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Dentro del coche en el que Austin me metió —tras encontrarme intentando pedir un Uber con unas manos que temblaban como la gelatina—, debato mi destino.
Podría saltarme la cena de mi padre e irme a beber a casa de Vikki para confesarle que mi orgullo me ha traicionado.
Sé exactamente cómo terminaría: ella me diría que sigo sin superarlo, yo le soltaría una réplica mordaz y acabaríamos vaciando su mueble bar.
Mala combinación. El alcohol y los marrones del corazón nunca se han llevado bien; terminas llamando de madrugada a tu ex para insultarle o para rogarle que vuelva.
Lo más inteligente es acudir al restaurante.
Se lo indico al chófer de Austin, un hombre de unos cincuenta años que me mira con sincera preocupación.
Antes de arrancar, me pareció escuchar al niño rico ordenar que me dejase sana y salva en el lugar que yo eligiera.
No sé si alucinaba por los nervios, pero Brandfont parecía tenso.
Quizá se deba a que me marché de la discoteca sin contarle mi informe, aunque en el guardarropa parecía más interesado en mi estado que en sus finanzas.
Hasta parecía un hombre normal con corazón.
Al llegar al Asante, el amable conductor me pide que me tome mi tiempo; asegura que su jefe se disgustaría si me bajo alterada. Le dedico una sonrisa, le prometo que estoy bien y le pido que le agradezca a Austin el detalle.
Respiro hondo un par de veces antes de cruzar el umbral.
Donald Ruari, el maître que me conoce desde que correteaba en pañales por el vestíbulo, me saluda con cariño y me guía hacia la mesa de siempre.
Conforme me acerco, diviso a los Cliffort, a mi padre y, para mi sorpresa, a mi madre.
Creía que no vendría. ¿Con quién habrá dejado a Violet?
—¿Qué te has hecho en el pelo? Lo llevas demasiado corto —dispara mi padre a modo de saludo en cuanto le beso la mejilla.
Típico de Daniel Colbert. En lugar de un «hola, hija, ¿qué tal el día?», tiene que juzgar mi melena.
—Si me vieras más a menudo, sabrías que me lo corté hace semanas —le respondo antes de abrazar a mi madre.
—Déjala en paz, Daniel —le regaña mamá—. Media melena no es corto.
—No le hagas caso a tu padre, Sidney —interviene Gordon Cliffort en cuanto me siento—. Incluso calva estarías espectacular, ¿verdad, Bianca? Tan guapa como tu madre.
Le devuelvo una sonrisa de cortesía. Más falsa que un billete de tres dólares. No sé qué pinto en esta reunión rancia de la alta sociedad. Para desviar la atención, me giro hacia el chico rubio que tengo sentado a la izquierda.
—Hola —le saludo.
Ni idea de quién es. Últimamente solo me cruzo con tíos rubios de ojos azules. Este es mucho más claro que Austin, cuyo cabello parece castaño en las revistas. ¿Por qué el destino insiste en ponerme este catálogo delante?
«Porque son exactamente lo contrario a Matt», me dice mi yo cuerdo.
—Disculpad el retraso, me ha pillado trabajando —le sonrío al camarero mientras me sirve una copa de vino blanco. Sé que no debería mezclar alcohol, pero me da igual. Sin anestesia no voy a soportar los chistes casposos de Gordon.
—Lo tuyo no es un trabajo normal, Sidney. Solo hay que ver cómo vas vestida —me abronca mi padre, dándole un trago a su whisky.
—Se llama ropa, papá —pongo los ojos en blanco. He intentado disimular el modelo con la chaqueta blanca, pero las botas rosas hasta la rodilla son imposibles de camuflar.
Aprovecho que los hombres se enzarzan en una aburrida charla sobre coches deportivos para susurrarle a mi madre por qué está aquí.
Me confiesa que, tras interrogar a Violet, vio a la chica tan aterrada que prefirió llamar a la fundación para trasladarla a una casa refugio segura, donde nadie pueda rastrearla.
