26 – La partida #3
—Claro que podrías pactar. Por ejemplo, puedes proponerles devolver el resto aumentando el porcentaje de lo que se llevan o pedir más tiempo para devolverlo, no sé, eso ya es cosa tuya.
—Esta es una solución que podría plantearse si yo tuviera ciento veinte mil euros. Da la casualidad de que no los tengo.
—Lo sé, y ahí empieza mi propuesta. Me apuntas a la próxima partida. Si gano, todo estará resuelto; si no todo, casi todo. Solo dependerá de lo que gane.
—¿Y si pierdes? Los dos al hoyo.
—Si pierdo, a mí me matarán. Entonces, tú te convertirás en el propietario de mi casa, la vendes y utilizas el dinero para negociar.
—¿Tu casa de Vallvidrera?
—Sí. La he hecho tasar y la valoran en unos ciento cincuenta mil euros, lo que quiere decir que por ciento veinte mil se venderá pronto.
Es evidente que muerto ya no la necesitaré y tú podrás devolver una parte de la deuda y negociar con ellos la forma en que devuelves el resto.
En el fondo, a ti te necesitan y ellos lo que quieren es cobrar.
No ganan nada matándote. En mi caso, si vendo la casa ahora, no sabré dónde ir y no tengo nada más para negociar.
Tú tienes cosas que les interesan. Puedes ganar tiempo haciendo valer tu posición.
—Esto es muy arriesgado. No sé qué decirte.
—¿Tienes otra solución? Si conoces otra forma de arreglarlo, dímelo.
Si no pago, soy hombre muerto, así que esta es mi única salida y posiblemente la tuya.
No olvides que, si gano, lo arreglamos todo, y te advierto que esta vez ganaré.
En la última partida tuve mala suerte y perdí dos manos por cartas pésimas.
No volverá a ocurrir porque esta vez la suerte estará de mi lado, ya lo verás.
Ya sabes que en esto del juego acaba habiendo equilibrio y a mí ahora me toca ganar, no lo dudes.
—Hablas como todos los ludópatas. Siempre pensáis que la suerte va a cambiar y que al final ganaréis y, por desgracia, no es así.
—Estoy convencido de que ganaré, ya lo verás.
—De todas maneras, tienes razón. Pocas salidas más tenemos. No quiero ni pensar lo que nos puede ocurrir si pierdes.
—No perderé. Recuperaré lo que debemos. Seguro.
—Mira, yo estoy muy nervioso. Déjame pensarlo y lo volvemos a hablar mañana.
La propuesta de su amigo había dejado a Nico descolocado.
Pasó la noche en vela con Marta, que, además de estar tan nerviosa como él, estaba corroída por la rabia de saber que podía quedarse sin recuperar su dinero.
Repasaron una y otra vez la lista de las personas a las que podían pedir ayuda y no encontraron ninguna nueva.
Todas ya les habían dicho que no o les habían ofrecido cantidades insuficientes. Al final ella le dijo:
—Si lo matan, que se joda. Es un cabrón y se lo merece.
Tú procura pactar con ellos. Te quedas con su casa, pagas una parte de la deuda y consigues ganar tiempo.
Si no hay otra solución, pues lo siento.
A mí me debe mucho dinero, bueno, mucho para mí, nada que ver con lo que debe.
Me corroe la idea de no cobrar, así que iré a su casa y me llevaré cualquier cosa que pueda vender.
Ya se lo dije el otro día cuando fui a verlo para reclamar lo mío, y estuvimos discutiendo .
¡Ah!, que no se te olvide llamarme si gana.
Pienso ir a recuperar lo mío a la hora que sea y donde sea.
Este tío me ha jodido la vida y es capaz de jodérmela aún muerto, así que, si gana, voy a sacarle todo el dinero que pueda.
Tras oír las palabras de Marta y sintiéndose acorralado, sin salida, Nico decidió aceptar la propuesta de su amigo.
—Hola, Javier. He estado meditando y he llegado a la conclusión de que tu proposición es la única manera de escapar que tenemos. No sé si has pensado lo que te puede pasar si pierdes. Tengo muchas dudas de poder escabullirme del castigo, pero a lo mejor puedo intentarlo. Tú no creo que puedas.
—Lo sé, sé de sobra lo que me juego. Estoy convencido de que, si no hago algo, mis días están contados, así que tengo que intentarlo. No pasará nada porque voy a ganar. La suerte estará de mi lado, ya lo verás.
—Yo te daré las fichas. Tú deberás hacer ver que tienes dinero con que respaldarlas, ya que no vamos a conseguir más préstamos.
—Ya me lo imagino. Como en el caso de que pierda me van a matar, si pierdo, que se jodan.
—La partida será en cuarenta y ocho horas, el jueves 21. Viene gente de mucho dinero. Te espero a la hora de siempre y que sea lo que Dios quiera.
—El jueves estaré allí con los papeles de la casa arreglados para que pase a ser tuya si hace falta. Ganaré, no lo dudes.
Llegó a casa de Nico aparentemente tranquilo.
Sabía lo que se jugaba. Con la absoluta confianza de que la fortuna estaría de su lado, se sentó en la mesa donde sus contrincantes, menos uno, estaban esperando mientras tomaban unas copas.
El último jugador apareció poco después con un vasito de orujo en la mano y aires de superioridad y mirando uno por uno a todos los demás.
Javier pensó que era una táctica para tratar de ponerlos nerviosos, hecho que con él no servía, ya que su partida era a vida o muerte y peor no podía estar.
Nico, que lejos de la mesa observaba todos los movimientos, estaba pálido, tembloroso.
No conseguía estar quieto e iba de un lugar a otro.
El juego transcurrió, como suele ser habitual, con altibajos en las ganancias y las pérdidas. Javier empezó exponiéndose poco, manteniéndose con ganancias muy discretas. Observaba, estudiaba, analizaba las estrategias de los demás y prefería esperar su oportunidad.