Cuatro ochos 22 – Martes, 30/11/2004
76%

22 – Martes, 30/11/2004

Habían transcurrido ya cuatro días cuando, tal como el sargento había prometido, Barnils se presentó en el despacho de Lucía con camisa Oxford blanca, de finísimas rayas azules, cuello abierto, sin corbata, americana azul marino con abroche cruzado, pantalón beige claro con dobladillo y mocasines negros, muy altanero.

Era un hombre de mediana estatura, algo más de metro setenta, pelo ondulado de color negro con algunas canas y mirada avispada como la de cualquier ave de rapiña.

—Supongo que ahora me explicarán por qué estoy aquí —dijo sentándose en la silla situada frente a Lucía.

—Tengo que comunicarle que en esto no ha sido muy original.

Ha hecho la misma pregunta que todos los que han venido y cada uno de ellos, como le ocurre a usted, sabe perfectamente el por qué.

Espero que, en el supuesto caso de que desconozca el motivo de su visita, al menos tenga alguna sospecha —dijo Tomás muy serio y con mirada intimidatoria—.

Lo que sí tengo que reconocer es que los demás no han sido tan chulitos como usted.

—No se preocupe. Ahora mismo se lo contamos todo, aunque, en realidad lo que esperamos es que sea usted el que nos cuente cosas —intervino Lucía en un intento de suavizar la situación —. Para empezar, yo soy la inspectora Serra y él es el sargento Simón. Supongo que usted es Nicolás Barnils, ¿no?

—Sí, soy yo. Habitualmente me llaman Nico.

Tomás se sentó en la silla colocada al lado de Barnils, encarándolo, mientras Lucía lo ponía al corriente del asesinato del doctor Pie.

—Lo siento. Yo no sabía que había sido asesinado. Conocía la noticia de su muerte en un accidente de coche. Solo eso. Ignoraba que alguien lo había matado.

—Pues ahora ya lo sabe, e imagino que entenderá la razón de su presencia aquí.

—Sí y no, porque yo no tuve nada que ver con su muerte.

—Mejor para usted —dijo Lucía—. Pese a ello, nuestro trabajo es hablar con todos los que lo conocían y pueden aportar algo de luz al caso. Así que será bueno que nos empiece a contar.

—La verdad es que no sé por dónde empezar.

—No se apure, yo le ayudo —dijo Lucía—. Sabemos que usted le mandó a Javier, poco antes de morir, al menos una carta en la que hablaba de una deuda y de una amenaza de muerte.

Nos interesa saber cómo llegaron hasta este punto.

Es decir, necesitamos averiguar cómo se conocieron, a qué se dedica usted, de dónde viene la deuda, quién les amenazaba de muerte, todo, todo lo que usted sabe.

—¿Por dónde empiezo? —volvió a preguntar Nico tratando de ganar tiempo para pensar.

—¡Coño! Se lo acaban de decir, por el principio. ¿Dónde se conocieron? ¿De qué trabaja usted, si es que trabaja? —inquirió Tomás alzando la voz y dándole un tono autoritario. Estaba molesto por la arrogancia del entrevistado,

—Javier y yo nos conocimos hace muchos años, cuando éramos jóvenes y salíamos de fiesta.

Íbamos de juerga juntos y empatizamos pronto, por lo que nos hicimos lo que se puede llamar amigos.

Pasados unos dos años, nuestras vidas se separaron.

Él se dedicó a la medicina, creo que se casó, y yo me dediqué a los negocios.

—¿A qué negocios, señor Barnils? — interrumpió el sargento.

—Compro y vendo yates de lujo.

—¿Y esto le da para vivir como lo hace usted, con ropa cara, vivienda en Reina Elisenda y coche, digamos, de gama alta? —siguió Tomás.

—Tenga en cuenta que por mi trabajo tengo que alternar y mezclarme con gente muy adinerada, ya que allí es donde encuentro a mis clientes, y no tengo más remedio que aparentar, vestir bien, ir a restaurantes de lujo, salas de fiesta o coctelerías caras y cosas de este tipo.

—Siga, por favor —intervino Lucía.

—Hace algo más de dos años, Javier y yo nos encontramos por casualidad en un bar de copas.

Según me contó, estaba solo, se había separado, y como yo también era un lobo solitario, empezamos a salir de fiesta juntos.

