Cuatro ochos 21 – Viernes, 26/11/2004 #2
73%

21 – Viernes, 26/11/2004 #2

—Pues usted misma. Usted sabrá lo que ocultó. Le agradeceré que en esta ocasión no lo haga. Piense que al final todo acaba descubriéndose y que no colaborar con la investigación puede tener castigo. La escucho.

—La otra vez les dije que tras separarme de Román dejé de ver a Javier y que solo lo había visto esporádicamente, y esto no es del todo cierto.

—¿Qué quiere decir?

—Que seguí viéndolo, con menor frecuencia, solo de vez en cuando, pero seguí viéndome con él hasta poco antes de su muerte.

No sé lo que me pasaba con este hombre. Necesitaba verlo, follar con él.

Esto es lo que yo no quería que oyese el sargento.

Pese a saber lo mala persona que era y todo lo que había hecho, yo seguía sintiendo un enorme deseo sexual por él.

Lo que me daba en la cama no me lo daba nadie y yo lo necesitaba.

No me pregunte el por qué. No lo sé. Era una atracción animal que nunca pude superar.

Tuve otras parejas, de hecho, vivo en pareja, y a pesar de todo seguía viéndolo.

No sé cómo explicarlo. No me considero una cualquiera, como se podría deducir, y espero que usted pueda entenderme.

—No se preocupe. No estamos aquí para juzgar a nadie. Nosotros solo intentamos saber lo que ocurrió, lo demás no es de nuestra incumbencia. Deduzco, por lo que me dice, que conoce hechos relacionados con sus últimos días, así que, por favor, cuénteme lo que sepa.

—Como le decía, continué viendolo. No de forma muy seguida, pero si una o dos veces al mes. Primero en su casa de Barcelona y luego en Vallvidrera. Eran encuentros esporádicos y cortos. Nos veíamos para follar y hablábamos poco.

—A pesar de hablar poco, debe saber por qué cambió de casa.

—Sí, fue por dinero. No sé si lo saben. Javier tenía un hijo.

—Conocemos a su hija, Alicia, creo que se llama —dijo Lucía mirando al tablero de corcho.

—Además de su hija con Rosa, su exmujer, tuvo un hijo, Bruno, con Marta, la bibliotecaria que lo había ayudado con lo de la tesis.

Después de todo el follón con Román, la tesis y mi separación de él, dejó de ver a Marta.

A ella la despidieron. Unos meses más tarde, no sé exactamente cuántos, supo que ella estaba embarazada de él.

Con todo lo cabrón que era, él no se desentendió de la situación y la ayudó a tener el hijo, como ella quería.

Cuando nació el bebé lo reconoció, el niño se llama Bruno Pie, y se comprometió a pagarle una pensión a la madre.

Por si no se lo ha imaginado, Marta odiaba a Javier por lo que le había hecho y el desprecio que le había mostrado cuando todo aquello ocurrió, ya que él la borró de su mapa de la noche a la mañana.

Al principio ella se conformó con poco, pero con el tiempo, a medida que el niño crecía y costaba más, ella comenzó a exigirle más y más, de forma que él empezó a tener dificultades para pasarle la pensión.

Lucía escuchaba todo aquello con la boca abierta y sin parar de escribir en las cuartillas blancas que sacaba de la impresora para no olvidar nada.

Por aquella época —siguió Clara—, se encontró con un amigo de juventud, un tal Nico no sé qué más, que por lo visto estaba metido en temas algo turbios de casinos, apuestas y timbas.

Javier congenió con él, empezó a jugar, a apostar y a participar en partidas de póker o algo así.

No sé muy bien de qué se trataba. La consecuencia fue que entre la presión de Marta y las deudas de juego empezó a tener serios problemas económicos.

Tuvo que vender su piso e irse a vivir a Vallvidrera.

—¿Usted conoce la casa de Vallvidrera?

—Sí. Había sido de su abuela y estuvo abandonada mucho tiempo. Sus padres murieron hace años en un accidente y nadie vivía allí. Él la arregló un poco, muy poco, pues no tenía dinero para más.

—¿Ha estado dentro de la casa más de una vez?

—Sí, varias. No recuerdo bien, a lo mejor siete u ocho veces. Nos llamábamos. Quedábamos en la casa y, si él aún no había llegado, lo esperaba en el bar que está cerca. Tomábamos algo y luego nos íbamos a eso, a lo que íbamos.

—Queda claro. ¿Vio alguna cosa rara en alguna de las visitas?

—Sí, vi varias cosas y alguna me sorprendió. Una vez vi a su exesposa merodeando y observando por los alrededores de la casa.

—¿Qué hacía?

—Dio varias vueltas, trató de abrir la verja, no pudo y se fue.

—¿Alguien más?

—Algo que me extrañó mucho. Un día cuando llegué y él aún no estaba, me encontré con Román en su moto, parado ante la puerta, mirando.

Le pregunté qué hacía allí y no supo qué decirme.

Me contestó con evasivas y se fue inmediatamente.

Estuvo maleducado, algo raro en él. Creo que actuó como un niño al que pillan con una travesura. No se lo conté a Javier.

—¿Durante el tiempo que vivió en la casa de la abuela usted notó cambios en él?

—Sí. Iba empeorando progresiva y lentamente. Estaba triste, agobiado y cada vez cuidaba menos su apariencia.

—¿Le contó algo de sus deudas?

—Lo último que me dijo fue que Marta lo estaba presionando mucho porque llevaba unos meses sin pasarle la pensión del niño y que debía mucho dinero al tal Nico. Bueno, no a él directamente, sino a unos amigos de este que le estaban exigiendo, bajo amenaza de muerte, que lo devolviese.

—¿Diría que estaba preocupado?

—Sí, mucho. Me pidió dinero y me dijo que estaba esperando una reunión, yo creo, por la manera en que lo dijo, que se refería a una partida de póker, en la que recuperaría todo lo que debía.

Entonces me devolvería lo que le dejase.

No le hice ni caso y no le dejé ni un duro.

A pesar de la situación no parecía tener miedo, aunque estaba muy nervioso.

—¿Recuerda algo más?