25 – Jueves, 9/12/2004
— Buenos días, jefa.
—Hola, Tomás. Cuántos días sin verte. ¿Qué tal te ha ido?
—Bien, mejor de lo que esperaba.
—¿Dónde has estado?
—En mi pueblo, Vejer de la Frontera, en Cádiz, viendo lo poco que queda de la familia y de los amigos.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes que soy hijo único. Mis padres ya no están, mis tíos tampoco, solo me quedan dos primos a los que hacía años que no veía.
Para mí, han sido como dos extraños. Amigos me quedan pocos.
Muchos marcharon y allí solo quedan dos o tres.
Eso sí, son de la juventud, y esto hace que, para una visita corta, los tengas a mano para recordar y salir de copas.
En resumen, me sentí como un forastero en mi tierra.
—¡Pues qué bien! ¿Cómo se te ocurrió ir?
—Ya llevaba días barruntando la idea de ir y al final me decidí.
No me arrepiento ni un poco, que conste.
Me lo he pasado bien. Ya sabes, vinitos, cervezas, pescadito, flamenco, en resumen, de juerga continua.
Lo que pasa es que me he dado cuenta de que pocas cosas me unen al pueblo.
Yo, para ellos, ya soy catalán y allí no estamos muy bien vistos.
Reciben una información muy sesgada y tendenciosa. Dejemos de hablar de mí, ¿y tú?
—Yo bien. Con los niños y unos amigos en una casa rural muy bonita haciendo excursiones, respirando aire puro, viendo paisajes preciosos, en fin, salud y relajación.
—¿Con novio?
—Qué pesado eres. Ya sabes que ni tengo ni quiero. Cuando me quedé viuda decidí dedicar todo mi tiempo y mi amor a mis hijos, así que ya no me queda para nadie más. Me veo incapaz de empezar una nueva relación y meter a otro hombre en casa.
—¿Qué pasará cuando los niños sean mayores?
—Mira que lo hemos hablado veces. Eres muy insistente, casi más que en el trabajo, cosa difícil. A lo mejor para entonces ya se me ha pasado el arroz. Anda, vete a trabajar, que Albanell se acerca para avisarte.
—De acuerdo. Ya no digo nada más. Luego te lo cuento.
Tomás esperó a su visita sentado en su mesa de trabajo. Al poco rato, su compañero abrió la puerta y dio paso a Román.
—Buenos días, doctor —dijo al verlo entrar por la puerta.
—Buenos días, sargento. Otra vez aquí. ¿Ha pasado algo nuevo?
—No. Prácticamente seguimos igual. Necesitaba hablar con usted. Hay algunas cosas que no acabo de entender.
—Pues usted dirá. Yo creo que le conté todo lo que pasó y que yo sé.
—¿Fue sincero en su relato?
—Claro. No sé qué quiere decir. ¿Por qué me lo pregunta?
—Si a mí alguien me hubiese hecho lo que a usted le hizo el doctor Pie, creo que lo hubiese matado. Me cuesta entender cómo pudo superar lo ocurrido.
—Ya le conté que lo pasé muy mal y que durante un tiempo le deseé lo peor.
Hubo un momento, cuando recibí de golpe las noticias de lo de Clara y lo de la tesis, que, en caliente, a lo mejor podía haber cometido un disparate.
Por suerte para mí, aquel día no lo encontré.
Luego ya no. Lo odiaba, sí, es cierto, pero soy incapaz de hacer daño a nadie.
Con el tiempo me volví muy pragmático y aprendí a mirar hacia delante.
Aproveché las oportunidades que se me presentaron, me adapté a lo que tenía y traté de olvidar el pasado.
Con esta filosofía conseguí vivir mejor.
—Lo acepto. De todas formas, yo creo que nunca llegó a olvidar lo ocurrido. Estoy convencido de que, aunque el doctor Pie ya está muerto, usted aún no ha conseguido vivir en paz.
—No sé en qué fundamenta su teoría. Yo creo que ya pasé página hace tiempo. Si tengo que serle sincero, la muerte de Javier no me ha importado nada. Ni me he alegrado ni me ha dolido. Indiferencia es lo que he sentido.
—Si esto que me está contando es verdad, explíqueme por qué ha estado usted preguntando y buscando después de su muerte. Sabemos que ha ido al bar de Vallvidrera, el que está junto a la casa de Vallvidriera, investigando algo. ¿Puede decirme qué?
—Nada en especial. Simple curiosidad. —Román empezó a moverse en la silla. Estaba inquieto. Tomás lo notaba y se sentía satisfecho de estar consiguiendo lo que se proponía.
—Doctor Torres, yo ya soy mayorcito y hace tiempo que me afeito la barba y que soy policía. No me venga con historias vacías. No me mienta, por favor. Si lo hace solo conseguirá complicarse la vida.
Román bajó la vista y se quedó callado en esa posición. Tomás, que en su última intervención había subido el tono de voz, se puso frente a él con cara muy seria, mirándolo fijamente. En aquel momento llamaron a la puerta.
