven, entró furioso al despacho buscando una solución legal para su empresa.

Mirando embobada lo guapo que era, solté una idea descabellada que terminó salvando el caso.

Papá no confiaba en mi propuesta, así que apostamos: si funcionaba, él me pagaría los estudios; de lo contrario, me los costearía yo.

Evidentemente gané, y aunque mi sueño era Bellas Artes, terminé eligiendo el Derecho solo para demostrarle de qué era capaz.

—Hombre, Nathaniel, ¿sigues pegado a tu tío? —interrumpe la voz seria de mi padre.

Alzo la vista y veo llegar a los Cliffort junto a Nate. ¿Es que estos señores no tienen otra cosa que hacer un sábado?

—Lo sabe —le susurro a Nate en cuanto se sienta en el sillón de mi lado. Anoche le pedimos que guardara el secreto de la comisaría, pero a Daniel Colbert nada se le escapa.

—¿No tienes a nadie a quien sacar de la cárcel hoy, muchacho? —comenta papá, dejando el periódico sobre la mesa.

—De momento no —contesta Nate sin que le tiemble la voz. Qué templanza.

Al principio de nuestra relación, Matt decía que prefería enfrentarse a criminales armados sin chaleco antibalas antes que sostenerle la mirada a mi padre.

Mientras las mujeres hablan de beneficencia, mi hermana logra escurrirse a las pistas de tenis tras un tenso tira y afloja con papá.

Yo aprovecho para revisar mi agenda mientras observo a mi madre de reojo.

Está preciosa; va tan sencilla con pantalón recto elegante y sus bailarinas que irradia luz propia. De ella heredé el gusto por la moda.

—¿Tienes una cita, cariño? —me pregunta alegremente al notar mi gabardina—. Esas manoletinas te quedan ideales. Y las botas de anoche, divinas.

—Trabajo, mamá —contesto poniendo los ojos en blanco, y ella capta al instante mi nulo entusiasmo.

De la señora Cliffort poco puedo decir; es una mujer elegante de labios rojos, todo lo contrario a su marido.

Gordon Cliffort es insoportable y su risa estridente saca de quicio a cualquiera, incluido a su propio sobrino.

Anoche en comisaría pude descubrir que su nombre es Nathaniel Finn Akerman.

¿Cómo es posible que me acuerde de su nombre completo y no de cómo llegué hasta el coche que nos llevó a por Greace? Misterios del cerebro.

«Misterios del cerebro no, el alcohol, habla con propiedad». Otra vez mi subconsciente diciéndome las cosas como son.

De vez en cuando, los ojos de Nate y los míos se cruzan en una mirada furtiva, buscando una alianza silenciosa para arrancarle las cuerdas vocales a su tío.

Yo estoy aquí obligada, ¿pero él? Si le han trasladado de ciudad, lo normal sería establecer lazos con su propio bufete, no con el de mi padre.

A menos que... No, no puede ser. Gordon mencionó anoche que venía a liderar una fusión multimillonaria.

¡¿Qué?! ¡¿Van a fusionar los dos bufetes?!

Me atraganto con mi propia saliva, convirtiéndome en el centro de atención de la mesa.

—Estoy bien —toso ante la mirada inquisitorial de mi padre, mostrándole el pulgar hacia arriba.

Nate me ofrece una botella de agua con una sonrisa divertida. Me la bebo casi entera de un trago.

—Gracias —le digo, ya recompuesta. Qué tos más tonta. Él asiente sin dejar de sonreír.

Tiene una sonrisa bonita, lo admito, pero mi opinión sobre su egocentrismo no cambia. Míralo, repantigado en el sillón con los codos en las rodillas y las piernas abiertas, ocupando todo el espacio con su chaqueta bomber y su ingente cantidad de gomina. El tipo rezuma soberbia por los poros.

«Cállate la boca y contesta al teléfono de una vez, maleducada», me fustiga mi otro yo.

Llevo un rato silenciando tres llamadas de Brandfont y una de Yael. Al desbloquear la pantalla, leo el mensaje de texto de Austin: está esperándome en la cafetería.

«Austin, eh. Ya no le llamas el guaperas».

Un par de frases anoche y un «gracias» han bastado para que el chico me caiga un poco mejor.

Tengo que reconocer que me ganó un poquito al prestarme su coche.

Aunque en casa me enseñaron a no juzgar por las apariencias, mi padre insistió tanto en mi adolescencia para que no me juntara con «esa clase de gente» que, al final, acabé prejuzgándole.

Y sí, lo admito: he descartado un libro por su portada.

Si el envoltorio no te entra por los ojos, difícilmente querrás leer la historia.

Vamos, no mientas; tú también lo has hecho alguna vez.

Después de anunciar mi marcha, abrazo a mi madre pidiéndole que Greace vaya con ellos. Chocando el puño a mi padre, sin acordarme del quemazo de la mañana, sonrío, despidiéndome del resto hasta una próxima vez. Espero que no. No soportaría volver a compartir espacio con Gordon Cliffort.