Cuatro ochos 23 – Miércoles, 1/12/2004
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23 – Miércoles, 1/12/2004

—Buenos días, sargento. ¿Puedo hablar contigo? —preguntó Albanell.

—Pues claro. Ahora que te veo, aprovecho para felicitarte, una vez más, por tu trabajo de investigación con Nico Barnils. Hemos hablado con él y todas tus sospechas han quedado confirmadas. Todo era como dijiste, así que mi más sincera enhorabuena.

—Muchas gracias, jefe. Solo cumplí con lo que se me pidió. Ahora vengo a notificarte alguna pequeña novedad. Por lo que sé, tenéis un buen embrollo montado y pienso que cualquier detalle puede servir.

—Tienes razón. El caso cada vez se complica más y van apareciendo nuevos sospechosos.

—Lo que yo tengo que contarte puede que no sea demasiado importante.

Yo creo que debes saberlo y después ya juzgarás.

Nos mandaste hacer un seguimiento de los sospechosos.

En una de las vigilancias, el doctor Torres, el examigo del doctor Pie, hizo una visita al dueño del bar que está cerca de la casa donde vivía el muerto y preguntó sobre la noche del accidente, quién había ido, si alguien había preguntado por Javier y cosas así.

El dueño del bar es de los que tiene la lengua larga y cuando lo hemos entrevistado no ha parado de hablar.

Parece que la actitud del doctor carece de sentido, puesto que el doctor Pie está muerto.

A nosotros nos ha llamado la atención y por esto te lo cuento.

—Tienes razón. Es difícil de explicar. La verdad es que teníamos olvidado al dueño del bar. No lo hemos interrogado y a lo mejor sabe cosas que nos pueden interesar. Buen trabajo. Gracias, en este asunto toda ayuda es poca.

—Yo he venido a contarlo. Quien de verdad ha hecho la investigación es González —dijo Albanell, en un alarde de sinceridad y humildad.

—Dale las gracias de mi parte.

—Lo haré.

Tomás se fue a ver a Lucía. Por el camino pensaba que realmente se habían olvidado de hablar con el dueño del bar y a lo mejor tenía alguna información de interés.

Cuando el sargento entró en el despacho, Lucía estaba hablando por teléfono. Esperó unos instantes hasta que colgó.

—Hola, jefa. Albanell me acaba de contar que el doctor Torres ha ido a ver al dueño del bar de Vallvidrera y le ha hecho unas cuantas preguntas.

—Nosotros no nos hemos planteado hablar con este hombre. A lo mejor tiene información de utilidad. Yo no había caído en esto. ¿Y tú?

—Yo tampoco. Me he dado cuenta ahora, me he caído de culo y aún estoy sentado en el suelo. ¡Vaya fallo! Si te parece bien, me voy ahora a verlo y a lo mejor recabo alguna información que nos ayude en la entrevista con Marta.

—Me parece bien. No te acompaño porque tengo aquí muchos líos.

—De acuerdo.

Tomás estaba convencido de que sacaría muy poco provecho de la información que iba a obtener. A pesar de todo, estaba seguro de que era imprescindible hacerlo. A lo mejor había suerte y aparecía algún detalle sorpresa. Cogió el coche y se dirigió a Vallvidrera.

—Hola. ¿Podría hablar con el dueño del restaurante? —dijo dirigiéndose al que parecía ser el propietario de aquel bar al que, con toda intención, acababa de subir de categoría.

—Sí, soy yo. ¿Qué se le ofrece?

—Soy el sargento Tomás Simón —dijo mostrando la placa—. Desearía hacerle algunas preguntas sobre el que era su vecino, y seguramente cliente, el doctor Pie.

—Pregunte lo que usted quiera, que si lo sé, se lo contaré. Pobre hombre, vaya manera más dramática de morir, un accidente de coche. Lo que no he llegado a entender aún es a dónde iba por aquella carretera y a aquella hora. No me lo sé explicar.

—Nosotros tampoco. Por esto he venido a hablar con usted, por ver si nos puede ayudar de alguna forma

—¡Faltaría más! Dígame qué quiere saber.

—¿Era un buen cliente de su establecimiento?

—Venía con cierta frecuencia. —Como había dicho Albanell, aquel hombre hablaba por los codos y se sentía ufano de ser importante en aquel momento—. A veces solo, a veces acompañado, a veces había gente que estaba aquí, esperando a que llegara.

—Si le parece bien, vamos a hacer una cosa. Yo le enseño fotos de personas y usted me cuenta qué sabe de ellas.

—Si las conozco, lo haré con mucho gusto.

Tomás sacó las fotos de todos los sospechosos que tenía hasta aquel momento y empezó su examen. El hostelero parecía entusiasmado con aquel ejercicio.