—¿Qué quieres, Albanell? Estoy en una entrevista.
—Perdona, no lo sabía. Venía a enseñarte lo que hemos encontrado sobre las motos. Cuando acabes, me llamas y te lo muestro.
—¿Habéis encontrado algo?
—Puede ser que sí.
—Voy y me lo cuentas. ¿Me perdona un minuto? Vuelvo enseguida —dijo Tomás dirigiéndose a Román.
Salió del despacho con Albanell. Román permaneció, los pocos minutos que estuvo solo, con la cabeza entre las manos mirando al suelo. No paraba de cavilar. Cada vez estaba más nervioso. Notó como sus manos mostraban un pequeño temblor.
—Disculpe la espera —dijo al volver a entrar en su despacho al tiempo que observaba lo nervioso que estaba su interlocutor—. Voy a decirle una cosa que a lo mejor le ayuda a contarme la verdad. Sabemos que en el accidente del doctor Pie intervino una moto. Por casualidad, ¿no sería la suya?
Román saltó de su silla como si le hubiesen pinchado con una aguja y con voz trémula dijo:
—No era yo, no era yo, se lo juro. Yo no estuve allí aquella noche. Ya le dije que yo no tuve nada que ver con lo ocurrido.
—Entonces, ¿a qué vienen todas las preguntas que ha estado haciendo al dueño del bar?
¿Por qué quería saber quién fue aquella noche y si hubo discusiones?
¿No será que quiere usted saber si alguien lo vio?
Si no recuerdo mal —dijo, mientras consultaba su pequeña libreta—, usted no tenía coartada.
Quiero decir que nadie puede corroborar que estaba en casa.
—Nadie puede hacerlo porque vivo solo, ya se lo dije en su día. Yo estaba en casa, durmiendo. Se lo aseguro.
—Puede que sea cierto. Tiene que explicarme, porque aún no lo ha hecho, el porqué de todos sus movimientos después de la muerte del doctor Pie.
—Lo haré. No lo he hecho hasta ahora, es cierto. Es que me da un poco de vergüenza.
—Será mejor que se la coma porque se juega mucho.
—Ya le he dicho que lo voy a hacer. Usted tenía razón al decir que yo no había acabado de pasar página.
Con el tiempo, todo deseo de hacerle daño físico se desvaneció y llegó a desaparecer.
Lo que no he sabido gestionar es la traición, la derrota, no sé cómo llamarla, científica.
Me era y aún me es muy difícil aceptar que una persona como él se pasease impunemente por la universidad y diese clases allí con un título de doctor robado, un título que debía ser mío.
Durante todo el tiempo, desde que aquello ocurrió, he estado buscando la manera de desprestigiarlo sin conseguirlo.
Llegué a convencerme de que era mucho mejor atacar a su honor, a su credibilidad, a su moral, que provocarle algún daño físico.
Hace algo más de un año, un compañero que está en la comisión de doctorado de la universidad, respondiendo a mis preguntas, me dijo que, si yo podía demostrar lo que él había hecho, podría ser despojado del título de doctor.
Yo ya tenía desde hace mucho tiempo los informes del doctor Miranda en los que proponía mi tesis y su dirección.
Necesitaba conseguir el listado que la bibliotecaria le había dado a él con todos los trabajos que yo había seleccionado y clasificado.
—Vamos a ver, todo esto ya se sabía, ¿no? Por esto despidieron a la bibliotecaria, ¿no?
— Claro, lo sabía el hospital, no la universidad, ya que nadie lo había denunciado.
El título de doctor depende de la universidad, no del hospital.
Son cosas diferentes. Yo podía denunciarlo a la comisión de doctorado siempre que aportase pruebas.
Si conseguía tener en mis manos esta lista, podía cotejarla con la mía y así demostrar que me había robado.
Con este documento y lo que yo ya tenía se podía incoar un expediente y comprobar, con los testimonios de la bibliotecaria, de Miranda, de Bellido y el mío, o solo con alguno de ellos, si mi relato era cierto o no.
Si se comprobaba la certeza de mis afirmaciones, él podía perder su título fraudulento.
Era una idea algo descabellada, difícil de demostrar, a la que me aferré y por la que estaba luchando este último año. Deseaba con toda el alma conseguirlo.
—¿Una simple lista podía demostrar que se la había robado a usted? ¿No podía ser al revés?
—No, porque las listas que salen de la biblioteca salen con el nombre del que la ha pedido, el sello de allí y la fecha.
Yo tenía la mía. La suya, estoy convencido, también debía llevar el sello y la fecha, que debía ser posterior a la que yo tenía.
Con esto, y algún testimonio, pensaba que sería posible demostrar lo ocurrido.
Era la única posibilidad a la que aferrarme.
Soy consciente de que era muy difícil, pero necesitaba intentarlo.
Puedo asegurar que era mi único objetivo desde que hablé con mi compañero y reconozco que estaba un poco obsesionado.
—Lo acepto. Todo esto, que dicho sea de paso me parece una locura, ¿qué tiene que ver con sus preguntas y visitas al bar tras la muerte del doctor?