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Al guardar la barra de labios con la que fingía retocarme, me fijo en tres chicas que preparan unas rayas sobre el mármol negro del lavabo. Memorizo sus rostros: si llega una alerta de desaparecidas, necesitaré saber dónde empezó todo.
Absorta en el espejo, me aliso el ceñido vestido rosa claro e intento soltar los nervios.
¿Desde cuándo me pone tensa un trabajo? «Qué coño», me susurro.
En realidad, me preocupa más tener que acudir directa a la cena con mi padre con estas trazas.
¿Y la droga de la entrada? Si Austin sabe que sus porteros la regalan, yo misma le cerraré el garito.
Nadie regala ese polvo gratis. Por ahí tengo que empezar.
—Tía, me flipan tus botas —me saca de mis pensamientos una de ellas— Otras parecen putillas con esas tan altas, pero a ti te quedan de locos. Tía es total que sean del mismo color que el vestido.
—Tía, la has asustado —dice una segunda, a la vez que se acomoda los pechos en su top verde.
Como vuelva a escuchar otro «tía», meto la cabeza en el retrete.
—¿Me das la bolsita? —me pide la tercera, señalando el plástico que acabo de requisar.
—No —zanjo.
Me pongo la chaqueta y salgo dejándolas solas; les queda una noche muy larga.
Cruzo el guardarropa y veo a la marea humana moverse al ritmo de Chanel.
Hubo un tiempo en el que yo también lo daba todo en esta pista con Yael y Vikki, bailando a Don Omar con vaqueros de colores y guantes de rejilla fluorescentes.
Menos mal que esas fotos están bajo llave.
Apoyada en la barandilla de la planta superior, examino el trasiego de la barra.
Es complicado distinguir nada en la penumbra, pero mi intuición no falla: estoy convencida de que una camarera de pelo azul le está dando mal las vueltas a los clientes.
Decido bajar a comprobarlo, pido un Martini con limón y, mientras espero el cambio, vigilo de reojo.
—¡Perdona! —le grito a la del pelo azul—. ¿Me has dicho que eran diez dólares?
—Sí, corazón —sonríe.
—Te he dado un billete de cincuenta y solo me has devuelto diez —le muestro el billete de diez con amabilidad.
—No, corazón, me has dado uno de veinte —suelta convencida.
—¿De verdad? —pongo cara de tonta—. Qué cabeza la mía, perdón.
—No pasa nada, el alcohol es lo que tiene.
«El alcohol, dice».
Esto va directo a la factura de Austin; me acaban de tangar treinta pavos. En mitad del robo, busco al millonario con la mirada, pero mis ojos se chocan con Blake, la compañera de Matt, que vigila la pista desde las alturas.
—¿Es una broma? —mascullo al ver al mismísimo Matt Davis dirigirse a un extremo de la barra.
¿Qué coño hace aquí? Dudo que el inspector de policía haya caído tan bajo como para seguirme.
«No te rías», me advierte mi subconsciente; Matt jamás pisaría un antro de moda si no fuera por trabajo. ¿Sabrán lo de los porteros y la droga? Si la pasma se mete en mitad de la discoteca, mis chanchulleros van a salir espantados. Tengo que inventar algo y rápido.
Me acerco a su posición de forma prudente; tiene los hombros caídos y apoya los brazos en la barra como si cargase con una mochila llena de piedras.
Está agotado y de mal humor. Descanso mi espalda contra el frío cristal de la barra, remuevo los hielos de mi Martini con la pajita y espero en silencio a que levante la cabeza.
—Hola —le digo en cuanto me localiza, forzándole a enseñar su perfecta dentadura.
—¿Qué haces en un sitio como este vestida de Barbie? —pregunta serio.
—Nada —miento, sosteniéndole la mirada—. ¿Y tú?
—Nada —sonríe de nuevo, enderezándose, aunque su rostro se vuelve serio al segundo.
Tal vez le estén cantando las cuarenta por el pinganillo invisible.
—¿Estás aquí por el caso de las chicas desaparecidas? —interrogo con curiosidad.
—Puede.
—Entonces vas a necesitar mi ayuda —asomo las pestañas por encima del borde del vaso, dispuesta a desarmar su mal humor.
—¿Ayuda? —arquea esa ceja de forma tan suya. Un gesto que, maldita sea, siempre me ha vuelto loca.
—Se te nota en la cara —le reto.
Matt acorta las distancias. Se acerca a mi oído y, con una lentitud que me eriza la piel, posa su mano firme en mi cintura.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que se me nota?
