Cuatro ochos 24 – Jueves, 2/12/2004
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24 – Jueves, 2/12/2004

—Buenos días, jefa.

—Buenos días.

—No estuvo mal lo del otro día con el Barnils ese.

—No, fue una visita muy instructiva. No tuvimos tiempo de comentarlo porque tuve que marchar, pero a mí me ilustró bastante. Con el tiempo que llevo trabajando en la comisaría y aún descubro negocios nuevos.

—¿Qué tal te fue por el cole de Pablo?

—Muy bien. Han creado un grupo de alumnos dedicado a la prevención del acoso y para ayudar a los que puedan padecerlo.

Son todo alumnos, uno o dos de cada clase, aunque la escuela ha nombrado a un profesor como interlocutor y para ayudarlos si hace falta.

La idea de los niños es autogestionarse.

Han nombrado a Pablo coordinador del grupo.

Ayer hizo un breve discurso de presentación, y no es porque sea mi hijo, pero estuvo brillante. Estoy muy orgullosa de él.

—Me alegro mucho. Después de lo que hizo y de lo que está consiguiendo, merece un buen reconocimiento.

—Tienes razón. Gracias. Volvamos a lo nuestro. Tengo que aceptar que tenía totalmente olvidada a la bibliotecaria.

—Y yo. No pensaba que tuviese nada que ver en todo esto y mucho menos que hubiese tenido un hijo con el doctor.

De todas maneras, lo importante es que en el coche había veintidós mil euros que alguien, seguramente el mismo asesino, se llevó.

Una de las preguntas que me hago es si el homicida sabía que este dinero estaba allí o si lo encontró por casualidad.

—Pienso que fue por casualidad. Lo mataron por otras razones y encontraron el dinero de rebote.

—No sé qué decirte. El dinero, junto con el sexo, es uno de los móviles más frecuentes, por no decir el que más, en las muertes violentas.

Si lo pensamos bien, poca gente conocía la existencia de tanta pasta: Nico, Marta, los gánsteres y, a lo mejor, Clara.

Creo que nadie más. En este caso que investigamos, si el móvil del crimen es otro, yo apuesto por el gitano.

Ya te lo dije, desde que lo vi es mi primer sospechoso, no me preguntes por qué porque no lo sé, es mera intuición.

Hoy voy a ir al bar del primo para corroborar o deshacer la coartada, y ahora mismo cito a Marta en unos días porque se avecina un puente precioso de cuatro o seis días, dependiendo de si el día 7 piensas venir a trabajar.

Por cierto, ayer estuve en el bar de Vallvidrera y no saqué nada nuevo, salvo que Marta vio a Javier poco antes de su muerte en dos ocasiones y montó una trifulca de mil pares de…

eso. Según me contó el hostelero, estaba enfurecida y, a gritos, reclamaba su dinero.

—De acuerdo. Ve al bar del primo de Manuel y no te olvides de citar a Marta. Si puede ser, a partir de las diez. Así no tenemos prisas. Que lo sepas, yo no vuelvo hasta el día 9. Este puente no me lo quita nadie.

—De acuerdo.

Tomás procuró aparecer en el bar del primo de Manuel a la misma hora que en su anterior visita.

Parecía que era la hora de poca actividad y, por tanto, ideal para mantener una conversación.

Como había previsto, la sala estaba casi vacía.

Igual que en la otra ocasión, solo el hombre de pelo blanco y color amarillento de piel permanecía allí sentado, inmóvil frente a su copita de anís, como una figura de decoración del establecimiento.

No había nadie más. Nada más entrar vio al primo de Manuel detrás de la barra.

—Buenos días —dijo el sargento.

—Buenos días. ¿A qué se debe tan grata visita? Si busca a Manuel, ahora no está aquí. Acabo de verlo salir.

—No, no le buscaba a él. Te buscaba a ti.

—¿A mí? Pues aquí me tiene. ¿Usted dirá?

—Perdona, ¿puedo saber tu nombre?

—Pues claro. Julián me llaman, para servirle.

—Julián, necesito hablar un rato contigo.

—Pues ahora es un buen momento.

Se sentaron en una de las clásicas mesas de bar, redonda, con patas de hierro y un tablero de mármol envuelto por un borde metálico, situada a cierta distancia del eterno cliente.

