26 – La partida
El robo de la tesis de Román seguido de la separación de Clara provocó cambios importantes en la vida del doctor Pie.
En el hospital Vall d’Hebrón, el conocimiento de lo ocurrido con la tesis de Javier dio lugar a una importante división de opiniones sobre el tema.
Unos, sobre todo los que solo conocían su versión, creían que había actuado correctamente.
Otros, sabedores de la versión de Román, opinaban que lo que había hecho Javier no tenía nombre, que era una infamia y una falta de ética.
A pesar de ello, la situación no afectó al trabajo del equipo, por lo que Miranda, el jefe del servicio, no tuvo que intervenir en ningún momento.
La dirección hospitalaria investigó los hechos, tras lo cual se consideró que la actitud de la bibliotecaria no había sido correcta.
Para ellos, Marta había tenido una actuación inmoral, fuera de todas las normas éticas e indigna del puesto de trabajo que ocupaba, por lo que la llamó el jefe de personal, quien, sin ofrecerle la oportunidad de justificarse, explicarse o defenderse, se limitó a darle la hoja de despido y el finiquito.
De hecho, no la dejó ni sentarse cuando la destituyó.
Marta salió de allí destrozada moralmente.
Se había sentido tratada como una delincuente.
Sabía, además, que le costaría encontrar un nuevo trabajo, muy posiblemente nunca más sería bibliotecaria de un hospital.
Por si fuese poco, todo lo sucedido puso en su conocimiento la relación entre Clara y Javier, hecho que ella, hasta entonces, desconocía.
Todo esto le hizo tomar la decisión más dura: acabar con su relación.
Le costó porque estaba locamente enamorada; sin embargo, se dio cuenta de que había sido engañada, manipulada y utilizada para un objetivo innoble que le había costado el trabajo y que afectaría a su futuro.
Su sentimiento de amor empezaba a transformarse en odio.
El mismo día que la echaron del hospital apareció en casa de Javier y le dijo, a gritos, todo lo malo que se le ocurrió.
Le explicó que ella había hecho todo aquello por amor y que, a cambio, solo había obtenido engaño, desprecio y vergüenza.
Lo insultó, lo increpó, lloró sin llegar a perder la compostura y acabó marchándose, cerrando la puerta con un fuerte golpe y gritando que no quería volver a verlo.
Por su parte, él, a pesar de que había conseguido aquello que pretendía, no se sentía a gusto.
No estaba tan feliz como pensaba que estaría tras obtener el título de doctor.
En el hospital se sentía juzgado, notaba que el trato con algunos compañeros ya no era el mismo, y esto lo hacía estar nervioso e incómodo en su trabajo.
Además, que Clara hubiese cortado la relación y la forma en que lo había hecho le hacía sentir mal.
Se daba cuenta de que la quería más de lo que imaginaba.
Tenerla sin compromisos, sin ataduras, le había hecho obviar que la necesitaba.
A él, la situación que habían vivido le iba bien.
Tenía claro que en la cama no había otra como ella.
Había estado con muchas mujeres y ninguna había conseguido superar el placer, la comunión entre cuerpos, el deseo que había experimentado con ella.
Todo esto le había provocado un importante estado de tristeza, de pérdida, de soledad.
Seguía sin arrepentirse de nada, pero no lo disfrutaba como se había creído que ocurriría.
En cuanto a Marta, aprovechó el último día, cuando ella fue a su casa para romper la relación, para decirle que nunca la había querido y le dejó claro que se había aprovechado de ella.
Le confesó que, cuando le pidió que le pasase los trabajos seleccionados por Román, estaba convencido de que ella no iba a ser capaz de hacerlo.
Su actitud y la entrega de los documentos le habían demostrado qué tipo de persona era.
La trató como poco profesional, carente de ética y con una moral más que discutible.
La despidió de su casa con malos modales.
—Alguien con algo de dignidad y ética profesional jamás se hubiese prestado a hacer lo que hiciste —fueron sus últimas palabras al despedirla.
Un día, harto de estar solo, salió a cenar con la intención de darse un homenaje.
Fue al restaurante Vía Veneto, establecimiento conocido por su decoración modernista y por poseer una estrella Michelin, donde dio cuenta del menú degustación, con maridaje, rodeado de profesionales que supieron acompañarlo en su soledad.
Luego, decidió ir a tomar una copa en una coctelería de moda de la calle Tuset.
El lugar, amenizado con música jazz en directo, estaba decorado como una taberna de San Francisco. Se sentó en la barra y pidió un Lagavulin, un whisky de malta escocés de dieciséis años.
—¿Tú no eres Javier Pie? —le dijo un hombre de su edad, elegantemente vestido y oliendo a Eau Sauvage de forma exagerada.