Íbamos a cenar, luego a tomar alguna copa, a salas de juego, a casinos, a los lugares donde yo acostumbraba a ir en busca de clientela.

—¿Qué pasó con esta vida tan bonita? ¿Las deudas del doctor Pie vienen del juego? —inquirió el sargento.

—Sí —respondió Barnils—. Él empezó a jugar cada vez más y, como ocurre siempre en estos casos, perdió, se endeudó, se convirtió en un ludópata y allí empezaron sus problemas. Dejó de pagar la pensión a Marta, pidió dinero, un dinero que no devolvió, a sus amigos, a los bancos, a todo el que pudo.

—¿Mucha pasta? —preguntó Tomás—. ¿Tanto como para amenazarlo de muerte?

—Espere un momento —terció Lucía—. ¿Quién era esa Marta y a qué viene lo de la pensión?

—Creía que ya lo sabían, disculpen. Por lo visto, antes de que volviéramos a salir juntos, él tuvo una relación con Marta, la bibliotecaria del hospital, y ella se quedó embarazada.

Él se enteró del embarazo cuando ella estaba ya de casi cinco meses y se comprometió a darle al niño sus apellidos, como así fue, ya que el niño se llama Bruno Pie, y a pasarle una pensión mensual para ayudar a su manutención.

Marta estaba sin trabajo, pues la habían echado del hospital por culpa de él.

Javier cumplió su palabra hasta que, como consecuencia de las deudas que tenía, lo de la mensualidad se le hizo inasumible.

—¿Cómo sabe todo esto?

—Porque después de nacer el niño intimé con Marta, a la que ya había visto una vez, me enamoré de ella y en la actualidad somos pareja.

En esta ocasión, el sonido que salió de la garganta de Lucía fue espectacular.

—Y esto de que son ustedes pareja, ¿el doctor Pie lo sabía? —preguntó Tomás.

—Sí, claro. No vivimos juntos aún porque mi trabajo lo dificulta, pero somos pareja.

—De acuerdo. Hago un resumen para ver si lo voy entendiendo todo.

Usted frecuenta lugares de juego, tugurios, restaurantes y coctelerías de lujo, es pareja de Marta, que tiene un hijo de Javier, compra y vende barcos y convirtió, bueno, vamos a suavizarlo, indujo involuntariamente al doctor Pie a convertirse en un ludópata cargado de deudas. ¿Es más o menos así? —dijo Tomás.

—Menos lo último, que no fue culpa mía, es así.

—Muy bien. Ahora vamos a la deuda capaz de provocar amenazas de muerte.

Supongo que lo que debía era mucho dinero si se sumaban todas las deudas, pero, como usted ha dicho que tenía muchos acreedores, cabe pensar que a cada uno de ellos no le debía demasiado, o al menos no tanto como para asesinarlo.

Es decir, que la deuda a cada uno de ellos no era tan alta como para llegar a amenazarlo.

¿Voy bien? —Barnils asintió con la cabeza—.

Antes de seguir tengo que contarle que nosotros hemos investigado su empresa y el año pasado vendió muy poco, casi nada.

Los clientes que ha tenido en un año se pueden contar con los dedos de la mano y estoy convencido de que no le da para vivir como vive.

Se lo explico antes de que pretenda mentirnos y meter la pata, cosa que podría provocarle un buen enredo.

Sabemos que usted organiza reuniones de poca gente, toda ella con mucho dinero, una vez a la semana, más o menos, que acaban pasadas las cuatro de la mañana.

Espero que nos cuente la verdad. ¿De dónde saca usted el dinero?

¿De dónde viene la deuda que el doctor Pie y, al parecer usted también, tenían? —preguntó Tomás.

—¡Caramba, pues sí que saben cosas! —Nico hablaba con naturalidad.

Su voz era muy agradable. Sus gestos, su actitud, conseguían que todo lo que decía fuese creíble.

Era muy convincente, un seductor de la palabra—.

Voy a contárselo todo. Lo de los yates es un negocio tapadera.

Yo gano el dinero invitando gente a mi casa.

Les permito que jueguen a las cartas y, si quieren, que apuesten.

—Para que nos entendamos y no hable más con tapujos, usted organiza timbas de póker en su casa y cobra comisiones de lo que se juega —dijo Tomás, visiblemente enojado.

—Sí, podemos decirlo así.

—Siga —ordenó el policía.

—Cuando Javier se endeudó tanto, me pidió participar en una de las partidas.

