Cuatro ochos 20 – Martes, 23/11/2004
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20 – Martes, 23/11/2004

Luis la acariciaba sin darse cuenta de que Clara, pese a sus esfuerzos, no respondía como otras veces.

Desde hacía unos días, ella no conseguía sacarse a Javier de la cabeza.

Era capaz de reconocer que había sido una mala persona y, a pesar de todo, aceptaba que nunca había conseguido dejar de quererlo.

Decidió dar fin a aquel encuentro y, después, permanecieron un rato hablando y besándose antes de dormir.

Clara estaba decidida a cerrar el capítulo de Javier.

Aun muerto, aun siendo como fue un ser odioso y deleznable, reconocía que lo amaba, que lo había amado con locura.

Estaba convencida de que, si no contaba la verdad, si no confesaba todo lo que sabía, no podría pasar página, así que, tumbada en la cama junto a Luis, que roncaba desde hacía un rato, poco antes dormirse, decidió que lo confesaría todo.

—¿Diga? —dijo Lucía para contestar a la llamada.

—¿Hablo con la inspectora Lucía Serra?

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarla?

—Buenos días. Soy Clara Marsé, la exnovia de Javier Pie.

—Buenos días. ¿A qué debo el placer de su llamada? —respondió Lucía.

—Necesito hablar con usted. Hace unos días que estoy dando vueltas a todo lo que pasó con el accidente de Javier y no estoy tranquila. Hay cosas que me gustaría precisar.

—De acuerdo. ¿Cuándo le va bien?

—Mañana a las diez. ¿Puede ser?

—Sí puede ser.

—Si no es mucho pedir, me gustaría hablar con usted a solas. La presencia del sargento me cohíbe y hablo con menos claridad, con menos libertad.

—No se preocupe. No hay problema, conversación entre mujeres. No habrá nadie más, se lo aseguro.

Lucía colgó el teléfono y abrió la puerta de su despacho para localizar a Tomás, que no tardó ni dos minutos en aparecer allí. La inspectora le explicó a su compañero el motivo de la llamada de Clara y Tomás aprovechó para contarle sus andanzas en busca de Manuel.

—Creo que los hemos citado el mismo día y casi a la misma hora —dijo él.

— Pues, como ya no tiene remedio, cada uno habla con el suyo y después nos juntamos para intercambiar información —dijo Lucía.

— OK . Voy a hablar con Albanell para ver qué ha encontrado sobre el que nos falta, el desconocido Nico.

De todos los compañeros de la comisaría Albanell era, para Tomás, el que más confianza le inspiraba.

Llevaban ya muchos años juntos y sabía que era un policía minucioso en sus indagaciones tanto como respetuoso y comedido en sus comentarios.

Albanell conocía a la perfección los límites de su trabajo, hasta dónde podía llegar y cuándo debía dejar paso a su jefe.

A pesar de su enorme corpulencia, pues medía más de un metro noventa, era capaz de pasar desapercibido cuando convenía.

Llevaba ya años trabajando con él y por esto cumplía sus órdenes como a este le gustaba.

Raras veces se extralimitaba y nunca se metía donde no le habían dado permiso.

—Pasa, pasa, Albanell. Acabo de hablar con la inspectora y a lo mejor se abren nuevas pistas, pero, hasta ahora, no sabemos qué camino seguir. Vamos a ver si tu investigación nos ayuda.

—Buenos días, sargento. El tal Nico es un personaje poco limpio.

No sé si lo que he descubierto servirá para nuestro propósito.

Yo te explico lo que he hecho y lo que he averiguado.

Te advierto de antemano que el trabajo está por terminar.

Yo me he limitado a cumplir tus órdenes, es decir, hacer una toma de contacto.

—De eso se trata, compañero. Después decidiremos por donde tiramos del hilo.

—Pues te cuento —dijo sacándose del bolsillo una libreta más grande que la de su jefe, que empezó a consultar la suya mientras escuchaba—.