—El qué... —me río, sintiendo el calor de sus dedos a través del vestido—. Anda, pide una copa y paga con un billete de cincuenta.
Anonadado, me mira sin entender nada.
Al no entender por qué debería pagar una simple cerveza con un billete tan grande, empezamos un juego tonto y divertido que nos aleja por un instante de nuestras obligaciones.
Cuando consigo convencerle gracias a mi mirada de gato de Shrek, llama a la camarera.
Sé que a veces poner cara de perrito pachón es un truco barato, pero supongo que me aferro a la ilusión de que, por unos minutos, todo vuelva a ser como antes.
Aislando el atronador techno local, reproduzco en mi mente las notas de Feeling Good para viajar directos a nuestros dieciséis de mayo.
A las noches bailando en cualquier lugar de la ciudad, en nuestros salones o en la habitación de aquel hotel de Copenhague.
Daba igual quién cantara, siempre que estuviéramos juntos.
El recuerdo me encierra en una burbuja blindada, como si el tiempo no hubiera pasado y jamás nos hubiésemos separado.
Mis altos tacones me ayudan a sostenerle la mirada.
Sus ojos verdes me hipnotizan bajo los focos de la pista mientras espera la bebida.
De pronto, me abraza con tanta fuerza que mi instinto me empuja a rodearle el cuello, enredando mis dedos en su pelo corto.
Me relajo por completo, saboreando la presión de su pecho contra el mío y ese aroma tan suyo.
Ese olor profundo, fresco y varonil que me transporta a un bosque húmedo, con un punto hogareño que siempre me hacía sentir a salvo.
Mi hogar. El hogar que un tornado redujo a cenizas.
Matt me mira y una descarga eléctrica me recorre la espalda. Se le escapa una sonrisa tan pícara que me hormiguean los dedos de los pies.
—Estate atento, no te distraigas conmigo —le advierto con un hilo de voz.
—Es jodidamente difícil no hacerlo —me susurra al oído, acariciándome la oreja con el aire de sus palabras.
Un delicioso escalofrío me sacude las ideas. Para evitar una tentación de la que me arrepentiré mañana, desvío la atención hacia los billetes que la camarera de pelo azul deja sobre el mostrador. Los cuento con la vista mientras su brazo sigue anclado a mi cintura.
—A ti te lo ha devuelto bien —concluyo, dándole un golpecito en el pecho.
—¿Por qué iba a dármelo mal? —pregunta, ajeno por completo a mi investigación.
—Da igual. ¿Os sirvieron los informes que os pasé?
Mi trabajo aquí ha terminado, pero usar la investigación policial me servirá como ducha de agua fría para enfriar mis pensamientos.
—Sí —pega su rostro al mío, rozándome la mejilla con su barba perfectamente recortada—. Gracias, de verdad —añade en un susurro.
Sus yemas arden sobre mi piel mientras me retira un mechón de pelo detrás de la oreja. Dios, me encanta volver a sentirme protegida entre sus brazos. Tengo que salir de aquí inmediatamente, antes de que la lujuria tome el control y terminemos devorándonos en su cama. O en la mía.
—El camello de la discoteca es el segurata de la segunda puerta —me aparto de golpe, rompiendo el abrazo y dejándole descolocado.
—¿Cómo dices? —su faceta de tipo tierno se esfuma y emerge el detective Matthew Davis.
—Me ha plantado esto en la mano al entrar —saco la bolsita de plástico del bolso. Matt se queda de piedra al examinar el logo de la luna impresa; su rostro refleja la decepción que su boca calla—. Se las va regalando a todas las tías que cruzan el umbral.
—Equipo, buscad al portero de la segunda línea de acceso. Repito, buscad al portero —habla de inmediato hacia el micro oculto de su solapa.
Aprovecho que se ha quedado tenso para dar un paso al frente y pegarme a su pecho una última vez.
—Se os nota a un kilómetro de distancia que sois policía, detective —le susurro al oído.
Mis labios no se resisten y rozan la línea de su cuello, deseando congelar el tiempo.
Matt se queda hipnotizado con los ojos clavados en mi boca, olvidando por un segundo las transmisiones de la radio.
No puedo seguir con este juego. Me doy la vuelta y me alejo a paso firme por la pista de baile, debatiéndome entre el deseo de que me persiga y el miedo a que lo haga.
Sin mediar palabra, el nudo de mi estómago me suplica mandar el orgullo al garete y regresar a besar los únicos labios que, tantas noches después, sigo extrañando en mitad de la madrugada.