Yo me resistí tanto como pude. Él me aseguraba que ya había sacado dinero de donde podía, incluso había vendido su piso y se había ido a Vallvidrera, y que no tenía otra solución para pagar lo que adeudaba.

Tanto insistió que al final cedí. Pedí prestado dinero al grupo de guardaespaldas que me ayudan en las reuniones, y se lo di.

—Deben ser una mafia ¿no?

—Si usted lo quiere llamar así, pues sí. Para mí son vigilancia personal. No me gustaría que en alguna de las partidas se produjese algún altercado. Me gusta tenerlo controlado.

—¿Cuánto pidió?

—Ciento sesenta mil euros. —El carraspeo de Lucía volvió a ser muy sonoro—.

Son partidas en las que se juega mucho dinero.

Se las dejaron a cambio de que, en dos meses, devolviese ciento noventa y dos mil, un veinte por ciento más.

Aquella noche sucedió lo peor y Javier lo perdió todo.

Al acabar la partida, el grupo de mis guardaespaldas lo llevó aparte, lo arrinconaron contra la pared y le recordaron que en dos meses tenía que devolver ciento noventa y dos mil euros o atenerse a las consecuencias.

Aprovecharon para decirme a mí que, puesto que el dinero se lo habían prestado porque lo pedía yo, si él no pagaba, debía hacerlo yo o correría la misma suerte. El aviso fue claro y contundente.

—No está mal, señor Barnils. Quién podía imaginar todo este jaleo viéndolo aquí, tan tranquilo —dijo Lucía—. ¿Cómo acabó todo esto? Para usted parece que bien, pero para el doctor Pie, no tanto.

—Lo sé. Puedo asegurarle que su muerte nada tiene que ver conmigo y creo que con nada de lo que les estoy contando.

Tras aquella noche, la vida de Javier, como la mía, se convirtió en un calvario.

Durante las tres primeras semanas buscamos dinero por todos lados sin éxito.

A él, además, los acreedores que ya tenía de antes lo perseguían y le exigían el pago.

Sé que incluso Marta fue a verlo. Ella pretendía entrar en casa de la abuela, la de Vallvidrera, y llevarse cualquier cosa de valor que se pudiese vender con el objetivo de recuperar lo que pudiese de la deuda.

Por lo que sé, tuvieron una discusión muy fuerte.

Más o menos una semana antes de finalizar el plazo, Javier me hizo una propuesta.

Me pidió que lo dejase jugar una última partida.

Como buen ludópata, estaba convencido de que ganaría, de que la suerte, en esta ocasión, caería de su lado.

Si perdía, como sabía que lo iban a matar, me daba la casa de la abuela.

Él ya no la necesitaba y yo la podía vender.

Dudé mucho. Al final acepté, pues no había otra salida.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Tomás con los ojos abiertos de par en par.

—Que ganó. Su ganancia superó lo que debía. Pagó los ciento noventa y dos mil euros y aún le sobraron veinticuatro mil.

—¿Qué hicieron con el dinero que sobró?

—Yo lo primero que hice fue llamar a Marta y explicarle lo sucedido.

Fue poco antes de acabar la última jugada.

Una vez acabada la partida y cuando todos los jugadores y los guardaespaldas ya se habían ido, abrimos una botella de cava, saltamos, gritamos, nos abrazamos, estábamos como locos. Finalmente, pagó su deuda y se fue.

—¿Se llevó el dinero? —preguntó Lucía.

—Sí, claro. Se llevó veintidós mil en una bolsa. Dos mil me los dio a mí porque eran gastos que debía a la casa.

—¿No volvió a saber nada más de él? —preguntó el sargento.

—No. La siguiente noticia que tuve es que había muerto en un accidente de coche. Pensé que había sido culpa del alcohol, pues habíamos bebido bastante. Lo del asesinato ha sido una noticia de hoy mismo.

—De acuerdo, señor Barnils, nos ha ayudado mucho. Seguramente tendremos que volver a llamarle porque nos ha abierto un camino que no conocíamos y ahora vamos a empezar a profundizar en él. Por ahora puede usted irse —dijo Lucía tendiéndole la mano.

Una vez solos, los policías se miraron hasta que Tomás rompió el silencio.

—Quién nos iba a decir, cuando empezamos, que la película era tan larga. Todo esto es una historia inédita. Vaya con el doctorcito.