Me pregunta si hay novedades de Karla, la otra joven desaparecida, niego con la cabeza con una punzada de frustración.
¿Por qué demonios no para de mirarme el rubio?
¿Y esa sonrisilla? ¿Se cree que por llevar un jersey fino no se nota que el traje es de mil dólares y que va embadurnado en gomina?
Qué grima. Si le pregunto qué coño quiere, mi padre me soltará el speech de la buena educación.
No sé cómo se las apaña mi hermana; Greace siempre se escaquea de estas cenas alegando que está resfriada o estudiando. Tiene un don.
—¿No te acuerdas de él? —comenta la señora Cliffort. Joder, qué oído tiene, si se lo estaba preguntando a mi madre en un hilo de voz. Niego llevándome una miga de pan a la boca—. Sí, mujer, erais pequeñitos.
No tengo ni idea, pero está tan sonriente que me da pena desilusionarla.
—Eran vecinos en Prior Lake —añade mamá.
Ah, ya sé quién es. Menos mal que los camareros interrumpen para servir los platos, porque me ha entrado la risa.
—Eres el chico que se quedó colgado de un árbol haciendo wakeboard. Jacob era tu nombre, ¿no? —le suelto.
—Ese era mi primo —responde él. Su voz es seria, profunda y un punto cortante.
Vaya, parece que al niño le escuece que no recuerden su historial de hazañas. Menudo ego tiene que gastar para molestarse por algo de hace veinte años.
—Es Nathan, nuestro sobrino —lo presenta Maryanne, como si hablara de un crío, aunque por lo que sé, debe de tener mi misma edad.
—Nate —la corrige él de inmediato, seco.
Entre chistes machistas y debates sobre economía, devoro mi filete de ternera entre copa y copa del vino tinto al que me pasé.
Empiezo a asfixiarme, así que me quito el blazer, demasiado alcohol en mi cuerpo, pero el miedo a mancharlo aumenta.
¿Sabes lo difícil que es quitar una mancha de vino de la ropa blanca? ¡Es una tortura!
—Así que, trabajando, ¿eh? —Nate me clava una mirada ardiente. Con un movimiento disimulado, roza mi mano con su dedo meñique.
¡Qué! ¿Y ese sello del Vanxay? Ni me acordaba de que me lo habían puesto en la entrada.
—Me gusta tu uniforme de trabajo —me susurra al oído, inclinándose para que nadie más se entere. El comentario destruye el poco atractivo que mi mente borrosa empezaba a ver en él.
—¿No deberías estar en el otro extremo de la mesa, con el bando de los machos alfa? —evado su provocación sin inmutarme.
Nate niega con la cabeza, se mete un trozo de carne a la boca y me sostiene el desafío.
—Paso.
Mejor para mí. A los dos nos divierte el mismo juego de piques.
Aunque, pensándolo bien, este tío tiene toda la pinta de ser el típico egocéntrico que, al llegar a casa, se machaca a hacer cincuenta dominadas frente al espejo solo para admirar sus propios bíceps.
Se me escapa una sonrisilla involuntaria al imaginarme la escena en mi cabeza.
—Deja de beber.
Me ordena mi madre en un susurro, tapando mi copa con la mano justo cuando el camarero se dispone a rellenarla.
—Seguro que tu sirvienta no opina lo mismo —suelto en voz alta, interrumpiendo la mesa.
Gordon Cliffort acaba de soltar que los hijos de los inmigrantes no deberían tener las mismas oportunidades que los suyos, especialmente si son unos delincuentes.
El comentario me asquea tanto que me importa tres pimientos la prohibición de mi madre.
Miro a mi padre de reojo. Daniel Colbert se acomoda en la silla y agarra su vaso de whisky con una media sonrisa; sabe perfectamente que si su amigo me contesta, su hija va a desatar una guerra dialéctica en mitad del restaurante de la que él se sentirá profundamente orgulloso.
