27 – Martes, 14/12/2004
A las diez y unos minutos, Albanell pedía permiso para entrar en el despacho de la inspectora Serra acompañado de Marta.
—Buenos días —dijo Lucía tendiendo la mano a la recién llegada—. Supongo que usted es Marta Vílchez. Gracias, Albanell, puede seguir con su trabajo. Soy la inspectora Lucía Serra y este es mi compañero, el sargento Simón. Siéntese, por favor.
—Buenos días. Sí, soy Marta Vílchez. Supongo que me han llamado por la muerte de Javier Pie.
—Efectivamente. Sabemos que tuvo usted una relación con él y, lógicamente, deseábamos conocer lo que nos pueda contar.
—No sé si les podré ayudar mucho. Sé que murió a causa de un accidente y supongo que por eso están investigando, pero yo nada tuve que ver. Hace ya mucho que me separé de él.
—Supone bien, salvo por un detalle importante. El doctor Pie no murió en un accidente, sino que fue asesinado— dijo Tomás—. A estas alturas usted ya debe saberlo, puesto que hemos hablado con el señor Barnils, su actual pareja, según tenemos entendido, y es de imaginar que él ya se lo ha contado.
—Sí. Tiene usted razón. Nico me ha contado lo del asesinato. Como supe que hubo un accidente de coche, en un principio pensé que había muerto por esto. Nico me explicó tras hablar con ustedes lo del asesinato. ¿Qué pasó?
—Lo siento. Esto no va así, señora Vílchez. Quien debe explicar lo que pasó es usted —dijo Tomás mirándola a los ojos con semblante muy serio.
—Mire, Marta, ¿me permite que la llame así? —intervino Lucía, y su interlocutora asintió con la cabeza—. Nosotros queremos saber todo lo que usted pueda contarnos de su relación con el doctor Pie. ¿Cómo se conocieron?
—Javier empezó a frecuentar la biblioteca con la excusa de hacer una búsqueda bibliográfica sobre una enzima y me enamoré de él.
En aquella época yo estaba ayudando a un compañero suyo, el doctor Torres, con una lista de trabajos científicos útiles para una tesis doctoral curiosamente relacionada con esta enzima.
Él apareció por allí interesado por el mismo tema, me pidió ayuda, nos conocimos y, como ya le he dicho, me enamoré perdidamente.
Tuve una relación intensa creyendo que él era sincero conmigo.
La realidad me demostró que no me quería.
Me engañó y me convenció para que le pasase el trabajo había hecho con el doctor Torres y yo caí en su treta.
Cometí el gran error de darle los trabajos que su compañero ya había seleccionado, clasificado y comentado y, con ello, le robó la tesis.
No pretendo buscar excusas. Sé que la culpa fue mía y que falté a mi deber y actué en contra de cualquier consideración ética.
Lo que hice acabó por costarme el trabajo.
Estaba muy enamorada de él y convencida de que él también de mí.
Sé que esto no justifica lo que hice, pero era así.
En aquel momento yo desconocía que él tenía otra relación.
Al final, cuando obtuvo lo que buscaba, se deshizo de mí de malas maneras, sin explicaciones y con muy poco tacto.
Me atrevería a decir que me trató como a un trapo sucio, como a una fulana.
Me convertí en un estorbo para sus planes.
Dejó de verme y de hablarme y me mandó a la mierda.
Me arruinó la vida, pues, además de romperme el corazón, perdí mi puesto de trabajo y la posibilidad de encontrar otro empleo.
—Debió pasarlo muy mal —comentó Lucía.
—Sí. Estuve llorando, desesperada, perdida, durante unos meses, pues no sabía qué hacer.
Su menosprecio ayudó a mi hundimiento como persona y afectó gravemente a mi autoestima.
Busqué sin éxito trabajo en otros sitios.
Mientras esto ocurría me enteré de que estaba embarazada.
Era lo que me faltaba. Aquel hombre me había destrozado.
—No toda la culpa era de él, ¿no? Usted también hizo lo suyo —dijo Lucía.
—Evidentemente. No pretendo eludir mi responsabilidad en nada. Mi queja, mi rabia, mi rencor, fueron consecuencia de cómo me abandonó, cómo me trató como persona. Se aprovechó de mí y luego me tiró como un objeto viejo y usado.
—Vaya, que durante un tiempo le tenía usted cariño y luego lo odió y le deseó lo peor. Uno más que añadir a la lista. ¿Qué más pasó? —intervino Tomás.
—Poco tiempo después de acabada la relación supe que estaba embarazada.
Yo soy antiabortista, así que decidí tener el bebé.
Al principio no le quería decir nada. No quería saber nada de él.
Mi familia y mis amigos me hicieron comprender que él no podía eludir su responsabilidad y como mínimo tenía que saberlo.
El niño tenía derecho a saber quién era su padre, aunque fuese un cabrón.
Yo, además, en aquella época necesitaba dinero.
Iba a ser madre soltera y no tenía trabajo, así que entre una cosa y otra decidí hablar con él, a pesar de las pocas ganas que tenía de hacerlo.