—Mira, Julián, voy a serte muy sincero. El otro día, cuando estuviste en comisaría con Manuel, me aseguraste que la noche del accidente tu primo estaba durmiendo aquí.

Yo no sé si es verdad o no. Lo que sí sé es que esta coartada, tú sabes qué es eso, ¿no?

—Julián asintió con la cabeza—, descarta el hecho de que Manuel pudiese tener algo que ver con lo que estamos investigando.

Si no es verdad, si has mentido, te estás metiendo en un buen lío.

Yo sé que dijiste lo que dijiste para ayudar a Manuel.

Piensa que, en el caso de que él no estuviese aquí aquella noche o que tú no puedas asegurarlo, no significa que Manuel fuese culpable de nada.

Aún no lo sabemos. Estamos investigando el robo de motos de aquel día y el anterior.

¿Tú sabías que Manuel robaba motos e incordiaba y perseguía al doctor Pie?

—No, no lo sabía.

—Pues lo hacía y, al parecer, con relativa frecuencia.

Él mismo me confesó que las robaba para seguir y amenazar al doctor.

Como te estaba contando, estamos investigando este hecho.

He venido a decirte que, en el caso de que encontremos algo y sospechemos que tú nos estás mintiendo, te voy a llenar el bar de policías hasta que conozcamos la verdad.

Yo sé que a ti no te gusta vernos por aquí.

Lo que está claro es que, si tenemos que averiguar lo que Manuel hizo aquel día, vendremos tantas veces como sea necesario, vestidos de uniforme, y esto a tu clientela no le gustará.

Además, no debes olvidar que, si nos mientes, estás obstruyendo una investigación y esto quiere decir que te puede caer un buen palo.

Yo he venido a avisarte y te lo he contado todo.

Si lo que me dijiste en comisaría es verdad, adelante, no pasa nada.

Si me mentiste para ayudar a Manuel, ahora es el momento de rectificar.

Luego será demasiado tarde y ya no habrá remedio.

—Como usted dice, yo confesé que había estado aquí porque no sabía lo de las motos y me creía que estaba por el barrio. No me imaginaba que esto iba tan en serio.

—Es muy serio porque hay una persona muerta. Ahora ya lo sabes. Cuéntame la verdad.

—Lo cierto es que yo no vigilo a Manuel. A veces entro en el almacén y lo veo en el catre y otras veces su cama está vacía y yo me voy a casa sin haberlo visto en todo el día.

—¿Y aquel día?

—No lo sé. No recuerdo si estuvo o no, si lo vi o no lo vi. No le puedo asegurar nada porque no lo sé.

—¿Sabes que con lo que me acabas de decir desmientes su coartada?

—Usted me ha pedido que diga la verdad y es lo que he hecho. No lo sé.

—De acuerdo. Ahora tendrás que ir a la comisaría y hacer esta declaración delante de alguno de los policías que hay allí. Acuérdate de ir, ya que, si no lo haces, lo que vale es lo que contaste la primera vez.

Tomás salió de allí satisfecho. Sus sospechas se habían confirmado. Nada más llegar a la comisaría fue a la sala común y preguntó:

—¿Quién de vosotros está mirando lo de las motos robadas?

—Yo —contestó González—. Bueno, Albanell y yo, pero ahora él no está aquí.

—¿Cómo vais?

—Hay muchas denuncias. Hemos tenido que acotar la búsqueda. Si con esto no encontramos nada, ampliaremos el objetivo.

—De acuerdo. Yo creo que debemos buscar motos de 250 cc o más que hayan desaparecido durante las veinticuatro o cuarenta y ocho horas previas a la fecha de la muerte y que hayan sido devueltas o encontradas en el barrio de Gracia o sus alrededores.

Si no encontramos nada, ampliamos la búsqueda a motos de 125 cc. Más pequeñas no creo que nos interesen.

—Más o menos es lo que habíamos hecho. A ver si hay suerte.

Acto seguido se fue a su despacho y revisó las declaraciones de Román y Clara tratando de encontrar algún detalle que se pudiese haber escapado.

No descubrió nada interesante. Sacó su libreta y repasó, sin suerte, sus anotaciones.

Como no halló respuesta a sus preguntas, cogió el teléfono, llamó al doctor Torres y lo citó para volver a interrogarlo.