Cuatro ochos 26 – La partida #2
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26 – La partida #2

—¡Basta ya! Sabía que eras un cabrón y aun así he venido a explicártelo.

No voy a tolerar más impertinencias ni más investigaciones.

Te guste o no, es tuyo. A partir de aquí, haz lo que quieras.

Debes saber que, como consecuencia de lo que me hiciste hacer, me quedé sin trabajo y ahora, además, en este estado nadie me contrata.

Debes saber que el niño no tiene la culpa de tener el padre que tiene y que, si tú no quieres, él nunca te llegará a conocer.

Creo que te lo tenía que decir por él, solo por él.

A mí no me importa lo que hagas, allá tú con tu conciencia.

—No, Marta, no. No soy tan malo como te crees. Me has cogido de sorpresa. Cuando nazca lo reconoceré, le daré mis apellidos y te ayudaré a cuidarlo. Te prometo que te ayudaré en la crianza. Déjame un poco de tiempo para digerirlo y reflexionar y nos volvemos a ver para sellar un compromiso.

—De acuerdo. Quedamos otro día y hablamos —contestó ella, que había arrancado a llorar.

Javier volvió a la mesa donde estaba Nico esperando.

—¿Quién era esta chica tan guapa?

—Una antigua amiga.

—¿Problemas?

—Sí, y además inesperados. Creo que voy a necesitar más dinero.

Marta y Javier se encontraron en varias ocasiones para concretar un pacto. Bruno, que así se llamó el niño, nació sin problemas. Su padre cumplió su palabra y el niño llevó su apellido. Desde aquel día, Marta recibió una pensión mensual bastante generosa.

Un día, semanas después del nacimiento, Marta le pidió hablar, y él, que quería evitar una reconciliación, la citó a propósito en el restaurante donde cenaba con Nico para no estar solos.

Marta acudió a la cita mientras cenaban.

Estaba muy guapa. Vestía de rojo con un enorme escote que insinuaba unos pechos generosos.

Había adelgazado, lo que, unido a unos zapatos de tacón alto, le conferían una figura muy esbelta.

Nico solo la había visto en una ocasión y no había reparado en los preciosos ojos ni en los labios carnosos, ahora pintados de rojo carmín, de la chica.

Quedó prendado de ella. En cuanto acabaron de cenar se las arregló para acompañar a Marta a su casa.

Nico la invitó a tomar la última copa en su piso y ella aceptó. Entraron ansiosos de sexo. Él la besó una y otra vez y ella le respondió. Aquella noche iniciaron su relación de pareja.

Javier era conocedor de lo que ocurría porque ellos no se escondían y Nico se lo contó.

Se enamoraron. No vivían juntos porque Marta creía que, por la estabilidad del niño, era mejor mantener aquella situación, ya que Nico usaba su piso como lugar para los negocios y llevaba una vida con horarios muy desordenados.

Por su parte, él estaba satisfecho con el planteamiento.

En sus planes no entraba, en aquel momento, ocuparse de la educación y la crianza de un niño, pese a que, sin darse cuenta, lo estaba haciendo.

Además, esa situación les permitía que Javier no los viera como una verdadera pareja y siguiera pasando la pensión de su hijo.

A pesar de que desconocía verdadero vínculo de amor y de pareja que ellos mantenían, a él no le parecía mal que saliesen.

Seguía cenando, al menos una vez por semana, con Nico.

Con él frecuentaba casinos y salas de juego y apostaba sin control.

Poco a poco, se iba convirtiendo en un verdadero ludópata.

Empezó a pedir créditos, a endeudarse y a ahogarse económicamente.

Descubrió que el negocio de su amigo no era la compraventa de embarcaciones de lujo, sino la organización de partidas de póker en las que se apostaban grandes sumas de dinero y que se jugaban en su piso.

Nico se embolsaba un buen porcentaje de las ganancias, además de cobrar el alquiler de la casa y las consumiciones y gastos de otro tipo que se producían.

Supo también que, por seguridad, estaba relacionado con un grupo de matones, organizados, muy violentos, es decir, una pequeña mafia, que le servía de protección en caso de altercados e impagos.

Javier había pedido dinero a todo el que conocía: amigos, bancos, prestamistas, compañeros, etc.

Tan pronto como lo recibía, lo apostaba y casi siempre lo perdía.

El ahogo financiero hizo que fuese disminuyendo la ayuda que daba a Marta para la crianza de su hijo hasta que llegó un momento en que dejó de ingresarle nada.

Ella estaba enfurecida, pues sabía por Nico que quemaba el dinero en el juego.

La desesperación de Javier llegó a tal punto que un día pidió a su amigo que lo dejase participar en una de las timbas de póker que organizaba.

—Yo soy un buen jugador y, si como dices, en estas partidas se juega mucho dinero, seguro que podré recuperarme.

—No seas iluso. Solo conseguirás hundirte más y esta gente que viene a casa no está para monsergas. ¿Por qué te crees que yo pago una protección? Cualquiera de los que viene a jugar es capaz de matar por dinero. ¿Qué te crees que pasará si pierdes?

