Cuatro ochos 28 – Jueves, 16/12/2004
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28 – Jueves, 16/12/2004

Tras la entrevista con Marta, el ánimo de Lucía había cambiado. Estaba eufórica. Por primera vez en toda la investigación parecía esperanzada en resolver el caso.

—Hemos avanzado mucho y la verdad es que no me lo esperaba. Los hechos, según parece, ocurrieron como imaginábamos —dijo—. Vamos a comer para celebrarlo. Invito yo.

—Tienes mucha razón en lo de que hemos dado un gran paso.

Yo tampoco lo pensaba, y menos aún que esta mujer a la que, tengo que confesarlo, tenía olvidada fuese la llave para resolver el enigma.

Acepto la invitación con gusto, aunque te recuerdo que el caso no está resuelto.

Si nos creemos lo que nos contó, ella no lo mató, ya que nuestra víctima no murió del choque —respondió Tomás.

—Ya veremos. Por ahora, es evidente que es la responsable del accidente, ya que lo provocó y, además, ha tratado de ocultarlo. Pronto comprobaremos si, estando detenida, recapacita y acaba contándonos cosas que ha obviado y conseguimos cerrar el caso. Es muy posible que sea la asesina.

—Eres muy optimista. No tenemos ni una sola prueba objetiva de que sea la responsable de la muerte, solo su relato, y este nos dice que ella provocó el accidente, que robó el dinero, no que fuese la causante de la muerte.

¿Quién más estaba allí? No olvides que, a partir de ahora, esta mujer estará asesorada por un abogado y veremos si habla más o se desdice de lo que ha contado.

Ahora vamos a comer y luego, si me lo permites, seguiré indagando.

—Así me gusta. Esta es la actitud. De momento, a comer bien y a celebrar nuestro descubrimiento. Después seguiremos buscando. Mi olfato me dice que acabará confesando.

Los dos policías fueron a un restaurante de comida mediterránea en Sarriá, cerca de la comisaría.

No era día de menú. Era día de un buen ágape regado con un vino del Priorato.

Tomás disfrutó con su esqueixada de bacalao y un filete al punto mientras Lucía optaba por una ensalada de habitas verdes y un rodaballo a la donostiarra.

La comida terminó una tarta Tatín para cada uno y sendos cafés.

Durante la comida no pararon de hablar de ellos, de su vida, de sus cosas, y no nombraron el caso.

De camino al trabajo, disfrutando de un agradable paseo con el estómago lleno, Tomás pidió permiso para continuar buscando al posible culpable de la muerte de Javier.

—Me parece muy bien —respondió Lucía—. Tú sigue investigando.

Yo, como ya te avisé, me voy con mis niños esta noche.

El mayor juega una final de fútbol sala en Alicante.

El lunes, cuando vuelva, aprovecharé para apretarle las clavijas a nuestra detenida.

A ver si entre los dos tenemos suerte y conseguimos resolverlo definitivamente.

Con el objetivo concretado, Tomás se planteó algunas posibilidades de por dónde seguir tirando del hilo y llegó a la conclusión de que debía profundizar en la historia de Manuel, puesto que el interrogatorio había quedado interrumpido.

Temía que fuera muy difícil demostrar nada en el caso de que Manuel fuese el culpable.

Pese a ello, él seguía convencido de que así era.

—Por favor, id a buscar Manuel y traédmelo en cuanto podáis. Estaré esperando en mi despacho.

Pasada una hora, más o menos, Albanell abrió la puerta y le dijo:

—Jefe, Manuel está ingresado en el hospital. Se lo han quedado allí al salir de la entrevista. Dicen que está muy mal y no saben si podrá recibir visitas.

—Ya te aseguro que va a hablar conmigo. Coge el coche oficial y llévame al hospital —ordenó mientras cogía la chaqueta.

Tomás se acreditó como investigador de un caso de asesinato y exigió ver al paciente. Tras una pequeña discusión consiguió vencer la resistencia del equipo sanitario y le concedieron una entrevista de breves minutos.

Al entrar en la habitación el sargento se estremeció. El cuerpo de Manuel yacía sobre la cama rodeado de tubos conectados a brazos, nariz y tórax. Su color de piel parecía aún más amarillento, respiraba con dificultad y estaba dormido.

—Solo tres minutos —dijo la enfermera al cerrar la puerta.

—Se lo prometo. Manuel, soy el sargento Simón, ¿me recuerdas?