—Este vino varias veces. Preguntó mucho, mucho, sobre él.

A qué hora llegaba, si vivía solo y cosas parecidas.

Como es lógico, yo no solté prenda. Curiosamente, hace muy pocos días volvió y empezó a interrogarme sobre el día del accidente.

Quería saber si había venido alguien a visitarlo, si había discutido, a qué hora vino, en fin, mil cosas sin interés, al menos así lo creo yo, ahora que ha muerto. En resumen, un chafardero.

—¿Usted sabe si este hombre tuvo alguna discusión o alguna pelea con el muerto? No me refiero a ahora, sino a anteriormente, hace meses o semanas.

—No, me dijo que habían sido muy amigos, pero que ahora hacía tiempo que no se veían. Yo nunca los vi juntos.

—¿Puede decirme si estuvo aquí el día de la muerte?

—Que yo recuerde, aquel día no vino.

El sargento guardó la foto de Román y sacó la de Bonmatí.

—A este no lo he visto nunca por aquí.

Tomás guardó aquel retrato y le enseñó el de Manuel.

Obtuvo la misma respuesta. Luego le mostró el de Rosa.

La respuesta del dueño fue que la había visto con el muerto.

Recordaba que venía con una niña y que, a veces, los había visto discutir.

También le explicó que en una ocasión la había visto hablar con Román.

La siguiente foto que sacó fue la de Clara.

—A esta sí que la he visto bastantes veces. A esta, creo yo, y perdone que lo diga así de claro, se la follaba.

—Los vio discutir.

—Sí, varias veces. Siempre que reñían, hablaban de dinero. Nunca fueron grandes peleas. Lo debían arreglar en la cama. Lo que si recuerdo es que la última vez que los vi juntos, aproximadamente dos o tres semanas, o quizás menos, antes de la muerte, él lloró como un bendito.

—Para conocerlo poco, no está mal lo que sabe usted. ¿Y este? —dijo Tomás enseñándole la foto de Nico Barnils.

—Vino a verlo varias veces antes de morir. Unas dos o tres semanas antes. Era un pijo en todos los sentidos, vistiendo, hablando, tratando a la gente, en resumen, un comemierda. Se lo veía desesperado. Yo lo vi llorar un par de veces.

—¿Discutieron, se pelearon?

—Discutir y enfadarse quizás sí, pelearse no. Parecía que estaban en el mismo equipo. El pijo rogaba, exigía, y el otro trataba de calmarlo.

—¿Lo vio el día de la muerte?

—No. Como ya le he dicho, vino varias veces, unas dos o tres semanas antes del accidente, luego ya no. Oiga, que yo le cuento lo que pasaba aquí y lo que yo veía. Si se veían en su casa o en otro sitio, yo ya no lo sé.

—Evidentemente. Esto es lo que quiero yo, que me cuente lo que pasaba aquí y lo que vio y lo que le pareció, nada más. Ya le saco la última y no lo molesto más —dijo enseñándole la foto de Marta.

—Uy, esta. Es la más nueva y la más revoltosa.

Yo solo la vi dos veces. No la había visto nunca hasta una o dos semanas antes del accidente.

Se sentaron en aquella mesa de allá y tuvieron una discusión morrocotuda.

Por lo que entendí, él le debía mucha pasta de un niño, creo que un hijo suyo.

Ella gritaba y chillaba tanto que todo el mundo se enteró de que él no le pasaba la pensión y le debía dinero.

No fue una discusión muy larga, pero los gritos, los insultos, lo que ocurría entre ellos, fue conocido por todo el mundo.

Luego, se vieron otra vez, tres o cuatro días antes de morir, y volvió el mismo tema.

En esta segunda ocasión ella le exigía entrar en la casa y llevarse no sé qué.

Estaba hecha una furia. Quería pegarle. Lo atosigó tanto que él se levantó y la dejó con la palabra en la boca.

—¿Oyó usted que ella lo amenazara de alguna manera?

—No paró de amenazarlo. Le decía que si salía vivo de no sé qué y ella no cobraba, lo mataría con sus propias manos. Fue muy desagradable. Todo el comedor no hacía otra cosa que mirarlo.

—Cuando el doctor se levantó y se fue, ¿qué hizo ella?

—Lo siguió un rato, increpándolo, chillándole. Como el otro no le hacía ni caso, cogió su moto y desapareció.

—¿Tenía una moto?

—Seguro no lo sé. Imagino que sí, porque entró y se fue con un casco de moto.

—Pues no le entretengo más. Muchas gracias por su colaboración. Espero que nos sea de utilidad. Gracias una vez más.