Cuatro ochos 26 – La partida #4
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26 – La partida #4

Como no le bastaba quedar a la par o ganar poco, cuando la partida llevaba ya tres horas, se dispuso a arriesgar.

Con un trío de dieces pilló a un contrincante en un farol y aquella mano le supuso una ganancia de ochenta mil euros.

A partir de aquel momento el destino empezó a sonreírle y ganó varias manos, lo que, aun sin ser suficiente, le permitió gozar de cuantiosos beneficios.

Se fue envalentonando y aumentando las apuestas.

Nico, que observaba sin caber en su propia piel, empezó a ponerse muy nervioso.

Le dolía el estómago, tenía ganas de vomitar, iba a orinar continuamente.

Javier perdió dos manos seguidas, con lo que sus ganancias quedaron reducidas a noventa mil euros, cantidad insuficiente.

La última mano empezó hacia las tres y cincuenta de la mañana, ya que, las normas, que no siempre se cumplían, aconsejaban que a las cuatro el juego debía terminar.

Javier cogió sus cartas; tenía tres ochos.

Cambió dos cartas y cuando las recogió vio que el milagro era posible.

Con un póker de ochos en la mano, se enfrentó sin saberlo, pero sintiéndose salvado, a un jugador que tenía un full de reyes y que estaba convencido de ganar.

Javier apostó fuerte; su contrincante replicó y subió la cantidad.

Él aprovechó para aumentarla aún más y el otro hizo lo mismo.

Hasta en cinco ocasiones aumentaron, ora uno, ora el otro, lo apostado.

La tensión se transmitió al ambiente y a todos los presentes.

Antes de cada apuesta se hacía un silencio enorme.

Javier simulaba no saber qué hacer para aumentar la cantidad apostada.

Su contrincante se quedaba pensativo un rato hasta que igualaba y aumentaba la puja, convencido de su victoria, con la consiguiente satisfacción de Javier, que replicaba una y otra vez.

En la mesa había doscientos cincuenta mil euros cuando ambos enseñaron las cartas.

Javier superó con su póker de ochos el full de su oponente y, aunque trató de disimularlo, explotó de alegría.

Su corazón empezó a latir muy rápido y muy fuerte.

Tuvo que contenerse. Nico, que hasta entonces había tenido el alma en vilo, enloqueció de tal forma que se fue al baño para que nadie viese su expresión de júbilo. Lo primero que hizo fue llamar a Marta.

—Cariño, Javier está ganando, más de doscientos mil euros. ¡Estamos salvados!

—No me lo creo. ¡Qué alegría! ¿Falta mucho para acabar? ¿Cuánto ha ganado? —preguntó ella.

—Ya te lo he dicho. Falta muy poco. Ya son las cuatro y veinte. Creo que acabará ganando unos doscientos veinte mil, más o menos.

—O sea, que tiene para saldar la deuda y para pagarme lo que me debe. Un beso muy fuerte. Me voy a cobrar. —Y colgó el teléfono.

Nico volvió a la sala y esperó con ansiedad a que la partida acabase definitivamente. Confiaba en que, durante el tiempo de juego que quedaba, Javier mantuviese una actitud conservadora, como así fue, y finalizase con ganancias suficientes para saldar la deuda.

Concluida la partida, el grupo de matones se acercó a Javier con una sonrisa en los labios.

—De buena te has librado, cabrón —le dijo el que parecía mandar sobre los demás.

—¿Solo yo? Vosotros también habéis salido ganando. Si hubiese perdido, a lo mejor me hubieseis matado, pero no habríais cobrado.

—Eso es lo que tú te crees. Nosotros siempre acabamos cobrando. Hay muchas maneras de hacerlo y matarte no era nuestro primer objetivo. ¿Conoces a Alicia?

Javier palideció al oír estas palabras. Por primera vez se dio cuenta de que, posiblemente, había salvado algo más importante que su vida.

—Como no ha sido así, mejor lo olvidamos —respondió.

—De acuerdo —le contestó el matón con una leve sonrisa—. Ve con mucho cuidado porque te vas a llevar mucho dinero. ¿Necesitas protección?

—No, gracias.

—Vale pues. Hasta la próxima.

Cuando el último de aquellos mafiosos abandonó el lugar, los dos compañeros pudieron desatar su alegría. Se abrazaron, gritaron, descargaron toda la adrenalina que habían estado acumulando.

—Al final, ¿cuánto he ganado exactamente? —preguntó Javier.

—Doscientos dieciséis mil —respondió Nico—. Es decir, que una vez pagados los dos mil que me debes de gastos y la deuda, te quedan veintidós mil.

—Te había prometido que la suerte iba a cambiar y así ha sido. Tienes que invitarme a más partidas. Verás como todo será diferente. Voy a ganar en el casino y en las timbas también.

—Por favor, guarda el dinero y deja de apostar. Hoy ha habido suerte, toda la del mundo, no la tientes otra vez. ¿No te das cuenta de que por culpa del juego has estado al borde de la muerte? Y no solo eso, porque la referencia a tu hija me ha puesto la piel de gallina.

—Tú lo has dicho. Tienes razón. Me he jugado la vida y ha salido bien. Hasta ahora era una cosa, y ahora es otra. Es el momento de hacerse rico.

Consciente de que no conseguiría convencerlo, Nico cobró lo que le correspondía, le dio el resto a su compañero y se despidió.

Exultante de felicidad, Javier salió de casa de Nico con una bolsa con el dinero sobrante tras el pago de las deudas y la colocó en el asiento trasero.

Llevaba la radio del coche con el volumen muy alto e iba cantando las canciones de moda, como Mambo Number Five, La Lola, Diecinueve días y quinientas noche s y otras, a grito pelado, como si intentase quedarse afónico.

Sus gritos eran tan potentes que sofocaban las voces de los cantantes.