La verdad es que me sorprendió y me dijo que reconocería al niño y, sin que yo se lo pidiese, añadió que me ayudaría económicamente.
Me dijo que en sus circunstancias no se veía capaz de criar a un niño, pero que me ayudaría en todo lo posible.
Cumplió su palabra. El niño lleva su apellido y durante bastante tiempo me pasó una pensión.
Todo acabó cuando, como consecuencia del juego, empezó a acumular deudas, se quedó sin dinero y dejó de pagarme lo que había prometido.
—¿Cómo sabe usted que era consecuencia del juego? —preguntó Lucía.
—Porque Nico me lo contó.
—A propósito, ¿qué tiene que ver el señor Barnils en todo esto?
—Javier me pagaba la pensión en negro la mayoría de las veces. Yo iba donde él me decía y allí me daba la pasta. En una de estas citas conocí a Nico. Nos enrollamos, nos enamoramos y empezamos a salir.
—¿Vive usted con él? —siguió preguntando Lucía.
—No exactamente. Aunque está muchas veces en mi casa, conoce a mi hijo, lo trata como si fuese suyo, salimos los fines de semana, en fin, hacemos vida de pareja, él aún vive en su casa, ya que allí tiene su negocio.
Además, por su trabajo tiene que salir muchas noches y a veces acaba muy tarde.
Es más cómodo para todos que siga en su casa.
Viene con frecuencia a la mía, pero no cada día.
—Conocemos lo que usted llama su negocio. ¿Cuánto dinero le debía el doctor Pie? —preguntó Tomás.
—Algo más de seis mil euros. Llevaba ya unos meses sin darme nada.
—¿Usted se lo había reclamado?
—Sí, muchas veces, y siempre sin éxito.
—¿Conocía toda la movida de la partida de cartas y la amenaza de muerte? —continuó preguntando Tomás.
—Pues claro. Nico también estaba amenazado.
—¿Y ahora cómo diría que se encuentra usted?
—Ahora estoy bien. Después del susto, de lo que podía haber ocurrido, estoy de maravilla.
—¿Trabaja en la actualidad? —Tomás enlazaba las preguntas con mucha rapidez, casi sin darle tiempo a responder, sin dejarle espacio para pensar.
—Un poco. Quiero decir que, de forma fija, hago de canguro de una niña y gano algo de dinero. Tengo un pequeño sueldo.
—¿Cuántas horas trabaja?
—Unas veinte a la semana. A veces más y a veces menos.
—Esto es muy poco dinero, ¿no?
—No es mucho, no. Nico contribuye con los gastos de la casa y del niño.
—¿Tiene usted coche?
—No. Me desplazo en moto. Para ir por Barcelona es más cómodo.
—¿Es una moto pequeña?
—No. Es una moto de verdad, una Ducati 250.
—Cuénteme que pasó el día de la última partida.
—Imagínese qué día. Como puede suponer, yo tenía los nervios a flor de piel. La vida de Nico peligraba si Javier perdía. En cambio, si ganaba, aparte de que el peligro de muerte se desvanecía, yo podría recuperar mi dinero.
—¿Cómo se enteró de que el doctor Pie había ganado?
Marta se iba poniendo cada vez más nerviosa. Las preguntas que le hacía Tomás parecían balas de una ametralladora y, además, tenía su cuerpo casi encima de ella, con cara de pocos amigos y su mirada clavada en la suya.
A Marta le costaba soltar las palabras, dudaba, se atropellaba, mientras sus movimientos denotaban lo mal que lo estaba pasando.
—Porque Nico me lo contó cuando llegó. Yo le había pedido que me contase el resultado en cuanto lo supiese, y eso hizo. Mi idea era la de cobrar cuanto antes para evitar que se lo volviese a jugar o que pagase otras deudas antes que la mía.
—¿Está usted segura de lo que dice? —inquirió Tomás, alzando el tono de voz—. Nico nos ha dicho que aquel día no fue a su casa a dormir, que se quedó en la de él.
—Puede ser que me llamase por teléfono. No lo recuerdo bien.
—De acuerdo. ¿Qué hizo cuando se enteró por teléfono que Javier había ganado? Porque fue así, ¿no?
—Sí, fue así. ¿Qué iba a hacer? Nada. Me dormí y pensé en ir a verlo al día siguiente, nada más levantarme.
—Vamos a ver. Procure no mentirnos más porque va a ser peor para usted —dijo Tomás, acercando la cara de forma amenazante a la de ella—. ¿No será que usted se fue a Vallvidrera con la intención de cobrar su deuda esa misma noche?
—No, no, yo me quedé durmiendo.
—A pesar de que Nico había salvado la vida y de que usted podría cobrar su deuda, a pesar de todo esto, ¿se durmió?
Le recuerdo que acaba de mentirnos haciendo ver que no sabía que lo habían asesinado y con lo del teléfono y ahora ¿pretende que la creamos?
Se está usted metiendo en un buen berenjenal, así que será mejor que nos diga la verdad.
Marta había llegado al límite. Sabía que se había equivocado y que la habían pillado en el error. No sabía cómo ponerse ni cómo salir del lío en el que estaba.
—Sí. Fue así —dijo con voz temblorosa.