Primero he investigado por internet quién es este tío y he podido comprobar que alterna con gente con mucha pasta.

Es un hombre de cuarenta y cuatro años, mediana estatura, no muy agraciado, que cuida mucho su imagen.

Esto lo he visto, no lo he encontrado en internet.

Vive en un piso lujoso en la avenida Reina Elisenda, cerca del monasterio de Pedralbes.

No hace falta que te diga más, parte alta de la ciudad.

Tiene un Mercedes de color negro y trabaja, teóricamente, en la compra y venta de yates, sobre todo de lujo.

Me parece que también los alquila para períodos cortos y tours turísticos.

—¿Y esto le da para vivir así?

—Ahí empieza lo raro. Tiene un pequeño despacho con una secretaria y allí, teóricamente, es donde trabaja. He podido comprobar que no vende ni compra casi nada. Creo que no es más que una tapadera.

—Me estás diciendo que vive como un rico, alterna con los poderosos y no se sabe de dónde saca el dinero. ¿Es así?

—Sí, con una salvedad. Deber pasta me parece que debe mucha.

El piso está hipotecado y bien hipotecado, el coche está a crédito y en las cuentas bancarias poco hay.

Eso sí, mover dinero parece que mueve, seguramente en negro, porque en el banco hay poco movimiento y para vivir como lo hace tiene que gastar bastante.

—Intuyo que me estás diciendo que tiene un negocio turbio. ¿Drogas?

—Pienso como tú que el negocio poco debe tener de legal, pero creo que no son drogas. Es posible que trapichee un poco, eso sí, pero sin dedicarse a este negocio. Mi teoría es otra.

—Venga, cuéntame lo que piensas.

—Que conste que no tengo ninguna prueba que lo demuestre y que corrobore lo que voy a decir; sin embargo, creo que no me equivoco.

—Conociéndote, dudo mucho de que tu idea sea errónea.

—Pienso que el tío organiza timbas clandestinas, seguramente de póker, con apuestas millonarias, entre gente poderosa.

—¿En qué fundamentas esta hipótesis?

—Lo he seguido durante varios días y varias noches y he visto cómo se movía en los casinos, en restaurantes caros y en yates privados con gente muy poderosa.

Un día, mejor dicho, una noche, vi como cinco de estos ricachones iban a su casa.

Todos ellos acompañados por uno o dos mastodontes de seguridad privada.

Estuvieron allí toda la noche. Lo sé porque vi salir la luz del día, bueno, casi era de día.

—Esto quiere decir que te pasaste toda la noche de guardia.

—Sí, jefe, enterita.

—Yo no te pedí tanto sacrificio, solo una primera impresión. Podías haberme pedido ayuda.

—No tiene importancia; mientras no se entere mi mujer de que no era una orden, no pasa nada.

Ya sabes que cuando una cosa me intriga, no puedo abandonarla a medias.

Junto con estos tíos que te digo, vi entrar en la casa, un buen rato antes de la llegada de los presuntos jugadores, a tres hombres.

Los busqué por internet y los tres son exconvictos nacidos en los Balcanes.

Mucho me temo que el Nico este los tiene como guardaespaldas o que está metido en algún grupo delictivo.

—¿Una mafia?

—O algo parecido. No lo sé seguro. Como te he dicho antes, esto es el inicio y queda mucho por esclarecer.

—Compañero, has hecho un trabajo excepcional.

Es evidente que habrá que hablar con Nico.

Lo que has averiguado nos servirá de mucho en el interrogatorio.

Creo que deberías tomarte un par de días de fiesta y reconciliarte con tu esposa.

Hoy hablaré con Lucía para decirle que no cuente contigo estos días.

Pásame las fotos que tengas y acabaré de preparar la entrevista con el señor Barnils.

—De acuerdo. Gracias, Tomás.

En cuanto Albanell salió por la puerta, Tomás trató de anotar todo lo que le acaba de contar su compañero.