Cuatro ochos 25 – Jueves, 9/12/2004 #2
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25 – Jueves, 9/12/2004 #2

— Yo había ido al hospital, a buscar en la biblioteca, y averigüé que el listado no estaba allí y que podía estar en poder de Javier.

Yo sabía, por Clara, que seguramente lo tenía.

Clara me había contado que aún se veían de vez en cuando.

Se me ocurrió tratar de convencerla para que buscase este documento o, si ella no lo encontraba, que me facilitase la entrada en la casa para poder buscarlo yo.

La muerte se adelantó a mis planes, y no llegué a tiempo de pedirle a Clara lo que quería.

Estaba convencido de que ella me ayudaría.

Por esto estaba indagando si alguien, especialmente ella, aún iba por la casa.

Mi objetivo era colarme en la vivienda y buscar el documento.

Mis pesquisas fueron inútiles, ya que, por lo visto, ya nadie entra allí y, por tanto, no podía hacer nada.

Además, por si fuese poco, mi compañero me dijo, hace dos días, que, muerto Javier, nadie de la comisión iniciaría un expediente de investigación. Así que aquí ha acabado mi búsqueda.

—Doctor Torres, me ha dejado usted de piedra.

Su relato es tan descabellado, tan loco, que me lo voy a creer.

Es difícil que un asesino elabore una historia tan rocambolesca y por esto pienso que es creíble.

Veo que el daño que le hizo este hombre es inconmensurable.

Perdone que se lo diga, pero lo siento mucho por usted.

No sé cómo ha podido vivir tanto tiempo con este dolor, este rencor, esta pena en su interior.

Solo espero y deseo que esta muerte le sirva para curarse.

Le agradezco la información de hoy y, como le he dicho, de momento, voy a creerle.

Necesito un tiempo para digerir y procesar todo lo que me ha contado.

Si me lo permite, le aconsejo que pida ayuda.

No se puede ser feliz con lo que guarda en su interior.

Tras despedir al doctor Torres, Tomás se fue a buscar a su compañero Albanell.

—Perdona la interrupción, sargento. No sabía que estabas ocupado.

—No te preocupes. En realidad, tu aparición me ha ido muy bien porque me estaba meando y así he podido salir. ¿Qué me tenías que contar?

—Hemos acotado la búsqueda de motos robadas, como nos has sugerido, y nos parece que hemos encontrado algo. El dueño de una Honda 250 denunció su desaparición el mismo día del accidente, hacia las siete de la tarde. Al día siguiente, la moto apareció en la plaza del Raspall, en el barrio de Gracia.

—¿Cerca del bar de Julián?

—Sí, si es el bar de su primo, sí. El hombre dice que cuando se la robaron la tenía aparcada en el paseo de San Juan, también relativamente cerca de allí. Cuando la encontraron, la moto estaba bien. No tenía ningún desperfecto. Bueno, habían roto la cadena con que la que estaba atada y nada más.

—Por lo que me dices, es como si alguien la hubiese tomado prestada y después de usarla la hubiese devuelto.

—Sí. Eso parece.

—Id a buscar a Manuel y me lo traéis aquí.

—¿Detenido?

—No. No tengo ninguna prueba de nada y no lo puedo arrestar. Lo que quiero es que se acojone un poco y que llegue aquí un poco asustado. Además, si lo cito para que venga, no lo hará. Así que lo vais a buscar y, de esta forma, seguro que lo tendremos aquí.

Una hora más tarde Albanell entró, tras pedir permiso, en el despacho de Tomás acompañado de Manuel, que no paraba de despotricar.

—Hola, Manuel —dijo Tomás. El aspecto de aquel hombre era impactante.

Su piel y sus ojos estaban teñidos de amarillo.

Los huesos de la cara, así como todos los demás, estaban pegados a la piel, dejando entrever, con detalle, su esqueleto.

Su marcha era muy lenta y necesitaba apoyo para dar pequeños pasos que le permitiesen adelantar unos metros.

—Hola, sargento. Déjeme sentar, que estoy muy jodido. Ya no me aguanto de pie. Creo que me voy a morir pronto.

—Siéntate, hombre. No te preocupes, que eso no va a pasar. Los médicos no dejarán que ocurra. Dentro de poco podrás volver a las andadas.

—Ya veremos. ¿Por qué me ha hecho venir?

—Necesito hablar contigo. Quiero que me cuentes la verdad. ¿Para qué robaste una moto el día de accidente? Sé que lo hiciste y fuiste a ver al doctor Pie. Es así, ¿no?

—Sí, es verdad. Aquel día estaba dispuesto a matarlo.

No pude porque se me adelantaron. Me acababan de decir que me quedaba poco tiempo de vida, así que me dije que lo único que me quedaba por hacer antes de irme al otro barrio era matar al que me jodió la vida.

Mi vida por la de él. Ahora ya no me importa decirlo.

Este era el negocio, pero no pude. Alguien llegó antes que yo.

—¿Qué quieres decir? No te acabo de entender.

—Aquel día robé una moto en el paseo de San Juan, no sé cuál, y me fui a su casa, allí en Vallvidrera.

Como el cabrón no estaba, me escondí en el bosque de delante y esperé a que llegara.

Había cogido un cuchillo del bar de mi primo, uno muy grande, para rajarlo.

Estaba decidido a hacerlo en cuanto me fuese posible.

Me costó poco decidirme. Yo iba a morir y no podía hacerlo sin cepillarme antes a aquel hijo de puta.

Esperé mucho rato. Se hizo de noche y me quedé dormido.

—¿Qué más pasó?

—No sé qué hora era. A medianoche o de madrugada, no sé, él llegó a su casa y tras él iba una moto conducida por una mujer.

Discutieron a gritos allí, en la puerta.

Por esto me desperté. Él quería salir del coche.

Ella no lo dejaba. Le puso la moto en la puerta y no lo dejaba salir.

—Manuel tenía que hacer pequeñas pausas, ya que, si no, se ahogaba.

Tomás tenía que acercarse a él, pues hablaba muy flojito.

—¿Cómo sabe que era una mujer?

—Por la voz. Con los gritos que pegaba no había ninguna duda. Chillaba como una loca.

—¿Qué ocurrió entonces?

—El coche, de repente, arrancó y se fue a buscar la carretera. La moto hizo lo mismo. Se puso en marcha y fue tras él.

—¿Qué hiciste tú?

—Lo mismo que ellos. Los seguí… —Manuel empezó a tambalearse sobre la silla, se cogió la cabeza con las manos y se desplomó.

—¡Albanell, Albanell! —gritó Tomás—. Ayudadme. —Intentó estirarlo en el suelo y ponerlo de lado, en posición de seguridad. Pedid una ambulancia urgente.

Media hora más tarde, mientras Manuel iba camino del hospital, Tomás, solo en su despacho, maldecía no haber podido acabar la entrevista. Lucía, al oír los gritos y el ruido, acudió. Cuando el enfermo fue trasladado a la ambulancia, se sentó frente a él y escuchó el relato de su compañero.