—¿Qué hace por aquí? —dijo el enfermo con un hilo de voz tan débil que obligó al policía a acercarse para entenderlo.

—Necesito que me aclares una cosa porque el otro día, cuando ibas a explicarme que los seguiste, te desmayaste y no pudiste acabar.

—Los seguí. Me costó mucho porque iban a toda mierda.

Entraron en una carretera de curvas. La moto intentaba adelantarlo.

Él no lo permitía. Llegó un momento en que los perdí de vista porque había muchas curvas y yo corría menos.

Como todo estaba oscuro, solo se veían las luces y se oían los motores cambiando las marchas.

—¿Cómo acabó la carrera?

—Con una hostia descomunal. Hizo un ruido enorme que resonó por toda la montaña. No vi cómo pasó, pero estaba seguro de que se habían estrellado. Al menos uno de los dos. Paré la moto allí y me quedé quieto. No sabía si ir a ver.

—¿Fuiste o no a ver lo que había ocurrido?

—Dudé mucho porque a mí la sangre no me gusta.

—Menos mal, porque dices que llevabas un buen cuchillo.

—Eso es otra cosa. Al cabo de un rato oí que la moto se ponía en marcha y volvía, venía hacia mí.

Apagué las luces de la mía y me quedé quieto, en el borde la calzada.

La moto, sin luces, no tardó mucho en pasar por mi lado.

Entonces entendí que el coche se había estrellado y decidí ir a ver lo que había pasado.

—¿Qué encontraste?

—Lo que me imaginaba. El coche se había estampado contra la montaña. Allí estaba, destrozado, con las luces encendidas y todas las puertas abiertas.

—¿Había alguien?

—El cabrón. Estaba volcado sobre el globo ese del volante, más muerto que Paquirri.

—¿Qué hiciste?

—Cagarme en todos los muertos, en su familia y en el que se había adelantado y lo había matado.

—¿Cómo sabías que estaba muerto?

—¡Coño! ¿Por qué va a ser? Porque se veía. Yo bajé de la moto y fui andando hacia el coche. Allí estaba el tío, más tieso que la mojama. No se movía. Estaba muerto.

—¿Estás seguro de lo que dices? ¿Cómo lo sabes si no lo tocaste?

—Solo hacía falta mirarlo. Sí, hombre, sí, muerto del todo estaba.

—Necesito saber si lo tocaste o no. Es muy importante.

—Sí, lo toqué

—¿Y qué hiciste?

—Como ya no podía matarlo y él me había matado a mí, y la culpa de todo la tenían los pinchazos de la puta droga, cogí un cristal del suelo y se lo clavé en el brazo. Si no lo había podido matar, al menos lo remataba y me daba el placer de hacer lo que había decidido hacer. Me quité la mala leche.

—¿Pasó algo entonces? ¿Se movió?

—¡Qué va! ¿No le digo que estaba tieso? Empezó a salir sangre, creo que mucha, que le caía por el brazo. Como ya no tenía nada más que hacer, cogí la moto y me fui.

—¿No se movió en ningún momento?

—No. Con la de veces que podía haberlo mandado a criar malvas y no lo hice, cuando me decido, llego tarde. También es mala leche.

—A ver, Manuel. Voy a darte dos noticias y te dejo tranquilo.

La primera es que cuando le clavaste el cristal, el doctor Pie estaba vivo.

El doctor murió desangrado por la herida que tú le hiciste, no por el accidente.

Es decir, que fuiste tú quien lo mató. La otra es que voy a tener que detenerte por el asesinato del doctor Pie, lo que quiere decir que cuando estés bien vas a tener que ir ante el juez y ya veremos qué pasa.

—A mí qué más me da. Para lo que me queda, poco me importa. Si lo maté, pues bien, era lo que quería. Me da usted una alegría. Un cabrón menos.

Tomás explicó al equipo médico que el paciente iba a ser detenido y que, por tanto, iba a ordenar vigilancia policial. Cuando salió del hospital, su cara reflejaba su satisfacción por haber resuelto el caso y por comprobar, una vez más, que su olfato de sabueso no fallaba.

Cogió el teléfono y llamó a la comisaría para explicarle a Lucía lo que acaba de oír sin recordar que aquel viernes ella había pedido un día libre y se había ido de viaje con sus hijos.

Pensó que no debía molestarla y que ya se lo contaría todo el lunes.

Se sentó en un banco de la calle, sacó su pequeña libreta y empezó a escribir toda la historia sin dejarse ni un detalle.