—Sí. ¿Y usted es…? —respondió Javier, sorprendido al no reconocer a quien le hablaba.
—Soy Nico, Nico Barnils. ¿No te acuerdas de mí? Hace años que no nos veíamos.
—Hombre, ahora sí. Entre la poca luz, que estaba distraído y el tiempo que hace que no nos veíamos, de entrada, no te he reconocido.
—Añade lo cambiados que estamos, que los años no pasan en balde.
—No creo que hayas cambiado tanto. Tengo que confesar que estoy buscando excusas por no haberte reconocido a la primera.
Tienes muy buen aspecto. No esperaba encontrarte aquí.
¿Cómo te va todo? ¿Qué es de tu vida? ¿A qué te dedicas?
Perdona, que te estoy avasallando. No sé si estás con compañía o esperas a alguien y te estoy molestando. Perdona.
—No te preocupes. En realidad, he sido yo quien te ha abordado, así que la culpa es mía.
Tengo aquel tío de allí —dijo mientras discretamente señalaba a un hombre calvo, bien vestido, con aspecto de proceder del Este de Europa, sentado en una mesa y sorbiendo algo que Javier no supo reconocer— esperándome.
Voy a hacer un negocio importante y no me puedo entretener.
Me gustaría volver a verte y recordar viejos tiempos, cuando éramos más jóvenes y hacíamos tropelías.
Te doy mi tarjeta. Dame tu teléfono y te llamaré.
Puede ser cualquier noche o cualquier mediodía, y vamos a comer o a cenar. Tú decides.
—A la hora de comer acostumbro a estar trabajando en el hospital, así que mejor cualquier noche.
—Es cierto. Había olvidado que eres médico. Te llamaré la semana que viene y vamos a cenar y a ponernos al día.
—De acuerdo.
Nico cumplió su promesa y a los seis días lo llamó y fueron a cenar.
No pararon de hablar recordando los viejos tiempos y contándose el uno al otro sus diferentes caminos y sus vivencias personales.
Supo que Nico no había acabado sus estudios de económicas y se había dedicado a la compraventa de barcos de lujo.
Este era un tema que seguramente conocía bien, pues era hijo de una familia adinerada de Barcelona y siempre se había movido por este mundillo de ricachones, pensó Javier.
La vida de Nico transcurría, según contaba él mismo, sobre todo por la noche.
Se movía por restaurantes caros, clubs, coctelerías de moda y casinos, que eran los lugares donde le era más fácil encontrar clientes.
Mientras contaba su vida, Nico recordó cómo, de jóvenes, frecuentaban lugares parecidos, mucho más humildes que los actuales, y la afición que durante una época tuvieron en acudir a los casinos para apostar en la ruleta.
—Aún recuerdo que tú eras un tío con suerte —dijo Nico.
—No me puedo quejar. Gané muchas veces, pero perdí lo mío. Yo pienso que me quedé a la par.
—Te aseguro que no. Ganaste bastante dinero. —Y se puso a reír mientras Javier, que le daba la razón, arrancaba una carcajada de satisfacción.
—Si quieres, luego nos damos una vuelta por un casino y probamos suerte. A lo mejor hasta encuentro algún cliente —dijo Nico.
A partir de aquel día se vieron muchas veces.
Javier se agarró a Nico como a la única escapatoria que le quedaba.
Sin pareja, sin amigos, rodeado de odio, él era su salvavidas.
Se habituó a ir a lugares de juego y apuestas, a casinos.
Empezó a apostar y, como ocurre muchas veces, al principio ganó, y ello le incitó a seguir haciéndolo.
Un día, mientras estaban cenando, apareció, como por arte de magia, Marta, la bibliotecaria del hospital.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendido, Javier.
—Llevo días buscándote. Siento interrumpir. Tengo que hablar urgentemente contigo —respondió ella.
—Tú dirás.
—Creo que sería conveniente hablar a solas.
—Perdona Nico, ahora vuelvo.
Hacía ya cuatro meses, casi cinco, que Marta había desaparecido de su vida y su presencia allí le había causado mucha sorpresa.
—Tengo que darte una noticia. He dudado mucho en hacerlo hasta que me he convencido de que mi obligación es decírtelo. Estoy embarazada y es tuyo.
—¿Qué? ¿Cómo no me lo habías dicho hasta ahora?
—Te reitero que he tenido muchas dudas. Pensé en no darte nunca la noticia porque no te lo mereces. Mi familia y mis amigos me han hecho entender que el niño no tiene ninguna culpa y que tiene derecho a saber quién es su padre, aunque, por desgracia, seas tú.
La noticia lo cogió por sorpresa. Estuvo haciendo preguntas para asegurarse de que Marta le decía la verdad y el niño era realmente suyo. Tantas fueron que llegó un momento en que ella se hartó.