Yo misma he encerrado a delincuentes de todas las razas y nacionalidades, pero porque se lo merecían.
Jamás juzgaría a nadie por su clase social o su procedencia.
Los abuelos maternos de Yael llegaron ilegalmente desde Brasil; nunca hicieron daño a nadie y sacaron adelante a su familia con unos valores y una educación que ya querría Gordon para sí mismo.
De hecho, sin el talento de Yael para la ciberseguridad, posiblemente Cliffort y todo su aquelarre tendrían hoy cero dólares en la cuenta corriente.
Pero claro, es más fácil ser un clasista de manual que admitir que dependes del hijo de unos inmigrantes.
—Eres totalmente Suiza, serás una buena jueza —suelta Gordon con una carcajada ronca. Este hombre ha mezclado más alcohol que yo—. Aunque cuando llegues a lo más alto, serás una enemiga.
—En vuestro mundo, los jueces son más socios que enemigos. Pero tranquilo, no seré yo quien te juzgue —le espeto con una sonrisa gélida.
—Gordon, mi querida hija decidió dejar el derecho —se lamenta mi padre, dándole otro trago a su vaso.
«Oye, ¿y a él por qué le deja beber?», protesta mi subconsciente.
—Pues mi querido sobrino es tan brillante que lo han trasladado desde la oficina de Chicago para liderar una fusión multimillonaria —presume Cliffort a toda prisa.
Esto qué es, ¿un concurso a ver quién la tiene más grande?, resoplo para mis adentros.
—Tío, has bebido demasiado —interviene Nate, clavando una mirada de advertencia en Gordon.
Se le nota profundamente avergonzado. Su tía Maryanne lo está aún más; de hecho, le arrebata la copa de la mano a su marido de un tirón.
—Compórtate, Gordon —le sisea entre dientes tras esquivar un aspaviento torpe de su esposo.
—Sigamos con la cena, por favor —sugiere mi padre, dándole una palmada de cortesía en la espalda a su amigo para calmar las aguas.
Nate se levanta de la mesa de inmediato, apurando su copa de vino para poner distancia con el bochornoso espectáculo familiar y llevándose todo el bullicio.
Echo un vistazo a Maryanne; abochornada, mantiene la vista fija en su plato.
Pobre mujer, no quiero ni imaginarme lo que debe de ser un día entero al lado de semejante espécimen.
Si Gordon trata así a su esposa en público, qué no le hará al becario que cometa un error.
Mientras Nathaniel sigue fuera, los camareros retiran el servicio y anuncian que el chef nos ha preparado su postre estrella a petición de Daniel Colbert.
Si mi padre no presume de que todo el mundo le rinde pleitesía, revienta.
Aunque me ponga de los nervios con sus aires de grandeza, le adoro.
Entre Donald Ruari y el chef nos sirven un coulant de chocolate blanco.
Justo cuando Donald coloca mi plato, se inclina y me susurra al oído:
—Señorita Colbert, Matthew pregunta por usted, la espera en el vestíbulo.
Me quedo helada. ¿Qué coño quiere ahora? ¿Cómo demonios sabe dónde estoy?
Me disculpo como puedo y me dirijo a la entrada.
Allí está, sin placa ni arma a la vista, recorriendo el hall del restaurante con paso inquieto.
Hace apenas una hora que escapé del Vanxay porque la tensión entre los dos se estaba volviendo peligrosa y no entraba en mis planes volver a tropezarme con él.
Tenerle enfrente sin haber digerido el Martini ni aclarado mis ideas es una idea nefasta.
Sin ocultar el tremendo cabreo que me produce su presencia, me cruzo de brazos y le planto cara.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí, Matt?
—Tu hermana —responde seco, deteniéndose frente a mí.
Greace, tenía que ser ella. Le sostengo la mirada con frialdad, indicándole con un gesto que diga lo que tenga que decir de una maldita vez.