Cuatro ochos 21 – Viernes, 26/11/2004
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21 – Viernes, 26/11/2004

Como cada mañana, Tomás entró como un huracán en la sala general de la comisaría. Con la energía que derrochaba desde la primera hora del día, daba la sensación de que el café con leche y la pasta del desayuno le proporcionaban el combustible de un fórmula uno.

—¿Ha llegado la jefa? —preguntó el sargento.

—Sí, hace un rato —respondió uno de los policías—. Hoy hay movida, ¿eh?

—Parece que sí. Hoy a pares. A ver si hay suerte y avanzamos un poco.

Siguió por la sala con el paso apresurado que le era habitual y, tras pedir permiso golpeando la puerta con los nudillos, entró en el despacho de Lucía.

—Buenos días. ¿Todo bien? El mío ya ha llegado, así que, si te parece bien, voy a empezar. Si necesitas alguna cosa, estaré en mi zulo.

—Lo mismo te digo. Buena suerte. Me quedo aquí esperando a la exnovia, que tiene que llegar en media hora más o menos. Estoy intrigada por saber qué quiere.

Tomás recibió a Manuel en su minúsculo cubículo realmente sorprendido de que su entrevistado hubiese acudido a la cita.

Manuel era un hombre muy delgado, con aspecto de enfermo, la piel de color oscuro y ojos amarillentos, con el pelo largo, muy desaliñado y sucio.

Llegó en compañía de su primo, que decidió aguardar fuera del despacho, ya que prefería conocer poco de los andares de Manuel.

—Antes de nada, me gustaría darte las gracias por haber acudido a esta cita de forma voluntaria.

—Mi primo me ha traído. Me ha dicho que, si no venía, me obligarían a hacerlo y sería peor. Por esto estoy aquí —respondió Manuel.

—Tu primo parece una buena persona, ¿no?

—Sí es bueno. Conmigo, muy bueno. Vamos a ver, ¿por qué me ha llamado? ¿Pasa algo?

—¿Conocías al doctor Pie?

—¿Quiere usted decir el cabrón aquel que me arruinó la vida? Pues sí, sabía quién era y su nombre no se me olvidará nunca.

Tomás, que no se había sentado, sacó su libreta del bolsillo e hizo una anotación.

—Según tengo entendido, has estado amenazándolo y persiguiéndolo durante mucho tiempo.

—Ese hombre me jodió la vida. Se fue de la lengua con mi cuñada y por eso me echaron de casa y perdí a mi Zaira. A ver si no es normal que le desease todo el mal del mundo. Pues sí, lo amenacé y lo perseguí para hacerle la vida imposible.

—Y lo mataste —dijo Tomás con el semblante enfurecido y mirándolo fijamente a los ojos.

—¿Yo? Pero ¿qué dice? Es verdad que lo amenacé y es verdad que me hubiese gustado verlo muerto, pero no hice nada de eso.

—¿Y qué hiciste?

—Cuando me echaron de casa por su culpa, fui a verlo al hospital y le dije de todo.

Me cagué en todos sus muertos y lo amenacé.

Estaba como loco. Me había destrozado la vida.

Yo, hasta entonces, estaba bien. Tenía casa, mi familia, bueno la de mi mujer, que era la mía, a mi Zaira, nadie sabía nada.

Vivíamos tranquilos. Nos cuidábamos. Íbamos a revisión y nos medicábamos.

¿Qué más podía pedir? Por su culpa lo perdí todo.

¿Qué quería que hiciese? A la que pude, fui a verlo y le dije que le haría la vida imposible.

Que le amargaría la existencia por cabrón, por hijo de puta.

—Él no lo hizo adrede. Fue un error.

—Y a mí qué me importa. Por su puta culpa yo estaba en la calle.

—¿Qué le dijiste en aquel momento?

—¡Yo qué sé! Le dije todo lo que sentía, que ya no me quedaba otro trabajo más que el de hacerle pagar lo que había hecho, que le arruinaría la vida, que lo vigilaría día y noche a él y a su familia, que él me había jodido la vida y yo se la jodería a él. Cosas así le dije. No lo recuerdo bien.

—¿Le dijiste que lo matarías?

—No lo sé. Seguro que sí, porque ganas no me han faltado nunca.

—Y al final, lo mataste.

—Ya le he dicho que no, que yo no he hecho nada. Oiga, si está muerto, bien muerto está. No es cosa mía.

Tomás seguía de pie con el rostro serio, impasible, dando vueltas alrededor de Manuel, que, convertido en un atajo de nervios, no cesaba de moverse en la silla. Se paró un momento y volvió a anotar alguna cosa en su libreta. Luego siguió preguntando.

—Si no lo mataste, seguro que al menos lo intentaste.

—Algún día lo esperé en el hospital, cuando salía, y me puse delante de él. A veces lo insulté, me acerqué a él y le dije que, como podía comprobar, podía matarlo cuando me diese la gana, que yo no olvidaba el mal que me había hecho y que lo pagaría.

—¿Estabas sereno cuando ibas a buscarlo?

—A veces sí y a veces no. Ya sabe, a veces tienes para ponerte y a veces no.

Tomás se sentó con la intención de darle un pequeño respiro antes de volver a la carga.

Intentaba ponerlo muy nervioso para tratar de pillarlo en alguna contradicción.

Manuel estaba inquieto. Tocaba objetos de encima la mesa.

Los cogía, los miraba, los dejaba. Se miraba las manos, observaba las paredes, el techo, y alguna vez, de reojo, al policía.

Pasado un rato, el sargento volvió a la entrevista.

—Mire, señor Flores, a mí me gustaría creerle, pero, no sé por qué, creo que no me está contando la verdad y pienso que lo que me ha contado no es, ni mucho menos, todo lo que usted le ha hecho al doctor Pie. ¿Estuvo en su casa?

