Cuatro ochos 27 – Martes, 14/12/2004 #2
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27 – Martes, 14/12/2004 #2

—No nos mienta más, por favor. Voy a decirle alguna cosa más que hemos averiguado.

Sabemos, porque lo que confesó él, que Nico la llamó por teléfono, cuando aún no había acabado la partida, para contarle que Javier había ganado.

Además, en esta llamada le dijo que tras pagar la deuda sobraría una buena cantidad de dinero, al final fueron veintidós mil euros los que ganó.

Este dinero, que se llevó en una bolsa, jamás apareció.

En el coche accidentado no había ni un euro, es decir, alguien se apoderó de él.

Hemos comprobado que, por arte de magia, pocos días después de la muerte, los problemas económicos que usted tenía, porque usted también tenía deudas, habían desaparecido.

Su cuenta bancaria creció de repente. Muy pocas personas conocían la existencia de este dinero: Nico, los mafiosos y usted.

Haga el favor de contarnos la verdad de lo que ocurrió.

Será mucho mejor porque no tiene escapatoria.

Lucía, que había carraspeado varias veces, miró a su compañero. En un momento, Tomás había atado los cabos y había soltado un farol con lo de la cuenta bancaria y las deudas. De repente, Marta explotó y empezó a llorar desconsolada. Tomás miró a su jefa esbozando una sonrisa.

—Yo no quería, yo no quería, les juro que no quería. Yo solo pretendía recuperar lo mío. Fue un accidente —fueron las únicas palabras que salieron de la boca de aquella mujer que permanecía con la cabeza entre las manos llorando sin parar.

Marta tardó un rato en serenarse y cesar en su llanto. Miró a Lucía primero y luego a Tomás.

—Les contaré lo que sé. Les aseguro que yo no quería que sucediese algo así.

Nico me llamó y me dijo que Javier había ganado la partida y que se iba a ir habiendo pagado la deuda y con una buena suma de dinero, el que había sobrado.

Como yo lo conocía y sabía que era capaz de volver a apostar, me levanté y me fui a su casa.

Unos días antes nos habíamos reunido en el bar cercano a su casa y tuvimos una pelea muy fuerte.

Yo le pedí entrar en la vivienda para llevarme todo lo que de valor hubiese allí para venderlo.

Estaba convencida de que él iba a morir.

No me importaba su final. Lo que yo pretendía era recuperar todo el dinero que me fuese posible.

Nos peleamos, tuvimos una discusión muy fuerte en el bar.

No conseguí entrar en su casa. Por esto, cuando Nico me contó lo que había sucedido, me fui a buscarlo para cobrar todo lo que me debía.

Llegué antes que él y lo esperé. Cuando vi su coche, lo seguí y, cuando se paró frente a su casa, intenté coger el dinero que llevaba en el asiento de detrás, en una bolsa.

No me dejó. Puso los seguros y sujetaba la puerta con fuerza.

Forcejeamos un poco. Yo con la moto le bloqueé la puerta del conductor.

Él, al ver mi maniobra y que no podía salir, arrancó y se metió por una carretera llena de curvas.

Iba muy deprisa. Corría como un loco. Yo lo perseguía.

Con la moto era más fácil coger las curvas que con el coche.

Intenté adelantarlo varias veces sin conseguirlo hasta que en una curva bastante cerrada logré ponerme a su lado, adelantarle y cortarle el camino.

Él hizo una maniobra brusca para evitar colisionar conmigo.

Dio un golpe de volante hacia el otro lado y se salió de la carretera sin apenas frenar.

Se estrelló contra la montaña. El coche quedó desecho, con el morro empotrado en la ladera, las luces encendidas y todas las puertas abiertas.

Me acerqué y vi su cuerpo inerte volcado sobre el airbag .

Inmóvil. El brazo le colgaba y no lo movía.

Me pareció que estaba muerto. Nunca pensé que pudiese estar vivo.

Como las puertas se habían abierto, vi la bolsa de dinero en el asiento trasero.

La cogí y me fui volando. Estaba muerta de miedo.

—¿Se bajó usted de la moto en algún momento?

—No. Me acerqué al coche montada en la moto, vi la bolsa, la cogí y me fui. Sé que miré a ambos lados para ver si alguien me había visto y, al no ver a nadie, salí de allí corriendo.

—¿Tocó usted al doctor?

—No. No me bajé de la moto. Lo vi allí quieto, sin moverse, con los brazos caídos, y creí que estaba muerto. Me asusté mucho y me largué de allí.

—¿No vio ninguna herida?

—Creo que no. No lo recuerdo.

—¿Seguro que no vio sangre en el brazo que colgaba?

—No. Ya le he dicho que no. No había heridas, no había sangre que yo recuerde.

—¿No se planteó que podía estar vivo?

—En ningún momento. Estaba convencida de que estaba muerto.

Por eso hui. Yo no quería que pasase eso.

No quería matarlo. El golpe había sido tan fuerte que no imaginé que pudiese estar vivo.

No sé qué velocidad llevábamos. Solo sé que íbamos muy deprisa.

Pensé que había muerto del choque. Solo quería mi dinero, por eso lo cogí y me fui.

Tenía miedo y temí que alguien me hubiese visto.

—¿Le ha contado lo ocurrido a alguien?

—No, hoy es la primera vez que lo cuento.

—¿A Nico tampoco?

—No, aunque imagino que él sospecha que yo tuve algo que ver con lo ocurrido porque el dinero apareció de repente. Él nunca ha preguntado nada y yo nunca he mencionado nada de todo esto. Les prometo que mi intención no era matarlo. Nunca imaginé que podía ocurrir algo así.

—Si le sirve de consuelo, él no murió del golpe. Está claro que, si usted lo hubiese ayudado, aun estando como estaba, posiblemente estaría vivo. El que usted abandonara el lugar sin hacer nada ayudó a su muerte. ¿Durante todo el tiempo no vio a nadie?

—¿Me está diciendo que no murió del golpe, que cuando me fui estaba vivo?

—Sí, así es. Insisto, ¿vio a alguien?

—No, que recuerde no. Bueno, perdone, sí que hubo una cosa que me llamó la atención.

Cuando estuve en casa de Javier me pareció ver a alguien escondido entre los matorrales, en el bosque que hay frente a la casa.

Estaba tan ofuscada en recuperar el dinero que no presté mucha atención.

Tuve la sensación de que había alguien, pero no podría asegurarlo.

También recuerdo que, cuando volvía, mientras me alejaba del accidente ya con el dinero, me crucé con una moto, no sabría decir si conducida por un hombre o una mujer, que, curiosamente, estaba parada en la calzada.

—¿Estaba lejos del accidente?

—No sabría decirle con exactitud. Yo diría a unos quinientos metros o algo más.

—¿Vio qué moto era?

—No. Iba muy deprisa. Estaba muy oscuro y, además, apagué mis luces para tratar de pasar sin que pudiese ver la matrícula.

—Muy bien. Yo creo que por hoy tenemos bastante —dijo el sargento mirando a su jefa, que asentía con la cabeza—. Las cosas empiezan a estar más claras. Va a tener que llamar a un abogado. Vamos a detenerla. Debe explicarle muchas cosas al juez.

Tomás llamó a Albanell, quien le leyó sus derechos a la detenida, la esposó y se la llevó.