Cuatro ochos 21 – Viernes, 26/11/2004 #3
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21 – Viernes, 26/11/2004 #3

—Creo que no. —Hizo una pausa mientras reflexionaba y siguió—: Perdone, me olvidaba.

Otra cosa que le tenía muy angustiado era la presencia de un hombre, parecía gitano, quiero decir, de etnia gitana, que lo perseguía desde hacía unos años y que últimamente lo hacía con mucha frecuencia.

De hecho, yo lo vi dos o tres veces, por esto he dicho que parecía gitano, merodeando por la casa e increpándole.

Se esperaba en la puerta y cuando llegábamos, se le acercaba y lo amenazaba, lo insultaba.

Le decía que algún día lo pillaría solo y que no saldría de la casa.

La verdad es que daba miedo y a Javier lo tenía realmente acojonado.

—¿Sabe si el doctor tenía armas en casa?

—No, no lo sé. Conociéndolo, dudo mucho que tuviese alguna.

—¿Algo más? —preguntó Lucía.

—Creo que no. Si recuerdo algo más, la llamaré. Me gustaría poder esclarecer lo que ocurrió.

—De acuerdo. Le digo lo mismo. Si necesito saber más cosas, contactaré con usted, no se preocupe. Muchas gracias por la información, puede sernos de gran ayuda.

Ya sola en el despacho, Lucía se apresuró a escribir, con el mayor número de detalles posibles, lo que acababa de oír. Luego se acercó al tablón de corcho, escribió algunas cosas debajo de las fotos de los sospechosos que estaban colgadas y a su lado añadió otro nombre, aún sin foto: Marta.

Lucía estaba deseando hablar con Tomás.

***

A última hora de la mañana y una vez terminadas sus respectivas entrevistas, se reunieron en el despacho de ella.

—Veo que has añadido uno más al tablón —dijo él antes de sentarse delante de su compañera.

—Sí. El ovillo cada vez se hace mayor y no sé si decir que más interesante. Empieza tú con tus novedades y luego te cuento yo las mías.

Tomás sacó su libreta y explicó todo lo que acababa de conocer de Manuel.

Explicó que había tratado de ser duro con él para ponerlo nervioso y que, según su opinión, era un firme sospechoso.

El problema residía, como ya sabían, en poder demostrar algo con las pruebas que tenían.

Estaba convencido de que Manuel estaba muy enfermo, tanto físicamente por el sida como psíquicamente por lo ocurrido al ser expulsado de la casa y acabar perdiendo a su amor, Zaira.

Parecía muy enganchado a las drogas. Estaba muy solo y obsesionado en hacer daño, en vengarse y, por tanto, podía ser capaz de matar.

El hecho de que su primo le hubiese proporcionado una coartada y que, aun careciendo de una moto, disponía de todas, pues se lo había dicho cuando manifestó que «la calle está llena de motos», hacían muy difícil poder demostrar su participación en los hechos.

—Por esto lo he dejado ir. No podía probar nada.

De todos los que llevamos investigados, para mí este es el número uno, aunque sé que me voy a quedar con las ganas de demostrarlo.

Tengo que volver a hablar con el primo. Estoy seguro de que la coartada es falsa y tengo que sacarle la verdad.

De momento no tengo más que impresiones.

—¿Qué más podemos hacer? —preguntó Lucía.

—He mandado revisar todos los robos de motos ocurridos el día de la muerte y el anterior.

Dudo que encontremos alguna prueba seria, pero hay que intentarlo.

Mientras hacemos esta investigación he ordenado que lo vigilen y, como te he dicho, volveré a hablar con el primo.

A él le da mucho miedo que la pasma vaya por el bar.

He pensado en presionarlo explicándole lo que puede pasar si sigue mintiendo con lo de la coartada.

Lo amenazaré con denunciarlo por obstruir la investigación.

Mi esperanza es que se acojone y discuta o presione a Manuel.

A lo mejor consigo que se sientan intimidados y nos proporcionen alguna pista. ¿Se te ocurre algo más?

—No. Es un buen plan, aunque su éxito depende de que hable. Poco tenemos para demostrar que fue él.

—Muy bien, me pongo en marcha. Ahora cuéntame lo tuyo. Veo que has colgado un nuevo cliente en el tablón.

Lucía sacó las hojas en las que había tomado apuntes y explicó con tantos detalles como pudo todo lo que Clara le había contado.

Tomás escuchó con asombro lo del hijo de Javier y Marta y corroboró que el doctor en sus últimos tiempos tenía serios problemas económicos, algo que parecía deducirse de algunas de las declaraciones anteriores.

—El doctor Pie es una caja de sorpresas.

Cada vez tenemos a más personas interesadas en su muerte.

Lo de Nico no me ha extrañado porque Albanell ya me había hablado de él.

Lo del hijo y lo de la bibliotecaria me ha cogido desprevenido.

Realmente había cometido el error de olvidarme de ella —dijo Tomás.

—Supongo que te has percatado de que ha aparecido un nuevo móvil para asesinarlo. Hasta ahora solo habíamos conocido gente que lo odiaba o que quería vengarse. Ahora aparecen sospechosos cuya motivación es el dinero, móvil potente para matar a alguien.

—Claro que me he dado cuenta. Además de tener a todos los demás en observación y a Manuel en estricta vigilancia, ahora nos toca entrevistar a estos dos candidatos.

Creo que acabaremos teniendo ocupados a todos los compañeros de la comisaría en este caso.

Por cierto, no sé si te lo he dicho. Le he dado dos días libres a Albanell por el esfuerzo que hizo en la investigación del tal Nico. Creo que su esposa se lo merecía.

—Bien hecho. Cítame al tal Barnils lo antes posible.

—La próxima semana lo tendremos aquí.