—Algunos pierden, lo que quiere decir que otros ganan.

Se juega con fichas, ¿no? Pues tú me das las fichas y yo te las pago luego con lo que gane.

Debo mucho dinero. He tenido que vender mi piso e irme a casa de mi abuela en Vallvidrera, hace tiempo que no le paso la pensión a Marta.

Estoy desesperado. No tengo otra salida. Ayúdame, por favor.

Nico puso toda clase de trabas y excusas para disuadirlo, sin conseguirlo.

Por precaución, habló con su pequeño grupo de mafiosos y estos aceptaron cubrir las pérdidas, si se producían, durante dos meses y con un interés del veinte por ciento.

Con esto, Nico acabó por acceder a la petición de Javier y una noche le dejó participar en una de las timbas.

Tuvo el corazón encogido durante toda la partida, pues sabía lo que ponía en riesgo.

Javier, por el contrario, parecía ser un inconsciente y jugaba como siempre.

Tal como era de prever, comenzó ganando, se envalentonó y empezó a apostar fuerte.

En las últimas partidas forzó la máquina, trató de recuperar subiendo las apuestas, pero lo pillaron en dos faroles y acabó perdiendo ciento sesenta mil euros, que sumados a los treinta y dos mil del veinte por ciento que le exigían los prestamistas representaban una deuda de ciento noventa y dos mil a la banda de gánsteres que colaboraba con Nico.

Una vez acabada la partida, justo en el momento de salir, uno de los matones, pese al esfuerzo de Nico para evitarlo, lo cogió por la camisa, lo empujó contra la pared y le dijo:

—Nos debes ciento noventa y dos mil euros.

Tienes dos meses para devolverlo. Si no lo haces, vas a tener que atenerte a las consecuencias.

Y tú —dijo dirigiéndose a Nico— estás en su mismo equipo.

Le dejamos el dinero porque tú nos lo pediste, así que o paga él o pagas tú.

Si no lo hacéis, las mismas consecuencias serán para uno y para el otro.

Los días pasaron y Javier no tenía de donde sacar el dinero.

El plazo se estaba agotando y no encontraba solución.

Por si fuese poco, Marta, que conocía la situación, le presionaba para recuperar lo que le debía, algo más de seis mil euros.

Él había pedido, sin éxito, ayuda económica a todo el que podía.

Lo único que le quedaba era la vieja casa en la que vivía, cuya venta tampoco alcanzaba para saldar la deuda.

Tenía claro que, si no conseguía ofrecer una alternativa, aquellos matones cumplirían su sentencia.

Su muerte no les aportaba ningún beneficio, salvo el de servir de ejemplo y aviso para otros deudores.

En realidad, lo que ellos pretendían era cobrar.

Estaba convencido de que su única salvación pasaba por presentar alguna propuesta que permitiese que sus acreedores atisbaran la posibilidad de saldar la deuda o gran parte de ella.

Tras mucho cavilar creyó haber encontrado una única posibilidad de devolver todo lo que debía.

Era una idea descabellada, difícil de conseguir y que, además, requería la colaboración de Nico.

Este también estaba desquiciado por las circunstancias y se aferraba al hecho de que podía dar su piso como garantía a pesar de que debía una gran hipoteca, y a que las timbas, que proporcionaban unos pingües beneficios a los matones, se celebraban en su casa y con gente que él reclutaba.

A pesar de que se sabía prescindible, en caso de necesidad alguna posibilidad de negociar tendría.

Valorando y teniendo en cuenta todos los aspectos de la tesitura por la que estaban pasando, Javier se fue a ver a su compañero de deuda y le hizo una propuesta.

—Mira, Nico, yo, si no encuentro una solución rápida, soy hombre muerto.

A mí no me necesitan para nada y si me matan lo harían como muestra de lo que les ocurrirá a los que no paguen sus deudas.

No es tu caso. Ya sé que me escribiste hace pocos días, desesperado como yo, exigiéndome, porque el plazo se acaba, que te pague un dinero que no sé de dónde sacar.

Solo me queda una salida que, además, puede servir para que tú te libres del castigo.

—No digas eso. Yo estoy tan perdido como tú. Mi piso no bastará para cubrir la deuda porque está hipotecado.

—Tienes razón, pero hay varias cosas que tener en cuenta.

A ti te necesitan porque eres quien recluta a los jugadores.

No les va a ser fácil encontrar otro como tú.

Además, las partidas se juegan en tu casa y ellos necesitan un lugar como el que les ofreces.

En consecuencia, por poco que les des, es muy posible que se avengan a negociar.

—Es cierto. Esto también lo he pensado yo. ¿Y que les voy a dar?

—Una parte de la deuda.

—No tengo dinero para eso.

—Imagínate que tuvieses ciento veinte mil euros para darles. ¿Tú crees que podrías negociar con ellos?

—No lo sé. Es muy posible que ganase tiempo. A lo mejor sí que podría.