El hecho de que de repente el policía le hablase de usted lo puso aún más nervioso.

—¿Por qué me habla de usted y por el apellido?

—Se me ha escapado. Así es como acostumbramos a llamar a los sospechosos.

—¿Sospechoso? ¿De qué?

—Aún de nada. Dependerá de si me cuentas la verdad o sigues mintiendo, porque yo creo que o mientes o no me dices todo lo que pasó. Contéstame la pregunta, ¿estuviste en su casa?

—¿En cuál? ¿En la de Barcelona? Sí, lo esperé en la puerta de su casa.

—Vamos a ver si lo entiendo —preguntó mientras volvía a hacer anotaciones su libreta—. ¿Averiguaste dónde vivía?

—Sí. Un día cogí un taxi y lo seguí al salir del hospital y descubrí donde vivía.

—¿Qué querías hacer? ¿Hablaste con él?

—Sí, una vez sí.

—Quieres decir que estuviste allí en más ocasiones.

—Algunas. Solo me encaré con él una vez. Iba con una niña y huyó.

—¿Qué pretendías?

—Acojonarlo. Que supiese que conocía a la familia. Quería asustarlo y amargarle la vida.

—Lo que querías era matarlo. Esta es la verdad.

—Ganas no me faltaban. La verdad es que lo pensé muchas veces, pero nunca lo intenté y no lo maté. Se lo juro.

—Vamos a ver si yo me concentro. Hace un rato, cuando te he preguntado si sabías dónde vivía, me has dicho si hablaba de la casa de Barcelona. ¿Acaso sabes dónde vivía ahora?

—Sí, en Vallvidrera.

—¿Cómo sabías esto?

—Porque un día fui a su casa en Barcelona y no lo vi. Repetí varias veces y no lo encontré. Pensé que ya no estaba allí. Lo esperé al salir del hospital y lo seguí.

—¿Lo seguiste? ¿Y cómo lo hiciste? ¿A pie?

—No, en moto.

—¿Tú tienes moto? —preguntó Tomás, que no paraba de hacer anotaciones en su libreta.

—No, yo no. En la calle hay muchas.

—Es decir, robaste una moto para seguirlo.

—Sí.

—¿Lo hiciste otras veces?

—Algunas.

—Y robaste una moto para matarlo.

—No. Ya le he dicho que no lo maté.

—Entonces, ¿qué hacías cuando lo veías?

—Nada, me dejaba ver y le decía que no lo olvidaba, que no podría escapar. Lo asustaba. Es que cuando Zaira me dejó me volví loco de pena. Bebía mucho, me pinchaba mucho y a veces no sabía lo que hacía.

—¿Cómo sabes que lo mataron? Porque yo no te lo he dicho en ningún momento. El doctor Pie tuvo un accidente, pero yo nunca te he dicho que lo mataron.

—Me enteré en el bar. La hermana de Zaira a veces va por allí y lo comentó. Mi primo me lo dijo y entonces yo fui al hospital y lo confirmé.

—¿Sabes qué día murió?

—Más o menos.

—Fue el día 21 de octubre. ¿Dónde estuviste aquella noche?

—Supongo que por ahí, como siempre, o durmiendo en el almacén. No lo sé.

—Manuel, te estás metiendo en un buen lío. Procura recordar porque, si no, te voy a tener que detener.

—Pregunte a mi primo. Seguro que estaba durmiendo en el almacén.

—Lo haré.

Tomás salió del despacho y pidió a un compañero que indagase sobre los robos de motos denunciados el día del asesinato de Javier.

Acto seguido fue a hablar con el primo de Manuel y le preguntó si sabía dónde había estado el jueves 21 de octubre.

Al principio obtuvo una respuesta vaga. Cuando el sargento le explicó el motivo de la pregunta, el primo afirmó que había estado en el bar ayudándolo y que había dormido allí.

Dijo que lo recordaba porque aquel día había jugado el Barça un partido de Champions.

Tomás pensó que comprobaría si era cierto y que era mejor esperar a conocer los datos de los robos de motos y a hablar con Lucía, ya que, en realidad, no tenía ninguna prueba comprometedora.

Entró en el despacho con el primo de Manuel y dejó que ambos se marchasen no sin antes advertirle que volvería a llamarlo para aclarar cosas que no había entendido bien.

Pensó que a lo mejor la entrevista había sido capaz de provocar la comisión de algún error.

Esta seguía siendo su mayor, y casi única, esperanza para poder resolver el caso.

Sentado en su mesa, llenó su libreta de anotaciones y dio orden de que lo vigilasen. Se moría de ganas de hablar con Lucía.

***

Mientras su compañero estaba entrevistando a Manuel, Clara entró en el despacho de Lucía.

Iba vestida casi como lo había hecho en la anterior entrevista.

Sus tejanos azules apretados, su camiseta blanca con dibujos llenos de colores, su Barbour, sus zapatos deportivos y su casco. Aparentaba ser más joven de lo que era.

—Buenos días y bienvenida —dijo Lucía al saludarla.

—Buenos días, inspectora Serra.

—Me tiene usted muy intrigada, aunque imagino que ya lo sabe. ¿A qué debo esta visita suya?

—A que he recapacitado y quiero reconciliarme con mi misma. Sé que, si no lo hago, nunca podré pasar página —le aseguró Clara.

—Pues aquí me tiene. Sola, como me pidió, dispuesta a escuchar todo lo que me quiera decir.

—En la anterior entrevista no fui del todo sincera y no conté toda la verdad. No es solo que mintiese en algún momento, sino que tampoco conté todo lo que ocurrió, todo lo que sé.